Fundamentos para un análisis de coyuntura histórico-clasista: clases medias y la necesidad de una estrategia emancipativa

Especial desde La Paz, Bolivia. Es curioso cómo en los últimos meses se ha dado un debate sobre las “clases medias”, ¿qué son?, ¿cómo se las define?, entre otros, y casi no existe el interés ni la preocupación de pensar más allá de una definición teórica satisfactoria, o si es un insulto o no el llamarlas decadentes y otros similares. Sostengo que es más importante el papel que juegan las clases medias en el proceso político y su progresiva influencia sobre el gobierno y el Estado; por lo que es necesario hacer un análisis más totalizador y relacional de su creciente poder real, y no solo como “votantes”, como casi todos los ven. Se borra la relación Estado-sociedad, tanto desde un punto de vista práctico de las luchas y los desafíos actuales como desde un enfoque histórico, que trataremos de retomar y aportar.

En el presente artículo, afirmo que esta es la cuestión más importante respecto a las escurridizas “clases medias”, basado en una interpretación histórica y crítica de las clases medias y sus políticas, aspiraciones de clase, etc., y su papel cada vez más decisivo en las definiciones políticas centrales en el manejo del Estado hoy, más allá de los deseos y simpatías o antipatías de los más altos dirigentes actuales o su procedencia de clase, en desmedro de otras lógicas y posibles trayectorias de conducción del Estado más vinculadas a las clases trabajadoras y sectores populares.

Las “clases medias” han logrado influir de formas mucho más decisivas desde el fin del proceso constituyente y el inicio de la construcción o reconstrucción material del Estado desde el 2010, en el rumbo de los acontecimientos más importantes de los últimos ocho años, en las decisiones del propio gobierno y del conjunto de las estructuras del Estado, porque cuando se inicia la construcción de “Estados” reviven, se fortalecen y se expanden lógicas conservadoras que portamos todos, pero en especial las “clases medias”. Pero como mostraré, se potenciaron también por las decisiones políticas que se fueron tomando desde el 2010 y 2011. En especial, el no avanzar hacia lo que una militante argentina llama “empoderamiento creciente” de los explotados, que con todos sus defectos y límites sí avanzó en Venezuela con Chávez. Pasemos primero a dar un encuadre fundamental del análisis de las “clases medias” respecto al proceso político que vivimos.

 

Historia, revolución política y clases medias

Lo fundamental de la crítica de René Zavaleta a los gobiernos de Ovando y Torres (1969 a 1971) fue que no hubo un proceso de “sustitución de clases en el poder” (Zavaleta, 2011: 673). Expresaba el vacío de clases subalternas (obreros, campesinos, sectores populares urbanos) que tenía el poder de estos gobiernos. Más allá de la exactitud de esta crítica y que se las vea como justas o desmesuradas, nos permite pensar críticamente en el proceso actual. Proceso que caracterizo como una parcial revolución política, porque -si bien fue a través de elecciones y no por vía de la fuerza- la ocupación del Estado, entre 2006 y 2010 hubo un proceso parcial de incorporación de las clases subalternas (en especial campesinas) y de sus intereses y demandas a las estructuras del Estado, que lo fracturó parcialmente, y que permitió recuperar excedente, redistribuirlo, etc.; crear políticas de potenciamiento de ciertos sectores explotados, etc. Por lo explicado anteriormente, incluso en el plano de las estructuras más profundas, diría que se dio -en los conceptos zavaletianos- un cambio de forma primordial, permitiendo construir mayores trechos de autodeterminación estatal y parcialmente social, que posiciona al Estado boliviano como antiimperialista, etc. Sin embargo, precisamente por la necesidad -que se inicia al concluir el proceso constituyente- de construir o reconstruir las estructuras del Estado desde el 2010 y por las decisiones políticas que se van tomando en esa coyuntura es que se ingresa a una fase de gradual declive de la parcial revolución política, de gradual viraje histórico. Nadie que tenga un mínimo de seriedad puede pensar que hemos vivido cualquier forma de revolución social. Es fundamental precisar esto hoy más que nunca. De ahí que el análisis de las clases medias tiene una importancia enorme dentro del propio Estado.

Un interesante, riguroso, y sobre todo reflexivo artículo de los compañeros Daniel Rafuls Pineda y José René Valdés Díaz de la Universidad de la Habana, elaborado por pedido de Hugo Chávez para pensar el tránsito al socialismo -“La Revolución Social y la Revolución Política. Una aproximación a los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador”-, resulta muy ilustrativo para pensar muchas cuestiones estratégicas de hoy. Las más importantes: a) una aproximación a una caracterización seria de una revolución política y algunas diferencias esenciales con una revolución social, que además encaminen al socialismo; b) nos sirve también para establecer criterios que permitan pensar el grado en el que se han desarrollado, o no, las revoluciones políticas en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Veamos:

En cuanto a lo primero, plantean que hay una diferencia clara entre una revolución social y una revolución solo política.

Mientras la primera revolución social, por ejemplo, está asociada al inicio, desarrollo y culminación de una época histórica que marca una nueva tendencia del desarrollo social y, consiguientemente, el tránsito de una Formación Económico Social vieja a otra superior; la segunda la revolución política es utilizada concretamente para calificar el acto, o proceso, mediante el cual una clase social que ha tenido el control del Estado es sustituida por otra. Esto, que en los propios términos del marxismo también ha sido reconocido como la conquista del poder político, o el logro de la hegemonía política de una clase, en el lenguaje de la Ciencia Política contemporánea del Tercer Mundo podría ser definido como la acción o el proceso que comienza con la destrucción de los fundamentos básicos del sistema político imperante, y que crea las condiciones para conformar, ulteriormente, los pilares esenciales sobre los que se va a erigir el nuevo sistema político. (Pineda y Valdez, s/f)”

Se puede decir que, en Bolivia y Venezuela, en menor medida en Ecuador si es que se dio -al menos parcialmente- un proceso en el que: “una clase social que ha tenido el control del Estado es sustituida por otra”. (Pineda y Valdez, s/f)

