América Latina pregunta: ¿Qué es la democracia?

Al pibe lo quieren convencer de que se trata de aceptar las reglas. De que, incluso en una democracia, hay ganadores y hay perdedores y de que bueno, a él le tocó perder y por eso está revolviendo en este momento un tacho de basura para poder comer.

Pasa una señora por una esquina cualquiera de la ciudad y explica que lo que define a la democracia no es ni cómo se reparte la riqueza ni cuánto da el coeficiente de Gini ni la existencia o no de programas económicos que planifican la exclusión de millones. Pasa un señor y agrega que la democracia es sólo un sistema político repleto de  procedimientos legales, que es en ese cúmulo de normas donde se gesta y se apoya la legitimidad y que la pretensión de igualdad puede quedar sólo en eso, en una pretensión, sin que el concepto de democracia se venga abajo como un castillo de naipes. Ni ella ni él se permiten la pregunta: ¿a quién se le ocurrió imponer que las reglas son más importantes que los estómagos?

En la teoría del filósofo francés Jacques Ranciere podría estar parte de la respuesta: sólo es posible sostener que la democracia puede convivir con el hambre si no se la piensa como un tipo de sociedad. Ranciere profundizó esta idea en una entrevista publicada por el diario español El País en el arranque de 2007: “¿Qué es la democracia? A lo que responden que es el reino de los individuos aislados, consumidores, que quieren cada vez más igualdad. ¿Y qué es la igualdad? A lo que responden que es la relación entre quienes venden un producto y aquellos que lo compran, es la igualdad monetaria y mercantil. En su opinión, la dominación mundial de la lógica del mercado es la dominación de los individuos democráticos”. Al costado de las nociones que inundan el sentido común en esta parte del planeta, un segundo interrogante queda dando vueltas: ¿no será que, al igual que el dinero, el formato de la democracia bendecido en gran parte de occidente tiende a repartir la libertad de modo desigual?

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La columna del periodista Carlos Pagni del lunes 11 de noviembre en su programa “Odisea argentina” asevera lo que tantas y tantos afirman a la pasada: “Tenemos que acordar las reglas porque no pensamos contenidos iguales, por eso tenemos que acordar los procedimientos, porque los contenidos son distintos, tenemos derecho a pensar que las cosas son diferentes, pero el que gana una elección es el que tiene derecho a mandar no porque tenga la razón sino porque se cumplió esa regla de validez, lo votaron más personas que al otro”. Desde otra perspectiva ideológica pero en el mismo sentido, el también periodista José Natanson escribió un artículo hacia finales de 2017 en el que describía a Cambiemos, la coalición que gobernará la Argentina hasta el 10 de diciembre, como una derecha moderna, democrática y renovada por, entre otras cosas, aceptar el resultado de los comicios sin violar la legalidad constitucional. No hay novedad en esta idea de que los procedimientos están por encima de cualquier otra variable a la hora de clasificar de qué se habla cuando se habla de democracia: el economista Joseph Schumpeter ya afirmaba en el inicio del Siglo XX que, frente a una sociedad presuntamente poco interesada en la arena pública, la democracia resulta esa contienda entre candidatos que compiten para construir la demanda que les otorgue el aval de la ciudadanía. Y, entonces, una tercera inquietud: ¿por qué es más democrático un país que promueve la alternancia de autoridades y el pluripartidismo que un país que mejora ostensiblemente la calidad de vida de amplias mayorías postergadas?

Evo Morales fue derrocado por un golpe de Estado. A muchas y a muchos la noticia no les llegó por haber leído los diarios porque varios matutinos de tirada nacional eligieron maquillar lo ocurrido en Bolivia al compás del mandato que baja desde la Casa Blanca y que replican, casi sin excepciones, las corporaciones de la industria de la comunicación. En cambio, en las redes sociales digitales sí circularon datos que complejizan la discusión sobre el vínculo entre las instituciones y la soberanía popular: durante los 12 años del gobierno de Morales, el analfabetismo pasó del 13 por ciento al 2,4 por ciento; la desocupación, del 9,2 por ciento al 4,1 por ciento; y la pobreza extrema, del 38,2 por ciento al 15,2 por ciento. Acaso no esté de más sugerirlo: ¿esos números no son la muestra de que con la democracia se come, se cura y se educa?

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Las broncas se acumulan. Incluso, entre quienes tienen claro que votar siempre es mejor que no votar y que el Estado de derecho siempre es mejor que la brutalidad de las botas. Incluso, entre quienes nacieron en el país de los 30.000 desaparecidos y de Jorge Julio López y de Santiago Maldonado. E, incluso, entre quienes confían en que es necesario construir miradas ni reduccionistas ni dicotómicas de un fenómeno que, como bien señala el intelectual francés Pierre Rosanvallon, arrastra históricos dilemas originados en la imposibilidad de cumplir con la promesa de la igualdad. La encuesta anual que realiza la consultora Ibarómetro en buena parte del continente certifica el recorrido del malestar: el descontento de una porción importante de la población latinoamericana con la democracia viene creciendo sostenidamente. Quizás, una razón potente asome en esa frase que alguna vez pronunció Fidel Castro: “A los pueblos muchas veces les hablan de democracia los mismos que la están negando en su propio suelo; a los pueblos les hablan de democracia los mismos que la escarnecen, los mismos que se la niegan y los pueblos no ven más que contradicciones por todas partes. Y por eso nuestros pueblos han perdido, desgraciadamente, la fe”.

Al pibe le duele la panza. A América Latina, el corazón. No es casualidad: la democracia, ese interrogante a mitad de camino entre las reglas, la pulsión por el bien común y el hambre a gran escala, está otra vez en el centro de la escena.

 

 

Fuente: elfurgón

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