Apuntes sobre autoritarismo y cuarentena en Chubut

1. Una definición operativa de autoritarismo

En este escrito, nos proponemos explorar la cuestión de la legitimidad de ciertas prácticas autoritarias en el contexto de cuarentena, particularmente en Chubut. No pretendemos proponer una verdad, sino ofrecer un estímulo para la reflexión sobre un proceso complejo que todavía está en pleno desarrollo. Para empezar, damos una definición simple de autoritarismo: es una práctica política caracterizada por el ejercicio del poder orientado a controlar y someter a otro; supone la nulidad de marcos legales que garanticen la justicia e incluye recursos materiales y simbólicos que afectan de distinta manera según las condiciones sociales, económicas y las experiencias generacionales. Se manifiesta, con mayor o menor intensidad, en diferentes dimensiones. Ensayaremos un ligero análisis, tomando como referencia el aislamiento social, preventivo y obligatorio.

a. Una dimensión estatal. La globalización impulsada por el capitalismo internacional implica, entre otras cosas, el permanente flujo de personas entre países. Se viaja para realizar negocios, para transportar mercadería, para hacer turismo, para visitar a familiares que consiguieron trabajo en otros puntos del planeta. Pero, con la pandemia, los Estados nacionales retornaron al centro de la escena política, para tomar medidas de protección de sus ciudadanos: cierre de fronteras, suspensión de ciertas actividades, cuarentena, marcos legales excepcionales, reorientaciones del gasto público, etc. Estas medidas de clausura, confinamiento y control, pese a que son tomadas en un marco democrático, se asemejan a formas de una dictadura militar. Claramente, la causa es otra, pero hay un incómodo aire de familia.

b. Una dimensión cultural. Hay valores, sentidos, representaciones que legitiman una política de restricciones que puede resultar autoritaria. Conforman una amalgama de prejuicios, estereotipos, tópicos y clichés que atraviesan diferentes géneros discursivos y se reactualizan de varias maneras. Los podemos reconocer en el ámbito educativo (la reproducción de una mitología patriótica basada en el heroísmo militar), el ámbito deportivo (el triunfalismo asociado al machismo, a la ley del más fuerte), el ámbito de la cultura de masas (producciones artísticas -como el cine hollywoodense- que destacan el rol de las fuerzas armadas y de héroes machistas, violentos y vengativos), etc. Por eso, no resulta extraña la representación patriotera y belicista de la cuarentena en la publicidad de YPF (https://www.youtube.com/watch?v=N5xzBoymM4I) ni las analogías que circularon en las redes sociales a propósito del 2 de abril, comparando el quedarse en casa con el sacrificio de los combatientes en las islas. Ese autoritarismo se reafirma en frases como “Los argentinos somos hijos del rigor” y “Acá hace falta mano dura”, propias de una retórica antidemocrática que abre la puerta a la violencia institucional.

c. Una dimensión regional. La esfera de acción del poder político provincial y municipal, encarnado en actores concretos (policías, gendarmes, empleados administrativos, funcionarios, periodistas). Es un campo atravesado por múltiples tensiones: gobierno nacional/gobiernos provinciales, gobierno provincial/gobiernos municipales, oficialismo/oposición, empresarios/trabajadores, etc. En Chubut, hay un gobierno provincial con una legitimidad endeble, producto de una reelección que puede ser vista como una estafa (en campaña, mintió sobre la situación financiera de la provincia). Una de sus figuras más emblemáticas es el ministro de Seguridad Federico Massoni, un funcionario fuertemente cuestionado por sus prácticas autoritarias. Sin embargo, tanto el gobernador Mariano Arcioni como los sectores políticos afines lo siguen respaldando.

d. Una dimensión local o vecinal. El barrio es un ámbito en el que también se manifiesta el autoritarismo, sobre todo en un escenario en el que violar ciertas normas implica una amenaza a la seguridad de los demás. Un turista o alguien que viajó recientemente a lugares donde el virus circula es considerado una amenaza potencial (un “caso sospechoso”) y un contagiado, un enemigo de la seguridad pública, alguien indeseable. Si el portador “salió, accedió y consumió”, si estuvo en otro lugar, aunque haya gastado los ahorros de años y se haya endeudado, puede experimentar una doble condena. Es más fácil repudiar a este sujeto expuesto en un aeropuerto, desesperado por volver y por estar sano, que repudiar a la clase empresarial que acumula riquezas, más allá de cualquier crisis sanitaria o política.

