Capitalismo dependiente y pandemia: Venezuela en la encrucijada nuestroamericana

Nuevas condiciones

En un artículo publicado en julio de 2018 (1), cuyo punto de partida era la pregunta sobre la posibilidad de un nuevo “ciclo progresista” nuestroamericano, Miguel Mazzeo hacía algunas precisiones sobre las que vale la pena volver.

Mazzeo daba cuenta de la existencia de “un nuevo ciclo de resistencia de los pueblos” en el contexto de “un nuevo episodio de la crisis del capitalismo dependiente en Nuestra América”. Respecto de este último, y tal es un dato fundamental, advertía que nada hacía presagiar “una inminente expansión del capital capaz de articular crecimiento con bienestar”. Todo lo contrario: estábamos asistiendo al “retorno de las viejas formas de explotación y a la irrupción de otras nuevas”, lo que se traducía en una intensificación de “la lucha de clases «desde abajo»”.

Las masivas movilizaciones populares de carácter antineoliberal que sacudieron el continente durante 2019, con particular intensidad en Ecuador, Chile y Haití, pero también en Honduras, Panamá, Colombia y Perú, vendrían a confirmar la previsión hecha por Mazzeo.

Frente a tal cuadro, resultaba lógico concluir que no existían las “condiciones materiales y geopolíticas para conformar alianzas pluriclasistas capaces de generar nuevas gestiones progresistas para un nuevo ciclo”. Lo que correspondía, en cambio, y una vez identificadas las limitaciones propias del “ciclo progresista”, era crear las condiciones para el ejercicio de una política radicalmente democrática, genuinamente nacional y popular, que reafirmara el horizonte anticapitalista.

No obstante, apuntaba entonces Mazzeo, tomaban “cada vez más fuerza los proyectos «capital friendly» que aspiran a producir una nueva oleada progresista y un nuevo ciclo de reformas desde arriba sostenido en alianzas pluriclasistas, en pactos sociales, en aspiraciones neo-desarrollistas y en discursividades que apelan a los lugares comunes pequeño-burgueses y paternalistas”. La tendencia era bastante manifiesta en países como Argentina, Brasil, Paraguay, Chile, Colombia, Perú y México.

Estos proyectos se distinguirían, según Mazzeo, por:

  1. su opción por el neo-desarrollismo: “Las vías que se han mostrado inadecuadas para transformar la renta en acumulación recuperan algún prestigio frente a las vías que no hacen más que derrocharla, beneficiando al capital financiero y a los sectores más parasitarios de las clases dominantes”. Y también: “Las vías que tienden a preservar fragmentos de lo estatal y lo público (pero que no se plantean la posibilidad de crear espacios públicos contra la propiedad privada) se revalorizan frente a las vías que apuestan por el dominio absoluto del mercado y la privatización concentradora de lo público y lo comunal”; “las vías que promueven la «estabilización», concebida como una ralentización del proceso de ajuste estructural y de restauración del poder del capital, tienden a presentarse como «progresistas» y hasta «nacionales y populares», frente a aquellas que apuestan a las acciones demoledoras y a las terapias de shock”;
  2. su opción por recuperar “el viejo rol del Estado en el proceso de reproducción capitalista”;
  3. la adopción de “una visión que parte de la separación entre crisis del capital y crítica del capital”, que está “impregnada de cortoplacismo y superficialidad, de resignación y fatalismo, de ingenuidad u oportunismo”. En tal sentido, prevalece una visión idealizada del “ciclo progresista”, en el sentido de que “no sólo no se asumen sus limitaciones congénitas, sino que recobran fuerza como horizonte político al ser presentadas como un paraíso perdido al cual es posible y necesario retornar cuanto antes”. Así, por ejemplo, se soslaya deliberadamente que el progresismo fue “el resultado de un pacto conservador”, que se inclinó por “la conciliación de clases y la no confrontación abierta con las clases dominantes”. Se omite el análisis que revelaría la inviabilidad de un pacto similar en las circunstancias actuales, “sin auge de las commodities, sin superávit comercial, sin nuevas fuentes de renta extraordinaria, sin que medie un ciclo expansivo de la economía capitalista y un período relativamente largo de valorización exportadora”. Se omite igualmente que no existen las “condiciones para una política capaz de dar cuenta, al mismo tiempo, de los intereses de las fracciones del capital local y transnacional más poderosas y de algunos intereses básicos de las clases subalternas y oprimidas”. No termina de asumirse la incapacidad del neo-desarrollismo “para superar condicionamientos estructurales y para frenar el círculo vicioso reproductor de la dependencia”. No se asimilan “las limitaciones de las políticas redistributivas que no asumen la necesidad de realizar cambios estructurales en el modelo de acumulación o, sin llegar a tanto, que priorizan el acceso masivo a los bienes de consumo individual antes que el acceso masivo a los bienes sociales como tierra, vivienda, alimentación, educación, salud, etc.”. No se pone en cuestión “la aceptación de las reglas de la democracia representativa y delegativa (liberal) y la renuncia, cuando no el boicot sistemático, a toda práctica tendiente a la construcción de poder popular”.

