Desafíos de los feminismos plurinacionales: “En el principio fue la acción”

En Abya Yala, los feminismos populares, plurinacionales, rebeldes, nos vamos enredando y reconociendo en encuentros, diálogos y reflexiones múltiples, en los saberes nacidos de nuestras experiencias, de nuestras cosmovisiones, y también en los modos de sentir y convivir con las realidades cotidianas que atravesamos al enfrentarnos al sistema heteropatriarcal, capitalista y colonial.

El carácter plurinacional de los feminismos no nace de debates acádemicos, -aunque interactuemos con los mismos- sino fundamentalmente de los aprendizajes colectivos que realizamos en nuestras luchas, de los modos creativos de reinventar la vida, la comunidad, territorializando las experiencias, y al mismo tiempo borrando las fronteras impuestas por los Estados Nación. Teorizamos en grupo, creamos conocimientos desde nuestros cuerpos, desde nuestros tejidos grupales y comunitarios.

“En el principio fue la acción” decimos en nuestros encuentros. Porque como parte de nuestros pueblos, llegamos a los feminismos en procesos intensos, caóticos, muchas veces devastadas por el impacto de la violencia patriarcal en nuestras vidas, con urgencia de actuar.

Es en la acción y en la reflexión colectiva sobre la misma, como vamos desencubriendo, primero ante nuestras propias existencias azoradas, que el rol asignado a las mujeres a partir de la división sexual del trabajo que promueve el patriarcado, como “cuidadoras de la vida”, se hace cada vez más aplastante, porque las tareas de cuidado se han multiplicado en un mundo manejado por políticas de muerte.

Llegamos a los feminismos cuando comprendemos que el dolor “que nos toca”, es parte del dolor social de las mujeres y de las identidades disidentes del heteropatriarcado. Vamos entendiendo cómo se entrelazan fuertemente las muchas violencias que vivimos, y el modo en que las mismas nos afectan individualmente, a nuestras comunidades, y a la naturaleza de la que somos parte.

La emergencia y masificación de los feminismos en los últimos años, abrió una multiplicidad de debates sobre el carácter de nuestro movimiento. En estas notas intentamos mirar el camino, pensar en lo que hemos aprendido y desaprendido andando junto a hermanas, compañeras, ancestras, que abrieron caminos para pensar los feminismos desde nuestros territorios, desde este continente, cuestionando los límites del pensamiento occidental eurocéntrico, y recuperando las prácticas y las ideas que nacen de las mismas.

Una de las características de los feminismos populares, comunitarios, antirracistas, plurinacionales, es que las palabras se van tejiendo en colectivo, a través de diálogos, conversaciones, miradas. De ahí que ninguna de nuestras reflexiones están hechas con un solo hilo. Muchos hilos, muchos colores, muchos modos de trenzarlos, de bordarlos, de tejerlos. Hablamos, pensamos, sentimos, caminando. En el abrazo reafirmamos nuestros deseos de andar juntas, porque “somos” en las calles, en las plazas, y en cada casa donde llega la palabra de la compañera. “Si tocan a una respondemos todas”. Y esa respuesta de todas es parte de nuestra identidad.

Miradas que nos permiten re-conocernos

Mirar el mapa del territorio continente que habitamos. Advertir el absurdo de las fronteras trazadas por la herida colonial, por el capitalismo y sus Estados-Nación-, dividiendo pueblos que comparten memoria, resistencias, culturas, lenguas.

Mirar las fronteras como cicatrices de la conquista, realizadas en sucesivos genocidios. Mirar a las mujeres, y a nuestros cuerpos territorios explotados, oprimidos, dominados, ofrendados como trofeo de esas guerras al sistema de dominación patriarcal capitalista, racista, al régimen heterosexual.

Mirar lo que quisieron invisibilizar: el trabajo esclavo de mujeres negras y originarias, su servidumbre institucionalizada –hasta la actualidad.

