Las cadenas de extracción y los pueblos preexistentes

En todo el continente hay un avance acelerado de las fronteras extractivas sobre los territorios habitados por comunidades tradicionales. Ese avance impacta especialmente las tierras indígenas.

Con culturas de abundancia (CARVALHO, 2012, e SAHLINS, 1983), los pueblos preexistentes, su espiritualidad, sus principios económicos, son obstáculos intransponibles para la lógica predatoria sobre la que se implantan de “zonas de sacrificio”.

Destinadas al agotamiento, “zonas de sacrificio” son áreas disponibles para la explotación sin reposición siquiera parcial de los recursos retirados. No se trata sólo de áreas de extracción de minerales sólidos o hidrocarburos, sino también de agropecuaria, silvicultura, pesca u obras de infraestructura. Pero, sin duda, la explotación minera es el paradigma, la referencia imagética de esas prácticas. Se trata de la destrucción de biomas por agotamiento de recursos hídricos y nutrientes; y por la destrucción, directa o indirecta, de la biodiversidad. Se trata de contaminación del suelo, del aire, y del agua de ríos y mares.

La destrucción, en ciertas circunstancias, no es consecuencia de este tipo de explotación, sino su condición necesaria. El recurso a la destrucción se torna necesario al propósito de lanzar áreas cada vez más amplias al mercado de tierras, como ocurrió recientemente con los incendios provocados en la Amazonia[1] y el terror aplicado sobre las poblaciones indígenas que la habitan y son sus guardianes. Esto ha ocurrido en países como Brasil, “autorizados” por la retórica del gobierno de Jair Bolsonaro. Pero también ha ocurrido en Bolivia, donde el gobierno de Evo Morales impulsó un decreto que autoriza el uso agropecuario en los bosques de Santa Cruz y Beni, área hasta entonces protegida[2]. La lógica desarrollista (del desarrollo económico capitalista) se impone a los Estados, so pena de no tener gobernabilidad. La destrucción de la dinámica de los territorios, con sus economías de abundancia, pone las tierras a disposición de la explotación fluida y flexible, sorteando los marcos legales que aún protegen los biomas.

El avance del capital sobre los territorios de lo que los europeos llamaron primero de Indias Occidentales y después América se dio, a trazos gruesos, en tres momentos.

La primera invasión

La primera onda fue consecuencia de las posibilidades que los invasores vieron para la expansión del capitalismo en su fase mercantil. Los dispositivos eran los del terror y el saqueo. La civilización europea ya contaba con un extenso uso de esas prácticas, como salida a situaciones de escasez. Y acababa de realizar la gran campaña de las Cruzadas, que afectó los territorios del norte de África y Medio Oriente. Esta campaña había movilizado la acción conjunta de los Estados y la iglesia católica, articulando el avance militar con la base ideológica que le daba cohesión espiritual a las diferentes fuerzas reunidas.

En los propios territorios de Europa, la larga crisis del sistema feudal venía “resolviéndose” por el aplastamiento de lo común[3]. La expropiación de los campesinos y su integración lenta a formas de extracción de valor, primero por la manufactura y después por la industria, fue diseñando las relaciones de trabajo que irían conformando el ciclo de acumulación en los países centrales. Pero es preciso reconocer que el asalariamiento fue un proceso lento, que incluyó, previamente la explotación de trabajo forzado, inclusive en tierras europeas. Los prisioneros de las Cruzadas, así como la esclavitud por endeudamiento, inspiraron a los invasores de 1492 en adelante a nuevas posibilidades de explotación del trabajo[4] en las colonias. 

Si la tradición cristiana fue también base para las luchas campesinas por la permanencia y expansión de lo común, la institución católica, y, después, diversas modalidades del cristianismo reformado, se sumaron a la persecución de la sociabilidad comunal[5], aliándose a los Estados “transicionales” que precedieron a las revoluciones burguesas propiamente dichas[6]. Así operó la Inquisición, que fue, en muchos casos, prenda de la alianza que se consolidaría en la “Conquista del Nuevo Mundo”.