En consecuencia, advertía Mazzeo, “el progresismo podrá retornar al gobierno (en uno o varios países de la región), pero difícilmente será igual a lo que fue. También podrá irrumpir por primera vez en los países que solo han conocido el neoliberalismo duro, pero difícilmente pueda reeditar las «concesiones a dos puntas» del primer ciclo progresista y sus destrezas para emparchar algunos de los problemas del capitalismo dependiente. Nada presagia una segunda ola progresista «recargada». Las nuevas condiciones no se lo permitirán. Su margen de maniobra, esta vez, será demasiado estrecho”.

Casi dos años han transcurrido desde aquel análisis. ¿Qué ha sucedido con la economía-mundo capitalista? ¿Se ha ensanchado el horizonte para el progresismo? ¿Qué ha sido, pero sobre todo qué será del nuevo ciclo de resistencia popular?

Un panorama incierto, una crisis sin precedentes

La pandemia de COVID-19, y la consecuente emergencia sanitaria global, viene precedida de una crisis de la economía-mundo capitalista, como muchos analistas han subrayado. En otras palabras, la pandemia no ha hecho sino dejar al desnudo las profundas limitaciones, tensiones y contradicciones del modelo económico imperante a escala planetaria.

David Harvey lo ha expuesto de manera bastante sencilla:“Me parecía que el modelo existente de acumulación de capital estaba, de por sí, en grandes problemas. Estaban aconteciendo protestas prácticamente en todas partes (de Santiago a Beirut), muchas de las cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no estaba funcionando bien para el grueso de la población. Dicho modelo neoliberal es cada vez más dependiente del capital ficticio y de una vasta expansión de la oferta de dinero y de la creación de deuda; y se está enfrentando al problema de una demanda efectiva insuficiente para realizar los valores que el capital es capaz de producir. Así que, ¿cómo hará el modelo económico dominante, con su debilitada legitimidad y su delicada salud, para absorber y sobrevivir a los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia?” (2).

Los impactos han sido tan profundos que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha descrito la situación en los siguientes términos: “El panorama es sumamente incierto. Estos acontecimientos rápidos y de gran alcance nos sitúan en terreno desconocido al tener que evaluar tan amplias repercusiones en el mercado laboral y la economía, y prever la duración y la gravedad de la crisis. Las perspectivas actuales se caracterizan por una incertidumbre extraordinariamente elevada en cuanto a la magnitud de la crisis vigente en las economías, a su duración y a las repercusiones a largo plazo para las empresas y el mercado laboral” (3).

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En concreto, las medidas adoptadas en todo el mundo para contener la propagación del virus, y que han supuesto la paralización total o parcial de la economía, afectan a nada menos que al 81 por ciento de la fuerza de trabajo mundial.

En marcado contraste con lo que suele ser la cobertura de la prensa especializada, que centra su atención en el “temperamento” de los mercados financieros y en la “salud” de los grandes capitales transnacionales monopólicos y oligopólicos, la OIT advierte que “en especial las empresas más pequeñas, se enfrentan a pérdidas catastróficas que amenazan su funcionamiento y solvencia, y millones de trabajadores están expuestos a la pérdida de ingresos y al despido”. La situación es particularmente grave para los trabajadores de la economía informal, es decir, alrededor de 2 mil millones de trabajadores, el 60 por ciento de la fuerza de trabajo mundial, la mayoría de ellos en “países emergentes y en desarrollo”.