Mirar la violenta homogeneización de los cuerpos en clave heteronormativa, binaria –despreciando y estigmatizando las diversas corporalidades y elecciones sexo-genéricas- con el objetivo de imponer un modelo colonial de cuerpos funcionales al patriarcado y al capitalismo. Cuerpos de mujeres blancas, rubias, flacas, sumisas, para el consumo de los hombres blancos, propietarios, y dueños de todas las mercancías –incluso de las mujeres.

Mirar la destrucción de los ríos, de los bosques, de las montañas, de los glaciares, de las lagunas, y saber que es nuestra destrucción como planeta, que es la demolición de la casa común que nos cobija. Mirar que para hacerlo tuvieron y tienen que exterminar a los pueblos que históricamente cuidaron los territorios, y expulsarlos de los mismos.

Mirar con espanto la militarización del continente, los nuevos golpes de estado, invasiones, guerras, feminicidios territoriales, masacres, genocidios. Honduras, Paraguay, Brasil, Bolivia, y un guión golpista que se repite en numerosos territorios.

Mirar estas realidades con los lentes violetas de los feminismos, y arder de indignación, de rabia, de necesidad de seguir revolucionando al mundo, con una clave de pueblos diversos, y por eso nombrarnos como somos: plurinacionales.

Somos y nos reconocemos plurinacionales, para no seguir el libreto colonial, occidental, eurocéntrico del respeto y sumisión a los estados-nación y a sus maneras de ser instrumentos institucionalizados del sistema capitalista patriarcal colonial.

La destrucción del planeta es uno de los resultados del cóctel de nacionalismos, maldesarrollo, racismo, que se sostiene a través de la violencia. Las mujeres, lesbianas, travestis, trans, hemos sido históricamente disciplinadas para que nuestras vidas no cuenten –esto hace posible que los feminicidios y travesticidios se extiendan como epidemia–, para que nuestro trabajo no tenga valor –por lo tanto no sea reconocido– y para que nuestro aporte y participación sea invisible.

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Nos nombramos como feminismos plurinacionales, para visibilizarnos en todas nuestras maneras de hablar, de sentir, de amar, de soñar, de sembrar, de construir. Para seguir revolucionando las revoluciones de las que somos protagonistas, con la memoria de todos los exterminios pero también de todas las resistencias.

Las luchas territoriales son luchas por la vida

Las mujeres “cuidadoras de la vida” siempre hemos participado de luchas históricas por la defensa del territorio, el ambiente, las comunidades. En el andar, fuimos aprendiendo que el primer territorio a defender es el de nuestros cuerpos. Fuimos aprendiendo también que el cuidado de la vida de las mujeres es una lucha imprescindible, que muchos de los compañeros de los movimientos populares no la consideran necesaria o prioritaria. Incluso con dolor aprendimos que en algunos casos hay que defender nuestras vidas de esas personas que considerábamos compañeros.

Una gran parte de nuestras luchas suceden en los territorios que habitamos, frente a la agresión violenta a los mismos de las políticas extractivistas que los vienen destrozando.

Nos preguntamos por qué los gobiernos, incluso muchos que se llaman progresistas, no dudan en lastimar a la tierra, en entregar a poderes mundiales capitalistas los bienes comunes que los pueblos cuidaron por siglos. Nos preguntamos cómo no existe una conciencia mundial ambiental, frente a las lógicas capitalistas que contaminan, destruyen, matan. Sabemos que la lógica del capitalismo es la obtención de la máxima ganancia. Pero esto debería tener un límite cuando para ello se destroza la vida del planeta que habitamos. Aprendimos que el capitalismo no tiene límites. Que los límites los ponemos los pueblos, y que las mujeres estamos en la primera línea de esas batallas por la vida.

Fuimos entendiendo también, que el extractivismo es una de las modalidades de explotación del capitalismo, que a lo largo de la historia fue despojando a nuestros pueblos de los bienes comunes para hacerlos riquezas privadas de unos pocos.

