Elecciones 2019. Independencia no equivale a indiferencia

La perspectiva electoral 2019, cuyo paso inicial se producirá el 11 de agosto, parece orientada a una extrema polarización, en la que la principal propuesta opositora asume rasgos más bien conservadores, con cuidado de no presentarse como una corriente disruptiva, que ponga en tela de juicio cualquier aspecto importante del orden social. Estas elecciones apuntan a la maximización del comportamiento de partidos “atrapatodo”, que no sólo luchan por el “centro” de votantes indefinidos y en gran medida poco politizados, sino que desactivan a sus bases, le quitan radicalidad a sus propuestas y reducen sus vidas partidarias al alistamiento de la maquinaria para ganar elecciones. En medio de ese cuadro, el que se da ciertos lujos poco “centristas” es el oficialismo, que no trepida en declarar que en un eventual segundo período hará “lo mismo pero más rápido.”

Las luchas populares en el lapso que va desde las elecciones anteriores fueron muchas y diversas. Un “pico” fue alcanzado en diciembre de 2017, cuando pareció que las diversas resistencias convergían en acciones fuertes contra el ajuste económico y el deterioro de ingresos y condiciones de vida y de trabajo de la mayoría. Esa tendencia no se profundizó, muchas luchas se diluyeron con la complicidad por acción u omisión de las direcciones burocráticas, como el amplio movimiento de la docencia. Fue quizás la “marea verde” de las luchas feministas la que eclosionó como un grito de libertad en repudio a las injusticias, no sólo las de género. Con toda su vastedad y radicalidad, no alcanzó a compensar cierto declive de otros combate sociales y culturales igual de justos. 

Muchos dirigentes optaron por sentarse a “esperar las elecciones”, desde la creencia que el sufragio contrario a la reelección era la mejor forma, sino la única, de detener las propuestas antipopulares del gobierno. No podemos asombrarnos, la lucha de calles y de clases no es un terreno en que se sientan cómodos. Los sillones y escritorios de sus organizaciones y los despachos oficiales, son una “plataforma” que les resulta mucho más agradable. 

Mientras tanto el gobierno avanzó, no en todos los terrenos ni con la intensidad que hubiera deseado, pero lo hizo. Desde los pactos con el FMI hasta los avances de “flexibilidad laboral” de la mano de sindicatos propatronales, el programa de máxima del gran capital logró avanzar sobre los resquicios que le dejó el relativo estancamiento de las luchas sociales. Las “indispensables” reformas (laboral, previsional, tributaria, “del Estado”) quedaron pendientes, pero no salieron de la agenda.

CFK desairó en cierto modo a sus potenciales votantes. La expectativa expresada en el “vamos a volver”, la cuenta regresiva “hasta que vuelva Cristina” que llevaban muchos militantes o simpatizantes, se desvanecieron en el aire en una mañana de sábado. El ahora llamado “Frente de Todos” cambió así un liderazgo carismático, el de CFK, por Alberto Fernández,  un hombre “de escritorio”, avezado en negociaciones entre cuatro paredes; la conducción del aparato estatal y la jefatura de campañas de otros candidatos. Sin experiencia de calle,  sin bajada al“territorio”, sin práctica en los modos de comunicación necesarios para una candidatura exitosa. 
Fernández fue un Jefe de Gabinete que rompió con el gobierno de CFK cuando éste comenzó a experimentar una radicalización. No se trata de ese único momento. Con congruencia digna de mejor causa, A.F. adscribió a opciones conservadoras desde sus años de estudiante en la UBA, para pasar al “cavallismo” en los 90 y enfrentarse al kirchnerismo desde alternativas peronistas más conservadoras, hasta hace menos de dos años.

Las características del aspirante a la presidencia influyen en una campaña un tanto desvaída, con precandidatos a presidente y vice que hacen proselitismo por separado y con modalidades diferentes. La postulante a la vicepresidencia se mantiene por el momento en un discreto segundo plano, que no excluye el encuentro con millares de militantes o adherentes.

