El Óscar a Parásito: desigualdad y clases a ojos de Hollywood

El Oscar a Parásito como mejor película generó un pequeño sismo en la industria cultural por lo que implica, es la primera vez que un film no hablado en inglés gana esa estatuilla en las 92 entregas que tuvo.

Si no fuera por esa noticia quizás no habría ninguna interesante luego de las interminables tres horas y media de transmisión, los discursos aburridos, los números musicales sin espíritu y la corrección política impostada que crece cada año.

Parásito también se llevó la estatuilla a mejor director, película internacional y mejor guión original. Bong Joon-ho, se convirtió así en “el coreano que pudo hacer historia” y no solo conquistar aplausos de la ultra cerrada Academia norteamericana. Tan celosa de su mercado que recién permitió que esta película fuera la primera estrenada en Estados Unidos… ¡con subtítulos!

Tantas “primeras veces” de la entumecida academia de Hollywood responde a un interés de expansión, el objetivo sería convertir los Oscar en unos “premios mundiales” ya que pasó el tiempo en que el mercado estaba asegurado. El propio Bong dijo en una rueda de prensa posterior que piensa que "el streaming y las redes acostumbraron al público a ver contenido en otros idiomas".

Pero Parásito llega también por mérito propio, más allá del lógico inflador que generan los premios del sistema de festivales “clase A” donde se compra y vende prestigio artístico. La crítica mundial la aclamó desde que ganó la Palma de Oro en Cannes y sobre todo generó impacto genuino en la conversación mundial sobre cine.

Uno de sus méritos es que desnuda la desigualdad social, un tema que recorre la producción artística, y se impuso en las calles como en la rebelión de Chile y la huelga general en Francia.

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Lo hace con un guión que avanza de nivel por caminos impredecibles, que sorprenden y hacen sentir la inestabilidad en que se apoya la precaria vida de sus protagonistas. Con humor negro y ácido. Ningún héroe es puro. Ninguna clase está rodeada de un aura de redención. Como toda película de pobres y ricos, obreros y patrones, Parásito es también un film sobre la lucha de clases, pero también lo es sobre la falta de consciencia de clase, sobre la anti solidaridad de los que sufren, sobre la competencia humana en el mercado capitalista. Es una película sobre lo que el capitalismo hace de la lucha sin conciencia, una mera pelea de subsistencia donde se reconoce al enemigo pero se compite con el igual. Y los que ganan son los ricos.

  •  ¿Quiénes son los parásitos en su película…? preguntaron a Bong Joon-ho
  •  Para mí los ricos y los pobres, ambos son parásitos, pero los ricos son más parásitos aún, puesto que no saben manejar, ni saben hacer nada y le chupan el esfuerzo al pobre.

    La brecha entre ricos y pobres se volvió tema central en el cine industrial de 2019 y los festivales dieron cuenta de ello, por eso la mirada coreana no estuvo sola este domingo y Estados Unidos también lo abordó con El Joker de Todd Philips. La otra favorita que esta vez cayó en desgracia, pero fue un éxito de público no sólo por la fuerza bruta de la distribución de Warner Bros.

    Con un tratamiento completamente distinto comparte con Parásito esa ausencia de consciencia pero muy al estilo americano. El Joker expresa la pelea contra la desigualdad desde un aspecto inquietante, logra la empatía con un personaje desequilibrado, con el punto favorable de que hace sentir legítima la violencia frente a un sistema que enloquece, pero donde la revuelta que lo acompaña es puramente irracional, emocional y explosiva. Es la rebelión de los fracasados del sistema que acecha como un fantasma a los ricos inescrupulosos. El Joker tiene una narrativa similar a los retratos de “la multitud” que se hacían a fines del siglo XIX, donde la horda es más irracional que el sistema al que se opone. Alejado de la complejidad de Bong Joon-ho, las sensaciones de la industria cultural norteamericana se parecen a las que tuvo la primera dama chilena Cecilia Morel Montes, esposa de Sebastián Piñera, que dijo que las protestas en su país se sentían "como una invasión alienígena".

    Más allá de las propias intenciones de Bong Joon-ho y Todd Philips, se puede decir que el sistema de filtros más o menos automáticos y ultra cerrados de la industria norteamericana “se permite llegar hasta ahí”. También se puede decir que Hollywood suele sentir como el Partido Demócrata. O proponer medir la premiación como “una expresión de deseo” inconsciente, justo en momentos en que en muchas calles del mundo la multitud se aleja de la falta de consciencia de clase como demuestran los slogan y las voces de los jóvenes chilenos, los chalecos amarillos y los huelguistas franceses.

    Suele pasar también que el espíritu naciente de una época juegue una mala pasada a la industria, si el disfraz del Joker aparece real en las manifestaciones del mundo, o si con Parásito prevalecen “lecturas por izquierda”. La industria juega un efecto de bucle que no siempre tiene porqué tener los resultados apetecidos.

    A propósito de todo esto. Vale recordar otra película que abordó el tema de la desigualdad y las clases y no debería pasar desapercibida, fue la brasileña Bacurau de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles también nominada a la Palma de Oro. Una película a la altura del guión de Parásito y la violencia del Joker. La historia es compleja, mezcla de estilos, ciencia ficción y western, algo de gore, con el cine de Glauber Rocha y mitos de Brasil. Humor negro. Al igual que Parásito muestra que los géneros viven libres y se combinan mejor cuanto más se alejan de EEUU. Sin embargo aborda la lucha de clases y la violencia desde una fuerte herejía: hay una solidaridad no exenta de tensiones en un pueblo que lucha con memoria.

    Bacurau es un pueblo en el nordeste de Brasil, la historia transcurre en un futuro que se reconoce familiar, donde la tecnología de punta se combina con el atraso económico y social y el agua dulce es un recurso privatizado. De golpe sus habitantes se descubren borrado del mapa de Google. En ese contexto de apagón digital aparecen unos yankis que matan sudamericanos por diversión mientras los políticos locales parecen más cercanos al extranjero que a la defensa de sus compatriotas. La cosa se pone aguda y es de entender que a la industria (en especial norteamericana) no le guste que unos nativos con ideas, se organicen y se atrevan a cortarles las cabezas.

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Fuente: La Izquierda Diario

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