Educación en tiempos de pandemia. La negación de la crisis

En este texto analizo el negacionismo que considero que estamos teniendo sobre la crisis que estamos viviendo. No me refiero al negacionismo de los gobiernos, ni de las empresas ni de nada grande. Me refiero al negacionismo que cada una, uno y une de nosotros tiene. El mio, el tuyo, el de tu vecino, el de tu familiar, el de tu profe, el de tu estudiante, el de tu directo/directora, el de tus colegas. Voy a hacer referencia específicamente al ámbito de la educación que es en el que me desenvuelvo, pero creo que puede servir para pensar más allá de este. No espero que estén de acuerdo con lo que planteo, ni tampoco convencerlos, simplemente espero que nos ayude a pensarnos, no como individuos sino como sociedad. Se habla mucho de empatía en estas épocas. Según la Real Academia Española esto significa: “Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona”. Sus sinónimos son: identificación, conexión, compenetración, compasión. Las, los y les invito a acompañarme en este recorrido que pretende cuestionar cuán empáticas, empáticos y empatiques somos en realidad, y cómo hacemos para negar la situación anormal que estamos viviendo en un movimiento desesperado por intentar mantener nuestra cotidianidad normalizada en una realidad anormal, a costa incluso de nuestra salud emocional y psíquica. Empecemos.

El 2020 ha empezado fuerte. Un meme que anda circulando las redes creo que expresa lo que muches de nosotres sentimos ante este, aunque no se quiera creer, inicio de año….recién llevamos cuatro meses. El meme decía así: “El 2020 es un año bisiesto único: tuvo 29 días en Febrero, 300 días en Marzo, 5 años en Abril y todavía falta el siglo de Mayo”. Y no cuenta lo que fue enero, que se hizo largo, aunque ya nadie lo recuerda. Una cosa podemos deducir de este sentir generalizado que tenemos como sociedad, la percepción del tiempo ha sido modificada bruscamente. Esto responde a diferentes situaciones que estamos viviendo. Haré un repaso, por favor, acompáñenme:

A comienzos de año un virus nuevo apareció en China, lejos en el tiempo y en el espacio. Sin embargo empezaron a dispararse alertas y los medios de comunicación tuvieron, como siempre en estos casos, tema para un tiempo. Se miraba la evolución y se criticaba al gobierno Chino. Por ese entonces, en Argentina, estábamos esperando que iniciara el año para ver si la economía repuntaba a partir de algún asombroso milagro. El escenario era preocupante. La deuda con el FMI era impagable, un secreto a voces. El Fondo Monetario Internacional estaba variando su política de endurecimiento al reconocimiento que Argentina necesitaba un re-financiamiento. Si somos suspicaces, podemos pensar que el FMI estaba medio complicado con la Argentina, ya que la deuda que este país mantiene con dicho organismo equivalía al 60% del capital disponible para créditos, y habían sido otorgados pasando por alto abiertamente el propio reglamento del FMI. No me meteré en los detalles. En fin, la situación era que todas estábamos esperando un año muy complejo con recesión, y “rezábamos” para que no se estrellara el barco con el iceberg, para usar una metáfora que estuvo de moda. Rezábamos porque muchas considerábamos que solo un milagro podía hacer que eso no sucediera, aunque había quienes eran algo más optimistas.

Paralelamente en el mundo los números no estaban funcionando. La “guerra comercial” entre China y EE.UU, las diferencias dentro de la OPEP sobre el valor del petróleo, la deuda impagable de algunos países denominados “emergentes”, sumado a la ola de protestas que se venía extendiendo en diferentes países del mundo desde 2019, hacían prever un escenario incierto. Ese ánimo se mostraba en la Bolsa de Valores, lugar en el que las compras y las ventas de acciones y bonos no tiene absolutamente nada de racional. Las motivaciones son el miedo y la especulación. El escenario de incertidumbre global generaba cierta inestabilidad en la Bolsa de Valores, termómetro de la economía mundial. Se esperaba en cualquier momento una caída. Nadie sabía por dónde iba a estallar la burbuja pero nadie dudaba que estallaría. Se esperaba que no llegara a los niveles del 2008, que más bien pudiera saltarse como en el 2012.