En América, sin embargo, la alianza entre las coronas y la iglesia católica operaría de una forma optimizada. La cohesión de la actuación de los invasores estaba bastante garantizada. En los territorios invadidos más allá del Atlántico, la iglesia sería la “mano de lana” de la conquista, acompañando los emprendimientos militares y beneficiándose con la “mano de plomo” de la economía del terror. Frente a la catástrofe que ésta última significaba para los pueblos nativos, la iglesia se disponía a acoger a los que aceptasen algún grado de “domesticación”, sin tercera opción entre “la cruz y el diablo”. Los sobrevivientes del primer ciclo de explotación extractiva podían escoger entre la muerte rápida del cuerpo o la alienación total o parcial de su espíritu. El “robo” del alma se tornó, al mismo tiempo, una “liberación” de las bases materiales para su uso por los invasores. Para los pueblos preexistentes, el espíritu del territorio al cual pertenecen dicta reglas completamente antagónicas con la explotación, en economías de abundancia, que suponen restitución y reciprocidad entre los seres[7].

(Debo aclarar que si me detengo a describir este proceso inicial, es para pensar en qué medida esos procedimientos permanecen de manera latente a lo largo de estos últimos cinco siglos, para recobrar vigor más recientemente.)

No todos los territorios, sin embargo, sufrieron la invasión con la misma intensidad. Amainando el descubrimiento de yacimientos minerales ya conocidos por los pueblos preexistentes, el interés de los invasores en insumos agrícolas aumentó. Los costos con el transporte de esas materias primas para Europa hacían priorizar las planicies como espacio de producción agrícola. Y, dentro de esas planicies, los biomas que exigiesen menos esfuerzo para la integración a la agricultura. Así se priorizó, dentro de la faja tropical y subtropical, las áreas geográficas que facilitasen la producción en gran escala. Las regiones montañosas, claro, no eran las más adecuadas. Las selvas más densas, extensas y húmedas sirvieron de refugio para que la población preexistente se escondiera del etnocidio[8] o del exterminio liso y llano. Los llanos más secos, las sabanas, tampoco fueron prioridad para los colonizadores. Las regiones montañosas quedaron relativamente preservadas, y sus poblaciones, en algunos casos, vieron su territorio afectado por la exigencia de tributos en especie o por la condición de reserva de fuerza de trabajo a ser desplazada para otras áreas para trabajo forzado. En las regiones en que, antes de la invasión, habían prosperado grandes sociedades agrícolas, ya existía la explotación de los territorios. De manera que el trabajo servil no era desconocido. Pero de ninguna manera habían vivenciado la expoliación sin límites que sólo una economía monetaria podía propiciar. Así surgió un modo de producción servil que transfería valor para el ciclo del capital. Transferencia esta operada en la esfera de la circulación.

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El patrón de dominación colonial se instaló por medio de esa acción conjunta de las metrópolis y la iglesia católica, cuya alianza se mantuvo estable, más allá de los conflictos que tuvieron como portavoz a Fray Bartolomé de las Casas[9]. Y que se resolvieron por la introducción de una enorme masa de trabajadores esclavizados secuestrados de los territorios africanos. El modo de producción esclavista, la esclavitud moderna[10], ya nace integrada al capital por la transferencia de valor, conviviendo con la explotación del trabajo servil de la fuerza de trabajo nativa.

Estos grandes trazos de la integración de los territorios al sistema del capital en el período del capital mercantil no fueron alterados rápidamente después de las independencias. El patrón de dominación neocolonial, que creaba mejores condiciones para la acumulación menos mediatizada, fue suficiente para la demanda durante el primer tramo de la revolución industrial en Europa.

La segunda onda

Sólo la ampliación de la demanda de insumos tradicionales y nuevos por la segunda revolución industrial propiciada por el capital monopolista vino a alterar la integración de los territorios de América. Nuevas tecnologías demandaban nuevos insumos, pero también permitían la aceleración de la acumulación en Europa y, ya, en los Estados Unidos.

Así, sólo en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, las posibilidades de ampliación de los negocios de exportación propiciaron el avance sobre nuevos territorios. Fue la segunda onda.

Esa ampliación no sería viable sin una nueva infraestructura de logística y de disciplinamiento de las poblaciones. La presión por la consolidación de los Estados dizque nacionales unificó a los diferentes sectores de la burguesía agraria y comercial. Esos Estados, por ese motivo, surgieron junto con la formación de ejércitos profesionales. Y endeudados, por la compra de armamentos con tecnología de punta, y por la instalación de redes ferroviarias y ampliación de los puertos.