El problema es definir el grado, la profundidad y sostenibilidad de esta sustitución de las élites dominantes por sectores subalternos, por eso hablo de una parcial revolución política. Porque, además -precisamente por la complejidad y dificultad que implica definir al sujeto colectivo que ha arribado al gobierno-, como todos sabemos, ciertas clases medias (técnicos o intelectuales) jugaron un papel importante también. Hoy, la hipótesis es que juegan un papel todavía más importante y conservador que en el inicio de los procesos, no solo por su origen de clase, sino porque su posición de clase se va fortaleciendo, lo cual se da porque el sujeto es muy difuso. Esto es un poco más claro en el caso de Bolivia, ¿“indígena originario campesino” en cierta alianza con otros sectores trabajadores y clases medias populares? Pero, sigue siendo un tema central de debate e investigación. ¿Cuál es el sujeto que llegó al gobierno?, ¿qué criterios define eso? Esto me ayuda a precisar mi caracterización de parcial revolución política en proceso de involución, porque las clases medias siempre jugaron un papel central y hoy más aún.

Otra tarea importantísima (que menciona el citado artículo) es evaluar el grado de construcción de propiedad social o estatal bajo control de la sociedad laboriosa, para pensar el grado de avance de una revolución. Solo diré que claramente nadie piensa que se hubiera ido más allá de la recuperación de ciertos sectores estratégicos, incluso de forma parcial. Este es uno más de los datos que me permiten hablar solo de una revolución política; está claro que se ha avanzado en algo en este aspecto, pero la gran propiedad privada, nacional y transnacional no solo no está en retroceso, sino que está en auge y acelerado proceso de crecimiento.

Luego, el artículo mencionado analiza, sin cerrar la posibilidad de que se trate del inicio de una revolución, una diferenciación política fundamental: el “arribo al gobierno” es una cosa y la “sustitución del poder político de la burguesía por la hegemonía de la clase trabajadora” es otra muy distinta:

(…) el arribo al gobierno, por parte de los mencionados tres presidentes, no ha implicado, en ningún sentido, la sustitución del poder político de la burguesía por la hegemonía de la clase trabajadora. (Pineda y Valdez, s/f)”

Diferenciar “el arribo al gobierno” de “la sustitución del poder político de la burguesía por la hegemonía de la clase trabajadora”, nos permite una vez más visualizar la enorme importancia que ha empezado a jugar la “clase media” objetivamente, aunque siempre fue importante. Está claro que lo primero se ha logrado y lo segundo no, o al menos no de forma significativa. La pregunta es ¿se podía realizar esta tarea revolucionaria?, tal vez más importante, ¿se ha intentado? Hoy, al menos es revolucionario plantearse estas preguntas, cuando todos coincidimos en que el proceso está en una fase de declive.

El muy interesante y reflexivo artículo luego abre vetas de análisis:

"Todo esto significa que aun cuando varios autores afirmen que ninguna sublevación popular de los últimos años, incluidas las de Venezuela, Bolivia y Ecuador, clasifica como revoluciones sociales y, al mismo tiempo, que ninguno de los gobiernos que han emergido de estas, pueden ser ejemplos de revoluciones políticas, parece que hay muchos indicios, de la práctica cotidiana latinoamericana, que pueden demostrar lo contrario. (Pineda y Valdez, s/f)"

Da a entender que no son ni revoluciones sociales, ni revoluciones políticas, e inmediatamente plantea que hay indicios de que sí puedan ser al menos revoluciones políticas; y lo fundamental para nuestro análisis:

Para nosotros lo esencial, hoy, debe ser comprobar si, en las condiciones actuales, existe otra manera de iniciar el tránsito pacífico del capitalismo al socialismo que no sea a través de las transformaciones político-institucionales y económico-sociales-culturales que ya están teniendo lugar en países como Venezuela, Bolivia y Ecuador, a pesar de que estos procesos puedan ser revertidos como le puede ocurrir a la propia Cuba. Contestar a esta pregunta, es lo que nos ayudará a responder si la revolución política, en estos países, está por venir, o ya se ha iniciado. (Pineda y Valdez, s/f)”

Está claro que si hubo una parcial revolución política en Ecuador (que está todavía más difícil de demostrar que en Bolivia), ya se detuvo bruscamente en los últimos meses, al menos de momento. En todo caso, da a entender que podrían estar en curso en Bolivia y Venezuela procesos de revolución política.

Finalmente, se posiciona políticamente de forma clara:

Todo lo expuesto hasta aquí, deriva en la formulación de una tercera posición, que compartimos los autores de esta ponencia, y que sugerimos sea valorada por los estudiosos de esta temática. Es aquella que aprecia la experiencia de los actuales estados de Venezuela, Bolivia y Ecuador, primero como el inicio de una revolución social, marcado por una revolución política en las entrañas del propio sistema liberal burgués, donde se han comenzado a crear, paulatinamente, los fundamentos básicos (político-institucionales, económico sociales y culturales) del nuevo sistema social. Y después, como una revolución democrático-burguesa por las transformaciones económico-sociales que están ejecutando, (durante una primera etapa), pero de carácter socialista por el tipo de clase que la encabeza, por las tareas políticas y sociales internas y externas que cumple, y por sus proyecciones estratégicas más generales. (Pineda y Valdez, s/f).”

Más allá de estar de acuerdo o no con el planteamiento de los compañeros cubanos, insisto en la importancia de reflexionar desde un marco riguroso clasista sobre las temáticas de los procesos actuales, porque si no es imposible hacer una evaluación seria y crítica del papel de las clases, en especial de la escurridiza denominada “clase media” -que jugó y juega hoy un papel de primer orden, de acuerdo a la explicación dada-. Personalmente, pienso que la revolución política -parcial o más profunda- al menos en Bolivia y Venezuela sí ha logrado abrirse camino y no es puro reformismo a secas como ven algunos “marxistas” doctrinarios o “teóricos críticos” mal intencionados y sin principio de realidad. Asimismo, cada vez es más difícil profundizarla y, por lo tanto, la revolución social está cada vez más lejos, esto por las razones ya explicadas, que hacen que desde el 2010 en Bolivia estén en su fase regresiva o de reflujo como proceso de parcial revolución política. Esto nos aleja tanto de las críticas conservadoras y también del exitismo estatalista de casi todos los altos funcionarios del Estado.