Los trabajadores informales, apunta la OIT, “carecen de la protección básica que los empleos del sector formal suelen ofrecer, e incluso de cobertura de seguridad social. Su situación es desfavorecida también en cuanto al acceso a los servicios de atención de la salud; en caso de enfermedad, carecen de sustitución de los ingresos. En las zonas urbanas, muchos trabajadores del sector informal trabajan en sectores de la economía muy expuestos a la infección por el virus, y otros se ven afectados directamente por las medidas de confinamiento, como los recicladores de desechos, los vendedores ambulantes y los camareros, los obreros de la construcción, los trabajadores del transporte y las trabajadoras y trabajadores domésticos”.

Tomando como referencia la situación del mercado laboral mundial para el 1 de abril de 2020, la OIT estima que tan pronto como en el segundo trimestre de este año “habrá una reducción del empleo de alrededor del 6,7 por ciento, el equivalente a 195 millones de trabajadores a tiempo completo”.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) coincide en el diagnóstico hecho por la OIT: “La economía mundial vive una crisis sanitaria, humana y económica sin precedentes en el último siglo y que evoluciona continuamente”, con el agravante de que la región “enfrenta la pandemia desde una posición más débil que la del resto del mundo” (4).

Antes de la pandemia, la CEPAL estimaba que el conjunto de los países latinoamericanos y caribeños crecería un máximo de 1,3 por ciento durante 2020 (luego de crecer apenas un 0,1 por ciento en 2019). Ahora prevé un crecimiento negativo, por el orden del -1,8 por ciento, que podría superar el -4 por ciento. (El Fondo Monetario Internacional prevé un crecimiento negativo de -5,2 por ciento para la región).

Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, identifica cinco condicionantes económicos para la región, o lo que llama “canales externos de impacto” para nuestras economías:

  1. “la declinación de la actividad económica de nuestros principales socios comerciales, especialmente China”;
  2. “la baja en el precio de nuestras materias primas (commodities)”;
  3. “la interrupción de las cadenas globales y regionales de valor”;
  4. “la baja aguda en la demanda de servicios de turismo”, que afectará principalmente a los países caribeños;
  5.  “y un aumento en la aversión al riesgo y el empeoramiento de las condiciones financieras globales y la salida de capitales de la región, con la consecuente devaluación de nuestras monedas” (5).

Respecto de este último punto, Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, declaraba el pasado 9 de abril que alrededor de 100 mil millones de dólares habían migrado de “mercados emergentes”en los últimos dos meses, tres veces más que durante la crisis financiera mundial de 2008 (6).

La CEPAL estima que el valor de las exportaciones de la región disminuirá al menos un 10,7 por ciento, principalmente por la caída de los precios (8,2 por ciento) y la contracción del volumen exportado (2,5 por ciento). Las exportaciones con destino a China serán las que más caerán: un 21,7 por ciento.

De manera previsible, la CEPAL afirma que “los efectos del desempleo afectarán de manera desproporcionada a los pobres y a los estratos vulnerables de ingresos medios”. Pronostica un incremento del empleo informal (que en 2016 representaba el 53,1 por ciento de la fuerza laboral) y del trabajo infantil (antes de la pandemia, un 7,3 por ciento de los niños y niñas entre 5 y 17 años trabajaban).

De igual forma, los índices de pobreza, que ya se incrementaron entre 2014 y 2018, aumentarán aún más: 3,5 por ciento la pobreza y 2,3 por ciento la pobreza extrema, para situarse en 33,8 por ciento y 13,3 por ciento, respectivamente. Esto significa 23,5 millones de nuevos pobres, para llegar a 209,5 millones de pobres, y 15,1 millones de nuevos pobres extremos, solo en 2020, para alcanzar los 82,6 millones de personas en situación de pobreza extrema.

El capitalismo en el origen de la pandemia

Cualquiera podría verse tentado a concluir que el cuadro que pintan estos datos es la consecuencia económica y social, ciertamente lamentable, pero natural e inevitable, de una circunstancia tan grave e inesperada como la pandemia. Lo cierto es que solo es posible llegar a tal conclusión si asumimos como natural e inevitable la existencia del capitalismo, particularmente en su modalidad neoliberal.

