Haití ante los desafíos de la pandemia

En un momento donde el mundo se encuentra estremecido por una pandemia que ya ha costado la vida a centenares de miles de personas, queda claro que varios paradigmas de la llamada modernidadcapitalista se están desvaneciendo. Inclusive, podemos considerar que hay un cuestionamiento a la utilidad de ese sistema de producción ya que no ha demostrado capacidad alguna para evitar tantas muertes y sufrimientos. Además, el vertiginoso derrumbe de la economía de varios países centrales alarma a más de uno y plantea para muchos de sus dirigentes más incertidumbres que certezas en cuanto al porvenir del capitalismo, por lo menos, en sus expresiones más retrógradas. Y esta realidad tan preocupante atañe también a otros países, como los denominados emergentes. De hecho, la humanidad entera padece de una forma u otra las nefastas consecuencias no tanto del COVID-19, sino más bien de las enormes falencias de la globalización capitalista que el COVID-19 ha puesto en evidencia. Una humanidad dominada por la ciencia, y que hasta ahora sus principales exponentes no han encontrado la vacuna en contra de este virus. Tampoco se han puesto de acuerdo sobre los pasos a seguir para el tratamiento de esa nueva enfermedad. Lo único que parece concitar una cierta unanimidad es el confinamiento de las poblaciones y el lavado de las manos.Sin embargo, son decisiones sanitarias con grandes costes económicos, porque provocan una paralización de buena parte del aparato productivo de cada país. Dicha realidad, en consecuencia, ya ha provocado profundas divisiones sobre todo entre los dirigentes políticos que priorizan la vida sobre la economía y los que ven la realidad al revés, sin olvidar también a aquellos que pretenden en un esfuerzo ecléctico sin precedentes conciliar ambos aspectos.

En este marco, estamos asistiendo a la aplicación de un sinfín de medidas económicas tendientes a morigerar los sufrimientos de millones de personas. De repente, también,muchos políticos están descubriendo como por arte de magia que debe haber Salud Pública, y que es imprescindible el rol de un Estado fuerte y no lo contrario. El debate, entonces, se presenta apasionante y pone en jaque a los defensores de la ultraderecha. Así, ante las enormes demandas y los padecimientos de millones que quedaron sin trabajo y los que ya vivían al día y con hambre, las medidas para morigerar la crisis se revelan insuficientes. Día tras día, la realidad indica que hace falta avanzar hacia transformaciones estructurales más profundas tales como, por ejemplo, la nacionalización de la banca y del comercio exterior.Por el momento, algunos dirigentes entregaron una cierta suma de dinero a los más necesitados -y no a todos-, impusieron un control de los precios de los productos, como así también piensan establecer una tasa mínima sobre las grandes fortunas como contribución solidaria ante la crisis desatada. La lucha, entonces, se presenta apasionante y, por ahora, ha puesto en jaque a los defensores de la ultraderecha.El futuro próximo, quizás, nos dirá el camino que tomará la humanidad. Pero sabemos que los imprescindibles cambios políticos y económicos no provendrán jamás de la mano del COVID-19, sino, como siempre, como fruto de las luchas de los pueblos por cambiar su existencia destruyendo todo sistema de explotación del hombre por el hombre para construir otro totalmente diferente.

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Ahora, ¿qué pasa en un país como Haití? Un país cuyo pueblo en su inmensa mayoría sobrevive, hace ya varias décadas, en condiciones inhumanas. Desde la confirmación de la llegada del COVID-19 al país, sus dirigentes, fundamentalmente a través del “presidente” Jovenel Moïse y su ministra de facto de salud, anunciaron prácticamente las mismas medidas adoptadas en otras partes del mundo. Así, ordenaron: confinamiento, distanciamiento social, lavado de manos, testeos, toque de queda como en Nueva York de 20:00 a 05:00 hs., etc., etc.Dijeron que hasta la fecha hay 40 casos y 2 muertes, que tienen centenares de camas para la hospitalización de los enfermos y que van a entregar dinero a 1.500.000 personas. En un país con una economía de subsistencia, que sobrevive de la limosna internacional y de las remesas, cuyo sistema de salud se derrumbó hace ya décadas, en cuestión de días, entonces, el actual gobierno de facto pretende hacer creer que puede hacer frente con éxito al COVID-19. Es decir, el presidente de facto de Haití piensa triunfar donde otros países con economía sólida, sistemas sanitarios en mejores condiciones que el de Haití fracasaron. Si no fuera que estuviéramos ante una tragedia, nos pondríamos a reír y, por supuesto, pedir con urgencia la ayuda de varios psiquiatras para internar a esos personajes en algún neuropsiquiátrico.