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A fines de febrero empezó la vorágine. El virus empezó a detectarse en países de Europa. Para la primer semana de marzo comenzaron a saltar exponencialmente los contagios, los enfermos graves, y las muertes en Italia y España. Rápidamente todo el mundo se contagió de pánico. El eurocentrismo de la sociedad actual sigue siendo un hecho. Mientras los países más afectados estaban en Asia el covid-19 era visto como  una cosa más bien exótica. Pero ni bien llegó a Europa, y en ésta se comenzó lentamente a confinar a sus ciudadanos en cuarentena, todo cambió. Se empezaron a esperar casos en América Latina. El vínculo comercial y turístico que cierto sector social de América Latina tiene con Europa y EE.UU (que también empezaba a reportar casos) hacia incipiente que los brotes comenzaran en nuestros países. En Argentina cundió el pánico. Sólo con una decenas de casos, todos relacionados con viajes al exterior y aún sin ninguna muerte, el confinamiento era inminente. Se comenzaron a suspender los actos masivos. De diferentes lugares se comenzó a exigir el paro de las actividades, la suspensión de clases. El gobierno nacional, asesorado por el comité científico sostenía que hasta que no comenzaran a haber casos de trasmisión local no tenía sentido parar el país. En lo personal, creo que entendía que una medida de confinamiento, una vez empezada, es difícil sostenerla y mucho más levantarla. Para todo esto Europa, con cientos de muertos por días no declaraba aún el confinamiento obligatorio. De hecho en Europa nunca se aplicó tan severamente como aquí. Otros países como EE.UU y Brasil pretendían hacer como si nada pasara. Pero el pánico social desatado en Argentina tenía apuros. Se planteaba que para cuando comience el contagio local ya iba a ser demasiado tarde, que nuestros sistemas de salud no tiene margen, colapsan enseguida. La presión social fue tan grande que en menos de 24 horas el poder ejecutivo decretó el aislamiento obligatorio. Un confinamiento absoluto de todas en nuestros hogares. Exceptuando algunas actividades esenciales. Antes de tener muertes por coronavirus habíamos tomado las medidas que, ni en Europa con cientos de muertos, se habían tomado. Con la particularidad de nuestras sociedades: abusos de poder por parte de las fuerzas de seguridad que “nos están cuidando”. Capítulo aparte.

La educación, quedó en medio de esto en un gris. No fue declarada una actividad esencial porque,   por su funcionamiento intrínseco necesita, repito, necesita, que muchas personas compartan un mismo espacio. Y esto es absolutamente contradictorio con la cuarentena. Es de riesgo y no es esencial. Pero deben mantenerse las clases. Entonces salió la brillante idea de convertir todo a la virtualidad y manejarnos así enseñando de forma virtual a nuestros estudiante, “demostrando lo capaces que somos”.

Voy a analizar esto con detalle porque es lo central que me interesa debatir. Primero que nada contextualicemos: vivimos en Argentina, un país del tercer mundo aunque nos cueste aceptarlo y muchos conciudadanos quieran creer que vivimos en el primer mundo. Esto significa qué:

*la educación viene siendo desfinanciada: problemas edilicios y falta de nuevas escuelas es una problemática constante en la educación pública de todos los niveles.

*Las plataformas virtuales colapsan constantemente. La conectividad es lenta, cuando hay.

*No todas las personas tienen acceso a una computadora, el estado no ha garantizado esto por el desfinanciamiento estatal. La gestión anterior desestructuró el plan de Conectar igualdad, (que tenía graves falencias de funcionamiento pero marchaba) y esta gestión nos obliga a dar clases virtuales sin que tengamos las herramientas para hacerlo.

No, mal que nos pese no somos Europa, ni Estados Unidos. Por suerte! Acá nuestra educación sigue siendo pública, y la sostenemos a pulmón año tras año todas, todos y todes los que nos vinculamos con el espacio educativo. Los directivos hacen muchas veces malabares para resolver situaciones complejas, de docente, estudiantes, porteras y porteros, y graduades, así como con el compromiso social que cada institución tiene. Se crean nuevas carreras, se abren nuevos cursos, se hacen reformas estructurales, pero no hay financiamiento. Así todos los sistema educativos públicos están colapsado. Tanto que se habla de colapso en el sistema de salud, la educación viene colapsada hace años señoras y señores. Pero ¿saben por qué no se nota? Porque no causa muertos, solo ignorantes. Y ese colapso es la cotidianidad de nuestra labor docente.

