El día de la marmota

 En la película El día de la marmota (1993), el protagonista (Bill Murray) va a un pueblo norteamericano para cubrir el evento que le da nombre al film. Pero por obra del destino queda atrapado en un bucle en el tiempo en donde cada día que se despierta vuelve a vivir el día anterior, repitiéndose todos los días el mismo día. El argumento del film de Harlod Ramis no deja de ser una cruel metáfora de nuestra realidad educativa.

 Cada ciclo que inicia se renuevan viejas inquietudes propuestas de trabajo para el año,lxs docentes nos encontramos intentando encontrar razones y dar soluciones a problemas que parecieran no tener nunca solución. Un año tras otro se repiten los problemas ¿cómo hacemos para fomentar la lectura y la escritura? ¿cómo trabajar interdisciplinariamente? ¿cómo acordar contenidos mínimos con compañerxs que no vemos más que una vez en el año, en estas jornadas? ¿cómo definimos los acuerdos de convivencia? Más allá de las preguntas válidas respecto de nuestra práctica concreta, cabe la necesidad de pensar cuestiones de fondo que necesariamente influyen y condicionan nuestro hacer cotidiano, como son las condiciones materiales en las que damos clases y cómo influye el magro sueldo que percibimos por nuestra

 Una y otra vez, año tras año, las jornadas se convierten en espacios catárticos en donde priman los relatos anecdóticos sin poder dar cuenta de soluciones de fondo que terminan en dos conclusiones principales: el alumno problema (así, sin x ni e) y la frustración de lxs compañerxs que no podemos encontrarle la vuelta, a pesar de que durante todo el año intentamos trabajar desde diferentes perspectivas, con variadas estrategias, a partir de distintas propuestas, con todo el arsenal que se tenga a mano hasta dar en el clavo. El resultado es que,si bien a veces logramos entusiasmar, lo que aparece es una reiterada sensación de frustración y muchas veces de hastío. Esto no quiere decir que necesariamente el año escolar redunde en una serie de fracasos estrepitosos, el laburo que realizamos en las aulas tiene su recompensa,pero el esfuerzo es tan grande y agotador, que lo que termina apareciendo en los poquísimos encuentros que tenemos entre compañerxs son, precisamente, las frustraciones.

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 Frente a la imposibilidad de lograr que lxs estudiantes alcancen los logros deseados, la respuesta es “no les interesa nada”, ante las situaciones de disciplina, la opción recurrente es el cambio de curso, turno y/o escuela como último recurso.

 La pregunta que nos debemos hacer es ¿cómo transformar esos relatos anecdóticos en un discurso y una acción que transformadora que ataque los problemas de fondo?

A politizar, que la educación es tuya, es mía y de él

 Isabel Rauber plantea que un actor social es todo agrupamiento humano mínimamente organizado que se articula para lograr una solución a un problema sectorial que puede calificarse
como reivindicativo. Cuando se descubren los nexos entre su problema sectorial y la de otros actores o sectores, descubren las raíces sociales de su problemática sectorial. Es en ese
momento en la se va tomando conciencia del contenido político y social de su problema“reivindicativo”.

En el caso que nos concierne, podemos tomar el planteo de Rauber para tratar de dar contenido político a los problemas de la escuela. Si nos quedamos en la anécdota, en el caso
aislado, en el curso problema, en la imposibilidad de que tal o cual no agarre un libro, la práctica no encuentra una salida satisfactoria. La tarea entonces es buscar cuáles son los nexos de ese
problema puntual con las condiciones en las que ese problema se manifiesta.

Para empezar, preguntarnos ¿cuáles son las condiciones materiales en las que damos clases? Los problemas de infraestructura, la falta de aulas y escuelas que hacen que un curso tenga hasta 50 estudiantes con un solx docente; las aulas sin ventanas; las escuelas con patio interno hacia donde dan ventanas y puertas de las aulas y no permiten utilizar otro espacio que el áulico para poder dar una clase; los baños en mal estado, entre otros condicionantes, por un lado.

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En primaria e inicial, la necesidad de las maestras de trabajar doble cargo, muchas veces en dos escuelas diferentes, con poco tiempo para ir de una escuela a otra; en secundaria, la necesidad de lxs profesorxs de trabajar hasta con 10 o 12 cursos diferentes en 7, 8 o 9 escuelas distintas, correr de un lado a otro; tener que tener auto porque no se cuenta con medios de transporte público acorde a las necesidades. Todo esto resultado de unos sueldos de miseria que no alcanzan a cubrir la canasta familiar si no se trabaja en doble o triple cargo.

Este panorama habilita una segunda pregunta ¿es posible resolver los problemas que se nos presentan a lo largo del año si no están las condiciones materiales mínimas que nos permitan no estar pensando en cómo parar la olla? Definitivamente no. En por esto que se vuelve imprescindible la necesidad de politizar, en el sentido de Rauber, es decir, buscar los nexos entre nuestra práctica concreta en el aula y las condiciones sociales y materiales en las que se desenvuelve nuestra tarea particular y nuestra vida en general.

Es necesario dejar de naturalizar las condiciones de trabajo, que aparecen en las discusiones con frases como “siempre fue así”, “a ningún gobierno le interesó”, “la situación está complicada”. Naturalizar las condiciones hacen que no podamos encontrar esos nexos necesarios. Deconstruir esa mirada es prioritaria si queremos realmente y de una vez por todas, construir una educación transformadora.

Discursos moralistas, romantización de la pobreza y paritarias a la baja

 En este contexto, la salida que encontramos muchas veces lxs docentes para poder justificar desde algún lado el grado de explotación, termina siendo que no podemos dejar a nuestrxs alumnxs sin clases. Desde ya que todxs pretendemos una educación pública de calidad y que nadie quiere que lxs estudiantes se queden sin clases. Pero especular con esa idea, pierde de vista que en las condiciones en que damos clases, el sólo hecho de ir a la escuela no redunda en un beneficio para lxs jóvenes que asisten a las escuelas. En varios portales “progresistas” hemos leído que la escuela pública se construye desde el barro, con los padres y las madres pintando en enero, lxs docentes sosteniendo lxs techos, arreglando los baños y varias cosas más, romantizando la pobreza y tratando de justificar lo injustificable en el contexto paritario: el esfuerzo lo tenemos que hacer todxs de manera colectiva. Esta falsa manera de entender el trabajo colectivo, lo único que hace es ocultar la responsabilidad indelegable del Estado en lo que respecta a garantizar el derecho a la educación y no la imprescindible necesidad de construir con el/la otrx, justifica el paupérrimo arreglo paritario al que se llegó tanto en provincia como en nación, tirando por el suelo el sueldo docente que no alcanza a la mitad del costo de la canasta familiar y sin dar solución o, al menos, señales de recuperación para la educación.

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El discurso moral que nos pone en un lugar de responsables de la mala calidad educativa, repetida incesantemente en los medios de comunicación y aceptada por las autoridades gubernamentales de todos los tiempos, ha sido peligrosamente levantada como bandera por la burocracia sindical, que nos pide una vez más volver a clases porque lxs pibes están peor que nosotros y es nuestra responsabilidad que tengan un plato de comida. De garantizar conocimientos y recursos de calidad ni hablar.

En por ello que nuestra tarea diaria debe centrarse en desnaturalizar sentidos comunes e ir en camino de repolitizar la práctica encontrando los nexos entre práctica educativa y condiciones materiales de existencia para que así sí, de una vez por todas podamos empezar a pensar en una educación soberana y transformadora.

Si no, como en la película de Harlod Ramis, cada año va a ser un volver a empezar desde el año anterior.

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