Ningún pibe nace chorro

Ningún pibe nace chorro.

Nacemos y crecemos tod@s en la barbarie del capitalismo.

Debemos poder preguntarnos como plantea Silvio Schachter[1] porque hoy el miedo es vivido como sentimiento y la violencia como acción, y sin embargo no toda violencia es reconocida como tal. La fragmentación, la segregación, la apropiación especulativa del territorio, la degradación del hábitat, la precarización de la vivienda, del trabajo, el acceso diferenciado a la salud y educación, son planteados como temas apartes, como cuestiones aisladas o privadas. La consecuencia de ello es el crecimiento de la conflictividad y las contradicciones, que se potencian en los barrios y ciudades, y la creciente degradación y hostilidad de la vida cotidiana.

En este marco, resulta abrumador el bombardeo mediático que busca destapar lo peor de nuestra sociedad, habilitando un discurso fascista y faccioso donde se muestran ‘hechos de inseguridad’, cuya única finalidad es el enfrentamiento entre los sectores más pobres y los trabajadores. Se recorta así la realidad, de manera que se invisibiliza la situación que se vive tanto en los barrios más pobres, como en la ciudad en general. Los medios de comunicación, parte importante de esta  estrategia, atribuyen la violencia a las víctimas, promoviendo este enfrentamiento entre unos y otros.

 

El principal blanco son los/as jóvenes

Algunos serán estereotipados como vagos/as, peligrosos/as, adictos/as y responsables de los males de la sociedad. Sin embargo, a todos los adolescentes y jóvenes, hijos e hijas de trabajadores y trabajadoras, hoy en día se les presentan pocas alternativas en la construcción de su futuro: con suerte logran conseguir un trabajo que los explota, precariza y no les reconoce derechos ni estabilidad laboral. Entrarán en un call center, en una oficina, en una caja de un supermercado, en una mensajería o un bar; recién recibidos quizás logren un trabajo mal pago en algún programa que pronto cerrara, en alguna cosecha (limón, papa, manzana); en la construcción como ayudante, etc.

Predomina en los jóvenes de los barrios más pobres, una escasa o insuficiente formación escolar. En algunos casos hay jóvenes que cursan en la escuela nocturna del barrio, escuela en la que se va muy poco más allá –en el mejor de los casos- de leer, escribir y realizar las operaciones fundamentales. La capacitación profesional  es nula o fundamentalmente pragmática, en cualquier caso sin ningún tipo de aval institucional. Todo esto termina de condenar a los jóvenes a desempeñarse en actividades laborales de tipo informal, en la permanente “changa”. No es difícil traducir esto en inseguridad, incertidumbre, debilitamiento de la imagen personal, desarrollo de conductas individualistas y competitivas, etc. Cabe mencionar que su situación no se aleja de las condiciones laborales que los adultos que lo rodean poseen[2].

Sin olvidar, que gran parte de los y las jóvenes se encuentran expuestos al consumo problemático de drogas desde Costa Salguero a nuestros barrios más pobres. En estos últimos su acceso al consumo aparece asequible en un primer momento, y luego los convierte en presas útiles de los narcos o de la policía.

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Nos encontramos en un contexto  de ofensiva del capital, de combate al trabajo (destruir todos o buena parte de los derechos de las y los trabajadorxs), devastar la tierra y quebrar la capacidad de los sectores subalternos de cualquier resistencia.

Es clave la estrategia del Macrismo, que prefiere que en un año electoral se hable de inseguridad y no de salarios, pobreza, deuda, educación, salud, etc. Ante un fuerte ajuste sobre los y las trabajadorxs; en paralelo se va dando el vaciamiento de la política pública. Con esto, la devaluación, los tarifazos, la suba de precios internos, acentúan la incidencia de la pobreza y el hambre, en tanto la pérdida salarial provoca una caída en el consumo popular y en la producción de bienes de consumo masivo.

