No todo es revolución pasiva

Especial para Contrahegemonía

I.

En un breve artículo publicado hace algunos días para la web contrahegemonía, Massimo Modonesi decía que el concepto gramsciano de hegemonía ha ido fetichizándose en su uso político y analítico. Cuestión cierta, pero también aplicable al uso que él mismo y cada vez más académicos e intelectuales vienen haciendo de otro concepto de Gramsci, el de revolución pasiva. Fetichización, en este caso, que no parte de una simplificación, sino de una extensión casi sin límites de esta categoría al punto de utilizarla para englobar todos los procesos y proyectos progresistas latinoamericanos de nuestra historia reciente.

Así, en su libro Revoluciones pasivas en América, Modonesi dirá que si bien en estos casos “se promovieron cambios significativos en sentido anti-neoliberal y pos-neoliberal cuyo detonante fue la “activación antagonista -pero limitada- de movilizaciones populares”, no obstante éstos procesos “fueron conducidos y llevados a cabo desde arriba”, es decir, desde el gobierno del Estado, “a contrapelo de dichas movilizaciones -aun cuando incorporaron ciertas demandas formuladas desde abajo”, generando así una “re-subalternización”. Se trata, para Modonesi, de procesos en los que “se produjeron importantes fenómenos de transformismo”, por los cuales sectores “fueron cooptados y absorbidos” por proyectos moderados o conservadores, y que se caracterizan por cierto “cesarismo progresivo” en tanto una figura carismática media en el equilibrio catastrófico entre neoliberalismo y anti-neoliberalismo.

En las líneas que siguen, me propongo someter a crítica esta lectura a partir de una relectura de los Cuadernos, ubicando la idea de revolución pasiva en el lugar que le corresponde: como una forma particular de construcción de hegemonía. Tarea urgente y necesaria, no sólo para hacer justicia al texto de Gramsci sino, mucho más importante y fiel a su espíritu, para entender las diferencias que en América Latina ha habido -y sigue habiendo- entre proyectos hegemónicos y procesos políticos cualitativamente diferentes. Comencemos entonces.

II.

¿Qué significa revolución pasiva? En los Cuadernos, Gramsci dirá que este concepto expresa “el hecho histórico de la ausencia de una iniciativa popular unitaria (…) y el otro hecho de que el desarrollo se ha verificado como reacción de las clases dominantes al subversivismo esporádico, elemental, inorgánico de las masas populares con que han acogido cierta parte de las exigencias de abajo”. Además del “transformismo”, en tanto absorción gradual de los elementos activos de las clases subalternas, la revolución pasiva se despliega muchas veces a través del “cesarismo” entendido como solución arbitral, ligada a una gran personalidad heroica, frente a un “empate catastrófico” entre las clases.

Gramsci va a usar muchas veces este concepto en los Cuadernos, primero para leer críticamente el Risorgimento italiano; más tarde, para leer la época de reacción antijacobina y antinapoleónica de la Revolución francesa y con ello de todo el proceso de lucha de clases del siglo XIX europeo; finalmente, para aplicarlo al fascismo italiano y al New Deal estadounidense. Usos cada vez más extensivos con los cuales el concepto se convierte, en sus propias palabras, en un “criterio o canon de interpretación de toda época compleja de cambios históricos”.

Esta indicación de Gramsci le permite a Modonesi aplicar el concepto a la realidad latinoamericana. Pero para ello realiza una operación particular, que es la que me interesa señalar y someter a crítica aquí. En efecto, al mismo tiempo que contrapone a la revolución pasiva una idea de revolución activa en tanto “guerra de maniobras”, identifica la revolución pasiva con la “guerra de posiciones”. A partir de esta operación, toda “revolución” que no siga el paradigma de la revolución de tipo radical-jacobina no sería sino una forma de revolución pasiva.  Lo cual significa, en la lógica de Modonesi, que todo proceso de reformas más o menos sustanciales que no sea expresión directa e inmediata de la activación antagonista de las clases subalternas -activación que se expresa en los momentos en que éstas se movilizan de forma autónoma al Estado- es un fenómeno de revolución pasiva. Nada más alejado del pensamiento de Gramsci.

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III.