El citado artículo concluye con una cuestión fundamental que nos haría bien pensar serenamente:

“(…) más allá de todas las especulaciones que podamos hacer entre académicos, sobre los temas del poder que hemos estado discutiendo, la mejor manera de determinar qué clase social encabeza el Estado en esos países y, consiguientemente, qué profundidad tienen y pueden tener los procesos políticos a que estos den lugar, es definiendo a quién benefician, en última instancia, todos los cambios político-institucionales, económico-sociales y culturales internos que, allí, tienen lugar, incluyendo su proyección hacia la integración de “nuestra América”, a través del ALBA. Será otra manera de definir si, en ellos, ya se inició la Revolución política o está por determinarse el momento en que va a comenzar. (Pineda y Valdez, s/f).”

Ahí es donde claramente podemos decir que desde el 2010 la tendencia ya no es el seguir priorizando a las clases subalternas (campesinos, obreros, sectores urbanos populares), sino que se está profundizando la construcción estatal, que hace rebrotar tendencias a priorizar la adulación a las clases medias, antiguas y nuevas. En vez de politizarlas y conducir políticamente su tránsito de la pobreza a mayores niveles de consumo y bienestar material, para que no sean las sepultureras del propio proceso que las llevó a esa situación. Para profundizar este aspecto, pasemos a lo que Zavaleta llamó la construcción histórica de la “mentalidad” de las clases medias en Bolivia.

 

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La “mentalidad” histórica de la clase media como dirigente luego del momento constitutivo de 1952 y la paradoja campesina

Casi nadie en el gobierno dice abiertamente que las clases medias deberían ser “clase dirigente” de los cambios, pero casi todos -en especial desde las estructuras del Estado más conservadoras- actúan implícitamente, de forma más notoria y conservadora desde el 2010, como si esto fuera bueno y evidente en sí mismo. Esto tiene una historia larga, al menos de más de medio siglo, que pasamos a describir.

Este es el dilema más grande de la actual coyuntura política. Hoy, es casi un sentido común generalizado de los funcionarios del Estado hablar y pensar en función de qué más hacemos para agradar y adular a las clases medias (como sea que las definan, nuevas o viejas, decadentes o ascendentes) para que voten por el MAS o por Evo. Como si La Paz, Cochabamba e incluso Santa Cruz fueran Madrid o Buenos Aires; porque, según se desprende de su pragmatismo electoralista liberal, “de eso depende que voten por el MAS las clases medias”. A gusto clase-mediero se priorizan asuntos secundarios, batir récords de todo tipo, Dakar, infraestructura visible (carreteras, canchas, etc.) y cosas así, en vez de encarar los temas claves para los sectores populares en especial los temas de Salud y Educación que después de doce años no han mejorado ni cambiado. Grave error conservador que se ha incubado en parte por el proceso histórico y los momentos constitutivos de las luchas, y en parte por las decisiones políticas asumidas desde el 2010 en adelante. Como trataré de demostrar, incluso desde el punto de vista pragmático de sostenimiento del poder, es un grave error esta adulación conservadora de las clases medias y el descuido de temas fundamentales para los explotados que en Bolivia son hiper-politizados como salud, educación, legislación laboral, empleo, autonomías indígenas, autorrepresentación indígena, etc., para ya no hablar de ser más consecuentes con las transformaciones estructurales o profundizar la parcial revolución política.

A esto se podría llamar el callejón sin salida del proceso de cambio, que se va extraviando en su alineación gradual a una política de clase media, que esperemos sea revertida a tiempo. Pero eso a los liberales electoralistas les tiene sin cuidado, ya que en lo único que piensan es cómo ganar elecciones, incluso vendiendo el alma al diablo, claro está. Aunque si tuvieran un poco menos de ambiciones y estrechez, verían que es un problema de vida o muerte del propio proceso por la realidad boliviana que no es España o Buenos Aires.

Zavaleta, a principios de los 70, ya analizó como con Walter Guevara, el lado más conservador de la dirigencia del MNR antes de que surgiera el gorilismo militar de Barrientes, se planteó nada menos que “la clase dirigente de la revolución debería ser la clase media” -revolución que por cierto a esas alturas ya no existía en absoluto-. Lo interesante hoy, en la parcial revolución política que vivimos y que ha entrado en su fase de involución o gradual declive desde el 2010, es que los núcleos de poder más densos del actual régimen parecería que no logran ver esta cuestión elemental desde un lente crítico e histórico y están repitiendo este posicionamiento, conscientes o no de ir configurando las decisiones políticas como sistemática adulación y concesiones a la clase media por una visión coyunturalista y electoralista. Veamos cómo plantea Zavaleta el surgimiento de esta posición política:

Esta concepción (de clase media como dirigente) será el punto de partida de toda una mentalidad posterior. Cuando el poder dual se resuelva a favor de su lado pequeño burgués, los dirigentes de esta clase se sorprenderán de la actitud de insubordinación del proletariado. Es un modo de pensar con el que se contagió toda la militancia y la defensa del estado nos parecía en aquel momento más importante que la defensa de los sindicatos. (Zavaleta, 2011: 673)”

Entonces -al menos desde 1952-, tenemos no solo que la revolución fue obrera y campesina, sino que además la pequeña burguesía tomó el poder de un Estado burgués que nació antes que la propia burguesía por la abdicación obrera al poder. Además, luego, cuando ya no quedaba nada de esta revolución, crearon toda una “mentalidad posterior” pequeña burguesa, como explica Zavaleta, de las clases medias como dirigentes de “la revolución”. Es por eso que hoy de forma “natural” el gradual declive de la parcial revolución política hace que -lo postulen explícitamente o no- las clases medias estén pugnando hoy, con amplia participación en la conducción del Estado actual, por imponer esta mentalidad de clase media en la conducción del proceso que vivimos.

