Lo gorila y lo popular, a contrapelo

Las revueltas en Haití, Ecuador y Chile ponen en debate, por un lado, la violencia y, por otro, la fuerza movilizadora del pueblo argentino. Esta relectura del tiempo y la experiencia, la revolución y el deseo, es un aporte para que la militancia no juzgue sino entienda y accione.

Han circulado algunas posturas, y varios memes, que intentan problematizar los métodos y las posibilidades del movimiento popular argentino en el contexto de las insurrecciones populares que se viven en distintas partes del mundo, sobre todo los levantamientos de Ecuador y Chile. La pregunta que merodea, y que sigue siendo necesaria, es como logramos soportar 4 años de un gobierno desgarrador, como es que no pudimos interrumpir su mandato. Esta pregunta ha tenido dos formas de resolución. Por un lado posturas que denostan las capacidades del movimiento popular local y sobredimensionan los límites del método electoral. Esta postura suele encontrar responsabilidades siempre ajenas y termina cometiendo el error de plantearse externo al movimiento. Por otro lado surgen posturas que reivindican el traspaso sin insurrección que estamos por vivir, postura que parte muchas veces en recordar que los caídos son del pueblo y sobre eso construye la idea de no provocar la represión, como si fuera responsabilidad popular y no la función intrínseca de las fuerzas de seguridad estatales. Ambas posturas, aunque se muestran en las antípodas, parten de una postura común: el desprecio por los tiempos y la experiencia real del movimiento popular, factor que es, trágicamente, la matriz del pensamiento gorila.

Existen sectores de la militancia que consideran que nuestro rol es el de juzgar las acciones de la clase trabajadora con el objetivo de encontrar los límites del movimiento y determinar cuan “revolucionario” es. Dentro de esta lógica pareciera que ser de izquierda es buscar los aspectos regresivos y desde allí demarcarse. Esto es lo que ocurre con quienes consideran que el pueblo argentino simplemente se dedica a bailar mientras en chile se enfrentan al ejército en las calles. Por el otro lado la postura que considera que es un error glorificar la insurrección directamente niega la acción directa de las masas en los destinos de sus propias vidas. La experiencia es irremplazable; la insurrección y la revolución construyen marcas en el cuerpo, individual y social, que son únicas y que son, a su vez, el motor de la historia.

Ambas posturas logran eclipsar el hecho más importante durante el mandato macrista, y tal vez de los últimos 15 años: Las jornadas de diciembre de 2017. No hay manera de entender el derrota electoral de cambiemos sin aquellas jornadas insurreccionales. De la misma manera nos toca aceptar que finalmente “hubo 2019” y no porque hayan sido futuristas quienes sostuvieron esa estrategia sino porque lograron imponerla. La política revolucionaria es aquella que parte de lo real pero con el objetivo de construir lo deseable, no desatiende la realidad concreta pero entiende cada paso como una construcción hacia el objetivo estratégico. En este sentido el rol de la militancia no es juzgar sino entender, contemplar, la realidad del movimiento popular, los limites y potencialidades y desde allí construir poder popular. Vamos a necesitar que el 2020 sea la continuidad del 2017 ya que, como nos muestran los hechos en Ecuador y Chile, los programas del Fmi sólo los frena la insurrección.

Nicolas Martinovich es militante de Siembra

 

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