En la medida en que cuestionamos la supuesta inevitabilidad del capitalismo neoliberal, en tanto que vamos desentrañando su lógica de funcionamiento, permitiéndonos imaginar otras alternativas civilizatorias, modos distintos de ser y estar en el mundo, y de organizarnos en sociedad, comenzamos a comprender que no resulta lógico en lo absoluto que sean los pueblos del mundo los que, invariablemente, paguen los mayores costos en cada situación de crisis.

De hecho, en la medida en que vamos siendo capaces de desentrañar la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal, comprendemos también que la conseja según la cual la actual pandemia era algo imposible de prever, es solo una verdad relativa. Como bien apunta Harvey: “no hay algo así como un desastre completamente natural. Por supuesto que los virus mutan continuamente, pero las circunstancias en que una mutación se vuelve una amenaza letal para la vida dependen de las acciones humanas”.

Influyen de manera determinante las condiciones ambientales, la elevada densidad poblacional en algunos lugares del planeta, las condiciones de salubridad, la pobreza, la desigualdad, el intenso flujo de personas alrededor del mundo (que replica, aunque no alcanza jamás, la velocidad con la que se mueven los capitales), la debilidad de la salud pública, el hecho de que las grandes farmacéuticas inviertan poco o nada en la prevención de enfermedades, la falta de previsión de los políticos, el mezquino cálculo geopolítico, entre otros factores. Harvey resume: “Si quisiera hablar de manera metafóricamente antropomórfica, diría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por casi cuarenta años de flagrante y abusivo maltrato por parte del violento y desregulado extractivismo neoliberal”.

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Descartada la inevitabilidad del capitalismo neoliberal, esto es, habiéndolo desnaturalizado, y asumiendo que lo inesperado de la pandemia es solo una verdad relativa, solo nos queda la gravedad de la crisis. Con la salvedad de que, como ya adelantaba, es necesario distinguir entre crisis de la economía-mundo capitalista y situación de emergencia sanitaria global como consecuencia de la pandemia. Como apuntaba Mazzeo, es preciso no separar crisis del capital y crítica del capital.

Lo que viene quedando en evidencia, decía, son los límites, tensiones y contradicciones del capitalismo neoliberal. Estos están, parcial pero decisivamente, en el origen de la pandemia. En otras palabras, la torpe, mezquina y caótica gestión neoliberal de la epidemia es lo que ha determinado que ésta haya escalado al nivel de pandemia.

Un eventual mundo post-neoliberal

Si el capitalismo dependiente en Nuestra América ya estaba en crisis, ésta no hará sino agravarse como consecuencia, en primer lugar, de la gestión neoliberal de la emergencia sanitaria a escala planetaria, como claramente lo ilustran los informes de la OIT y la CEPAL; en segundo lugar, porque en parte importante de nuestros países ha sido manifiesta la tendencia a replicar el mismo tipo de gestión de la emergencia que han hecho la mayoría de los países del Norte global.

Si nos circunscribimos a la situación en Suramérica, nos encontramos con que los cinco países con mayor número de casos confirmados de COVID-19, están gobernados por neoliberales: Brasil, Perú, Chile, Ecuador y Colombia (7). Por supuesto, esto no es nada casual.

No hace falta pecar de determinismo económico, como tampoco es necesario tener grandes dotes de analista, para concluir que el neoliberalismo atraviesa por su peor momento en décadas. Mucho peor que durante la “década ganada” nuestroamericana, puesto que se trata de una crisis de alcance global. Es relativamente sencillo concluir, igualmente, que, superada la pandemia, y puede incluso que antes, los pueblos se movilizarán con el claro propósito de ajustar cuentas con los gobiernos neoliberales. Son tiempos de frágil tregua (8). Es inminente la reactivación de un nuevo ciclo de resistencia popular.

Por la misma razón, puede que los distintos “progresismos” latinoamericanos se apresuren a concluir que su momento es ahora, y que figuras tan impresentables como Bolsonaro, Vizcarra, Piñera, Moreno y Duque tienen los días contados. Más allá de nuestras fronteras, y prácticamente en todas partes, crece la animadversión contra la vulgata neoliberal, se cotizan al alza las ideas afines a un liberalismo más “progresista” y democrático, con rostro más humano, que recupere la centralidad del Estado, que garantice no solo la existencia de una robusta salud pública, sino en general una fuerte inversión social, que ponga límites a los capitales, regulando el mercado.