Parecería que implícitamente las tendencias dominantes del gobierno -a pesar de sus diferencias y matices, simpatías o antipatías- no han logrado entender que además de las superestructuras de los tinglados formales del poder político, donde se encuentran los mecanismos de reproducción coyuntural e inmediata de la política y el poder, mecanismos de habilitación y selección de gobernantes y candidatos, elecciones, etc. Estos tinglados superesctructurales del poder que es lo único que ven los pragmáticos liberales electoralistas se alzan sobre la base de las relaciones de clases del país, que no alcanzan a ver ni quieren ver, y que es la que definirá su destino más allá de las argucias legales y “atajos” juridicistas de todo tipo.

La preocupación, casi exclusiva, de la primera, las argucias y mecanismos legales de sostenimiento en el poder propios de abogadillos pragmáticos y adulones de los poderosos y ciegos frente a esta base de clase, lamentablemente parece ser dominante desde el máximo dirigente hasta el más de base, más allá de las declaraciones, y por eso han descuidado y socavado la segunda, la base de clase, el bloque de poder nacional-popular que ha ocupado parcialmente el Estado.

Justamente por eso, las acciones políticas estatales están cada vez más teñidas de un coyunturalismo estrecho políticamente que descuida la base de clase del régimen. Su finalidad fundamental es colocar implícita o explícitamente como tendencia a “las clases medias” como lo central del proceso actual, con un conjunto de medidas para adularla y potenciar a la clase media, en vez de politizarla y neutralizar sus aspectos conservadores (tanto de las viejas como de las nuevas clases medias). No se ha hecho en absoluto un trabajo sistemático y sostenido de conducción política de las transformaciones sociales que estamos viviendo.

Ni siquiera se ha iniciado un proceso a gran escala de revolución cultural y de formación política de los sectores subalternos (ojo que no estoy hablando de propaganda y de utilización instrumental de la gente en elecciones y adscripción a partidos), y menos se ha trabajado en la neutralización de las nuevas clases medias con una conducción política de las transformaciones sociales. Dos trabajos ligados pero diferentes, que podrían juntarse en un trabajo social a gran escala de politización y construcción de legitimidad de los cambios y de su profundización del trabajo anónimo, militante y de base en cada ciudad; con trabajo militante en cada barrio, en cada cuadra, intentando en nuestras condiciones concretas e históricas, sin repetir autoritarismos y feligresías conservadoras, pero emulando los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba (CDR), los círculos bolivarianos, las comunas en Venezuela, etc. Se debe avanzar hacia la construcción de poder popular y el empoderamiento creciente, real y práctico de las clases trabajadoras desde la sociedad; como se verá más adelante, esta es la única garantía de sostenibilidad de un proceso consecuente de revolución política que se profundiza.

Esto tiene que ver, como lo indica también la cita de Zavaleta, con descuidar la autoorganización social, se prioriza el Estado y se descuidan los sindicatos. Estas falencias graves, ¿qué son si no prácticas arraigadas y vinculadas a la pequeña burguesía y las lógicas liberales, electoralistas coyunturalistas? O como dice Zavaleta, la “mentalidad” de clase media que adula a los jefes solo piensa en las jerarquías y casi lo único importante es la reproducción del poder sin comprender y despreciando la base de clases sobre la que se sustenta cualquier poder estatal.

Además, uno de los factores fundamentales de potenciamiento de las clases medias ha sido justamente el crecimiento del aparato del Estado, que contaba con 38 mil funcionarios en todo el aparato estatal el 2001 y hoy cuenta con más de 297 mil funcionarios (49 mil en ministerios y la administración central, 24 mil en gobiernos departamentales, 194 mil en instituciones descentralizadas y empresas, 30 mil en gobiernos municipales) (Soruco y otros 2014: 40). Es un crecimiento tremendo de una enorme burocracia que implica incluso, en alguna medida, una modificación de las estructuras de clase en los sectores urbanos. Para eso, hay que destinar recursos, hacer un plan serio, inteligente, con la verdad histórica y autoridad moral, que vaya más allá de obligar a los burócratas a “alinearse”. Cosa que ni se la pensó en esa amplitud y complejidad crítica revolucionaria.

Solo en los ministerios y la administración central trabajan 11 mil personas más que en todo el aparato estatal existente en el 2001. Esta realidad requería una planificación revolucionaria de estos cambios, que no fueran solo obligar a inscribirse al partido, adoctrinar y hacer propaganda, “alinear” a los funcionarios y este tipo de medidas formales burocráticas, liberales, pragmáticas, autoritarias y profundamente ineficaces para una estrategia revolucionaria e inteligente, sino ganar lo mejor de esa gente que, por supuesto, serán pocos. Hacer dudar de forma sincera a la gran mayoría de clasemedieros pequeño burgueses desde la verdad y la lucha política, no por jerarquías, formalidades y autoritarismo conservador; y, finalmente, neutralizar a los sectores más minoritarios ultraconservadores, mercantilizados, racistas y patriarcales con una actitud firme, de debate político y de presencia no instrumental. Nada de eso se ha intentado siquiera, hace falta visibilizar el problema y darle un tratamiento revolucionario y crítico, y no uno formal, autoritario y /o administrativo.

El apoyo social y la formación de cuadros críticos que se requieren, tanto dentro como fuera del Estado, se construyen en la polémica interna (con las diferentes tendencias que apoyan el proceso desde distintos intereses y enfoques) y externa (con sectores conservadores y de derecha) no en la construcción de grupos de feligreses y propagandistas de los máximos dirigentes mal formados que casi lo único que hacen es ir acaparando privilegios y poder. Y ese es un grave error nuestro.

A nivel social y estatal había que asumir con sabiduría y planificación el abordaje de este nuevo escenario como un campo de lucha abierto y estratégico y no resolver casi todo con medidas administrativas y formalistas. Una vez más se trata de una clásica forma de las clases medias conservadoras y burocracias estatales que están tan lejos de lo revolucionario y que nos están llevando a un callejón sin salida. Todo esto, incluso en sectores de avanzada, genera desmoralización y malestar.

