Rugbiers: matar para ser macho

Un grupo de rugbiers asesina a golpes a un joven en Villa Gesell. Después de investigar años un deporte que promueve violencia legítima, el doctor en comunicación Juan Branz plantea que la construcción de la masculinidad se establece en la doble oposición entre macho-puto y blanco-negro. No es salvajismo, ni irracionalidad, ni barbarie: es un esquema consciente y racional en donde el juego de cuerpos, palabras y gestos se pone en acción.

Mantel blanco, tazas blancas, platos blancos, hombres blancos. Una de las escenas que los actores del rugby suelen llamar “tercer tiempo”. Un ritual donde el equipo local ofrenda y demuestra sus posibilidades de agasajar al equipo visitante. Esta vez el acontecimiento se teñía de blanco: un equipo de La Plata recibía a uno de Zona norte del conurbano bonaerense. El color blanco, el prestigio y la reputación son una tríada que se exhibe a la hora de sumar para el ranking del Club…más blanco. Quienes perdieron las esperanzas de trepar a los primeros puestos se asumen (humorada mediante) como los “negros” del rugby. Bienvenidxs al mundo de la virilidad, de las jerarquías y del prestigio de las clases dominantes.

 

He sido –y soy- puto. Me moví en un mundo de futbolistas y rugbiers. Mi tema de investigación para doctorarme fue deporte, masculinidades y clase social. Muchas veces, con diversas personas, pero casi siempre en los mismos lugares he sido puto: en mi familia, en la escuela y en el fútbol. Pero fundamentalmente lo fui en el ambiente del rugby, rodeado de machos. Haber desarmado, vuelto a armar, analizado y comprendido las lógicas que conforman a un verdadero hombre de clases dominantes, en Argentina, me convirtieron en un verdadero puto. No hablo de mantener relaciones homosexuales. No, no se trata de eso. Hablo de no mantener ciertas prácticas y discursos que te convierten en un verdadero macho como sostener la heteronormatividad o exhibir fuerza. También he convertido en putos a muchos amigos y compañeros, de la escuela y del fútbol. He pensado y me he agotado intentando que no me transformen en puto a mí. Infructuoso. No puedo sostener las ideas de mostrar ciertos atributos como la fuerza, el coraje, la virilidad, el poder económico, político o cultural. A veces sí. En otras circunstancias he sido testigo de cómo volvían puto a otro varón. Y no hice nada. Sólo aprender a VER, a ESTAR, a SER. 

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Hacer deporte entre varones no es constatar cuán heterosexual sos, podés ser o debés ser. Por el contrario: compartir un espacio deportivo con otros varones es exponerte a la medición de cuán “puto” sos. Esto no implica –necesariamente- que te gusten tus compañeros o algún otro pibe extragrupo. No. Esto significa cooperar en un espacio donde no se admite “lo otro”. Convertir al otro en puto es convertirse uno mismo: la constitución propia a partir de nombrar al otro. Perpetrar al otro mediante violencias (simbólica y física) es la celebración de la propia masculinidad que no acepta otro modo de vincularse con otro varón.

Recibir la condena a través de esas violencias es entender que no hicimos lo que corresponde para no ser perpetrados. Y atestiguar el gesto del sometimiento nos convierte en cómplices, conniventes de la ritualidad. Porque no se trata de un gesto mágico o de virtudes biológicas. Es cultural. El crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, la rotura de mandíbula de un grupo de rugbiers a un joven en Río de Janeiro, la tacleada a un muchacho en San Isidro o el asesinato de Ariel Malvino (hace 14 años en Brasil) nos atormentan y nos recuerdan cuán crueles y crudos podemos ser como sociedad. Y sí, es el rugby –también-, mi amor.

La construcción de la noticia del crimen en Gesell gira en torno al estatuto de rugbiers: así nombran los medios al grupo de los once jóvenes que, grabaciones viralizadas con dispositivos móviles mediante, habrían asesinado a Báez. Como en todo espacio, la construcción de mitos está a la orden del día. El rugby, en Argentina, es un espacio administrado por las clases dominantes. Eso significa que quienes practican este deporte diseñan y modelan una cultura que expresa ciertos valores y, por supuesto, otros que no. El rugby, para sus integrantes, es una “escuela de vida” donde todos pueden jugar y en donde se aprenden las bondades que todo hombre que pretenda ser “deseable”, “decente”, deberá incorporar si quiere ser considerado dentro de los “blancos”, “racionales”, “civilizados”, “honorables” y “caballeros”. 