Pero no nos llamemos a engaño: la situación está muy lejos de describir la unanimidad respecto de lo que tendría que ser un mundo post-neoliberal.

Algunas voces informadas, ya mi juicioextraordinariamente lúcidas (lo que no supone acuerdo alguno con sus posiciones), van mucho más allá, y consideran seriamente amenazados “los principios del orden liberal mundial”, como es el caso de Henry Kissinger: “La leyenda fundadora del gobierno moderno es una ciudad amurallada protegida por poderosos gobernantes, a veces despóticos, otra veces benevolentes, pero siempre lo suficientemente fuertes como para proteger a las personas de un enemigo extremo. Los pensadores de la ilustración reformularon este concepto, argumentando que el propósito del Estado legítimo es satisfacer las necesidades fundamentales de las personas: seguridad, orden, bienestar económico y justicia. Las personas no pueden asegurar esas cosas por sí mismas. La pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en que la prosperidad depende del comercio mundial y el movimiento de personas” (9).

Un eventual mundo post-neoliberal no necesariamente será más democrático e igualitario, como no lo es, sin duda alguna, el orden mundial que defiende Kissinger. De hecho, puede que no esté de más subrayar lo que puede parecernos obvio: ni siquiera es momento de decretar el fin del neoliberalismo.

En todo caso, lo que resulta particularmente peligroso en estos momentos es concluir que basta con aprovechar la oportunidad que representan tanto la crisis por la que atraviesa el capitalismo neoliberal, como la añoranza por los viejos buenos tiempos del Estado benefactor, para plantear la viabilidad de proyectos “progresistas” en Nuestra América.

No se trata simplemente de afirmar aquí que no solo no están dadas las condiciones para una “segunda ola progresista”, ahora que se estrecha aún más el horizonte para el capitalismo dependiente nuestroamericano. En estos tiempos de incertidumbre, en los que comienzan a aparecer los signos de una posible mutación del régimen de gubernamentalidad neoliberal global, lo que corresponde es reafirmar la necesidad de proyectos políticos que, tomando debida nota de las profundas limitaciones de los “progresismos” realmente existentes, hagan suya la vocación por cuestionar radicalmente el mismo capitalismo dependiente, en lugar de conformarse con administrarlo.

Para decirlo con Mazzeo, es momento de “la unidad interior de los y las de abajo. La unidad para la ruptura con las prácticas y los programas obsoletos… Si la unidad se construye en la lucha y en base a la imaginación, la democracia de base y la autonomía popular, si la unidad gira en torno a la construcción colectiva de un programa antiimperialista, anticapitalista y antipatriarcal, seguramente se podrá enfrentar a la derecha en las mejores condiciones posibles y, sobre todo, se podrá construir una base más sólida (un sentido, una visión histórica) para encarar el ciclo subsiguiente, para no tener que construir, después, de cero y desde la orfandad”.

Venezuela en la encrucijada: tres grandes desafíos

En Venezuela, en la actual encrucijada histórica, nos enfrentamos al menos a tres grandes desafíos: en primer lugar, resistir al asedio del soberano imperial estadounidense que, si bien viene perdiendo terreno aceleradamente en la escena global, y justamente por esa misma circunstancia, redobla sus esfuerzos por mantener bajo control lo que considera su “patio trasero”. En segundo lugar, nos asiste la necesidad de revertir lo que en otra parte he llamado el giro pragmático gubernamental (10), que ha tenido lugar alrededor de 2016, y que ha implicado el progresivo repliegue estatal del mercado, además de la adopción de sucesivas medidas orientadas a su “autorregulación” y, en general, a la “liberalización” de la economía. En tercer lugar, lograr una sólida articulación de fuerzas populares que nos permita salir airosos de los primeros dos desafíos.

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Respecto del primer desafío, habría que comenzar por precisar que el asedio del gobierno estadounidense contra la revolución bolivariana ha sido permanente. Escala con la aplicación de las primeras medidas coercitivas unilaterales, en 2014, cuando ya se avizoraba un panorama incierto para la economía nacional, por múltiples razones, entre ellas errores y omisiones del liderazgo político chavista, pero sobre todo a partir de la severa contracción de la renta petrolera con motivo de la caída en picada de los precios del petróleo a partir del último trimestre de 2014. Las “sanciones” de 2017 contra la industria petrolera nacional, columna vertebral de nuestra economía, agravarían aún más la crisis económica, al punto de conjurar la posibilidad de recuperación económica en el corto plazo. Está suficientemente demostrada la relación directa entre la aplicación de estas “sanciones” contra PDVSA y el brusco descenso en la producción de petróleo (11).