Esto derivó en el consiguiente potenciamiento de los prejuicios y la construcción subjetiva de las clases medias; casi todos los funcionarios públicos se consideran y aspiran a ser como las clases dominantes y se consideran “clases medias”, como mínimo, con su consiguiente irradiación social conservadora muy fuerte en un país con tan poca población. Las burocracias coloniales-liberales como la boliviana, lamentablemente son tremendamente conservadoras, apegadas a que le digan “licenciado” y todo ese tipo de miserias de clase media señorial, donde las jerarquías y el ascenso social son casi lo único importante. Esto casi no ha cambiado en estos doce años y, por el crecimiento cuantitativo, se ha profundizado este factor conservador de la sociedad boliviana y del Estado, con algunas raras excepciones.

Está claro, por lo anteriormente explicado, que el debate de las clases medias debe ser relacional (en función al estado de su impacto e influencia) y no solo desde el punto de vista de que son o no son en abstracto y por quién votan las clases medias. El otro aspecto que refuerza estos dilemas históricos estructurales es lo que Zavaleta denomina el resultado “paradojal” de la inserción al Estado del 52 de las masas campesinas:

El resultado de esta liberación vertical, casi paternalista, de arriba hacia abajo, del proletariado hacia los campesinos, resultó paradojal. Finalmente, al liberar a los campesinos, los obreros estaban creando las condiciones para que la pequeña burguesía les arrebatara la hegemonía dentro del poder porque el campesinado creó una fijación… no con relación a la clase obrera, que lo había liberado desde el estado, sino con relación al aparato del estado como tal. Los dirigentes campesinos se acostumbraron a tratar de continuo con el aparato del estado, a no existir independiente de él y, por eso, cuando el imperialismo toma directamente dicho aparato -con Barrientos- el trato se continuará casi con las mismas características. El campesinado había hecho un hábito de su dependencia del Estado. (Zavaleta, 2011: 675)”

Tengamos cuidado con esto: que el campesinado retome el “hábito de su dependencia del Estado” y que la “fijación. con relación al aparato del Estado” haga que “no puedan existir independientemente de él”. Por más que esta situación refuerce en la coyuntura el sostenimiento en el poder del Estado, poder a corto plazo, a la larga es una perspectiva conservadora como resulta evidente.

Si tomamos en cuenta que en la parcial revolución política que se ha vivido uno de los sujetos fundamentales está vinculado al campesinado indígena, está claro que era y es de vital importancia analizar su inserción histórica como clase a los procesos estatales, como ya se señaló, ya que hoy el ciclo estatal puede claramente mostramos esta paradoja. Primero, que tienda por razones históricas -enraizadas en las dinámicas de su acumulación como clase- a permitir y viabilizar la supremacía de la pequeña burguesía, que otra vez les “arrebaten la hegemonía dentro del poder”, como dice Zavaleta. En segundo lugar, por esa “fijación” con el aparato del Estado, y este “tratar de continuo” con el Estado, no puedan tener una existencia independiente como grupo y como clase, que sería el fin del proceso que vivimos, más allá de las argucias leguleyas que se puedan inventar los tinterillos que juegan a poderosos en la actual coyuntura.

Está claro, porque insistimos en que es muy peligroso para una revolución política potenciar un hábito de su dependencia del Estado, aunque en la coyuntura aparezca como vital, es en general conservador y peligroso desde el punto de vista revolucionario, porque ya está presente -en su acumulación como clase- de forma arraigada desde 1952. Este es un tema de vital trascendencia de la actual coyuntura política.

Esta es la profundidad de este dilema, no solo se trata del problema de que se vacían las organizaciones y los movimientos, porque todos quieren ser funcionarios del Estado, lo cual ya es un dilema grave para una posición revolucionaria. Sino que el proceso histórico boliviano en particular, si lo analizáramos, nos debería alertar sobre la extrema importancia de que los movimientos sociales y las clases subalternas, en especial el campesinado, mantengan autonomía y fuerza societal en un ciclo estatal como el que vivimos. Definitivamente, esto se ha descuidado. Yo iría más allá y no solo diría que hemos descuidado el frente social.

Deberíamos haber planteado y desarrollado, como sí lo hizo Chávez a su manera y con todas sus dificultades y errores, lo que la compañera Rauber -que vivió 20 años en Cuba- llama “empoderamiento creciente” de las clases trabajadoras. O sea, construir poder popular desde abajo. movilización de masas y no solo gestión estatal, por muy efectiva y bien lograda económicamente que fuera. Y ojo, que no necesariamente tienen que ser antagónicas. Pasemos a ver este importante aspecto del análisis en más detalle.

La estrategia política del “empoderamiento creciente” de las clases trabajadoras y de las masas movilizadas

Un conjunto de factores políticos hizo que los procesos analizados -Venezuela, Ecuador, Bolivia-, en mayor o menor medida, se encaminaran hacia sus límites en los primeros periodos de gobierno, como lo muestra la compañera Rauber: “Los problemas fundamentales que tuvieron los gobiernos populares es haberse estancando luego del primer período” (2018).

Parece claro que luego del primer periodo del gobierno de Evo Morales se debía dar una reconducción y una profundización del proceso, que básicamente debería haber consistido en una movilización de masas y politización del proceso, profundizando los cambios de raíz y creando poder popular desde abajo:

(. ) había que profundizar los procesos hacia cambios de raíz, cambios desde abajo. Esos cambios de raíz implicaban acelerar la disputa con los poderes hegemónicos de siempre. Y ahí creo que predominó, en casi todos los procesos, una actitud de pensar que podían conservar el gobierno acordando con los sectores del poder. (Rauber, 2018)”

Rauber muestra cómo se pasó a priorizar las coyunturas y las lógicas coyunturales, descuidando lo estratégico y de fondo. Lamentablemente, parecería ser cierto y saca la conclusión fundamental respecto a los errores cometidos por los procesos que analizamos a excepción -al menos parcialmente- de Venezuela:

