Otra América Latina

Si tuviera que resumir rápidamente qué sucede en América Latina, diría que es una reactualización de las lógicas de la colonialidad/modernidad estructuradas durante la conquista de América y la emergencia del capitalismo. En ese contexto, se inician los procesos de “acumulación por desposesión” en los que la acumulación de capital y de poder geopolítico de ciertos territorios –los imperios europeos primariamente– se hizo a expensas de la desposesión, el robo, la expropiación, genocidio mediante, de nuestros bienes naturales, de lo que hoy conocemos como América Latina.

La “acumulación por desposesión” nunca se detuvo desde entonces y hoy asistimos a uno de sus capítulos más sangrientos. Pero ¿a través de qué procesos se manifiesta?

En primer lugar, recordemos sus manifestaciones clásicas, históricas: el avance del neoliberalismo y la promoción de la desintegración regional, fundamentales para asegurar a esta nueva configuración del poder hegemónico –con EEUU a la cabeza– la expansión de su dominio territorial, y en consecuencia geopolítico, que tiene a los bienes naturales –el petróleo de Venezuela, el litio de Bolivia, el agua de Chile y Argentina, la biodiversidad de Brasil, etc. – en el centro de la escena. Estos procesos, a su vez, bloquean la autonomía económica de la región mediante el impulso de la flexibilización laboral, el trabajo precario y deshumanizado, los tratados de libre comercio, y en lugar de la industrialización, la producción y exportación de materias primas. Ni más ni menos que el retorno a la originaria distribución internacional del trabajo, en la que nuestros territorios eran considerados como parte de una zona de descarte, inferior, subalterna.

Ahora bien ¿Cuáles son las novedades de este revival más colonizador que modernizador? Mencionemos las cuatro principales: 1) la persecución, el intento de adoctrinamiento y los asesinatos de líderes sociales, indígenas y ambientales que denuncian estas lógicas y su impacto arrasador sobre el territorio; 2) el lawfare o persecución judicial que utiliza indebidamente los procedimientos legales, y tiene como foco de su accionar a la primera línea de la dirigencia política progresista; 3) la posverdad, es decir, la creación de una realidad paralela en la que los hechos fácticos tienen menos influencia que las emociones o las creencias personales, y en la que los medios de comunicación hegemónicos juegan un rol trascendental y; 4) el retorno de los fundamentalismos religiosos, no sólo del cristianismo que acompañó la conquista de América y la formación de nuestros Estados-Nación durante el siglo XIX, sino también de sus versiones evangelistas.

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No menos importantes son los procesos híbridos, esos monstruos que acompañaron el sometimiento histórico regional y son re-versionados. El racismo es uno de ellos, pero su actual ejecución no está a cargo de la raza “superior”, “pura”, “blanca” y “original”, que conquistó América. Se encarna en parte de nosotros, en quienes mientras cargan en su cuerpo sangre originaria y afroamericana, se autoperciben como elites blanqueadas siempre dispuestas a ofrecer su servidumbre voluntaria, poco importa a quién. Es la oligarquía, son las altas alcurnias de la clase media y también parte de nuestros sectores populares, tres círculos concéntricos –y jerárquicos– del holograma de la estirpe imaginada latinoamericana, donde habita la mano de obra barata que ordena las casas ricas y embajadas sumisas, cultiva los campos de propiedad remota y entrega el patrimonio natural autóctono, cría la descendencia ajena y administra la nueva pobreza para, en definitiva, sobrevivir al poder. Este racismo autoinmune, que ataca a lo propio, es el que alimenta la escalada de violencia del poder global frente a las actuales manifestaciones populares, y también actúa a través de nuestros cuerpos: los de nuestras fuerzas armadas y de seguridad. Esas que “sugieren” renunciar a un presidente constitucional e indígena, no sin antes habilitar y coadyuvar al descontrol social que configuró la antesala del golpe de Estado en Bolivia, y las que mutilan impunemente los ojos de la hermana juventud chilena. Pero que nos siguen guiando, imbatiblemente.

Muchas son las interpretaciones que en estos días circulan intentando explicar el horror, dejándonos siempre la sensación de incompletud, de no lograr dar cuenta de la magnitud de esta realidad en toda su complejidad. Lejos estoy de creerme capaz de cubrir los vacíos, pero sí de permitirme alertar a las visiones academicistas, incluyendo la mía –que mientras trabaja debe estar atenta de pisar la sombra siempre traidora de sus privilegios– la urgencia de reconocer sus límites. Porque resulta que existen otras verdades, incluyendo la posverdad, que están atravesadas por las contradicciones e injusticias de los procesos históricos, la lucha de clases, la convivencia conflictiva del proyecto del capital y los proyectos históricos de los pueblos, la discriminación geográfica, racial, de género, de orientación sexual, cultural, económica y política, y los avances siempre insuficientes de los proyectos emancipadores que supimos vivir, y también sufrir, no hace mucho tiempo atrás. Son las verdades del territorio y son las verdades de la gestión política ¿Con qué criterio podríamos sostener entonces la relevancia de unas sobre otras? ¿No sería esto una forma de no encontrar nunca la salida?

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No repetir la historia colonial implica darle sustentabilidad, reinventar, los proyectos emancipadores de nuestros pueblos. Y para esto, es necesario deconstruir las formas y dinámicas de los liderazgos, el poder, las instituciones, y las democracias que nos debilitaron. Reconocer, y desjerarquizar, las identidades y pluralidades que nos definen. Exponer y terminar con el pacto entre patriarcado y capitalismo que nos expulsa.

En oposición a las lógicas coloniales que históricamente han jugado a diferenciar para excluir, otra América Latina, debe ser capaz de diferenciar para igualar. Igualarnos en la diferencia. Porque no reconocemos en ella subalternidad. Y porque vamos a defenderla.

 

 

La autora de es artículo es Dra. en Ciencias Sociales e Investigadora de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

 

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