Pandemonium: tiempo de cambiarlo todo

Hace años se viene hablando de que el capitalismo atraviesa una crisis civilizatoria. Esa crisis, se dice, es económica pero sobre todo social, política, ambiental, y de cuidados. El capitaloceno (es decir, la era geológica dominada por la relación social capital-patriarcal-racista) está poniendo al mundo y a toda América Latina frente al espejo de su propia mortalidad. La Pandemia del Coronavirus solo hace más evidente esas contradicciones y nos obliga a enfrentar sin tapujos el problema. Esta crisis nos obliga a los movimientos populares a agudizar la imaginación política.

Pandemia capitalista, crisis civilizatoria y organización popular. Economía política de la enfermedad

La crisis del Coronavirus no es una crisis sanitaria, aún si también lo es. Es una pandemia creada por el capitalismo y eso la diferencia de cualquier otra pandemia o epidemia masiva en la historia de la humanidad. Es una infección muy virulenta que resulta de las tendencias capitalistas a la destrucción de las condiciones básicas de reproducción social. La base de la misma es la aglomeración de las personas en megaciudades y la destrucción de los ambientes naturales que promueven el desplazamiento forzado de poblaciones de animales (que anidan estos y otros virus). Esto es parte fundamental del proceso de formación del Coronavirus. ¿Será esta la señal de que es momento de llevar adelante el frenazo al desarrollo capitalista que Walter Benjamin propiciaba?

El ajuste capitalista en su etapa neoliberal condujo por su parte a la destrucción de las infraestructuras básicas de salud y ciencia y tecnología que podrían servir para contener los efectos de la enfermedad. La destrucción de las redes de cuidados en los barrios y las comunidades, la precarización de los empleos, la privatización, mercantilización y financiarización de la seguridad social (en sentido amplio), han conducido a que estemos socialmente disminuidos para enfrentar a la maquinaria más perfecta de la naturaleza: un diminuto pero mortal virus. La privatización y mercantilización extendida de la producción de conocimientos, medicinas y servicios médicos, limita la cooperación necesaria para la búsqueda de las soluciones médicas a la pandemia. Los grandes laboratorios y las corporaciones médicas están más interesadas en sus negocios que en abordar el impacto de la crisis.

La velocidad de circulación de la epidemia se acelera en la era de la transnacionalización del capital. El movimiento voluntario y forzado de personas es tan veloz en la actualidad que es casi imposible frenar la dispersión global y masiva del virus. El Dios mercado, esa mano invisible, impidió, por otra parte, que se tomaran decisiones más drásticas y expeditivas una vez que se conoció la existencia de este free rider (polizón) en los cuerpos migrantes. Las ganancias capitalistas fueron más importantes que la vida de millones. La brutalidad de la especulación financiera continúa desarticulando la organización global de la producción, pero nadie propone frenar el frenesí que les provoca la crisis y la incertidumbre. ¿No es momento de suspender la libertad absoluta del capital? ¿No es tiempo de poner un palo en la rueda de la bicicleta financiera?.

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Un sinfín de peros se interpusieron a la necesidad de detener la maquinaria de la explotación global. Los engranajes del capital resistieron hasta el final la demanda a gritos de la comunidad médica: cuarentena total. Sólo el contagio de empresarios, presidentes y primeros ministros, alertó al poder global de la singularidad de la situación: no tienen donde correr, el virus no distingue clases, razas o géneros.

