Joker: En tu pantalla

Siguiendo a Lacan en su clásico texto del “Estadio del espejo”, en el proceso de construcción de la subjetividad siempre hay un Otro externo (que nombra) y una imagen (que apuntala ese cúmulo de sensaciones abstractas que vendría a ser el cuerpo no constituido de un lactante).

Cuando algún componente de este andamiaje falta o falla, la constitución del psiquismo será deficiente. Joker nos devuelve parte de ese “todo dañado”. Y el daño, como el síntoma, tiende al origen social.

Es claro que ninguna experiencia produce los mismos efectos en dos cuerpos distintos. Por lo tanto, resulta algo estéril suponer que haya una cierta justificación de lo que el personaje deviene en función de la honda temática que la película des-vela.

La atmósfera es relativamente asfixiante, pero deja espacio para una posible salvación. El racconto es hacia atrás: en una sociedad de hace algunas décadas -no monitoreada las 24 horas, ni hiper- conectada, comunicada, tecnologizada- aún hay espacio para la locura individual.

Una especie de proto distopía (trasladada hacia un pasado un tanto menos adverso), que puede ser pensada como una suerte de genealogía de este opaco presente, pletórico de “panópticos a cielo abierto” y corrección política forzosa.

Por mera rebeldía, por identificación moral invertida o por cierto relajamiento distractor provocado por la imagen, uno termina empatizando algo más con los malos que con los buenos cuando se ubica frente a una pantalla.

Si bien el tópico resulta más que tradicional en el cine, se ensaya que Joker viene a golpearnos en el talón de Aquiles del siglo XXI: el asfixiante proceso de domesticación social al que estamos sometidos diariamente.

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Ante dicha condición, un sujeto dañado que deja la medicación (más por abandono estatal que por desidia propia) y pasa a conectar con sus pulsiones de modo bastante menos mediado que su más que incómoda risa, puede aparecer como líder de una revuelta de desdichados. Y esto a partir de una serie de asesinatos que inician una secuencia densa y compleja, debidamente justificada por la trama narrativa.

Si bien la lucha de clases siempre está latente (la película no le quita densidad a dicha problemática), la posibilidad de la revuelta emerge desde un lugar inesperado. Tal vez la crucial pregunta que queda flotando en el aire sea: ¿Y por qué alguien quiere ser rico?

Es tan claro que no existen (ni existieron) las recetas de “como se hace la revolución”, tanto como que los tiempos actuales nos (re)presentan un panorama hostil y sofisticado en cuanto las posibilidades del cambio social.

Cabe suponer (por suerte) que las aspiraciones y anhelos sociales no entren en ningún laboratorio. Vale imaginar que tal vez la revolución ya no se trate del reparto igualitario de la riqueza, sino de algo para lo que nos estarían faltando casi todas las referencias. Hasta inclusive un nuevo tipo de lenguaje, no tan contaminado por la confusión ideológica1.

Tal vez, llegado el punto, la revuelta del siglo 21(si es que exista) tenga rostro de payaso o máscara plástica de necesario anonimato. En ese aspecto puede la película tener un cierto dejo anarquista, al estilo del colectivo Anonymous o de las obras artísticas de Bansky.

Párrafo aparte para destacar la colosal actuación de J. Phoenix. Poner el cuerpo de tamaño modo para mostrar el proceso a través del cual la locura desborda el continente humano, lo equipara al memorable trabajo de J. Nicholson en “El resplandor”.

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Y en medio del colapso mental, la sutileza con la que juega su transformación es poética. Las escenas de baile en solitario en las que, cual si fuera una crisálida, va despojándose de capas de sedimento civilizatorio representan un deleite visual para ilustrar el inminente “descenso a los infiernos”.

Mucha y bella estética para aliviar en algo nuestra voraz mirada, que también sabrá recibir una puñalada directamente al ojo, tanto como aquel que supo armar la mano, ahora asesina.

Conmueve tanto la cercanía del registro de la lente como la interpretación. Inquieta e incomoda la historia del personaje cuando se la deja aflorar, pero llegado este punto es que vale la digresión…

 

Inevitable reflexión en formato presente.

El fenómeno de taquilla que se produce localmente puede leerse (salvando las distancias) en clave al que se genera alrededor de la serie “El Marginal”. Una sociedad llena de Kapos, termina adorando (pantalla mediante) Jokers o Diositos.

Si fuera por haber pasado una infancia de mierda, no tener trabajo (o que te echen del que tenés) y que el sistema de asistencia social te deje de garpe -si es que alguna vez lo tuviste-, este país estaría lleno de Jokers. Si esto no ocurre es porque las instituciones (de las represivas y de las otras) o los encierran o los liquidan, en ambos casos a edades tempranas.

Tal vez “nuestros pibes silvestres” se parezcan más a los de la primera escena de Joker (los que fajan al payaso y le chorean el cartel); pero esos chicos acá hubieran sido corridos y linchados por la mayoría de lxs que aplauden la película.

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Pareciera que la fascinación por el delito, lo tumbero o lo insurrecto fuera quedando relegada a la pantalla.

¿Acaso será ese el último reducto de resistencia simbólica, ante la feroz colonización de lo imaginario?

 

Edgardo Alvarez, 16 de Octubre

 

 

1 En el mundo actual predomina una perversión del lenguaje que consiste en el uso habitual de conceptos dudosos, por su carácter multívoco, o porque sirven para encubrir la realidad en vez de descubrirla o interpretarla, o por su función legitimadora destinada a substituir un concepto más exacto y más crítico. El lenguaje de la política es un caso extremo: la extrema derecha se autodefine como centro, el centro conservador y timorato se presenta como izquierda o socialista, los xenófobos y racistas como demócratas… nadie es lo que dice ser. Las ciencias sociales, en parte por influencia de los medios políticos y de comunicación y de los organismos internacionales, los han adoptado y legitimado, y así, sin casi darse cuenta se han adaptado y sometido al poder formal y al poder real. Los controles que se ejercen por medio de las revistas indexadas y el financiamiento de programas de investigación ha facilitado la traición moral e intelectual de una parte importante del mundo universitario. La perversión del lenguaje es su expresión más visible. https://www.jordiborja.cat/las-trampas-del-lenguaje/

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