Chubut: el Estado implosiona y en calles y rutas prueban nuevos modos de la lucha de clases

Recuerdo las veces en que Mario Das Neves envió sus patotas para reprimir las manifestaciones docentes. Recuerdo cuando Martín Buzzi ignoraba los reclamos de los docentes en lucha y los culpaba de su propia ineficacia para resolver el conflicto. También recuerdo cuando, en junio del año pasado, Mariano Arcioni mandó a reprimir a los docentes en Rawson. Todos tenemos en mente los sucesos más recientes: la burla tras las elecciones, el regreso al pago escalonado, el injustificado encarcelamiento de dos docentes de ATECH, entre otras cosas.

Y esto va más allá de un partido político particular. Si no, recordemos el gobierno de Carlos Maestro, con los salarios congelados, mientras celebraba a los abrazos con Carlos Menem el desguace del sistema educativo nacional e impulsaba una reforma pedagógica destinada al fracaso.

No es un problema de una gestión, es un problema de modelo, de política de fondo. El Estado provincial está en manos de grupos que no creen realmente en la educación pública ni en la salud pública ni en la conveniencia de tener un Estado fuerte para apoyar el desarrollo social de los pobres que el mismo sistema genera.

Está en manos de gente que era rica antes de llegar al gobierno o que se hace rica durante su ejercicio. Y eso lo tienen en claro los estatales, cuando proponen la unidad de los trabajadores.

Es cierto que en las elecciones muchos de ellos votan a candidatos que promueven el policlasismo y un capitalismo humanizado, con más recursos orientados a disminuir la exclusión y a promover el ascenso socioeconómico.

Es cierto que, muchas veces, para sacar a un mal gobierno votan a sectores que aparentan ser menos peores y, de ese modo, creen que los castigan. Es un modo de utilizar el desprestigiado sistema de la democracia formal y delegativa.

Sin embargo, cuando se reencuentran en las marchas y en los cortes de ruta, cuando deliberan en sus asambleas de base, reactivan y consolidan una conciencia colectiva, fundada en la memoria de todas las luchas anteriores, todas las broncas, todo el frío, todos los regresos -con más o menos gloria- al trabajo. En esa instancia, comparten la certeza de que todos los gobiernos priorizan otras áreas, que hay un acuerdo tácito de ajustar la educación, la salud, la justicia, es decir, la parte del Estado que apunta al desarrollo social.

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Un modelo actual de la lucha de clases

La lucha de los estatales en Chubut es un modo actual de la lucha de clases. Los trabajadores contra los que gobiernan a favor de la acumulación económica de las grandes empresas y que, en el medio, hacen oscuros negociados con los recursos públicos (basta hacer un seguimiento de las distintas denuncias de corrupción que atraviesan las distintas gestiones). Rechazan también la burocracia sindical que actúa como portavoz del gobierno y de los intereses detrás del gobierno.

Los trabajadores en lucha saben que solo cuentan con el apoyo de otros trabajadores, de vecinos y vecinas, de madres y padres de los alumnos, de los petroleros que, con sana rebeldía, desoyen el mandato del secretario general de su sindicato, de los empleados de comercio que no pueden abandonar su puesto laboral pero que aplauden en la vereda cuando pasa la marcha. En ese contexto, se sabe que esta es la verdadera grieta, la que separa, por un lado, a quienes tienen que luchar en las calles para llevar comida a su casa y tener una vida digna y, por otro, a quienes tienen su vida resuelta, sus negocios y, por supuesto, no envían a sus hijos a las escuelas públicas ni se angustian por tener cortada la obra social.

No a la megaminería

Hay voces oficialistas que proponen la minería a cielo abierto como la salida a la crisis. La apuesta a un extractivismo que, se sabe, terminaría siendo un saqueo descontrolado (¿o alguien piensa que este Estado, deteriorado y fundido, puede controlar con rigurosidad a empresas mineras que ganan miles de millones de dólares por año?). A mar revuelto, ganancia de pescadores.

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Sin embargo, en toda la provincia, los trabajadores estatales en lucha rechazan la salida megaminera. "No es no", repiten. El ajuste no los confunde ni los disciplina. Entienden que la crisis del Estado (inducida, de manera voluntaria y/o involuntaria, por las distintas administraciones) es un modo de empujar a la sociedad a aceptar una salida, tan simple como falsa.

Y la resistencia a la megaminería también puede ser analizada en términos de clase, porque el rechazo une a trabajadores que no están en lucha, a trabajadores en lucha y a personas que no tienen trabajo. El lobby minero apuesta a la lucha de pobres contra pobres, a la desesperación de los que no tienen nada, enfrentados a los que tienen algo. Pero los pobres y los no tan pobres, los trabajadores y los excluidos, se unen contra el saqueo y la rapacidad de las grandes empresas. El capitalismo extractivista encuentra un límite en la dignidad de gente a la que no se puede comprar con un salario.

Tiempo de las TICs

Cuestionar el capitalismo y hablar de "lucha de clases" puede parecer un anacronismo dentro de un escenario en el que Mauricio Macri, Alberto Fernández y Cristina Fernández compiten para ver quién es el mejor y más puro capitalista. Habitamos un mundo basado en el consumo, en la competencia, en el individualismo, y parece que nos convencieron de que es el único posible, de que realizarse en la vida es vivir como un rico.

En la lucha se proyecta otro modo de relación social. Se confirma la importancia de la solidaridad, de la empatía, de la fuerza de la organización política que toma como referentes a líderes honestos, que no venden sus principios por un cargo. También se ratifica la importancia de ese tejido social que desprecian los grupos dirigentes. El maestro sabe que a la escuela pública no asiste el hijo del rico y asume que su trabajo es más valioso cuando ayuda a cumplir el deseo del trabajador que quiere que su hijo tenga una formación superior a la suya. El maestro en huelga no es el enemigo: es el aliado.

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En tiempos de nuevas tecnologías, las redes sociales contribuyen a reforzar la lucha. El viernes, Youtube, Facebook y Whatsapp fueron canales útiles para que rápidamente su supiera que habían detenido de manera ilegal a dos docentes en Comodoro, para informar dónde estaban, para confirmar que no estaban solos en la comisaría, que afuera había compañeros exigiendo su libertad y cantando "Unidad de los trabajadores y al que no le gusta se jode".

Los trabajadores en lucha se sacan selfies y las postean. Se dan ánimo. Comparten su férrea convicción. Es cierto, el capitalismo desarrolló las redes sociales, que al fin de cuentas son productos de enormes empresas privadas. Pero son también nuevas herramientas de lucha.

Donar comida

La situación es muchos hogares de trabajadores estatales es desesperante. Hay familias en las que el padre y la madre tienen empleos públicos y familias en las que hay un solo sostén. Muchos ya tienen la tarjeta de crédito cortada y no tienen plata para comprar comida.

En toda la provincia, hay colegios que actúan como centro de recepción de donaciones, para distribuir entre los más afectados. Acerquémonos y colaboremos.

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

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