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Ni hablar de los problemas económicos que tiene la mayoría de los estudiantes de la educación pública, ya que en ella se educan los sectores más vulnerables de la sociedad que, muchas veces, apenas tiene dinero para su alimento, para el alimento de sus familias, familias con muchos integrantes que hacen un esfuerzo terrible para que sus miembros puedan acceder a la educación. Tampoco se nota porque hacemos lo imposible para sostener este sistema, todas, todos y todes aquellos que elegimos la educación pública como ámbito de desenvolvimiento. Y digo a pulmón y es literal. La mayoría de las, los y les docentes y miembros de la comunidad educativa, ponemos plata de nuestro sueldo para poder mantener el sistema. Fotocopias y material de estudio, ayudas a las familias más vulnerables cuando es posible, pago de los viáticos en muchísimos casos que salen de nuestro bolsillo, entre otras cosas.

Sumado a ello debe también darse el debate respecto a la educación virtual. Los proyectos y reformas educativas propuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional piden una reestructuración de la educación para hacerla virtual, y que “los docentes enseñemos a aprender”. Es una discusión que se viene dando en algunos ámbitos educativos, y muchas y muchos no estamos de acuerdo con este planteo porque entendemos que la magia de la educación se produce en el contacto, en el aula, en la escuela, en la cocina, en el pasillo, no a través de una pantalla. Si nos ponemos suspicaces no vaya a ser que esta crisis sea utilizada para generar esta reestructuración pedida por esos organismos, con los cuáles estamos endeudados por décadas. La educación virtual es una de las utopías de algunos sectores del capitalismo actual a partir de su desarrollo, y fieles a sus valores, quieren convertir un proceso que es comunitario, compartido entre todas y todos, en un proceso individual. La escuela, las instituciones educativas, no son solo un lugar en el cual se aprenden nuevos contenidos. Son los espacios de sociabilización más importantes en nuestras sociedades, en el que aprendemos a construir los vínculos fuera de nuestro entorno familiar, en el que aprendemos a convivir con la diferencia, en el que aprendemos a ser solidarios, en el que aprendemos a vivir en comunidad. La educación virtual que individualiza al docente y al estudiante y lo separa de ese espacio físico que es la institución, tendrá consecuencias muy negativas en la solidaridad, en la empatía, en la comunidad como en los aprendizajes pedagógicos que se generan en ese espacio tan complejo que es la escuela. Además la flexibilización en la labor docente será inminente.

Y no es algo que invento. Lo estamos viendo en la actualidad. Las, los y les docentes estamos dedicándole, en medio de esta crisis social, muchas más horas que de costumbre, con una intensidad acrecentada. Muchas y muchos de nuestros colegas están desbordados, idéntica situación que viven muchas y muchos estudiantes. Tener varias escuelas es un martirio. Tener muchos estudiantes, ni te cuento. Habilitamos las vías de comunicación institucionales como los diferentes campus o plataformas, habilitamos nuestros mails, nuestros teléfonos que suenan todo el día sin importar la hora, para hacer una consulta, para avisar algo….para estar comunicados, conectados. La demanda es infinita, y no damos a basto. El desgaste físico, psíquico, emocional es terrible.

Las, los y les docentes damos todo siempre, y ¿qué nos piden ahora?

Nos piden que:

*en medio de una pandemia mundial que está asolando al mundo,

*en un contexto en el que los medios de comunicación y las redes sociales generan pánico,

*en medio de una medida excepcional QUE NUNCA ANTES HA SIDO VIVIDA EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD, es decir en medio de una cuarentena que implica un confinamiento absoluto a nuestros hogares,

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*En medio de una recesión económica que se espera como LA MÁS GRANDE DE LA HISTORIA A NIVEL MUNDIAL

Sigamos como si nada pasara.

Debemos, simplemente re acomodar las clases y darlas virtual. Simple. ¿Simple? ¿Enserio?

Déjenme decirles que la mayoría de nosotras, nosotros y nosotres, estamos atravesando por momentos de incertidumbre social, de miedo, de estrés, de ansiedad provocados por la situación anormal que estamos viviendo. Sin saber cómo vamos a seguir, cuando vamos a poder ver de nuevo a nuestros afectos, en medio de tener que convivir confinados, solos, o con nuestro entorno familiar, en muchos de los cuáles hay niñas y niños que tienen detenida su infancia, como todos tenemos detenida nuestras vidas. También convivimos con personas en situación de riesgo, muchas veces adultos mayores que requieren cuidados especiales. Las niñas y los niños, las adolescentes y los adolescentes, los adultos mayores necesitan tiempo, necesitan que estemos acompañándolos. Se detuvieron nuestros proyectos, nuestras actividades, nuestros tiempos de ocio, nuestros vínculos. Nos afecta no poder abrazarnos, no sentir esa contención física que significa un abrazo, algo tan sencillo como eso. Estamos desbordados. Todos, como sociedad.