Lamentablemente para las mayorías del mundo, el sistema del capital garantiza que un virus que no discrimina, si tenga efectos con sesgos de clase, géneros y raciales. Las más precarias entre las precarias (las mujeres racializadas del servicio doméstico de las clases altas) son las primeras mortalmente afectadas. Nadie sabe (nadie pregunta) qué sucederá en África, un continente históricamente saqueado y destruido por la codicia imperial-capitalista. ¿Cuántos infectades hay allí? ¿Cuántos muertxs? Imposible saber, no hay forma de hacer los test para identificar la enfermedad, ni una red de salud que permita atender a una población ya diezmada por otras múltiples plagas (HIV, Ébola, hambre). La situación de la periferia en el centro (España y Italia) da cuenta de la gravedad del problema cuando la precariedad de la vida se hace evidente frente a una situación límite. ¿Qué será del pueblo de Grecia luego de casi una década de ajuste estructural liderado por la Troika (Comisión Europea, FMI y Banco Central Europeo)? ¿Qué será de les refugiades de todo el mundo? ¿Y qué será de América Latina?.

El discreto encanto de ser progresistas

En nuestra región la crisis capitalista estaba provocando un tsunami de protestas cuando golpeó la pandemia. Desde Haití a Chile, los pueblos mostraban de distintas maneras un hartazgo general con los procesos políticos dominantes (ver acá). Las derechas más abiertas enfrentaron y enfrentan rebeliones populares más o menos generalizadas; los gobiernos progresistas canalizan (sin sacar los pies del plato) y neutralizan las exigencias de transformaciones más radicales en la forma de vivir.

La crisis del capitalismo a escala global se presenta en nuestra región, también, como crisis política. La insatisfacción con el régimen político dominante, la democracia formal más o menos amañada, es algo que nadie discute. En algunos países, como Brasil o Chile, ese sistema de gobierno adquiere rasgos tan payasescos como siniestros, pero en el resto, como Argentina o Uruguay hablar de democracia -en tanto gobierno popular- es prácticamente un eufemismo.

En este marco, frente a la pandemia capitalista la respuesta de los gobiernos aparece como una ampliación del Estado de Excepción Permanente. Los gobiernos aprovechan la emergencia para multiplicar el control social, acelerar transformaciones estructurales en marcha y revalidar formas de gobierno probadamente antidemocráticas. Fuerzas de seguridad en las calles y teletrabajo, online-ización de nuestra vida y aumento del presidencialismo son las formas más evidentes del proceso.

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Mientras las derechas hacen gala de violencia y torpeza (Piñera y Bolsonaro son los ejemplos más patéticos de ello), los progresismos sacan lustre a su galones keynesianos y desarrollistas. La crisis capitalista acelerada por la crisis viral, coloca al Estado nuevamente en el centro como organizador social. Ahora somos todes keynesianxs otra vez, dicen, alardeando del discreto encanto de ser progresistas. Claro que no dicen lo que significa: la organización social autónoma del pueblo debe ser restringida, la autoorganización popular debe ceder lugar a la gestión centralizada, manu militari, desde los altos mandos del aparato estatal. Los Presidentes se convierten abiertamente en Generales frente a la batalla contra la crisis; el ejército reemplaza a las organizaciones populares; la política macroeconómica se convierte en parte del armamento estratégico.

¿Peor el remedio que la enfermedad?

Con ello pretenden operar sobre los síntomas, la fiebre, de la enfermedad. Este keynesianismo de guerra viral -como han gustado proponer- enfrenta la crisis en sus efectos. Amplían el gasto público con emisión monetaria. Les economistas desarrollistas celebran una batalla teórica, por anticipado. Ponen precios máximos y regulaciones que -a priori- un Estado de Bienestar diezmado en sus capacidades, no pueden controlar; o si controlan resuelven mal (¿cerrar una farmacia en medio de una crisis médica, por cobrar precios altos? Mmmhhh… no se si será la mejor solución); gana espacio el punitivismo como práctica política.

Atacan la crisis pero en el camino ponen en cuarentena a los sujetos políticos del cambio social y la lucha diaria contra la pandemia capitalista: las organizaciones populares. El Estado manda a todo el mundo a su casa y renuncia a aprovechar el poder del Pueblo organizado que podría contribuir en la planificación colectiva y la gestión colectiva frente a la crisis.