La segunda cuestión es el empoderamiento de los pueblos, que implica que los pueblos se hagan cargo de las políticas de gobierno y para que se hagan cargo tienen que decidir. Los pueblos no son carne de cañón que sólo salen a manifestarse. Tienen organizaciones de base, tienen capacidad de interpretación, de conocimiento, de saber y de poder territorial. Por lo tanto, se necesita que el Estado abra las compuertas para la participación del pueblo en la toma de decisiones, lo que llamamos un “empoderamiento creciente”. (Rauber, 2018)

Si un pueblo decide que quiere vivir de una forma no hay campaña de prensa posible que le diga que ha sido engañado porque actuó y decidió con plena conciencia. La fuente mediática más poderosa que tenemos es la conciencia de cada persona sobre cómo quiere vivir. Creo que el mayor límite de los gobiernos progresistas fue no haber profundizado la participación popular. (Rauber, 2018)”

 

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No es solo participación, es poder territorial, es empoderamiento creciente. En el sentido que lo plantea Rauber está claro, se refiere a formas de autogobierno y autodeterminación social y no solo a “participar en el Estado”. Construcción de poder popular social gestionando las diferencias con un gobierno afín, pero eso es diferente a un ciclo estatal con profundos procesos de tutelaje y subordinación de las organizaciones y movimientos a las estructuras del Estado, que se da tanto por responsabilidad de los funcionarios del mismo como de las organizaciones que lo permiten y lo toleran (y se benefician de esta incorporación de dirigentes de las organizaciones), ya que en ambos lados no han podido alcanzar una concepción más autodeterminativa (más emancipativa) de su rol histórico.

Este enfoque de corresponsabilidad supera el debate de verdugos absolutos y víctimas absolutas y también las explicaciones simplistamente “conspirativas” del asunto. Ni los funcionarios del Estado ni los de las organizaciones sociales han podido llegar a este nivel de comprensión política por razones históricas, al menos en parte, como se explicó. Hay una corresponsabilidad, pero no en igualdad de condiciones como es obvio, ya que el paso de la supremacía del peso de los funcionarios del Estado es decisivo y de mayor responsabilidad por este grave error.

Parecería que el propio vicepresidente García, a su modo, ve de alguna forma este error:

En muchos países de América Latina, quienes militamos en las universidades, en los sindicatos, en las asociaciones, nos hemos tenido que consagrar a la gestión de los gobiernos. Era indispensable, pero nos llevó a abandonar nuestra retaguardia. Nos tenemos que volver a centrar en eso. Acordarnos de que un dirigente sindical al frente de su confederación cuenta tanto como un ministro. No abandonemos el frente social. En Bolivia hemos cometido ese error. (García, 2016)”

Reconoce que los ciclos estatales llevaron a abandonar lo que él denomina frente social, aunque lo considera una “retaguardia”, sin embargo, reconoce que debemos volver a centrarnos en eso. En los sindicatos, en este aspecto central, explicado en diálogo con las posiciones de la compañera Rauber, que yo entiendo como algo mucho más completo, complejo y decisivo que una retaguardia. Solo reconocer eso marcaría una reconducción vital para los procesos que analizamos, en especial para Bolivia.

Para reforzar este enfoque siempre desde un punto de vista histórico o de momentos constitutivos y un análisis genético estructural y no mero sociologismo superficial, diríamos que Zavaleta alerta una vez más sobre estas temáticas; reflexionando sobre el gobierno de Ovando, insiste en que Bolivia tiene una rica tradición izquierdista, incluso llega a decir que “Bolivia misma es un país izquierdista”. Más allá de que haya sido cierto, siga siéndolo o no, nos ayuda a pensar que no es pues España ni Argentina como muchos funcionarios o intelectuales liberales creen, con su ya casi consolidada política de adulación a las viejas y nuevas clases medias y que nos está llevando al despeñadero.

Pero más importante aún es que lo que dice Zavaleta sobre Ovando podría ser aplicado al proceso actual para complementar el análisis de la forma en la que se está conduciendo políticamente el proceso. No solo que no se ha intentado hacer una reorganización de la estructura organizativa (como la del PSUV en Venezuela entre el 2002 al 2006) a gran escala en Bolivia, en la perspectiva de construcción de formas de autogobierno social y formas de autodeterminación societal, sino que ni siquiera se ha movilizado a las masas (cosa que en Venezuela sí hizo), que es lo único que permite sostener y consolidar las bases de clase frente a las arremetidas conservadoras. Veamos:

En realidad, los únicos regímenes que pueden sobrevivir con éxito al poderío de la presión imperialista de un país como Estados Unidos son los que logran movilizar a sus masas o que han tenido sus masas movilizadas con carácter previo a la toma del poder. La revolución, hay que repetirlo, es lo que las masas hacen. (Zavaleta, 2011a: 656)”

El eje de un gobierno que aspire a ser uno de las clases subalternas es aquel que es capaz de lograr la movilización de masas en la perspectiva de ir creando empoderamiento creciente y tendencias al autogobierno social. Este es un eje definitivo de una posición que supere el liberalismo electoralista, tal vez uno de los mayores problemas de los procesos actuales son los liberales antizquierdistas y antimarxistas solapados que pasan por “apoyo” o “intelectuales” de los procesos y nos están llevando a un fracaso en toda la línea, con sus visiones y prácticas de clase media que ganan terreno en el gobierno día a día.

Claro que si las masas no van creando referentes de autogobierno social y empoderamiento creciente no es posible profundizar una parcial revolución política como la que vivimos, es muy ilustrativo insistir en eso; como dice Zavaleta, “la revolución es lo que las masas hacen” y no lo que hace el Estado o los dirigentes. Con la consiguiente implicación lógica que, a mediano plazo -ya no solo será difícil profundizarla-, sino incluso sostener el proceso actual si no tomamos en cuenta los planteamientos que Zavaleta hacía a los gobiernos bonapartistas de fines de los 60 y principios de los 70, que parecen tener plena actualidad en la coyuntura actual.