Los principales candidatos del Frente de Todos compiten para “abuenar” al kirchnerismo, de cara a los intereses de las grandes empresas. A comenzar por el candidato presidencial, se “autocritican” de la resolución 125, defienden el carácter de “negocio” de los medios de comunicación, abominan de todo lo que signifique “default” y se muestran deseosos de negociar con el FMI. Reniegan de otras medidas de sus anteriores gobiernos que no estuvieron acordes a las preferencias de “los mercados”. En particular CFK entra en compulsa con el gobierno a ver quién es más procapitalista. Cuando esgrimen una de sus consignas usuales “volver para ser mejores”, cabe la duda de quiénes son los destinatarios de esa mejoría, si la mayoría popular o los líderes empresarios y de opinión que no quieren tolerar nunca más al “populismo”.
Con todo, no cabe homologar por completo las propuestas (por otra parte no muy concretas) de la candidatura de los Fernández con las del conglomerado oficialista. El énfasis en el consumo en el lugar del “ofertismo”, la renuencia a producir una “reforma laboral” a medida de la propuesta por el FMI, la insinuación de una agenda favorable a los jubilados, una política de tarifas menos confiscatoria, el genérico apego a una “sensibilidad social” que se da por descontado que el gobierno actual no tiene. Son todos elementos que apuntan a una gestión menos agresiva hacia los intereses y los sentimientos de las clases subalternas. Incluso más allá de las inclinaciones de sus líderes, de llegar al gobierno el kirchnerismo tendrá presiones para cumplir al menos parte de sus promesas. Eso no quita que se ha extendido la idea conformista de que un próximo gobierno no será equiparable a los mejores años de los  gobiernos k.

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El ahora “Frente de Todos” ha conseguido o mantenido importantes apoyos de agrupaciones y personalidades de izquierda tradicional, del “centroizquierda” e incluso la llamada “izquierda popular” o “nueva izquierda.” Sin duda para ellos fue un sacudón la configuración de la fórmula presidencial. Y la escasa incidencia en las decisiones políticas y menos aún en aspectos programáticos. La obtención de algunas candidaturas expectables no altera el predominio de los incondicionales de la ex Presidenta (que no empiezan ni terminan en La Cámpora), junto a las variadas expresiones del peronismo de derecha que confluyeron en el Frente al producirse el ocaso de la “tercera opción” a la que apuntaba “Consenso Federal”.

Sin compartir su alineamiento ni las expectativas en el carácter “nacional y popular” de un futuro gobierno de los Fernández, cabe tender un puente de diálogo y debate fraterno con los compañeros integrados a la construcción electoral del kirchnerismo.

“Juntos por el Cambio”, con el Pro como conducción y columna vertebral, ha defraudado las expectativas, en una mezcla de inoperancia y desprecio por lo prometido. Incluso aquellas promesas que alentó con inveterado optimismo, como la apertura de un ciclo de fuerte incremento de las inversiones y de reducción de la inflación. Es un gobierno de directivos de empresas, con multitud de vasos comunicantes con el gran capital, algunos de ellos  con escasa noción de construcción de una hegemonía, en no pocos casos casos con cierto desprecio por cualquier construcción política o cultural que rebase los límites de las elites.

Por momentos la gestión macrista pareció perder el rumbo para su continuidad en el poder y concentrarse sólo en promover los intereses inmediatos de los sectores empresarios que le son más afines (bancos, agroindustria, energía, minería, “unicornios” del universo digital, etc.) Pero el devenir de la situación demostró que eso no era definitivo. La coalición oficialista remontó en gran parte sus momentos de descalabro y desconcierto y retomó la lucha por la reelección del Presidente Mauricio Macri. Lo que parecía un doloroso declive hasta los primeros meses de 2019, se revirtió en parte hasta recolocarlo como candidatura “competitiva”.
Su “apertura al peronismo” expresada en  el postulante a la vicepresidencia, no es otra cosa que la ampliación del campo más a la derecha de donde ya estaba la coalición oficialista. Miguel Ángel Pichetto no adopta la pátina de “modernidad” y “tolerancia” que practica la mayoría del oficialismo, así sea en el plano declamatorio. Se manifiesta anticomunista, partidario de la “mano dura”, despreciativo ante los más pobres. Lo que no logró el establishment en cuanto a la conformación de un “peronismo republicano” lo ha alcanzado en parte con el injerto en “Cambiemos” del por  tantos años jefe del bloque peronista en el Senado.