Piensan todo desde arriba, burocráticamente, tecnocráticamente. Cierran el Parlamento, reescribiendo la forma de gobierno. Fragmentan a las organizaciones populares, negando la capacidad colectiva para contribuir a navegar el momento. Privilegian el control político de la situación, antes que su resolución efectiva. Olvidan (o asumen) las consecuencias políticas de la cuartelización social (el denominado “aislamiento social”).

Imaginación política para una salida colectiva y popular

Frente a la crisis estructural de los cuidados y la reproducción social, la crisis actual nos obliga a dar respuestas originales, que aprovechen la energía colectiva. ¿No es momento de canalizar los recursos disponibles a través de las organizaciones territoriales y comunitarias que tienen capacidades para llegar a los sectores más desprotegidos de la población? ¿El gobierno cree que la cuarentena puede ser cumplida por quienes viven de forma hiper-precaria y no pueden dejar de trabajar para vivir por 15 días? ¿No es mejor prohibir despidos y destinar recursos a apuntalar la supervivencia colectiva de las poblaciones al borde de la exclusión?.

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El gobierno hace grandes anuncios en el marco de la crisis pero sin imaginación: más endeudamiento para familias ya sobre-endeudadas (nuevo Procrear de créditos para la vivienda de sectores medios, y créditos para pequeñas reparaciones hogareñas), un plan de pequeñas obras de limitado impacto, reducción de impuestos patronales y mayores subsidios salariales para algunas las empresas (programa REPRO), limitados complementos de ingresos para quienes reciben beneficios de la Seguridad Social y un ingreso familiar de emergencia a quienes están fuera de todo, monotributistas de bajos ingresos o informales (10000$ por única vez -en principio- cuando la canasta de pobreza está en 40000$). Algo es algo, sí. Pero casi nada para una crisis que se profundiza (apuntando a una caída adicional del PBI de casi 5% en 2020), luego de 2 años de depresión con inflación, y una década de crisis transicional. ¿Será hora de reflotar el debate sobre el ingreso universal incondicional?. De golpe hay recursos, que por meses no aparecieron. Cierto… ahora somos todos keynesianos. Entonces, la austeridad “hasta arreglar” el pago de la deuda era solo una decisión política, no una imposición de la realidad.

Claro que poco o nada se habla de ampliar la infraestructura barrial indispensable (comedores comunitarios, salas médicas comunitarias, instalaciones eléctricas, de agua y cloacas, de internet), que ayudaría a mejorar la calidad de vida y atacar simultáneamente otras enfermedades endémicas. ¿No es una buena oportunidad para repensar la reproducción y los cuidados a escala territorial y con la participación comunitaria?

Nada se habla de multiplicar significativamente el presupuesto del sistema de salud para atender a la identificación temprana de las personas portadoras del coronavirus (como indica la OMS), mientras se sigue hablando de renegociar la deuda externa y continúan los pagos de miles de millones de dólares al capital financiero internacional. Si el Estado puede prohibir a una persona ejercer su derecho a trabajar, o salir de su casa, por una emergencia sanitaria: ¿No puede suspender o cancelar los pagos de deuda por el mismo motivo? ¿No es tiempo de revisar las prioridades en serio?.

No hay ninguna solución real para trabajadorxs cuentapropistas o de la economía popular que son forzades por el capitalismo a salir de sus casas para trabajar aun en el medio de la cuarentena. Ninguna noticia para quienes deben seguir pagando alquileres exorbitantes, créditos de usura o tarifas excesivas. Tampoco se espera (y el gobierno tampoco anuncia) una contribución de parte de los ganadores de siempre.

El sistema político se abroquela frente a la crisis. Responde como sabe responder: con unicato, con burocracia, con orden y progreso. Desde el campo del Pueblo debemos agudizar la imaginación política, recuperar nuestras mejores prácticas, para atravesar (luchando) esta crisis, pero sobre todo para prefigurar las respuestas que deberemos tener cuando la emergencia esté concluyendo.

Fuente: Zur

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