A través de distintas formas de movilización, de comunicación y educación popular, y desde prácticas cotidianas diversas, las mujeres hemos resistido a las políticas extractivistas y a todas las formas de violencia que sostienen y reproducen la necropolítica patriarcal, capitalista, colonial.

Además de poner los cuerpos frente a las topadoras, o en piquetes en las rutas, o en movilizaciones frente a las instituciones del poder político, para impedir la destrucción de los territorios, de las comunidades, el saqueo de los bienes comunes, hemos propuesto también miradas críticas sobre el extractivismo, como una modalidad de acumulación de superganancias capitalistas, a costa del disciplinamiento represivo de todas las dimensiones de la vida. Extractivismo entonces, es este capitalismo salvaje, brutal. Es el despojo de los pueblos. Es el terrorismo del estado y de las transnacionales, frente a la naturaleza y a los pueblos.

¡Despertemos humanidad!

Las mujeres originarias de este continente, saben bien que el capitalismo europeo se enriqueció a partir del saqueo colonial de los territorios que habitaban, y que para hacerlo exterminaron a los pueblos, o los esclavizaron para las duras tareas de extraer el oro, la plata, y otros productos del saqueo. Las mujeres indígenas, y las negras esclavizadas, saben que el trabajo en las minas, demoledor, letal, fue realizado por los pueblos sometidos a servidumbre y esclavitud. También saben que las tareas de cuidado de las casas, la limpieza, la atención de niños, niñas, ancianxs, fue siempre trabajo de las mujeres apropiadas por los conquistadores, como parte de las riquezas ganadas en sus invasiones y guerras.

Los feminismos plurinacionales tenemos memoria ancestral. Entendemos entonces que el extractivismo es resultado de un sistema económico, político, social, basado en la mercantilización y explotación desenfrenada de la naturaleza y de las personas.

Berta Cáceres, líder de COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), dijo al recibir el Premio Goldman, en 2015: “¡Despertemos! ¡Despertemos humanidad! Ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de estar solo contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal. 

El Rio Gualcarque nos ha llamado, así como los demás que están seriamente amenazados en todo el mundo. Debemos acudir.

La Madre tierra militarizada, cercada, envenenada donde se violan sistemáticamente derechos elementales nos exige actuar.

Construyamos entonces sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida. Juntémonos y sigamos con esperanza defendiendo y cuidando la sangre de la tierra y de sus espíritus.”

El llamado de Berta resuena cada vez con más fuerza. Su crimen, ha intentado ser ejemplificador, para que las mujeres salgan de la primera línea de enfrentamiento a este sistema perverso. Sin embargo las luchas no han cesado, porque son luchas esenciales.

En Honduras, el río Gualcarque sigue libre. No han podido represarlo, a pesar del crimen de Berta.

Del mismo modo, los enfrentamientos al capital se amplían en todo el Abya Yala, donde el extractivismo se ha profundizado a partir de la década de los noventa, en la medida en que las políticas neoliberales basadas fundamentalmente en las privatizaciones ya estaban tocando sus límites. Se comenzó desde entonces a hacer más intensivo en el reparto del mundo la extracción de minerales –destruyendo a través del fracking, por ejemplo, los lugares donde se encontraban. Se continúa la destrucción de los bosques, el represamiento de los ríos, produciendo daños irreversibles a la naturaleza, contaminado el aire, los suelos, las fuentes hídricas y provocando grandes pérdidas de biodiversidad. Para ello se violaron sistemáticamente los derechos de las comunidades que habitaban los territorios afectados, se reprimió a quienes los defienden, se destruyen sus formas de vida y economías tradicionales, convirtiéndolas en dependientes de los mercados externos.

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Las empresas –principalmente transnacionales–, en complicidad con los Estado Nación que las apañan, apelan a todas las violencias para ejecutar sus políticas, provocando la pérdida de soberanía política, la violación a leyes y acuerdos internacionales, como el derecho a la consulta previa, libre e informada de las comunidades afectadas por esas políticas, el despliegue de la corrupción para comprar las voluntades de políticos, jueces, legisladores, medios de comunicación, en el control de la sociedad, y en la militarización.