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La dimensión local del autoritarismo encuentra en las redes sociales un canal potente para su retroalimentación. El miedo y el señalamiento del otro actúan como elementos de autodisciplinamiento social. Las redes sociales incentivan la difusión de informaciones falsas, prejuicios y estigmatizaciones. En un contexto de aislamiento con alta exposición a los medios de comunicación, también los mensajes alarmistas, la espectacularización y la morbosidad permanente en el conteo de los muertos, en las imágenes de fosas comunes agudizan el control y el miedo y alimentan las tendencias estigmatizantes y discriminadoras.

Estas dimensiones están planteadas con fines analíticos. Los procesos que diferencian interactúan entre sí. La realidad, vista como objeto de estudio, es un fenómeno complejo y todo está más o menos mezclado. El análisis impone un orden artificial para hacer una descripción más o menos clara y válida.

2. Perspectiva histórica del autoritarismo

La relación entre autoritarismo político y cultura es muy evidente en épocas de dictadura militares y más solapada en gobiernos democráticos. La historia argentina cuenta con muchísimos ejemplos de cómo el autoritarismo impregna la cultura y pervive en la cultura. Señalamos algunos:

-El autoritarismo se realiza en diferentes grados o intensidades y es percibido de manera distinta en la sociedad. Mientras algunos grupos pueden verlo positivamente, otros no (como en el caso de las dictaduras cívico-militares). Incluso, hay grupos que pueden negarlo, mientras otros, en cambio, denuncian su existencia como algo real y permanente. Eso ocurrió en toda América a partir de la denominada “conquista”. En la Patagonia, desde el genocidio liderado por Julio Roca hasta la actualidad, los pueblos originarios son víctimas de un sistema autoritario que los discrimina, los estigmatiza y les niega sus derechos. Incluso, los mata de hambre.

-En las dictaduras de los ’60 y ’70, se instaló una suerte de soterramiento de la verdad (en relación con las desapariciones, las persecuciones, las torturas), pese a que, sin embargo, circulaba en grupos políticos y culturales pequeños y en el ámbito familiar. Masivamente, se repetía “De eso no se habla” y se pretendía seguir con una vida a salvo. Se puede hipotetizar que, en nuestra historia, hay una línea entre esa represión colectiva y la privatización neoliberal de lo público que vemos hoy en día. Y, por esta extraña familiaridad, es que varios sentimos incomodidad por este encierro.

-En plena democracia, en el año 2017, se puso en acto el protocolo antirrepresivo, la ley 26734 o Ley Antiterrorista, que había sido promulgada a fines de 2011. La modificación del código procesal penal introdujo nuevos procedimientos para los hechos cometidos en flagrancia. El accionar represivo de las fuerzas de seguridad propició el uso excesivo de la violencia como el del “caso Chocobar” y el asesinato por la espalda del joven Rafael Nahuel por un miembro del grupo Albatros de Prefectura, durante la recuperación de Villa Mascardi, a 35 km de la ciudad de Bariloche. Tales hechos, sumados a la enorme cantidad de atropellos policiales (en comisarías y en la vía pública) expresan la violencia y la desmesura asociada al rol de las fuerzas de seguridad en democracia.

3. Autoritarismo e individualismo

Comúnmente, se suelen proponer dos alternativas opuestas al modelo político autoritario: un modelo basado en la solidaridad y la empatía y otro basado en la libertad individual. Tienen puntos en común y puntos de diferencia. El primero está asociado a la posibilidad de control social para garantizar que la solidaridad sea una práctica común y no termine siendo burlada. El segundo está vinculado a la idea de competencia y al individualismo.