El avance sobre los nuevos territorios, en algunos casos, exigió pasos previos, como la Guerra de la Triple Alianza contra el Estado paraguayo, que abrió paso a la integración del Gran Chaco, hasta entonces territorio indígena, a las economías exportadoras de los Estados brasileño, argentino, y posteriormente el boliviano e inclusive el paraguayo. Pero, en todos los casos, exigió una acción militar contra los pueblos que habían conservado total o relativa autonomía en sus tierras.

Sólo la “Pacificación de la Araucanía” y la “Conquista del Desierto”, campañas militares concluidas en la década de 1880, contra el pueblo mapuche, abrieron paso para la casi duplicación del territorio de los Estados chileno y argentino, respectivamente. El Wallmapu, territorio de los mapuche, había sido reconocido por la corona española después de los tratados de Quilín (de 1641) y Las Canoas (de 1793), reconocimiento ratificado después de las independencias. En ese período hubo un avance en la intensidad de la explotación de las tierras de los Andes centrales, integrados hasta entonces de manera relativa. Sólo en Perú hubo alrededor de 40 rebeliones indígenas para resistir a ese avance, de las cuales, la sublevación de Rumi Maki, ya en el siglo XX, fue la más importante. Lo mismo ocurrió con los yaquis y otros grupos en México. Y también fue concluida la reducción de pueblos de los territorios de las praderías al oeste de Estados Unidos. La explotación del caucho[11] afectó a los pueblos de la Amazonia peruana, ecuatoriana, colombiana y brasileña, en una articulación entre las grandes empresas compradoras, las burguesías locales y los Estados.

La reducción territorial de los pueblos preexistentes se impuso por medio del exterminio; y el confinamiento y el desplazamiento para trabajo forzado y posterior asalariamiento de los sobrevivientes. Aunque esa población siempre permaneció, así como los negros libertos y gran parte de los blancos no propietarios, conformando el excedente de población[12]. Y se creó una reserva de tierras para todo tipo de explotación agrícola y minera, además de incorporación de vastas áreas al mercado de tierras, con un marco legal previo de cercamiento. Con este período coincide entrada de varios países de América Latina a los ciclos de acumulación del capital en el continente, en la forma de capitalismo dependiente[13].

La nueva onda de avance del capital sobre los territorios

Esos avances discretos de la frontera del capital, en dos momentos, suponen no sólo la integración de nuevas áreas, sino una mayor intensidad en la explotación de tierras ya integradas. La tercera onda invasiva, sin embargo, supone un aumento considerable del grado de explotación, en la que predominan formas de expoliación en un grado que nos recuerda al ciclo extractivo de la primera fase de la invasión.

Esa nueva onda, sin embargo, no puede ser considerada como un “retroceso”. Ella se ve posibilitada por el empleo de nuevas tecnologías capaces de integrar áreas con biomas y relieve que, hasta hace poco tiempo, tornaban su uso poco o nada rentable. En el caso de la agricultura, la “Revolución Verde”, con su mecanización, empleo de agroquímicos y transgenia, no sólo cambia el manejo de la actividad, sino que la integra con procesos industriales, bajo predominio del capital financiero. Sin embargo, esa penetración de tecnología en la agricultura no redunda necesariamente en relaciones de trabajo más seguras para los trabajadores.   

El agotamiento de recursos tradicionales también propició avances tecnológicos que demandan nuevos insumos, como el litio y el uranio, y prácticas de extracción más invasivas, como la fractura hidráulica para la obtención de petróleo esquisto. Ver el caso de Vaca Muerta, en territorio de comunidades mapuche en Neuquén[14]. Al mismo tiempo, la integración de nuevas áreas exige el desarrollo de infraestructura de energía para la extracción de esos insumos y de logística para su circulación. El impacto socioambiental de hidroeléctricas viene afectando las economías tradicionales. Las carreteras son verdaderas “heridas”, que destruyen la dinámica de los territorios, la continuidad de las áreas; empobreciendo la diversidad genética de la vida, pero también alterando las relaciones de los grupos humanos que en ellas viven.

