Los imprescindibles en la enseñanza: default virtual

Compartimos algunos resquemores, ciertos mieditos que asoman para que, si pueden, se desvanezcan. No van en tono plañidero ni tampoco como propuesta innovadora. Es un simple pedido de ayuda.
Surgen de ver lo que anda pasando en el ámbito educativo. Lejos de ser elucubraciones de lo que podría suceder, así en potencial, son reflexiones acerca de lo que aparece. Es una mirada –como todas– echada a la luz de postulados ideológicos, pero establecidos no como doctrina, sino como condiciones para una educación que ayude a liberarnos.

La presencia

Nos preguntamos por lo que acaso se esté desvaneciendo. La irrupción revela lo imprescindible, lo imposible de ser reemplazado. ¿Qué se disipa sin el intercambio cara a cara? ¿Se puede prescindir del diálogo en situación? ¿Qué extrañaremos si falta pregunta oportuna y su interrupción necesaria, si se esconde el gesto, la sonrisa que acompaña la dura réplica o la mirada que evalúa lo que pasa?
Resulta difícil leer un texto y no compartir las emociones que despierta, sin que por el salón resuene una risa dispersa que convoca a la mía, sin que las palabras empañadas traigan un recuerdo ofrecido al resto en la intimidad del rincón. Parece arduo escribir sin las ideas colectivas, sin que nos presten alguna palabra, sin robar un principio que encontré en el banco de al lado, sin sugerirnos una broma al oído, una ironía, un final cruel, unos puntos suspensivos.
Quien temió una tempestad frente al rugido del mar, quien descubrió un arcoiris plantado en el océano de arriba, quien se abrazó en un grito heroico y tribunero, lo sabe. Parece la distancia entre cantar en un fogón bajo la luna o darle a la playlist del Spotify. Quien admiró un mural de Rivera, quien saltó en la ensordecedora multitud de un recital, quien estuvo en la caída mayor del Iguazú, lo sintió. Sabe lo que es estar ahí. Ni en las mejores fotos sale. Ni las pantallas lo capturan. No se hace turismo con Google Maps. Hay que estar-ahí para entender. No hay modo de contarlo.
Por el contrario, el diálogo a la distancia (siempre mejor que la indiferencia, desde luego) se torna licuado. El intercambio remoto de foros virtuales, por mucho que se estimule (o incluso imponga), cuesta que le escape al lugar común, a la frase esperada, al recato intelectual del como si. Las ideas no circulan del mismo modo, no chocan ni se enamoran. Pocas veces se entrelazan para hacer nacer nuevas ideas.
Comparto mis pensamientos en un sitio virtual creyendo que serán leídos, reconvertidos y enriquecidos. Pero a los dos minutos quedaron sepultados en un mar de nuevos posteos sobre temas diversos sin hilo ni dedal. En el ruido de letras, pocos se escuchan. Es infrecuente hallar debates y argumentos.
Pero el problema no son los emisores, sino el canal. Por su formato, por costumbres de uso, por vorágine y sobreabundancia de estímulos, las redes digitales sirven poco para reflexionar, para discutir, para pensar. La velocidad de su manejo informativo es la contracara del tiempo necesario para dejar en suspenso y decantar.
Los videos explicativos, por su parte, lejos están de la sustancia de una clase. Son algo lo que se puede hacer en este tiempo, pero no reemplazan. Porque la explicación requiere una buena organización, oratoria clara y un hilo vigoroso. Precisa de alguien que exponga y de otros que escuchen y esperen. Pero la buena exposición, por más concisa y sofisticada que resulte, necesita lo más importante: la interacción. No se logra sin interrupción o comentario. Sin el corte de una buena pregunta, sin los aportes superpuestos, sin siquiera los percibidos gestos del desconcierto, la explicación olvida el detalle, omite el ejemplo, se pierde de la imprescindible reformulación.
No hay buena explicación sin la aclaración que imponen las afiladas devoluciones del auditorio. En el video colgado, todo esto se desvanece. Su única ventaja es que se pueden pausar y revisar tantas veces como se quiera, pero el parlamento seguirá igual, inevitablemente.
No cambian demasiado las herramientas de videoconferencia, donde hay ventanitas encuadradas donde quiere el emisor. Ventanas sin malvones, imposibles de percibir en conjunto. Vemos una parte del que habla, solo a veces, si el camarógrafo automático llega a capturar sonido. Notamos una parte de quien habla: la parte que eligió. No lo vemos entero, en su postura corporal, en sus incomodidades, en su plena conexión física. Y por cierto: ese a quien miro ¿sabrá que lo estoy mirando?
Falta además la coordinación atenta de la circulación democrática de la voz, parte central del oficio docente. Ahí lo hace la máquina, un cerebro descolocado, insituado, tan remoto como un algoritmo en base dos.
Esta diferencia no es propia de cada materia ni del nivel del sistema educativo, sino de la modalidad. El diálogo genuino se afirma sobre el tiempo que dan los silencios frente a frente, con la mirada cómplice para reprender o para celebrar. Se dialoga a raíz del tono que cuestiona sin ofender, al apoyarse en alegres asentimientos o contra el bostezo contagiado (que solo en presencia sucede). Se conversa notando las resonancias en cuerpos ajenos: tantas veces decimos para conmover, mucho más que para informar o imperar.
El titubeo, que es oral y presencial, dice mucho. No se interpreta mecánicamente, pero dice. Y los docentes intervenimos allí, en ese tambaleo, en esa oscilación finísima entre retroceder a la cueva del mutismo y avanzar un gran paso de autoconfianza.
También dice el timbre de enunciación. Significa. Se interpreta. Se usa como instrumento, tanto de un lado como del otro, tan de imposición como de resistencia, tan de convocatoria como de renuncia.
Y el silencio. El anhelado y heterogéneo silencio. Es algo que la virtualidad rotundamente impide. En el aula hay silencios de todos los pliegues. Los hay rotundos de atención y distraídos también; hay mudos desconciertos y sigilos de desprecio además. Un elocuente abanico insonoro que hay que leer con detalle. A cada variedad de silencio, una forma de intervención diferente. Para cada silencio, una respuesta en situación. Pero desde lejos, a distancia, no hay sustancia interpretable. No hay silencio: hay hiato, vacío tiempo de espera, que es bien distinto. Son momentos de conexión y de desconexión. No hay modo de capturar el motivo de la inacción. Si hay gran distancia entre el desinterés y la confusión, a la distancia no se aprecia esa otra distancia. ¿Por qué no está participando? ¿A qué se debe?
Desconectarse en presencia tiene consecuencias. A la distancia, es lo habitual. El silencio colectivo, silencio de aula tan difícil, tan esquivo, dice mucho. Es una gran paridora de escenas, matrona de sentipensamientos.