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El aislamiento y el tipo de enfermedad favorecen la exacerbación del individualismo. Por un lado, el cuidado es personal. Si uno toma las precauciones adecuadas, evita el contagio a sus seres queridos. Por otro lado, como el virus es “el enemigo invisible”, el rechazo toma como blanco real lo visible, es decir, el prójimo, el portador del virus demasiado próximo. El Otro se convierte en el principal sospechoso. El “Quedémonos en casa” es una orden, una costosa ley con inevitables excepciones.

Esa orden explícita y necesaria reafirma el repliegue sobre la vida privada que caracteriza nuestra época, la vida en el capitalismo globalizado. La felicidad es una sensación de comodidad y de satisfacción derivada del consumismo: la convivencia en comunidad, la solidaridad práctica, es reemplazada por el anhelo de estar en casa, viendo Netflix y pendientes de las redes sociales.

De algún modo, podemos decir que la pandemia no nos encerró en nuestros hogares: ya estábamos ahí. Ahora, se hace explícita la situación y la ilusión de la libertad se desdibuja. Y el contraargumento de que salir a la calle a trabajar es un ejercicio de libertad tiene sus debilidades. Al fin de cuenta, el teletrabajo no perjudica a las clases medias y altas y sí a las clases bajas, a los obreros, trabajadores informales y desempleados, para quienes estar en la calle siempre fue una obligación.

4. El caso de Chubut

Como sabemos, Mariano Arcioni fue electo como vicegobernador, en 2015, acompañando a Mario Das Neves, a quien sucedió en el cargo luego de su fallecimiento. Su gestión continuó la línea de su antecesor: incremento de la deuda externa provincial y desinversión en salud y educación públicas. Agregó como novedad el pago escalonado de los salarios y, con Federico Massoni en el rol de ministro coordinador, un aumento de autoritarismo. Entre otros hechos de violencia, se destacan el acompañamiento a la agresión a los docentes en lucha en Comodoro Rivadavia (dando vía libre a una patota del Sindicato de Petroleros Privados) y la detención del secretario general de ATECh Santiago Goodman, en medio de una manifestación.

Para pacificar los ánimos antes del acto de su asunción, Arcioni se vio obligado a echar a Massoni en noviembre del año pasado, pero, un mes después, apenas se puso de nuevo la banda de gobernador, lo designó al frente de la cartera de seguridad. Un gesto de torpeza o de provocación, según se mire.

Como era previsible, el control biopolítico en contexto de la pandemia enervó el ánimo represor de este funcionario, quien no dudó en imponer más restricciones que las dispuestas por el DNU. La circulación del audio del jefe de Policía Paulino Gómez exigiendo más detenciones es más que elocuente de lo que queremos exponer: las detenciones son totalmente desproporcionadas y vejatoria de derechos fundamentales de la población. Igualmente, Arcioni respaldó a Massoni y este se mostró con más ímpetu para seguir con sus acciones.

Pero una parte de la sociedad reaccionó y utilizó canales constitucionales para ponerle un freno. En Chubut, contamos con filiales de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y con asociaciones civiles como la Comisión Contra la impunidad y por la Justicia en Chubut, cuya sede está en Trelew pero que atiende casos de toda la provincia. La acción colectiva, desarrollada por asociaciones o grupos que efectúan denuncias, hicieron posible la reciente presentación de tres Habeas Corpus contra los abusos y vejaciones que estaban ejecutando las fuerzas policiales.

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El primero fue presentado por la concejala Mariela Flores Torres, miembro de la Comisión contra la impunidad y Secretaría de DDHH de la CTA. El segundo fue interpuesto por el Ministerio de DDHH de Nación, conjuntamente con el Comité contra la Tortura Nacional. El tercero fue presentado por la Defensoría, ante las denuncias de ciudadanos detenidos en centros de creados específicamente para tales efectos. Como resultado de esta acción coordinada, la justicia resolvió derogar las normas abusivas que permitieron “detenciones ilegales a ciudadanos que realizaban actividades habilitadas por el decreto 297/2020; apremios ilegales por parte de agentes de la policía al momento de las detenciones; secuestros de vehículos que estaban habilitados para circular; amenazas, hostigamientos, y propagación de covid-19 a raíz de las detenciones ilegales” (según el resumen de la secretaría que trascendió a la prensa).