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La tecnología es condición necesaria, pero no es la causa última de esa integración. La configuración del capital en escala planetaria adquiere la forma de cadenas de extracción y acumulación de valor capaces de integrar de manera flexible unidades económicas de tamaños diferentes, como eslabones intercambiables o desechables. El control de las cadenas se da fundamentalmente en la esfera de la circulación. Es por medio de esa esfera que se determina el  uso de la tierra, los recursos hídricos y la fuerza de trabajo.

Esto no sería posible sin el concurso de los Estados, sin marco legal que lo permite y sin la mercantilización de las relaciones, lo que exige también una “colonización” de la vida espiritual de la población.

Estudiando los patrones de dominación de América Latina, ya en 1970, Florestan Fernandes decía:

El rasgo específico del imperialismo total [grifo mío -así llamaba el autor a la forma de dominación vigente en aquel momento] consiste en el hecho de que el mismo organiza la dominación externa desde adentro y en todos los niveles del orden social, desde el control de la natalidad, la comunicación y el consumo masivos, hasta la educación, la trasplantación masiva de tecnología o de instituciones sociales, la modernización de la infra y superestructura, los expedientes financieros o de capital, el eje vital de la política nacional, etc. (2008, p. 121-122)

También se refería a este patrón como “nuevo imperialismo” después de la Segunda Gran Guerra, que

[…] comenzó suavemente con empresas corporativas norteamericanas o europeas que parecían corresponder a los patrones o a las aspiraciones de crecimiento nacional autosostenido, conscientemente anhelado por las burguesías latinoamericanas y sus elites en el poder o por los gobiernos. […] Apenas se transformaron en un polo económico activo de las economías latinoamericanas, revelaron su naturaleza, como una influencia estructural y dinámica interna y como un proceso histórico-económico. Las empresas anteriores, moldeadas para un mercado competitivo restricto, fueron absorbidas o destruidas […]. (2008, p. 126)

Como vemos, el autor apunta para una “penetración en todos los niveles”. Más recientemente, Pierre Dardot y Christian Laval nos hablan del capital en su forma actual, neoliberal, como una nueva racionalidad:

La racionalidad neoliberal tiene como característica principal la generalización de la concurrencia como norma de conducta y de la empresa como modelo de subjetivación. El término racionalidad no está empleado aquí como un eufemismo que nos permite evitar la palabra “capitalismo”. El neoliberalismo es la razón del capitalismo contemporáneo, de un capitalismo desimpedido de sus referencias arcaizantes y plenamente asumido como construcción histórica y norma general de la vida. El neoliberalismo puede ser definido como el conjunto de discursos, prácticas y dispositivos que determinan un nuevo modelo de gobierno de los hombres según el principio universal de la concurrencia.[15] (2016, p. 17 -grifos dos autores)

Los autores nos hablan del neoliberalismo no apenas como un nuevo modelo de acumulación del capital, aunque también lo sea, sino como una nueva sociedad (p. 24), en la cual “el espacio público es construido cada vez más pelo modelo del global shopping center” (p. 224). Para que esto funcione, todos los aspectos de la vida precisan monetarizarse. El toyotismo y el emprendedorismo suponen además que

[…] cada individuo debe ser su propio supervisor, manteniendo actualizadas la contabilidad de sus resultados y la adecuación a las metas que le fueron atribuidas. Uno de los objetivos de eso es hacer que individuo interiorice las normas de desempeño y, a veces, más do que eso, hacer que el evaluado sea el productor de las normas que servirán para juzgarlo. (p. 315 -grifos dos autores)

Esto conduce a la “desmoralización” del individuo aislado, que deja de considerar su condición de trabajador miembro de una clase. Cambia, también, necesariamente, la relación de los productores rurales con la tierra. Si entre los campesinos la tierra ha sido, parcialmente, medio de reproducción de la vida familiar, esa dimensión se pierde y la integración de la familia campesina a la tierra se torna, fundamentalmente, vía de obtención de renta y base de integración a las cadenas de acumulación. La proletarización de las familias campesinas, ya no sólo sazonal, en la tierra ajena, sino en su propio lote. Y ocurre por la presión en la esfera de la circulación, monopolizada y financierizada, con dispositivos como la exigencia de uso de determinadas tecnologías y consecuente endeudamiento.