Solo una precisión es necesaria, tal vez se diga que se movilizará a las masas cuando “sea necesario”, esta es una posición muy formal y burocrática, quizás cuando se haga esto -si es que se lo hace- sea demasiado tarde, ya que la inercia que se ha vivido de esta imposibilidad de constracción de movilización de masas, poder popular desde abajo y empoderamiento creciente de las clases explotadas desde una referencia societal y no estatal, la única revolucionaria y transformadora, no se pueda concretar precisamente porque la forma de conducción del proceso se construyó en el ciclo estatal 2006-2018 sin que este factor fuera en absoluto importante hasta el día de hoy. Esto se está dando, por lo que yo considero una política de relación Estado-masas con orientación política de clase media, o para ser más preciso, una posición pequeño burguesa. La construcción de empoderamiento creciente de masas, poder popular se va construyendo en años y décadas hasta hoy ni siquiera se ha iniciado.

Por lo tanto, ojalá no ocurra que las clases medias (dentro y fuera del Estado) acaben de inundar a la sociedad y al Estado con su visión pequeño burguesa del proceso que vivimos. Terminemos de redondear y anudar las ideas centrales con este último acápite. ¿Cómo estamos encaminándonos a que las políticas generales del ciclo estatal actual sean de clase media para las clases medias?

 

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Política de clases medias vs. política clasista

Uno de los rasgos de los autores que están discutiendo sobre clases medias diferenciadas o no en nuevas o viejas, con análisis peyorativos o no, tienen algo fundamental en común desde nuestra lectura, que consiste en que cuando analizan a las clases medias piensan solo en las fracciones y segmentos más altos de las mismas y creen, implícita o explícitamente, que todos los estratos se comportan como este estrato superior. Nada más falto de sentido crítico. En Bolivia hay toda una historia de lo que, siguiendo a Gramsci y Zavaleta, podríamos llamar lo nacional popular, es decir, en términos muy sencillos, sectores populares enraizados en una cultura política popular, con una cultura política “antioligárquica”, con tendencia a revirar los ecos de la “irradiación” proletaria mencionada por Zavaleta, etc., que, aunque ahora los llamemos clases medias porque han dejado recientemente el umbral de la pobreza no han cambiado sus tradiciones, trayectorias y cultura política. Este millón y medio o dos millones de personas que ahora clasificamos de “clases medias” tienen una larga historia subalterna, otra tradición política marcada por estas relaciones de clase de larga data, y su cultura política está teñida de esos ecos de los sucesivos procesos de la lucha de clases de los últimos cincuenta años por lo menos. Esto es lo que no reflexionan y no entienden los liberales “pro proceso” en Bolivia. Además, es mayoritaria respecto a las clases medias altas y, justamente, esta progresiva tendencia hacia la adulación de las clases medias por parte del Estado es justamente lo que hace ver con cierta sospecha al gobierno en un país tan politizado en los sectores populares; por eso, este es un grave error político e incluso coyuntural con el pretexto de la reproducción del poder del Estado.

Las razones por las cuales se inicia este declive de la parcial revolución política tienen que ver con la necesidad de construcción estatal y por decisiones políticas que se van tomando desde el 2010. Los primeros síntomas de esto se ven en el gasolinazo del 2010, luego con el manejo del conflicto del TIPNIS en 2011. Con las elecciones presidenciales de 2014 tenemos una manifestación más fuerte de las consecuencias de la nueva época, cuando por muchos motivos en las elecciones subnacionales de 2015 se pierde en El Alto la alcaldía; en La Paz, la gobernación y la alcaldía; y en Cochabamba, la alcaldía. De esta manera, entramos a un fenómeno fundamental, el referéndum del 21 de febrero de 2016.

En una evaluación que hace un año después del referéndum el vicepresidente, respecto a este tema -entrevista en El Deber, febrero de 2017-, dice textualmente que fue un error, “una locura política”, pedirle a la gente carta blanca hasta el 2025, seis meses después de la elección general ganada por Evo Morales, teniendo asegurado ya el gobierno hasta el 2019. Más allá de que echemos la culpa a quien sea (a la CONALCAM, al núcleo central del ejecutivo o a algún personaje en especial), está claro que plantearse el hacer el referéndum para volver a habilitar a Evo Morales para las elecciones del 2019 en el 2016, en la perspectiva de tener resuelto el asunto de una forma tan impaciente y precipitada, fue un grave error político nuestro, como el vicepresidente reconoce, y que debería ser motivo de un debate amplio y generalizado dentro del MAS y los sectores afines al proceso y no hay una sola mención a esto.

Peor aún fue la reacción frente a este hecho histórico, en vez de sacar conclusiones críticas fundamentales y plantearse una gran reorganización de la estructura organizativa (cambiar al MAS de bolsa de organizaciones a organización de lucha ajustada de la lucha de clases con tendencias, y como articulador de la construcción de poder popular territorial), movilización desde las masas y politización para revertir este resultado con una metodología popular o de “republicanismo plebeyo”, o como se lo quiera llamar, se recurrió a un mecanismo legal formal típico de abogados y clases medias que, como describiré, es lo que justamente no hizo Chávez. El ejemplo de cómo Chávez afrontó esto es totalmente esclarecedor para mostrar una estrategia de poder popular o de clase y una estrategia legal formal de clase media o pequeño burguesa.

Veamos: Chávez subió al poder el año 1998 y el 2002 se produjo un verdadero golpe de Estado que lo mantuvo preso por unas horas en una isla. Al fallar el golpe por la movilización de masas, Chávez radicalizó el proceso político gradual pero sostenidamente desde el 2002 hasta que murió en el 2013. Entre 2006 y 2007 lanzó el PSUV, un proceso de reorganización de la estructura organizativa a gran escala; durante el mismo perdió el referéndum por la reelección de 2007. Había ganado catorce elecciones seguidas por amplio margen y perdió este único referéndum. ¿Qué hizo Chávez?

Entre 2007 y 2009 empezó un proceso de agitación de masas, una reorganización de la estructura organizativa a gran escala y, lo más importante, de construcción de los elementos de formas de autogobierno social (comunas, círculos bolivarianos) y de creciente empoderamiento social, que con fuerza se empezaron a construir, y siguieron al menos hasta el 2013 (año de la muerte de Chávez), y que con menos fuerza -por la crisis que comenzó y se profundizó en el 2014- siguen hasta hoy. Como resultado de esta estrategia, que no era puramente electoral, en un nuevo referéndum en el 2009 Chávez ganó la posibilidad de ir a la reelección.