Sin embargo, cabe subrayar que ese comportamiento de esos gobernantes irresponsables e ineptos no es sorprendente. Pues nadie puede dejar de hacerse las siguientes preguntas: ¿el pueblo haitiano está en condiciones de cumplir con el confinamiento decretado por el “presidente”? ¿El “presidente” tiene suficiente autoridad y credibilidad para que los sectores populares estén dispuestos a respetar sus decisiones? Preguntas muy fáciles de contestar para cualquiera que haya seguido un poco de cerca la crisis ininterrumpida de Haití. Simplemente la respuesta a esos interrogantes es: NO.

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En efecto, se sabe que Moïse es un “presidente” surgido de elecciones fraudulentas y contestadas. Asumió en febrero de 2017. Oficialmente se reconoció que obtuvo menos de 600.000 votos sobre un padrón electoral de más de 6 millones. En aquella elección, participó menos del 20% del padrón, -siempre según cifras oficiales entregadas por el Consejo Electoral Provisorio que organizó el fraude en noviembre de 2016-. Resultado que, obviamente, le pudo dar cierta legalidad pero no legitimidad. Y esta carencia se manifiesta de manera permanente desde antes de su asunción. Cabe recordar que Moïse está acusado con pruebas contundentes de malversación de fondos públicos y otros actos ilícitos. Así, prácticamente, desde julio de 2018 hasta unos meses antes de la llegada de la pandemia,el país se encontró, en diferentes momentos, sacudido por impresionantes movilizaciones populares. Las más virulentas ocurrieron desde setiembre hasta noviembre de 2019, exigiendo la renuncia de Moïse. En efecto, hartos de mentiras, de falsas promesas, de falta de transparencia, de ineptitudes, de corrupción, de política de terror y de hambre, de sometimiento al imperialismo norteamericano, de traición al presidente legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, centenares de miles de manifestantes salieron a las calles a hacer escuchar su voz. El país estuvo bloqueado durante varios meses por barricadas y movilizaciones diarias. Prácticamente privado de todo apoyo en lo interno, el gobierno contestó siempre con represiones, masacres, y propagación de grupos de bandidos/mercenarios armados en distintas zonas de la capital y ciertos departamentos para sembrar el terror sobre todo en las zonas populares. El principal apoyo de Moïse es el brindado por el llamado Core Group -el verdadero gobierno que dirige Haití-. El Core Group está conformado por los embajadores de EE.UU., de Canadá, de Francia, de España, de Brasil, de los representantes de la UE, de la ONU y de la OEA. Actualmente, están todos bajo las órdenes de la embajadora norteamericana Michele Jeanet Sison. También cabe señalar que el Core Group cuenta con la complicidad de la ONU como así también de la OEA, sobre todo con la de su Secretario General, el Sr. Luis Almagro. Un Secretario General que avaló la escandalosa elección presidencial de noviembre de 2016 en Haití y apoya al asesino de Moïse, pero que tiene la audacia de criticar la elección del presidente Maduro. Además, este personaje, abiertamente al servicio de los intereses del imperialismo norteamericano en el continente, que siempre habla que hace falta ayudar al pueblo haitiano, sin embargo ahora ante los enormes desafíos planteados por la pandemia, brilla por su silencio.

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Por otra parte, se sabe que el pueblo haitiano en su mayoría sobrevive con menos de 2 dólares al día, que el transporte público es el “Tap Tap” (un vehículo común donde la gente va amontonada), que otro medio masivo es la moto, que en los barrios populares hay un hacinamiento indescriptible al igual que en los mercados, que hay una tasa de desempleo de 70% de la población activa, que 4 millones de compatriotas están atravesando una situación de hambruna. Entonces, cuando un “presidente” pretende implementar un confinamiento, establecer un distanciamiento social, realmente es una actitud criminal. Esto es así, porque simplemente en Haití esto es imposible. Y en cuanto al lavado de manos, como la población no tiene acceso al agua potable, el gobierno realizó una distribución de baldes. También aparecieron algunos agentes de la Policía Nacional distribuyendo algunas bolsas de arroz y botellas de aceite en ciertas zonas de la capital pretendiendo paliar así el hambre.

            Ante semejante ineptitud e indiferencia por parte del gobierno de facto,y la presencia ya del COVID-19 en Haití, varias organizaciones populares decidieron acompañar al pueblo con limpieza de instalaciones hospitalarias, de calles, de aplicación de ciertas medidas de prevención de la salud gracias al aporte de varios miembros del personal sanitario de dichas organizaciones como así también de otros militantes. Al mismo tiempo, distintas organizaciones populares organizan sentadas ante el hospital central de la capital para exigir al gobierno la entrega de materiales sanitarios básicos indispensables para enfrentar esta contingencia, la instalación en varias zonas populares de centros de aislamiento para que la gente pueda cumplir con la cuarentena, la mejora de las condiciones de trabajo para el personal de la salud, la disminución de los precios de los alimentos, etc., etc. Lo que significa que, en Haití, a pesar de la pandemia, la lucha sigue.

Henry Boisrolin

Coordinador del Comité Democrático Haitiano en Argentina

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