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Conocernos

Para que un proceso educativo interesante ocurra, es necesario conocer a sus participantes. La construcción social del conocimiento opera sobre un vínculo. No basta sin embargo con un “foro de presentación” y una dedicada foto de perfil. Conocer a alguien es escucharlo, mirarlo y leerlo, por supuesto. Pero más profundamente es verlo con sus ojos atentos, verlo distraerse, comentar por lo bajo, murmurar o enojarse con recato, intercambiar algún gesto con la otra punta del aula. ¿Alcanza con unas palabras y unos emojis? ¿Estimulan a seguir unas palmas inmóviles, un dedito hacia arriba, un sticker ingenioso?
Conocernos es también compartir las inmediatas dudas, los sincrónicos asombros. Es canjear un guiño, un comentario al margen, una pregunta antes del recreo. Es “sacarnos las fichas” así de un vizcachazo, oteada fugaz y compinche. La tierna confirmación personal del acá estás y te-veo-a-vos, complicidad que se ofrece como lazo y como caricia.
Enseñar es un acto de amor, han dicho varios. Difícil es amar sin conocer, o conociendo un fantasma a través de un conjunto de píxeles. Conectividad y contacto son cosas bien distintas.
Una de las funciones docentes más destacadas en la literatura académica, en la literatura narrativa o incluso en las memorias biográficas de quienes atravesamos el sistema educativo, es la del maestro o la maestra como alguien que transfiere deseo de saber. Esa persona deja huella porque contagia curiosidad, ganas de indagar el mundo, de preguntar, de apasionarse en la búsqueda.
Esa pasión solo se experimenta en la presencia, palpando esa expresión, esa lumbre de vida en ocasiones similar al éxtasis, de quien adora lo que conoce y desenfundando el corazón propone compartirlo.