Ahora bien, también es clave la estrategia de la “oposición progresista”, que niega el problema o busca la solución dando estadísticas que muestran que mueren más personas por accidentes viales que por crímenes, que no son tantos los asesinatos, etc. Lo cual no deja de ser cierto, pero el problema existe y la vida no es estadística. A esto se le suma que si hablamos de ellas, debemos mencionar que la precarización fue una de las bases fundamentales del famoso “crecimiento económico” de los primeros años del kirchnerismo. Donde millones de jóvenes se incorporaron al mundo del trabajo bajo pésimas condiciones laborales, con salarios de miseria, altas cargas horarias y se multiplicaron los accidentes laborales. Como corolario, la estabilidad laboral, la obra social, el aguinaldo o las vacaciones pagas fueron letra muerta.

Las estadísticas que también importan. El 47,4% de las personas de solo hasta 14 años viven en hogares pobres: casi 3 millones de niños, niñas y adolescentes[3].Se calcula que un 60% de los niños y adolescentes de nuestro país se encuentra viviendo bajo la línea de pobreza. Cada 25 horas se pierde la vida de un joven, víctima de la represión[4].

 

Crónicas particulares

Las estructuras familiares de los jóvenes pobres de nuestros barrios, son por lo general familias con multiproblemas, ligados a situaciones de abandono de uno o de ambas figuras (materna – paterna). Existe una contención escasa para los jóvenes en sus familias; al comenzar su pasaje adolescente, la familia los expulsa de sus casas a la calle, por un lado, porque aún hay otros niños por seguir atendiendo;  por otro lado, porque es necesario poder complementar los recursos necesarios para la supervivencia. Los jóvenes en la calle se encuentran con una cotidianeidad difícil de sostener en soledad y con límites. Rápidamente los jóvenes constatan el universo de inestabilidad en el cual están inmersos, que por momentos resulta agotador.

“ya viví mucho, estoy cansado”; “me sentía solo, estoy solo, yo soy solo yo, el problema es como estoy yo, algunos días bien otros no”.

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Muchos adolescentes terminan por desarrollar conductas y actitudes adaptativas a un medio que le niega todo.

“y soy de ese barrio, Doñita” (expresaba un joven refiriéndose a las posibilidades de cambiar su cotidianeidad); “no se salir de ahí”, estaba bien, venía bien, no salía a ninguna parte estaba en mi casa no más, hasta que Salí…”.

La escasez de alternativas forma parte de esa cotidianeidad, en la que muchos jóvenes no realizan ninguna actividad durante el día y solo encuentran la esquina, donde fácilmente quedan expuestos a la utilización de los narcos y la policía, que se abastecen ahí de su mano de obra.

Esteban Rodríguez Alzueta[5] estudia como en los barrios, la droga se lleva la atención de todos: de la policía, los vecinos, padres, organizaciones sociales, maestros, punteros políticos y, por supuesto, de los jóvenes. Por distintas razones, la droga gana cada vez mayor centralidad entre los jóvenes, porque no sólo es referenciada como una estrategia de sobrevivencia, sino de pertenencia.

“estaba consumiendo pastillas, pasta, es que en el barrio todos se dan…”

La combinación de estas situaciones, que se vuelven rutinarias, conducen en muchos casos al simple ver y estar: “acá es muy aburrido”, “yo no hago nada entre semana”.

En esta cotidianeidad construyen su identidad muchos jóvenes, se suceden distintos espacios y ambientes: el angustioso «hacer nada» en casa y en la calle, los signos de identidad barrial, como la cumbia y el cuarteto, junto al hip-hop y rap; la soñada motocicleta que permite romper los espacios segmentados y atravesar “el centro” de la ciudad prohibida para sus ropas, su gorra y su mirada; la agresión nocturna por parte de las barras si se encuentran “inapropiadamente” cruzando la calle que separa por ejemplo B° independencia y B° Villa nueva (en Aguilares, Pcia. De Tucumán);  el abuso y brutalidad policial, etc.