Y las grandes operadoras están menos preocupadas con la propiedad de la tierra que con el control de su uso. Así, ocurren disputas entre agricultores familiares, cooperativas, medios y grandes propietarios de tierra, pero cada vez menos esas disputas ocurren en torno al uso de la tierra: cuál es el tipo de explotación, cuál es la tecnología utilizada, cuál es el destino de los productos. La disputa ocurre por la concurrencia para ver quién ofrece mejores condiciones para integrarse a las cadenas. Todo eso está determinado en la esfera de la circulación. En todo caso, cualesquiera que sean las mediaciones, la dinámica de extracción de valor somete a los eslabones de la cadena a riesgos de graduación variable. Pero en la punta de cada cadena tenemos una proletarización que exige una subjetividad como la descripta anteriormente. Es decir, la alienación del trabajo se da con una intensidad y alcance enteramente nuevos[16].

Los marcos legales de protección ambiental vienen siendo desmontados, para facilitar el avance de las fronteras de explotación/expoliación. Tratados internacionales como el Transpacífico (TPP), el Transatlántico (TPA) y el de Comercialización de Servicios (TISA) vienen siendo implementados, más o menos sigilosamente, inclusive de manera parcial y con otros nombres, con el objetivo de tener un reaseguro planetario a la implantación de este régimen de acumulación, con precedencia a políticas gubernamentales o reformas constitucionales. Esos tratados traen en sí la matriz del mundo que el capital necesita: total libertad para las inversiones, para la integración flexible de territorios y segmentos intermediarios de las cadenas.

Vale la pena insistir que estas transformaciones son intencionales, pero las decisiones, de carácter eminentemente político, no se toman en el marco de los Estados pretendidamente nacionales. Mucho menos cuando se habla de países periféricos. Los Estados periféricos, más bien, obran como ejecutores de políticas elaboradas en otras instancias, con la arquitectura propuesta por los intereses de los grandes fondos de inversión.

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En América Latina, los “gobiernos progresistas” administraron las crisis sociales que las reformas neoliberales de la última década del siglo XX provocaron, y no se propusieron siquiera a frenar el avance de las cadenas de acumulación. En la mayoría de los casos, lo impulsaron con políticas públicas, con el argumento de que era necesario orientar los recursos resultantes de las exportaciones para romper con la dependencia. En la práctica, crecimiento de las exportaciones aumentó la dependencia. El caso de Brasil y Argentina es altamente pedagógico: cuando decayó la demanda de soja, la economía interna declinó también. En Venezuela, la caída del precio del petróleo en el mercado internacional hizo lo suyo.  

Los pueblos preexistentes: última frontera

Los pueblos preexistentes no pueden integrarse. No estoy hablando de una economía que ofrece resistencia. Se trata de un “choque civilizatorio”. De totalidades irreductibles. Asistimos a un reverdecer de las luchas indígenas en defensa de sus territorios como espacios de prácticas societarias antagónicas al capital[17].

Los partidos de izquierda y movimientos sociales vienen practicando un diálogo de sordos con los pueblos indígenas. A lo sumo consiguen una comunicación superficial. Esto ocurre porque pretenden integrar las luchas indígenas como reivindicaciones puntuales subalternizadas a sus estrategias reformistas, desarrollistas o estatalistas. De hecho, hay reivindicaciones comunes, ellas suponen alianzas para luchas inmediatas, pero esto no debe llevar al equívoco de una posibilidad de estrategia común. Para pensar un futuro común sería necesario que las organizaciones populares no indígenas abandonasen una gran lista de ilusiones.

El abandono de los paradigmas del desarrollismo y de las políticas de Estado para promover la reforma supone un nuevo proyecto societario, una nueva perspectiva y una nueva cultura. Se trata de poner en el centro la reproducción de la vida (no sólo la humana) en lugar de la producción de excedente. La cuestión que se presenta es en qué condiciones este cambio puede realizarse. ¿Dónde está el punto de fuga de las determinaciones de esta configuración del capital entre los trabajadores integrados a las cadenas de acumulación? 

Referencias bibliográficas

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[1] Ver ADOUE, Silvia. “De incendios y capitales”. In: Contrahegemonía, 26/08/2019. Disponible en https://contrahegemoniaweb.com.ar/de-incendios-y-capitales?fbclid=IwAR1o_QNYaTOkR3VXagOPR0OJv__Mr2XGpYEj6vRT7Nukhv6-xj0aBj2j7-4 (consultado el 24/12/2019, a las 16:45).