El perjuicio provocado por estas medidas coercitivas unilaterales contra la economía nacional ha sido realmente descomunal. Estas incluyen el bloqueo de multimillonarios recursos de la nación, la confiscación de bienes en el extranjero, la dificultad y en algunos casos la imposibilidad de realizar transacciones comerciales libremente (por ejemplo, la compra de alimentos y medicinas), la dificultad para obtener financiamiento o refinanciar deuda, entre otras agresiones y serias limitantes.

¿El resultado? Una economía que acumula un crecimiento negativo de -62,4 por ciento en el período 2014-2018, según cifras del Banco Central de Venezuela. (El FMI pronostica un crecimiento negativo de -15 por ciento para 2020) (12).

A todo esto habría que sumarle el desconocimiento, por parte del gobierno estadounidense, del triunfo electoral de Nicolás Maduro, no solo en 2018, sino también en 2013; las oleadas de violencia antichavista en 2013 (tras el triunfo de Maduro), 2014, 2017 y 2019, esta última luego de la autoproclamación del diputado Juan Guaidó como “presidente interino”; incursiones paramilitares, actos de sabotaje y terrorismo, que incluyen un intento de magnicidio, el 4 de agosto de 2018; intentos de golpe de Estado, el último de los cuales el 30 de abril de 2019; la amenaza latente de una agresión militar disfrazada de “intervención humanitaria”; más recientemente, en plena emergencia sanitaria con motivo de la pandemia, el ofrecimiento estadounidense de una “recompensa” por la cabeza del presidente Maduro, acusado de “narcotraficante”.

Todo lo anterior es más que una simple lista de agravios. Si me he detenido a enumerar todos estos hechos, entre otros que han quedado sin mencionarse, es porque me asiste la total certeza de que el relato predominante sobre Venezuela soslaya, cuando no tergiversa y desinforma deliberadamente, mucho de lo que ocurre en nuestra nación. La distancia que parte importante de la izquierda nuestroamericana ha optado por mantener respecto de nuestro país, al punto de considerarlo un asunto “impensable”, sobre el que es mejor no hablar, es una de las más palmarias demostraciones de la eficacia de dicho relato.

Respecto del segundo desafío, me permito la licencia de remitir al lector interesado a una serie de textos que he venido trabajando desde octubre de 2019, reunidos bajo el título, casualmente, de “Cuarentena” (13). De manera muy sumaria, he planteado que el giro pragmático gubernamental, que se expresa sobre todo en materia económica, implica un alejamiento del radicalismo programático consustancial al proyecto bolivariano, lo que lo acerca, paradójicamente, a la experiencia de los “progresismos” nuestroamericanos, chocando una y otra vez con los límites que les son inherentes, y que muy bien ha descrito Miguel Mazzeo.

He planteado, entre otros asuntos, que la manera sin duda alguna eficaz como nuestro Gobierno ha lidiado con la pandemia tendría que ser la medida de lo que le corresponde hacer en todos los órdenes, particularmente, insisto, en materia económica. De hecho, las actuales circunstancias representan una oportunidad extraordinaria para corregir entuertos, no solo neutralizando las tentativas destituyentes del antichavismo y el imperialismo, sino recuperando la centralidad del Estado democrático, desdibujado en años recientes, controlando a las fuerzas capitalistas monopólicas y oligopólicas que, como en casi todas partes alrededor del mundo, en medio de la crisis, han pretendido recurrir al auxilio del mismo Estado que han combatido sin descanso.

Sobre todo, es una oportunidad como pocas, quizá irrepetible, para retribuir la confianza que la mayoría de la población ha depositado recientemente en las autoridades gubernamentales, dando señales claras, inequívocas, de confianza en la capacidad de las mayorías populares para protagonizar la recuperación de nuestra economía, poniéndole freno a toda tentativa desnacionalizadora y privatizadora, apoyando con firmeza, por ejemplo, las dinámicas productivas autogestionarias, apostando por las formas asociativas de propiedad social.