 

Tarea y desafío actual

Podría resultar paradójico que en los 90 y 2000 nos organizamos en los barrios y salimos a luchar porque los y las hijos e hijas (niñxs y jóvenes) de una gran mayoría morían de hambre por responsabilidad del Estado y, en estos años venimos peleando porque no mueran víctimas de la policía y las redes de narcotráfico; culpa del mismo Estado, entendemos que el hilo siempre se corta por lo más fino, y hoy son los jóvenes.

Decimos que el estado es responsable, porque nadie puede negar la connivencia entre los poderes políticos, policiales y judiciales, en donde, a sabiendas y sobradas muestras, la policía ejerce el rol de regular el delito. Se criminaliza a la juventud para garantizar la impunidad, se esconden historias de opresión y sexismo, trata, narcotráfico y una justicia que con los ojos bien abiertos favorece a amigos y criminaliza a pobres y luchadores. Lo vemos en el caso de Paulina Lebbos, en Luciano Arruga, en el asesinato de Ismael Lucena, Celeste, Belén, entre miles de otros.

Por eso creemos, que no se puede dejar de lado la voz de los propios jóvenes; ni entrar en el binarismo funcional de quién está en lo correcto y quién no. Necesitamos complejizar nuestra mirada, pararnos en la realidad de que los adolescentes y jóvenes, los niños y niñas hijos e hijas de lxs trabajadorxs, son víctimas de la barbarie capitalista que garantiza la desigualdad, que se acerca cada vez más  a la devastación del ser humano, de la humanidad tal cual la conocemos; sino veamos como aumenta la especulación financiera, como los servicios públicos y las políticas públicas son reducidos, la expulsión de fuerza de trabajo es cotidiana, o es transformada en tercerización con pérdida de derechos laborales; crece la devastación de la tierra; etc.

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Nos parece importante entonces poner en discusión y problematizar esta situación, que solo busca tapar bajo el binomio “seguridad-inseguridad”, los problemas de fondo.

Contra la violencia que vivimos, esa de la que los gobiernos no se hacen responsables y por el contrario, lejos de brindar soluciones, la tapan con gendarmes y más policías, , debemos seguir dando batalla por trabajo digno, más escuelas,  salud, viviendas, clubes, obras públicas; acabar con la precarización en todas sus formas.

En un momento en el que el macrismo avanza contra los derechos de las y los trabajadores/as, son fundamentales el protagonismo de base y la articulación de las peleas para desarrollar las diferentes luchas; pelear contra la baja de la edad de imputabilidad también debe ser una pelea central.

Debemos romper con las lecturas binarias y simplistas, reconstruir lazos que nos permitan luchar contra la barbarie, de manera tal que logremos superar la fragmentación que nos lleva a encontrar culpables en el mismo pueblo. Esto será fundamental para poder llevar a cabo la tarea histórica de soldar un bloque desde abajo, que permita enfrentar a los de arriba, culpables de explotarnos, precarizarnos y usarnos como caballito de batalla para sus propios intereses.

Necesitamos comprometernos, sabiendo que nada bueno vendrá de los de arriba, con nuevas leyes represivas, con más armas o mayores condenas. Es necesario asumir la tarea histórica que tenemos como jóvenes y adultos de transformar la realidad.

Lic. Claudia Montoya

Docente y en Trabajadora Social con adolescentes y jóvenes

en situación de vulnerabilidad y riesgo en la Pcia de Tucumán.

Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional

[1]SCHACHTER, Silvio. Violencia urbana y urbanización de la violencia. Revista Voces en el Fénix N°47-Buenos Aires Viceversa, Problemas Urbanos.

[2]Universidad Nacional del Comahue (Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Departamento de Servicio Social, Modulo General Roca, INTERVENCIÓN GRUPAL CON ADOLESCENTES DE UN BARRIO MARGINAL ARGENTINO. provincia de Río Negro, Argentina. 1992

[3]El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec). Septiembre de 2016.

[4] Coordinadora contra la Represión Policial (CORREPI). Diciembre de 2016.

[5]RODRÍGUEZ ALZUETA, Esteban en TIEMPOS VIOLENTOS. Barbarie y decadencia civilizatoria. Ediciones Herramienta, Buenos Aires, Argentina, junio de 2014

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