[2] Decreto Supremo 3973.

[3] Ver FEDERICI, Silvia. “El mundo entero necesita de una sacudida. Los movimientos sociales y la crisis política en la Europa medieval”. In: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Trad. Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010, p. 33-84.

[4] Ver WILLIAMS, Eric. Capitalismo y esclavitud. Trad. Traficantes de Sueños sobre la traducción de Martín Gerber. Madrid: Traficantes de sueños, 2011.

[5] Ver FEDERICI, Silvia. “El mundo entero necesita de una sacudida. Los movimientos sociales y la crisis política en la Europa medieval”. In: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Trad. Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010, p. 33-84.

[6] Ver ANDERSON, Perry. El Estado absolutista. 15ª edición. Madrid: Siglo XXI.

[7] Ver SAHLINS, Marshall. Economía de la Edad de Piedra. 2ª. Edición. Madrid: Akal, 1983. 

[8] Ver CLASTRES, Pierre. “Do etnocidio”. In: Arqueologia da violência. Pesquisas de antropologia política. Trad. Paulo Neves. San Pablo: Cosac Naify, 2011 , p. 75-88.

[9] Ver CASAS, Fray Bartolomé de. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Antioquia: Universidad de Antioquia, 2011.

[10] Ver WILLIAMS, Eric. Capitalismo y esclavitud. Trad. Traficantes de Sueños sobre la traducción de Martín Gerber. Madrid: Traficantes de sueños, 2011.

[11] Ver CASEMENT, Roger. Putumayo caucho y sangre: Relación al Parlamento Inglés (1911). Lima: Abya-Yala, 1988.

[12] Ver NUN, José Luis. Marginalidad y Exclusión Social. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2001.

[13] Ver FERNANDES, Florestan. Capitalismo dependente e classes sociais na América Latina. 2ª edición. Río de Janeiro: Zahar, 1975.

[14] Ver SCANDIZZO, Hernán. La tentación de esquisto. Capitalismo, democracia y ambiente en la Argentina no convencional. Buenos Aires: Jinete Insomne, 2016. ROIG, Diego Pérez; SCANDIZZO, Hernán; y DI RISSIO, Diego. Vaca Muerta. Construcción de una estrategia Políticas públicas ambiguas, empresas estatales corporatizadas y diversificación productiva a medida. Buenos Aires: Jinete Insomne, 2016. ÁLVAREZ MULLALLY, Martín. Alto Valle Perforado. El petróleo y sus conflictos en las ciudades de la Patagonia Norte. Buenos Aires: Jinete insomne, 2015.

[15] La traducción de esta y las otras citas de A nova razão do mundo, de la autora de este texto.

[16] A manera de ejemplo, ver el caso del sector citrícola en Brasil: FARIAS, Luiz Felipe de. Agronegócio e luta de classes. Diferentes formas de subordinação do trabalho ao capital no complexo citrícola paulista. San Pablo: Sundermann, 2015; e NOVAIS, Adriana; FIRMIANO, Frederico; e ADOUE, Silvia. “A derrubada que não deu na TV”. In: Brasil de Fato nº 500, 27/09/2012. Ver el caso del sector forestal en Chile: ADOUE, Silvia Beatriz. “De incêndios e especialização produtiva. Sobre o agronegócio exportador no Chile”. In: Revista NERA (UNESP), v.43, p.101 – 126, 2018.

[17] Ver ADOUE, Silvia Beatriz. “Enfrentamentos no Wallmapu: a nova onda de expansão da fronteira do capital e a resistência Mapuche”; TIBLE, Jean. “Marx na floresta”; CÁCERES, Laura Zúñiga. “Honduras, o golpe de Estado e a luta pelos territórios: a luta do povo Lenca”; OLIVEIRA, Gabriel Moraes Ferreira de. “Capitalismo dependente e expropriação territorial dos Guarani e Kaiowá em Mato Grosso do Sul”. In: Revista Margem Esquerda, nº 29, 2º semestre de 2017. Dossiê: Lutas Indígenas e socialismo. São Paulo: Boitempo, p. 27-58.

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