La educación es un proceso complejo, la educación en Argentina no esta pensada para ser virtual. No solamente no tenemos las herramientas apropiadas para que esto sea así, todo lo que tiene que ver con la conectividad y el acceso a plataformas y a computadoras para que esto funcione. Tampoco tenemos los contenidos preparados para que sea así, y, malas noticias, no se puede rearmar de un día para el otro, no en medio de la crisis social que estamos viviendo. La educación en vez de estar siendo un espacio de diálogo, debate y contención social, solo está sirviendo para agregar estrés y que lleguemos a decir BASTA, NO DAMOS MÁS. Recibo todos los días, audios, mensajes de colegas, de personas conocidas y desconocidas con sus historias. Me ha llamado la atención, por ejemplo, que me digan que, a pesar de estar todo el día con sus hijes confinadas y confinados en las casas, no puedan dedicarle tiempo porque están con mucho trabajo. En medio de esta vorágine social, sigue siendo prioritario sostener el trabajo. ¿Sostener qué, me pregunto? Ataques de pánico, ataques de ansiedad, depresión, desbordes, en medio de la incertidumbre de cómo evaluamos, de qué evaluamos, de cómo acreditamos, de cómo damos el contenido que acostumbramos a darlo presencialmente, sin contar con las herramientas. Disculpen, pero venimos haciendo magia hace muchos años para sostener la educación pública, muchas, muchos y muches de nosotros, no podemos más. No podemos seguir como si nada pasara. Básicamente porque está pasando.

¿Hasta que punto esto de seguir a toda forma es negacionismo social?

Es tan grande la crisis que estamos viviendo que, como defensa, la negamos. Es la actitud más común del ser humano, la negación. Del pánico (suspendan las clases ya porque nos vamos a morir todos) a la negación (sigamos como si nada pasara….de forma virtual….con clases, horarios de consulta). La negación hace que los gobiernos (que generan sus normativas desde una oficina sin tener idea de qué es dar una clase, de todo lo que implica la escuela, que no es solo un lugar de aprendizaje, sino de contención) nos dicen que sigamos como si nada pasara. Y nosotros, obedientemente o por inercia, intentamos seguir. Y no estaría funcionando. Hay quienes hasta plantean tomar parciales de forma virtual para acreditar los conocimientos. Claro, si, porque lo más importante en estos momentos es generarle más estrés a les estudiantes pidiéndoles que, en este escenario anormal que vivimos, estudien para rendir…..¿qué hubiésemos dicho nosotres si fuéramos estudiantes y nuestros docentes nos exigían algo tan descabellado como eso?

No, la educación no puede seguir como si fuera una isla y nada pasara, porque pasa, nos pasa a todes, nos atraviesa. Quizá es tiempo de aceptar que estamos viviendo la mayor crisis de la humanidad a escala global y que necesitamos acompañarnos, sin exigencias, para ver como salimos de esto. No se trata de que algunos docentes puedan hacer la magia de seguir sus clases, se trata de que muchas y muchos de nosotros y de nuestros estudiantes, y de los padres y madres de nuestros estudiantes no están pudiendo. Y en una sociedad con empatía, se va al ritmo del más lento, algo clave en la educación pública. Eso lo sabemos.

Quizá es hora de que cambiemos el rumbo, y en vez seguir normativas hechas desde arriba (gobierno nacional, provincial, ministerios de educación) escuchar la necesidad, las ganas y las preocupaciones de los de abajo, de quienes sostenemos con nuestro esfuerzo día a día, año tras año, este sistema educativo, docentes y estudiantes, y porteros, cuya importancia en el sistema es trascendental y quedan completamente excluidos de toda política de contención, cuando pasan sus vidas dando todo por las instituciones que mantienen para que nosotros desarrollemos nuestras actividades.

No tengo ninguna propuesta superadora, simplemente es un humilde intento para dejar de presionarnos, para que aceptemos, de una vez por todas, que quizá este cuatrimestre tenga que re-adecuarse, ya discutiremos la forma. En un contexto tan complejo, forzar el funcionamiento “normal” de las instituciones me parece un acto aberrante, discriminatorio, poco empático. Las instituciones no pueden funcionar normalmente porque no estamos en la normalidad. Y el primer paso para poder resolver cómo seguimos es aceptarlo.

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