Las “cuidadoras” de la vida se levantan

Estas políticas extractivistas afectan especialmente a las mujeres. Los impactos de las políticas extractivistas de destrucción de la naturaleza significan daños a la salud de las personas, de las comunidades, y daños al ambiente. Esto se agrava al conjugarse con las políticas capitalistas neoliberales que han privatizado los servicios de salud, que avanzaron en la instalación de la agroindustria que vuelve tóxico el sistema alimentario, que se enriquecen con la monopolización y acaparación de tierras, desplazando a los y las campesinas, y con la precarización del trabajo que hace más vulnerables a los sectores empobrecidos, debido a la pérdida de derechos (a la alimentación saludable, a la vivienda digna, a la tierra, al trabajo, a la educación, a la salud, etc.).

Así como en las dictaduras de los 70 las mujeres estuvieron en la primera línea de la resistencia, en las luchas actuales en defensa de los territorios, contra los crímenes de jóvenes en los barrios, en la búsqueda de las mujeres desaparecidas por las redes de trata de personas, en la exigencia de justicia frente a los femicidios, en los cuidados de los ríos, de los bosques, de la biodiversidad, las mujeres marchan al frente, se levantan, creando las bases de la revolución feminista. Frente a la feminización de la pobreza, la respuesta es la feminización de la resistencia.

Los femicidios territoriales de hermanas de lucha como Berta Cáceres, en Honduras, Macarena Valdes en Chile, Marielle Franco, Nilce Magalhaes Souza (Nicinha) y Dilma Ferreira en Brasil, Cristina Bautista en Colombia, Bety Cariño en México, entre tantas otras compañeras asesinadas por cuidar los territorios rurales, indígenas, campesinos, las villas, favelas, y poblaciones, así como la criminalización de hermanas como Lolita Chávez en Guatemala, la machi Francisca Linconao en Wallmapu, Miriam Miranda en Honduras, y todas las compañeras perseguidas en distintos territorios, son un dato más de este tiempo peligroso para la vida y para la libertad.

La criminalización de las defensoras de los territorios

Si miramos los datos del informe de la organización Global Witness, en el 2017, el 60% de los asesinatos de personas defensoras de la tierra y el ambiente en el mundo ha ocurrido en América Latina[1], siendo los países con cifras más altas Brasil, Colombia, Honduras, Guatemala, Perú y Nicaragua.

La criminalización de las y los defensores de la tierra y el ambiente, constituye una de las principales estrategias implementadas por empresas transnacionales y los Estados para frenar las resistencias contra los megaproyectos extractivos. Esto constituye uno de los principales desafíos de los feminismos populares, plurinacionales, territoriales. ¿Cómo fortalecer las redes solidarias, para impedir que continúe este exterminio? Hay un guión que vienen repitiendo en los distintos países, especialmente cuando se trata de quitar del medio a las mujeres defensoras, que cuidan la vida hasta el final. Todos los prejuicios sembrados por la cultura patriarcal y colonial, el machismo, el racismo, se utilizan intensamente para sembrar dudas sobre estas mujeres, que suelen ser fuertes, libres, autónomas. Se trata de descalificarlas, estigmatizarlas, difamarlas, intentando si es posible que ellas mismas se desanimen, y si no que la familia actúe para frenarlas. Es muy común tanto la amenaza a los hijos e hijas, como tratar que los mismos sientan vergüenza por las acciones de sus madres, o miedo por la mirada que les devuelven en sus comunidades. Si todo esto no funciona, están las amenazas de muerte, la siembra del miedo, la prisión, la expulsión del territorio, hasta el crimen mismo.

En el Tribunal Ético Feminista organizado por Feministas de Abya Yala, que realizó un Juicio a la Justicia Patriarcal, quedó en evidencia el rol patriarcal y colonial del sistema de justicia, que brinda “seguridad jurídica” y el blindaje necesario a las empresas, a los capitalistas, a los Estados, mientras persigue a quienes defienden los territorios y da impunidad a sus agresores[2].