 

El mundo del rugby vuelve a dividir para distinguirse. Primero entre macho y puto, ahora entre blancos y negros: tenemos un dique que obtura el pleno acceso. Blanco es ser “educado”, “moderado”, “refinado”. La negritud, por el contrario, reside en una diferencia de estilo y de clase. La negritud tiene correlación con lo que, en tendencia, la grupalidad del rugby denomina como “grasa”. Lo que no es “fino”. Lo que no resiste un estándar refinado de costumbres tales como “hablar correctamente”, “estar instruido”, “vestirse mal” u “oler mal”, “tener mal gusto”. Pero esta división trae consigo la separación moral del mundo entre “blancos” y “negros”, que es la correlación del “nosotros” y “ellos” y del “buenos” y “malos”, respectivamente. No hay manera, entonces, de correr los bordes sujetados a fuerza de violencias legítimas hacia un espacio más o menos democrático como el mito del rugby supone. Así me convertí en puto. Así te convertís en puto y, de acuerdo a una rápida evaluación, en negro. No se trata solo del color de piel. Es cuestión del sistema de clasificación cultural, moral e ideológica.

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Lo que sucedió en Villa Gesell es una de esas “pruebas de la vida”. No es salvajismo, ni irracionalidad, ni barbarie. Es un esquema consciente y racional en donde el juego de cuerpos, palabras y gestos se pone en acción. La percepción y la puesta en práctica de la violencia física es la escena LEGÍTIMA que sostiene la eficacia de ser, ver y actuar como un hombre. El capital lúdico/corporal de varones que juegan al rugby es exclusivo y excluyente. Las técnicas de agarre, impacto y soporte son particulares de un juego y son exhibidas como signo de una masculinidad aceptada, legítima. Otra vez me vuelvo puto. No agarro, no golpeo y no soporto. A veces sí. Pero el monopolio de la fuerza legítima intra e inter género y clase debe manifestarse públicamente hasta que parezca natural. La trama entre lo público y lo privado es difusa. 

 

Si una “escuela de vida” necesita distinguirse de otras escuelas es necesario que sus prácticas y valores sean conocidos y reconocidos. Porque a través del –relativo- prestigio del rugby se impugnan muchos espacios vinculados a otro tipo de actores, de actividades y de valores. La necesidad de la exhibición es central. El ejercicio de ser vistos genera, en el mismo movimiento, la acumulación del capital simbólico ostentado dentro del rugby (y fuera, también) y el mecanismo de exclusión a todo lo que no se emparente con la legítima representación de un varón. Pero si requiere ser visto, necesita de voyeurs. La corporación masculina que hemos sabido edificar para argumentar la defensa de desniveles políticos, culturales, sociales y económicos anula las posibilidades de quitar la mirada a las formas dominantes de ser varón.

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El asesinato de Villa Gesell fue la consecuencia de la decisión de un grupo de jóvenes que aprenden, miran, sienten y actúan como deben. Nadie creerá que la muerte de Báez fue premeditada. Pero sí podía estar dentro de las posibilidades, dado que en el repertorio de acción de los once jóvenes perpetradores, la violencia física fue la opción escogida. La violencia es contextual, situacional, lo sabemos. Lo que la convierte en legítima, en un marco posible. El rugby, a contrapelo de sus mitos, es un espacio de violencias legítimas: a mí, que me extrañé y me familiaricé con el campo y sus actores, no me parece bárbaro ni irracional la violencia; es legítima en el marco de acción de los propios sujetos. Luego revisaremos desde dónde hacia dónde se extiende. Y si comprendimos que históricamente el rugby se basó en la distinción sexogénerica, de clase y étnica, podremos advertir que las reglas de ese espacio no tienen que ver con una “sociedad violenta”. Es una parte de la modelación de esa Argentina que garantizó y garantiza el espacio para verdaderos hombres: blancos, urbanos, civilizados. La Argentina “blanca” y europea que soñaron –y sueñan- las clases dominantes. El rugby no es espejo de la “sociedad”. Es una parte, con sus normas. De ahí el camino a comprender que en la cultura hay una clave –más- para transformar fenómenos tan crudos como un asesinato. La impronta de la jefatura masculina se lleva puesto a todo, y a todos. Cada 26 horas es asesinada una mujer. Y la construcción de la noticia nos devuelve la mirada masculina sobre la crueldad. La potencia del lenguaje nos ubica en los lugares más incómodos. La violencia física es la prueba última para ordenar un mundo desnivelado. Las cámaras y los móviles garantizan que lo veamos. Nos vuelven voyeurs de un sistema basado en la impunidad cultural, que reposa y es garantizada en el silencio de sus víctimas. 

Fuente: Anfibia

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