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Desde el gobierno, como ya se hizo en 2017, han impulsado en estos últimos meses medidas muy parciales y temporarias, para atenuar los  efectos de la crisis e incrementar las chances electorales. Créditos ANSES para jubilados y perceptores de AUH, planes de compras en cuotas de una amplia gama de productos, moderados aumentos a las asignaciones sociales, postergación de los incrementos de tarifas, apertura a convenios colectivos no tan “a la baja” como los del año anterior. 
Sacaron a relucir también su política de obras públicas, presentada como una reversión de años de ineficiencia y corrupciones. Nada de esto es permanente, no son mejoras sensibles. Acompañan sí al cuadro de estabilidad cambiaria y de “disminución” de la inflación desde niveles altísimos. Alcanzan, hasta ahora, para reconducir al gobierno a dar la disputa de igual a igual con el odiado “populismo”. Todo se articula con  un relato de largo plazo, que achaca todos los males a largas décadas de demagogia y corrupción y convoca a “volver al mundo”, sin que nadie más cuestione al capitalismo, se le ocurran senderos “bolivarianos”, ni “pamplinas” similares.
El gobierno cuenta con los recursos del aparato estatal, aprovechados al máximo, y una maquinaria electoral dotada de todos los adelantos tecnológicos y regida por una singular disciplina. Basada además en los análisis “científicos” de la opinión pública que le proveen expertos ligados al jefe de gabinete Marcos Peña, encabezados por Jaime Durán Barba. Ese conjunto se potencia por la actitud del grueso de los grandes medios, que dejan de lado todo pundonor de “objetividad” o “imparcialidad” para profesar un apoyo desembozado a las propuestas electorales del gobierno.
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Por desgracia, todo indica que la izquierda serguirá recluida en sus votaciones por debajo del 5% a escala nacional. No parecen despuntar en el horizonte resultados locales auspiciosos, como en los que en su momento se lograron en Salta, Mendoza y algunas otras provincias. El FIT (ahora FITU) sigue renuente a incorporar corrientes que no formen parte del trotskismo. Sin una política de alianzas más abierta, con la carencia de una apertura política e ideológica mayor, sin suficiente preocupación por articular con los sentimientos y tradiciones populares, casi todo está dado para seguir en el lugar de pequeña minoría. Más allá de su incidencia electoral, el concepto de socialismo no ocupa un lugar determinante en sus campañas.

A ello se suma la falta de perspectiva en una serie de problemas, con ataduras a un paradigma político de un siglo atrás. Ese molde, dado por  los primeros años de la revolución rusa, no deja de ser una referencia histórica  y un legado a enriquecer actualizándolo. Lo que no lo hace susceptible de ser “aplicado” de modo lineal, sobre realidades espaciales y temporales muy distintas a las reinantes hace 100 años en la futura Unión Soviética. Esa falta de ductilidad se proyecta sobre muchas preguntas dignas de hacerse y también sobre la respuesta insuficiente o errónea a cuestiones acuciantes. Valgan como ejemplo las posiciones rígidas en el marco latinoamericano, proclives al repudio de las experiencias de aspiración alternativa, desde Cuba a  Venezuela.

La realidad más lamentable para una perspectiva de izquierda hacia estas elecciones, es la ausencia de una verdadera alternativa popular, con capacidad para constituir una propuesta de masas. Una propuesta que dé la lucha en todos los frentes, de funcionamiento impulsado “desde abajo”, candidatos votados en asambleas; plural en su conformación ideológica y en las reivindicaciones sostenidas. Radicalizada en su programa, sin resignarse ante el “sentido común” por ahora dominante, y menos aún frente a las presiones para limitarse a la “administración de lo existente”, que parten del poder económico, político, cultural y mediático.