Sin dudas, es un pequeño triunfo de la ciudadanía, pero no deja de preocupar el armado de un aparato represivo con vistas a la finalización de la cuarentena, cuando los trabajadores estatales se movilicen nuevamente en reclamo del pago en tiempo y forma de sus salarios. De hecho, ayer, en Comodoro Rivadavia, la policía secuestró el vehículo del secretario general de la Regional Sur de ATECh Daniel Murphy, quien iba camino a la sede del sindicato a firmar una apelación presentada por la organización, en rechazo del pago escalonado.

Cabe preguntarse si, en vez de aumentar la violencia contra la población (en particular, los sectores populares), ¿el gobierno provincial no debería haberse preocupado por la ampliación de su capacidad hospitalaria, por el incremento de la cantidad de camas, la compra de respiradores y aquellos elementos que le permitieran responder a la pandemia y proteger efectivamente la salud de la población? ¿Acaso eso no hubieras sido de mayor utilidad que obligar a hacer saltos de rana a las personas o vallar los centros de las ciudades violando derechos de los ciudadanos?

Lamentablemente, estos abusos de las fuerzas de seguridad se repiten en otras provincias y eso no es casual ni depende de algunos individuos uniformados. Es tiempo de volver a interrogarse por la formación y por las directivas que reciben estas fuerzas, para evitar que se transformen, como en otros tiempos, en enemigos de la seguridad de la población.

5. Un futuro posible

La pandemia tendrá graves consecuencias económicas en diferentes escalas. Habrá distintas interrupciones en las cadenas de pagos y muchos Estados nacionales entrarán en default. En muchos casos, el coronavirus servirá como una excusa para disimular una mala administración de gobierno o un problema de fondo del sistema económico.

Antes del coronavirus, el capitalismo ya estaba en problemas. Había movilizaciones masivas en diferentes partes del mundo, exigiendo transformaciones profundas. Sin ir más lejos, lo veíamos del otro lado de la cordillera, cuando el pueblo chileno enfrentaba las balas de los carabineros y se manifestaba una y otra vez, para exigir un cambio de fondo en el sistema político y legal del país. Y también acá, en Chubut, con los trabajadores estatales en lucha (de nuevo) en contra el pago escalonado, con las escuelas y hospitales en paro, con proyecciones económicas más que pesimistas. Entonces, como un acontecimiento milagroso para un gobierno acorralado y sin rumbo, llegó el coronavirus y la cuarentena se transformó en la mejor defensa.

Y las consecuencias también serán culturales y psicológicas. No será fácil salir del encierro, recuperar las rutinas y el deseo de compartir el espacio. El ejercicio de la sospecha, de la autopreservación, la angustia y el estrés dejarán su marca. No se trata solo de la interpretación de lo que nos habrá pasado, sino también el peso de lo que pudo haber sido y de lo que puede ocurrir en algún futuro cercano. La percepción de que el mundo es más frágil de lo que suponíamos.

Esperemos, sin embargo, que, cuando salgamos otra vez a la calle, progresivamente todo vuelva a ser casi tan normal como antes y esta “distancia social” que nos separa y aísla se disuelva y se convierta en un resabio de una unión que debemos restaurar. En ese futuro posible, otra vez el pueblo ganará las calles, con más pruebas en la mano para reclamar un Estado más justo. Y las densas capas de autoritarismo, que ahora pesan sobre nosotros, se debilitarán y podremos reencontrarnos fraternalmente.

23/04/2020

Sebastián Sayago, Susana Debattista, Mónica Gatica

Universidad Nacional de la Patagonia – Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales

Grupo Interdisciplinario de Estudios de Crisis Sociales

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