La idea de guerra de posiciones de Gramsci debe inscribirse en el marco más general de la noción de hegemonía, “el aporte máximo de Ilich (Lenin) a la filosofía marxista”. Gramsci retoma en sus elaboraciones sobre el tema las reflexiones del Lenin de la política del “frente único”, de aquel Lenin que exhortaba, en el III Congreso de la Internacional, a pasar de la táctica del asalto a la táctica del asedio luego de la derrota de la ola revolucionaria en los países de occidente.

Para Gramsci la guerra de posición no es sólo una táctica, sino la estrategia previa a la conquista del poder del Estado que debe emprenderse en estos países. A diferencia de oriente, Gramsci va a decir que en occidente “la se ha vuelto una estructura muy compleja y resistente a las catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etcétera)”. Más concretamente, como señala Portantiero en su conocido libro Los usos de Gramsci, el marxista sardo tenía a la vista los países de capitalismo tardío (Italia, España, Portugal). Según Portantiero, éstos se asemejaban más a las sociedades latinoamericanas donde más avanzó, durante la primera mitad del siglo XX, el proceso de industrialización, como la Argentina, el Brasil, Colombia, Chile, México y Uruguay, inclusive Bolivia y Venezuela (por la relación Estado/masas), que a los países de capitalismo avanzado de occidente, como Alemania, Inglaterra y Francia.

Asimismo, para Gramsci la guerra de posición es la estrategia de transición socialista cuando ya se ha conquistado el aparato de Estado (en sentido restringido), momento en el que se hace necesario “una concentración inaudita de la hegemonía y por lo tanto una forma de gobierno más , que más abiertamente tome la ofensiva contra los opositores y organice permanentemente la de disgregación interna…”.

Pero lo que me interesa señalar es que, a diferencia de lo que sostiene Modonesi, Gramsci contrapone precisamente esta estrategia a aquella de la revolución permanente, o mejor, a la interpretación trotskista del originario del concepto marxiano. Si este concepto surge, en palabras de Gramsci, “hacia 1848 como expresión científica del jacobinismo”, la guerra de posiciones, que “en política es el concepto de hegemonía”, nace por el contrario a partir del desarrollo de las “grandes organizaciones populares de tipo moderno”, “los grandes partidos modernos” y “los grandes sindicatos económicos”.

En este sentido, la construcción de una hegemonía para las clases subalternas, hegemonía entendida como dirección intelectual y moral + dominio político y militar, se presenta en los países con sociedades civiles más complejas como proceso de guerra de posiciones, necesario tanto previa como posteriormente a la llegada al poder del Estado. Por otra parte, además de las situaciones de “ejercicio “normal” de la hegemonía” -que Gramsci identifica con el terreno del régimen parlamentario- existen situaciones en las que “el aparato hegemónico se resquebraja y el ejercicio de la hegemonía se hace cada vez más difícil”, lo que éste definirá como “crisis orgánica” o “crisis del estado en su conjunto”.

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Tres cuestiones sobre el concepto de hegemonía antes de ir al último punto.

Primero: la hegemonía es concebida por Gramsci como el momento en el cual las clases subalternas pueden salir “de la fase económico-corporativa para elevarse a la fase de hegemonía política-intelectual en la sociedad civil y volverse dominante en la sociedad política”. Es lo que llama “catarsis”.

Segundo: la hegemonía se manifiesta como “un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables” entre los intereses de grupos aliados y grupos subordinados, lo que implica sacrificios y compromisos del que ejerce la hegemonía, aunque “tales sacrificios y compromisos no pueden afectar lo esencial”, que es “la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica”.

Tercero: la función de organizar la hegemonía de las clases subalternas es tarea del partido -el “moderno Príncipe”- en tanto intelectual colectivo orgánico a ellas. Pero el partido no es “expresión mecánica y pasiva de las clases, sino que reacciona enérgicamente sobre ellas para desarrollarlas, consolidarlas y universalizarlas”. En este sentido, para Gramsci la tarea de “formación de una voluntad colectiva nacional popular” no es nunca una representación directa de los intereses de clase, sino una búsqueda de “equilibrios” sociales, inclusive con los “grupos decididamente adversarios”.

IV.

Ahora sí es posible ensayar, a partir de los aspectos centrales de la categoría de hegemonía y de guerra de posición que se han destacado, una caracterización diferente de ciertos procesos y proyectos populares latinoamericanos que  no entran tan cómodamente en la categoría gramsciana de revolución pasiva (como sí lo hacen el kirchnerismo en la Argentina o petismo en Brasil). Nos referimos a los casos del chavismo en Venezuela y masismo en Bolivia.