Herramientas ideológicas

En algunos casos se acepta la transformación a la virtualidad como un simple cambio de instrumento. Se encara con la esperanza de encontrarle la vuelta a una herramienta que, se dice, no tiene ideología. Pero no hay instrumento políticamente ascéptico. Mirando fino, ninguna herramienta lo es.
Hasta el cepillo de dientes porta ideología: cuando se enchufa más se revela: ¿a quién se le ocurre consumir energía eléctrica para evitar un movimiento leve de la mano? Solo a una sociedad tan enferma que confunda confort con felicidad. Una escoba o una aspiradora, también son ideológicas: no por casualidad una es el vehículo que la tradición impuso a las brujas; no por casualidad el verbo aspirar tiene tantas connotaciones. ¿Y la hoz y el martillo? Ni hablemos… Todo instrumento es político.
Los límites de cualquier dispositivo están dados por su confección, por más ingenio que aporte el usuario. La estructura determina la función (y viceversa, claro): a tal organización, tal comportamiento. Es inútil pedirle a la tortuga, con las herramientas que Natura le dio, que salga a cazar. Un caparazón sirve para proteger, no para perseguir. El cóndor, tan majestuoso en sus cumbres, jamás ganará competencias de velocidad.
Como la cuchara no troza los bifes, habrá que usar el cuchillo. Y si no tenemos nada, comeremos con las manos (¿quién se negaría?). Pero si el cuchillo lo conquistamos hace rato, mejor no descartarlo.
Sin duda algunos aprendizajes específicos, precisos, instrumentales, se sostienen a la distancia: un tutorial para cambiar un cuerito de la canilla, una serie de clases para tocar el Bella Ciao con la flauta dulce. Bienvenido su desparramo. Por su masificación seguiremos luchando.
Pero vale la pena preguntarse si la naturaleza del instrumento alcanza para formar en un proceso de construcción colectiva, en ese tránsito dialéctico por las fases de interacción, reflexión conjunta y conceptualización teórica.

Forma y contenido

El medio es también el mensaje, dice el dicho. Fines e instrumentos se vinculan dialécticamente. La novedad en ciernes no trata solamente de un cambio de canal, sino de lo que sucede, de lo que acontece.
Forma y contenido se configuran entre sí, viejo lema de la pedagogía. Si enseño matemática repitiendo mecanismos, entonces enseño una especie particular de matemática, no La matemática (que no existe tal cosa). Los contenidos son, básicamente, lo que hacemos en clase juntos docentes y estudiantes.
Textos claros, consignas más depuradas que nunca, actividades organizadas, audios expositivos, breves videos, hasta algún mural virtual, un foro de discusión, todo suma. Pero es otra cosa. Ni continuación de la alfabetización por otros medios ni fase superior de la enseñanza. Las TICs ahora son a la educación popular lo que el rodillo a la bicicleta: un incomparable “peor es nada”.
El aula virtual no remeda al aula real con algunos cambios. Sería análogo a suponer el automóvil como un caballo con aditamentos: en vez de patas, ruedas; en lugar de ojos, faros; nafta a cambio de pasto. Pero no hay apego ni semejanzas entre un concepto y otro. Son entidades sin solución de continuidad. Irreductibles ámbitos; cruda y tajante ruptura. El sueño de la razón engendrando monstruos: en ese vehículo equinotorizado, no pasearía.
Porque no se trata de una situación simplemente incómoda, producto de nuestra incapacidad etaria o de una tecnofobia patológica. Aquí hay más que un mero obstáculo sorteable con paciencia e intentos. No es cuestión de “amigarse” con los monitores, de aprender a manejar el campus y responder a todos en el e-mail. Si bastara con un tiempo de capacitación, con un período de “reciclaje” al mundo milennial, no habría temores. Pero el asunto parece bastante más profundo que una piedra en el zapato.

