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Capital y Castigar

¿Quiénes son los que pueblan las cárceles de todo el mundo? ¿Están allí por la comisión de un delito o por un pecado de origen? ¿Es posible pensar en humanizar el sistema penal dentro del capitalismo? Vayamos a dar una vuelta por todas estas preguntas.

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Desde que la noticia de la liberación de presos en diferentes cárceles de Italia e Irán, debido a la propagación del Covid-19, llegó a nuestro país; diferentes – pero pocos – activistas y organizaciones de derechos humanos comenzaron a reclamar una rápida reacción estatal sobre este tema. Las cárceles en nuestro país están superpobladas y en pésimas condiciones arquitectónicas y de higiene. Un combo ideal para que el virus se reproduzca y contagie, no solo a los detenidos, sino también al personal penitenciario, como primer eslabón de una peligrosa cadena.

Esa reacción reclamada nunca llegó. El Poder Judicial, principal actor en esta tarea, se dedicó a patear la responsabilidad entre Defensores, Jueces y Fiscales; en una disputa intestina y burocrática, contraproducente para el objetivo demandado. En datos aportados por Roberto Carlés, la cantidad de presos liberados en la Provincia de Buenos Aires – donde se encuentran alojados el cincuenta por ciento de la población carcelaria – en el período que va del 17/3 al 17/4, es menor que la del mismo plazo en 2019: 1607 contra 1713.

Sin embargo, los sectores más reaccionarios de la sociedad, durante los últimos diez días lanzaron una feroz campaña llena de odio y fake news. Alrededor del hashtag #NoLosLiberen, se organizaron tuiteros derechistas, periodistas, políticos, víctimas. La siembra de miedo y mentira, tuvo sus efectos inmediatos: se instaló como una verdad irrefutable que todos los presos son “violadores y homicidas”, que eran ellos quienes iban a ser beneficiados con las resoluciones judiciales, y que iban a ser “liberados”. Tres falsedades que calaron profundo, y que es conveniente desactivar con tres datos concretos aportados por el Sistema Nacional de Estadísticas de la Ejecución Penal:

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1 – Solo el 24% de los detenidos, se encuentran encarcelados por homicidios dolos o delitos sexuales.

2-  La resolución de la Cámara de Casación Penal (la autoridad judicial de más alto rango que se expidió sobre el tema) determinó la concesión del arresto domiciliario para aquellos que se encuentran “en situación de riesgo por edad, por patologías preexistentes, mujeres embarazadas o mujeres alojadas con sus hijos, siempre que se encuentren imputadas o condenadas por delitos leves”

3 – No es liberación. Es cumplimiento de la condena en sus domicilios, durante el tiempo necesario para evitar la propagación del virus.

Sin embargo, el resultado de esta mentira organizada, fue un contundente cacerolazo en las grandes urbes rechazando las prisiones domiciliarias. El éxito de #NoLosLiberen, fue homogeneizar en un solo colectivo imaginario, todos los miedos, todos los odios de un sector de la sociedad que necesita un otro en el que descargar sus miserias.

Entonces, vale la pena retomar una de las preguntas iniciales: si la gran mayoría de los detenidos están en la cárcel por delitos contra la propiedad y por infracciones a Ley de Estupefacientes, ¿Quiénes pueblan las cárceles? ¿Por qué cuando pensamos en un delincuente, siempre imaginamos a un ladrón de barrio, y nunca a un empresario, que evade impuesto y precariza a sus empleados? ¿A quién le sirve el sistema penal?

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De la Revolución Industrial en adelante, el sistema penal ha sido la punta de lanza del capital para poder garantizar su reproducción.  Con la construcción de las prisiones en Inglaterra, como espacios de acopio para todos los que no entraban en la nueva institucionalidad, las cárceles fueron y son el depósito de la mano de obra excedente. Los trabajadores desplazados de sus medios de producción, los mendigos, los alcohólicos, las trabajadoras sexuales fueron y son los clientes permanentes del sistema penal en el capitalismo.

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Es esta una de las razones por la cual, en este 1° de Mayo, no podemos pensar la Revuelta de Haymarket y a los Mártires de Chicago, sin el rol que cumplió el sistema penal. Los siete trabajadores penados a muerte, recibieron esa condena en el marco de un juicio que fue una farsa escandalosa, con vicios y nulidades procesales desde el minuto cero. Fue el sistema penal el que le dio el marco de legitimidad al Estado, para poder matar a quienes se levantaron contra la explotación del capital.

En Argentina fue gracias a una ley penal, con la Ley de Residencia específicamente, que la burguesía encontró la forma de poder contener las revueltas obreras, y la avanzada organización de la clase trabajadora en la primera década del siglo XX. Más acá en el tiempo, la sanción de la Ley Antiterrorista, también implicó un feroz ataque a la autodeterminación obrera, una instrumentalización del control social para perseguir a activistas populares. Podemos llenar páginas y páginas con ejemplos de este estilo.

Es desde aquí que se vuelve una quimera analizar el sistema penal, las tasas de encarcelamiento y los sujetos detenidos, si no tenemos en cuenta el Mercado de Trabajo. En momentos de bonanza económica, hay una mayor flexibilización estatal respecto al sistema penal. En forma diametral, durante las épocas de crisis aumentan exponencialmente el número de personas prisionizadas, en conjunto con la tipificación de nuevas conductas delictivas contra la propiedad y la construcción del sujeto peligroso – el sindicalista de la fábrica McCormick, el anarquista ruso, el pibito chorro – como responsable de la caída económica.

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El cacerolazo del jueves 30 de abril, mostró nuevamente que la derecha social no se apichonó por haber perdido una elección. Están dispuestos a batallar por todos sus ideales conservadores, clasistas y racistas. Cuentan con el expertise de años de instalar vía redes sociales, un conjunto de mentiras y odios; tienen de su lado a buena parte de los medios de comunicación, y a una comunión de políticos que va desde personajes dignos de Capusotto, tal como Felicitas Beccar Varela, hasta referentes del Frente de Todos, como Sergio Massa y Sergio Berni.

Quienes estamos del otro lado de la vida, corremos muy de atrás. Si, en primer lugar, no logramos entender que la enorme masa de personas detenidas, los perseguidos por el sistema penal, son los últimos excluidos del capital, lo que no sirve, lo que sobra, difícilmente podamos combatir con éxitos a los reaccionarios que cacerolearon el jueves. No se trata de “romantizar la delincuencia”, que afecta a toda la clase trabajadora, sino de comprenderla en términos históricos y estructurales en la conformación y desarrollo del capitalismo.

Hoy en día, la cárcel y el sistema penal, siguen siendo un terreno sin explorar para la mayoría de la militancia popular y la intelectualidad critica. Si seguimos creyendo que es cierta aquella máxima de que “no es posible transformar aquello que no se conoce”, la realidad nos obliga a estudiar y volcarnos a la acción.

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