Esto último guarda estrecha relación con el tercer desafío. Allí donde se expresan esas formas asociativas de propiedad social, y específicamente en las organizaciones comunales, radica la mayor potencia del pueblo venezolano organizado.Aun cuando se cuentan por miles, y con todo y que tienen presencia a lo largo y ancho del territorio nacional, su fuerza política y económica real sigue siendo muy limitada. De hecho, conforme se ha agravado la crisis económica, y en tanto que ha venido produciéndose este giro pragmático gubernamental, muchas de estas experiencias se han debilitado considerablemente.

En este caso en particular, la alternativa es una sola, por más compleja que sea: alcanzar niveles de articulación política y económica que les permitan a estas experiencias disputar poder. En primer lugar, construyendo poder en los territorios, y en algunos casos fortaleciéndolo, hasta ser capaces de irradiar al conjunto de la sociedad. El desafío, estrictamente hablando, consiste en construir las mediaciones que hagan esto posible. Una de estas iniciativas de articulación, la Unión Comunera, de muy reciente data, apunta en esa dirección (14).

La revolución bolivariana atraviesa por un momento muy difícil. Sin duda, el más difícil de todos cuanto ha enfrentado. Sin embargo, la derecha venezolana atraviesa su peor momento: profundamente deslegitimada, su facción más extrema apenas se sostiene gracias al apoyo del Gobierno estadounidense. Su última victoria electoral de envergadura, en un 2015 que parece muy lejano, y que le permitió hacerse del control de la Asamblea Nacional, obedeció mucho menos a sus virtudes que a los errores del propio chavismo.

La población venezolana está extenuada, y una parte importante de lo que fuera el chavismo mantiene una relación como mínimo problemática con la identidad política. Pero ha sabido encontrar arrestos en la experiencia política acumulada durante las últimas tres décadas, para evitar dar un salto al vacío. En no pocas oportunidades ha logrado conjurar la guerra fratricida. Ha logrado resistir al asedio. En alianza con esa misma población, por demás mayoritaria, lo más lucido del pueblo chavista organizado habrá de superar el tercero, y quizá el más importante, de los desafíos.

Caracas, 18 de abril de 2020

Referencias

(1) Miguel Mazzeo.¿Es posible un nuevo «ciclo progresista» en Nuestra América? Rebelión, 23 de julio de 2018.

(2) David Harvey.Políticas anticapitalistas en tiempos de COVID-19. CTXT, 25 de marzo de 2020.

(3) Organización Internacional del Trabajo.El COVID-19 y el mundo del trabajo. Segunda edición. Estimaciones actualizadas y análisis. 7 de abril de 2020.

(4) Comisión Económica para América Latina y el Caribe.América Latina y el Caribe

ante la pandemia del COVID-19. Efectos económicos y sociales. 3 de abril de 2020.

(5) Alicia Bárcena.Hora Cero: Nuestra región de cara a la pandemia. CEPAL. 31 de marzo de 2020.

(6) Kristalina Georgieva. Afrontar la crisis: Prioridades para la economía mundial. FMI. 9 de abril de 2020.

(7) Según la Organización Panamericana de la Salud, para el 17 de abril de 2020, Brasil se ubicaba como el país suramericano con mayor número de casos confirmados de COVID-19, con 30.425, seguido de Perú (13.489), Chile (9.252), Ecuador (8.450) y Colombia (3.233). 

(8) Reinaldo Iturriza López.Cuarentena (XI): La frágil tregua. Saber y poder, 3 de abril de 2020.

(9) Henry Kissinger.La pandemia del coronavirus alterará para siempre el orden mundial. KontraInfo, 5 de abril de 2020.

(10) Reinaldo Iturriza López.Cuarentena (IV): Un paréntesis sobre neoliberalismo y rebelión. Saber y poder. 1 de noviembre de 2019.

(11) Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs. Sanciones económicas como castigo colectivo: El caso de Venezuela. Center forEconomic and PolicyResearch. Mayo 2019.

(12) FondoMonetarioInternacional. World Economic Outlook. The great lockdown. Abril de 2020. Pág. 22.

(13) Reinaldo Iturriza López.Cuarentena. Serie completa. 11 de abril de 2020.

(14) Tatuy Televisión Comunitaria. Unión Comunera: “El chavismo que no se arrodilla ante la oligarquía y el reformismo”. 28 de enero de 2020.

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