En el primer caso, el proceso tiene como antesala el Caracazo de 1989, situación de alza de la movilización popular y de crisis orgánica que, luego de la derrota de la rebelión cívico-militar encabezada por Chávez en1992, da pie a un largo proceso de guerra de posiciones que llevan al triunfo democrático electoral del chavismo en 1998. Se inicia a partir de allí un proceso de democratización económica (nacionalización de PDVSA, etc.) y política (asamblea constituyente), donde la autoorganización del pueblo (creación de los Consejos Comunales y las Comunas Socialistas), antes que emanar “desde abajo”, es sobre todo una iniciativa del Estado.

En el segundo caso, el proceso tiene como antesala la guerra del agua en el año 2000 y la guerra del gas en 2003, rebeliones populares que profundizan una crisis orgánica del Estado boliviano y a partir de las cuales, gracias a un previo proceso de guerra posiciones, llega democráticamente en 2006 al gobierno del Estado un nuevo movimiento político orgánico a las clases campesino-indígenas, el MAS. Aquí, la movilización popular no es fragmentaria como el Caracazo sino unitaria en tanto levanta las consignas que constituirán la base del programa político de la primera presidencia de Evo Morales: asamblea constituyente y nacionalización de los hidrocarburos.  

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Sucede que en ambos casos, y más allá de algunas diferencias, no resulta aplicable el concepto de revolución pasiva, porque los partidos que acceden al gobierno del Estado tienen una ligazón orgánica con las clases subalternas. No son revoluciones pasivas, porque las políticas que éstos aplican, antes que una estrategia de absorción de demandas para mantener la hegemonía dominante frente al subersivismo de las masas populares, constituyen transformaciones de avanzada en el estado y en la economía que atacan fuertemente algunos intereses de la burguesía. Lo que no implica que no haya habido en ambos casos concesiones hacia los sectores económicamente dominantes, pero antes que un retroceso, ello puede ser pensado como una forma de transformismo positivo por el cual se fragmenta e integra a algunas de las fracciones de la burguesía a un proyecto popular.

Pero si no son revoluciones pasivas no es porque sean revoluciones de tipo radical-jacobino, no comienzan por la toma del poder del estado a través de la fuerza. Se trata, al contrario, de procesos que se inician y continúan a partir del triunfo democrático-electoral y de una paciente guerra de posiciones. Lo cual no significa que no haya habido “momentos jacobinos” en estos procesos. La derrota del intento de golpe de estado en 2002 en Venezuela y la derrota del intento de golpe de estado en 2008 en Bolivia fueron precisamente eso: momentos de guerra de maniobras, momentos de confrontación material a través de las fuerzas militares y de la movilización callejera cuyo triunfo a favor del bloque popular dieron un mayor impulso a estos procesos de cambio.

Se ha planteado que el creciente estatalismo del chavismo y el que tuvo el MAS en los últimos años de su gobierno hablan de una transformación de estos proyectos en fenómenos de revolución pasiva, caracterización sólo posible si se identifica centralización estatal con revolución pasiva, como hace Modonesi. No obstante, como vimos, para Gramsci la construcción de hegemonía socialista pasa necesariamente por un período de “concentración inaudita de la hegemonía” y “una forma de gobierno más ”, un gobierno que toma la ofensiva y que evita la disgregación interna del bloque popular, sobre todo si la coyuntura regional e internacional no resulta favorable.

El momento “hegemónico-estatalista” no necesariamente significa una conversión en una forma de revolución pasiva, ciertamente. No obstante, es preciso no perder de vista lo que podríamos llamar el momento “autonomista”, de democratización radical de la sociedad que tenga como base los espacios de poder autónomos de las clases subalternas. En términos de Gramsci, se trata del proceso de “reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil” que tiene como fin último la extinción del Estado en la “sociedad-regulada”.

Esta cuestión, junto con el problema de la transformación estructural de las fuerzas militares y su subordinación al gobierno, continúa siendo, como lo demuestra la situación actual en Bolivia, el nudo gordiano para la permanencia y profundización de todo proceso de cambio. Volver sobre el concepto gramsciano de hegemonía y de guerra de posiciones, antes que subsumir estos procesos en la categoría de revolución pasiva, es sin lugar a dudas un mejor camino para contribuir a desatarlo.

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