Con todas las justas objeciones que se le pueden formular al FITU, se debe reconocer que es la única fuerza con incidencia electoral que, desde la calle y desde el Congreso, criticará las depredaciones del gran capital, repudiará el pago de la deuda externa, rechazará con firmeza los avances sobre el nivel de vida popular, levantará planteos feministas, defenderá a los trabajadores en los conflictos con las patronales, denunciará los hechos represivos, etc. Eso los hace acreedores al sufragio de quienes asumimos una perspectiva de izquierda, al menos en el nivel legislativo nacional y en sus similares locales. 

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La forma de articular ese voto a la izquierda con la contribución a que Juntos por el Cambio sea derrotado, habrá que calibrarla en cada instancia electoral.
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Un nuevo triunfo de Macri significaría una ratificación plena del programa de máxima del gran capital. Desde amplios sectores populares se alimentan expectativas de que un eventual gobierno de los Fernández tome otros senderos, como mínimo no tan agresivos con los trabajadores y las clases populares. Eso va acompañado por la difusa idea de que no habrá un retorno puro y simple de los “años felices”. Lo que no ahoga la perspectiva de que es necesario derrotar a Macri si se quiere evitar una nueva ola de ajuste, privatizaciones, con  el gran capital enseñoreándose del todo de la sociedad argentina para remodelarla a su gusto y placer y disciplinar a los trabajadores y pobres para que abandonen nociones arraigadas de bienestar y “derechos”. A contrario sensu una reelección induciría al desaliento, incluso podría contribuir a un repliegue en las luchas sociales como proyección del desencanto electoral.

La reelección cuenta con el respaldo, activo y hasta entusiasta, de las más variadas expresiones de la gran empresa, en  el plano nacional y el mundial. Desde los CEOs que agitan el voto a Macri en grupos de whatsapp, hasta los presidentes Donald Trump y Jair Bolsonaro cuando abominan del “retorno de Cristina”; desde los grupos económicos articulados con el mayor conglomerado mediático hasta el FMI; todos se conjuran en el “nunca más el populismo”, en el sustento a la fórmula más decidida a sostener una ofensiva “histórica” del gran capital. Esos poderosísimos y fervorosos apoyos no nos pueden dejar indiferentes. Como reza el viejo adagio, “del enemigo el consejo”. Si ellos activan con tanta fuerza para lograr un resultado, es porque las clases subalternas no saldrán indemnes del eventual triunfo de esa apuesta.
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En las PASO, donde no se distribuyen cargos, lo más plausible resulta votar a la izquierda realmente existente. Eso sin perjuicio de hacer desde ya propaganda en favor de la voluntad política y la acción efectiva para impulsar la derrota de Macri-Pichetto en las votaciones posteriores. Los candidatos en pugna intentan instaurar tendencias más o menos claras ya en esta instancia preliminar. Hay que ir delineando desde ahora cual será la posición en la primera y en la eventual segunda vuelta del proceso electoral en marcha.

Siempre con la atención puesta en sostener un mensaje anticapitalista, socialista, antipatriarcal, ecologista, de condena sin remisiones al orden social desigual e injusto, en nuestro país, en la región y en el mundo. 

Las elecciones no suelen ser por sí solas instancias decisivas. Sí marcan tendencias, alinean fuerzas, expanden u obturan diferentes expectativas.  Fortalecen o debilitan conflictos que se dan en otros planos. Son éstas razones que alcanzan con creces para desechar una perspectiva abstencionista, y disuaden de resolver el problema con respuestas simplistas del tipo “lo que importa es lo que pasa en la calle”. Por supuesto que sí, pero el camino no es unidireccional, también lo electoral incide sobre el devenir de las luchas.

Es correcto no adoptar la agenda del adversario, ni alentar expectativas en propuestas que nos son del todo ajenas. Tampoco cabe abstenerse, o mirar desde el balcón de la “sabiduría” o “la conciencia  más  avanzada”, lo  que las mayorías populares consideran un choque trascendente, y en el que tienen a la gran constelación del poderío material, social, cultural y comunicacional firmemente instalado en la vereda de enfrente.

 

Foto: Merco Press, South Atlantic News Agency.
 

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