Pero las políticas extractivistas no sólo agreden de manera directa a las mujeres defensoras. También hay modos de disciplinamiento patriarcal que están entramados en esas experiencias. En contextos de explotación minera, petrolera, de instalación de hidroeléctricas, de avance del agronegocio, existe una ‘masculinización’ de los territorios en la que se reconfiguran los espacios de vida comunitarios alrededor de los deseos y valores de una masculinidad hegemónica. Recrudece en consecuencia la violencia patriarcal, y crecen las desigualdades de género. Esto se expresa, entre otros modos, en el aumento de las tareas de cuidado que realizan las mujeres, en el incremento de la violencia psicológica, física, económica, sexual, de quienes se creen con derechos de propiedad sobre las vidas y los cuerpos de las mujeres; en el incremento de la explotación sexual de las mujeres, trans, travestis, niñas, niñes –coincidiendo en muchos casos las rutas de los megaproyectos extractivistas con las rutas de la trata de personas–; la pérdida de la autonomía, el deterioro de la salud física y emocional; la pérdida de posibilidades de una alimentación saludable; los ataques a la identidad cultural y el desprecio por los saberes ancestrales de las mujeres.

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Lohana Berkins, Diana Sacayan, Mayte Amaya: feminismos travestis, disidentes, cuerpos plurales.

“La revolución es ahora, porque al calabozo no volvemos nunca más”. Lohana Berkins

“La libertad es un músculo que debemos ejercitar”. Maite Amaya

“¿Cuándo será el día en que algunas de nuestras chicas trans muera de vieja, sin que nadie la haya expuesto a la violencia consentida por los discursos de una sociedad ignorante y miedosa, que no acepta que la identidad es una construcción social, que nada tiene que ver con lo natural, que acepte la diversidad como una riqueza, que rompa con la concepción de un sujeto ‘normal’?”. Diana Sacayan

Compañeras como Lohana, Maite, Diana, activistas travestis feministas, junto a muchas otras compañeras travestis, trans, lesbianas, bisexuales, nos enseñaron que la lucha feminista, la revolución feminista, no depende de la biología. Habitamos distintas corporalidades y elecciones sexuales, que son parte de la lucha antipatriarcal. Las distintas identidades sexuales, tienen también una profunda interacción con identidades culturales, de pueblos, de relaciones con la tierra, con la naturaleza, con las cosmovisiones.

Los debates producidos en los Encuentros de Mujeres de Trelew y La Plata, que posibilitaron que el próximo Encuentro en San Luis sea Plurinacional, también pusieron en el centro la necesidad del reconocimiento de la pluralidad de cuerpos y experiencias que habitan nuestros feminismos. Esto significa superar las perspectivas biologicistas, deterministas, que pretenden negar los aportes de los feminismos recreados en los cuerpos travestis y en otros cuerpos diversos. Todos los corralitos, todas las fronteras, las vamos rompiendo con nuestras revoluciones.

“Ni golpes de estado ni golpes a las mujeres” (consigna creada por las Feministas en Resistencia de Honduras)

El siglo 21 se inició con múltiples levantamientos de los pueblos, en cuyo marco se rehicieron los feminismos. La guerra del agua y del gas en Bolivia, el levantamiento zapatista que llegó como esperanza desde el final del siglo 20, los levantamientos indígenas en Ecuador, la consolidación de la revolución bolivariana, el “que se vayan todos” en Argentina, creó un horizonte de rebelión.

Inmediatamente los poderes mundiales se reordenaron. El intento de golpe de estado contra Chavez, fue una señal que no fue suficientemente analizada por los pueblos, embriagados de la derrota popular al golpismo. En el 2009, el golpe de estado en Honduras llegó para quedarse. Fueron las mujeres las que en la primera línea de la resistencia al golpe, crearon la consigna “Ni golpes de estado, ni golpes a las mujeres”. Fueron varias de las compañeras feministas que en los años 80 habían luchado contra el golpe de estado, quienes salieron a decir con claridad: es un golpe de estado.