Chávez juntó y fusionó necesidad política coyuntural y proceso de construcción estratégico de poder popular y formas de autogobierno social, por eso no fue casual que en el 2009 ganara en un nuevo referéndum popular, y no por medio de mecanismos legales ni movidas por encima de la base clasista de la sociedad. Al contrario, lo fundamental era la lucha por profundizar el proceso de construcción en la sociedad o, si se quiere, afianzar, expandir y profundizar las alianzas clasistas y de los subalternos y explotados movilizándose juntos, con objetivos a varios niveles. Uno muy importante, la reelección, pero no el único. Un objetivo en sí mismo era la movilización de masas y la construcción de referentes societales de la lucha y el autogobierno social, los círculos bolivarianos y las comunas.

Esto es a lo que nos referimos cuando planteamos una estrategia de poder como la de Chávez, que es una estrategia de poder popular, o de clase trabajadora, o de “republicanismo plebeyo” o como se la quiera llamar. La misma hace énfasis en seguir disputando dentro de las masas movilizadas y la sociedad la iniciativa política y en avanzar hacia formas de poder popular y autogobierno social, versus lo que se decidió en Bolivia, una estrategia legal formal que elude el tema fundamental que era el de aprovechar este resultado electoral, la derrota del 21F y reposicionar dentro de las clases populares el proceso.

Diríamos que teníamos el mejor motivo para retomar la iniciativa política, con una estrategia de poder como la de Chávez, dentro de la sociedad, hacer agitación de las masas, empoderamiento creciente, construir elementos de poder popular y autoorganización y, como parte de esta estrategia más grande, convocar a otro referéndum el 2017 o el 2018 y ganarle en la cancha a los sectores conservadores como lo hizo Chávez.

Este largo proceso es lo único que puede explicar por qué perdura hasta hoy en Venezuela, pasando por lo menos un año o más con enormes dificultades económicas; se debe a la construcción de esta estrategia política de poder popular. En cambio, en Bolivia se renunció completamente a esta opción, que incluso tenía mejores condiciones de implementación que en Venezuela, y se fue por la vía de mecanismos leguleyos, de abogados, típica medida pequeño burguesa de artilugios y movidas legales. Precisamente por eso, esta forma de construcción política está costando políticamente tanto al proceso y al gobierno, por el nivel de politización de sectores populares de clases medias y bajas que ven esto con sospecha y los desmoraliza, siendo que incluso reconocen la necesidad política de una nueva habilitación del presidente, pero parecería que hay una corriente mayoritaria incluso dentro del MAS que dice “así no”.

Hay compañeros del MAS y afines al proceso que claramente son una corriente importante que cuestionan si estas formas de manejo del poder conducirán a preservar y profundizar el proceso o lo están erosionando incluso deliberadamente, más allá de las buenas o malas intenciones de los agentes políticos que los operan. Lamentablemente, está empezando a cundir una desmoralización por estos mecanismos, en los que claramente se cometen errores garrafales desde el punto de vista popular, crítico y revolucionario; como el precipitarse a convocar el referéndum y, además, insistir públicamente con “el día de la mentira”, en vez de reconocer que se cometió un error como el propio vicepresidente planteó. En un país politizado, al contrario de verlo como una debilidad, ayudaría el ir replanteando y reconduciendo la relación Estado y masas en este ciclo estatal, algo que nadie está haciendo.

Más aún, la “solución” que se dio al problema del 21F. Con algunos compañeros -que no gozan de ser liberales electoralistas incrustados en el Estado, con privilegios de su posición de clase- nos preguntamos el 2016 y nos seguimos preguntando hoy: ¿acaso no era la mejor ocasión de practicar “el arte de la guerra”, de SunTzu, y convertir un problema en ventaja? Es decir, después del 21F hacer agitación de masas, retomar la iniciativa en la sociedad misma de forma sincera, proyectar el proceso hacia formas de creciente empoderamiento social y formas de autogobierno como la propia Venezuela había emprendido años antes y que, además, había mostrado su importancia; hacer un nuevo referéndum y ganarle en la cancha a los sectores conservadores. Esta es una estrategia de poder que combina coyuntura con necesidad estratégica desde un punto de vista revolucionario clasista. Sobre todo, teniendo enormes ventajas en casi todos los campos estratégicos y casi la garantía de que se lograría el objetivo liberal electoral; la enorme diferencia es que en vez de una creciente desmoralización y pérdida de iniciativa en la sociedad que estamos viviendo hoy, se tendría lo contrario.

Está pendiente un análisis más detallado y con más datos de por qué no se toma esta vía, más popular, emancipativa, y hasta responsable con el proceso que vivimos. El argumento de que era muy caro hacer un nuevo referéndum o que no había tiempo, creo que claramente es muy superficial y simplemente es un pretexto. Sobre todo, si se entiende lo fundamental, que en esta y muchas otras definiciones políticas trascendentales que se toman están en juego las percepciones y posicionamientos clasistas, que son la base fundamental de la sustentación de cualquier gobierno.

 

Foto: Antonio Suárez y Alejandra Sanchez

Bibliografía

García Linera. Álvaro (2016). Transcripción exposición foro. La Paz.

Pineda, Daniel y Valdés José (s/f). La Revolución Social y la Revolución Política. Una aproximación a los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. En: https://www.nodo50.org/cubasigloXXI/politica/ra-fulsv_301111.pdf.

Rauber, Isabel (2018). Entrevista a Isabel Rauber publicada el 5 de mayo de 2018 en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=241205.

Soruco, Ximena y otros (2014). Composición Social del Estado Plurinacional. La Paz: CIS.

Zavaleta Mercado, René (1971) (2011). “Reflexiones sobre abril”. En: Zavaleta Mercado, René, Obra Completa. Tomo I. La Paz: Plural.

Zavaleta Mercado, René (1970) (2011a). “Ovando Bonapartista”. En: Zavaleta Mercado, René, Obra Completa. Tomo I. La Paz: Plural.

 

 

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