Muchos politólogos no lograban convencerse que podía haber nuevamente un golpe de estado en el continente. Creían que “el imperialismo” (cuyo nombre como tal ya habían puesto en discusión), ya no realizaba golpes de estado.

La resistencia de las feministas, como parte de los movimientos indígenas, negros, garífunas, populares, permitieron entender de qué se tratan los golpes de estado y las políticas fascistas y militaristas en este tiempo. Esta situación volvió a repetirse en el 2012 con el golpe en Paraguay y en el 2019 con el golpe de estado en Bolivia.

Ha sido lamentable constatar que muchas feministas, pusieron en duda o directamente negaron que nos encontrábamos frente a un golpe de estado, que además fue precedido de acciones claramente racistas y patriarcales, como la humillación a las mujeres de pollera –entre ellas Patricia Arce, la alcaldesa de Vinto-, la quema de las wiphalas, y el acoso y agresión brutal a los pueblos indígenas. Vale recordar en este momento al compañero Sebastián Moro, periodista argentino que murió como consecuencia del golpe, que fue uno de los primeros que alertó con claridad sobre el golpe de estado cuando todavía estaba en marcha. Para las feministas plurinacionales, es parte de nuestros desafíos lograr justicia para Sebastián, así como también la libertad del fotorreportero argentino Facundo Molares, preso en Bolivia, y de todos los presos y presas del régimen golpista. La lucha contra la impunidad, es parte de nuestra experiencia profunda.

Las posiciones confusionistas o negacionistas de los golpes de estado han sido muy funcionales y favorecieron a las políticas fascistas hoy en curso en estos países. Por eso se encuentra entre los desafíos de los feminismos plurinacionales, acuerpar a las mujeres, lesbianas, travestis, trans, que están sufriendo las consecuencias del golpe, y generar redes feministas que sin fronteras puedan desnudar la naturaleza brutal del régimen.

Las feministas plurinacionales, populares, tenemos que reunir la lucha por la transformación de la vida cotidiana, con la capacidad de comprender las lógicas estratégicas imperialistas, de las oligarquías locales, y articular nuestras energías desde Abya Yala hasta Kurdistán, para sostener las revoluciones, como las de las mujeres kurdas, las mujeres cubanas y venezolanas, las rebeliones, como las de las mujeres chilenas y las mujeres zapatistas, y la solidaridad activa con los pueblos que hoy buscan derrotar a fascistas como Bolsonaro, Duque, o golpistas como Añez y Camacho.

Así estamos tejiendo, con todos los hilos, con todos los colores, tensando las tramas comunitarias en cada territorio.

El deseo

Nuestros cuerpos están celebrando la vida, aunque tengamos heridas y dolores en la piel y el corazón. A pesar de los golpes y las violencias que sufrimos, creemos que el motor de las revoluciones que protagonizamos es el amor, y el deseo de cambiarlo todo.

Cuando pareciera que nos corrieron de la pantalla, ahí estamos. Después de siglos de considerarnos invisibles, nos manejamos en la invisibilidad con una libertad que los poderosos no conocen. Las feministas plurinacionales cultivamos la esperanza, el placer, alimentamos los sueños, y sabemos ser felices en las luchas en las que nos encontramos. La rebeldía, la autonomía, la libertad, están en nuestro ADN.

Estamos en el camino, dibujamos los horizontes, y sabemos amar.

Nuestra revolución deslumbra, en todas las fases de la luna.


[1]    https://www.globalwitness.org/en/campaigns/environmental-activists/a-qu%C3%A9-precio/

[2]    http://www.biodiversidadla.org/Documentos/Sentencia_del_Tribunal_Etico_Feminista._Juicio_a_la_Justicia_Patriarcal

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