Resolver la brecha de acceso digital, la falta de conectividad y la distribución masiva de equipos es fundamental. Es un derecho social. Pero no cambia la discusión pedagógica. Cuando haya 5G y 6G para todes, el debate seguirá vigente. Porque la conectividad no es la fortaleza de un cable ni la eficacia de la fibra óptica. La conectividad que nos interesa es la que se gesta en el vínculo pedagógico, más allá de los medios tecnológicos.
Toda virtualización es política. Porque la modalidad determina lo que se está enseñando. No parece haber modo de escaparle a sus fuertes condicionamientos, más cuando la propuesta es amoldarse a sus requerimientos, y no viceversa.
Una escuela, sea del incipiente nivel inicial o de los adultos más estacionados, no es un nodo de casas. Una escuela es una institución irreemplazable. Porque lo que allí sucede es irreemplazable.

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La escuela es experiencia, es acontecimiento, es una práctica en situación. Es vínculo, grupalidad, proyecto colectivo. ¿Qué responden un pibe o una piba cuando les preguntamos cómo le fue en la escuela?
Lo que pasó; nos cuentan lo que les pasó.

Con el cuerpo

Las imágenes del aula tienen un ritmo misterioso y ancestral. Gente que lleva su tambor en el pico y en el cuero. Cuando el salón es barrio, a través de cada pasillo aparece el cuerpo, antes olvidado. Las piernas se estiran, la sangre se agita, la mirada circula puntos de vista mientras las voces inundan el espacio. Todo contacto aquí es semilla de la contradicción y del avance.
El ser humano es cuerpo que piensa. Sin materia no hay idea, constatan los filósofos al caminar. No es cajón de neuronas nuestro cuerpo, sino extensión del sistema nervioso central, en articulación profunda de mente y sensación. Los sentidos fecundan el pensamiento. La piel es lugar de conocimiento; el músculo, fuerza de producción; las manos, a la obra.
Cinturas robustas, siluetas escuálidas, alturas dispares y colores complementarios, la exuberante diversidad corporal se reúne en la conciencia comunitaria. Con cuerpo amamos, sentimos, luchamos, sufrimos y creamos; de cuerpo es, también, nuestra razón. Por algo aquellos filósofos paseanderos, herederos de la escuela aristotélica, deambulaban conversando por salones y jardines para que floreciera el pensar.
Si decíamos que las ideas precisan encontrarse para crecer en nuevas ideas, además decimos que para que esa amorosa batalla exista, los cuerpos también deben reunirse. Lo demuestra Rodrigo lanzado en picada hacia Leonel para entenderle la explicación con sus orejas, con sus ojos y también con su esternón, el grito de Candela a Kelly para que no invada su “espacio didáctico” recién armado con Karen, los brazos de Erik que le refugian la cabeza y así las ideas no se le escapan por las insistencias de Yuli, ante quien pronto expondrá, el Chino saltando bancos, como saltando escollos, para que una compañera entienda, o el inolvidable abrazo de Emir a Christian para iniciar una larga discusión que sostiene las bases de la geometría que están construyendo.
De a poco, progresivamente, estos movimientos desarman algunas fronteras invisibles que la pedagogía colonial impuso silenciosamente. Convocan a desalambrar antiguas vallas de resquemores y recelos. La alegría de conversar, de amucharse a discutir, invaden las quintas. Estos asaltos a las parcelas de comodidad demandan mayores compromisos en cada cual. Por eso el aprendizaje colectivo es leva, una convocatoria grupal a la gesta colectiva.
El aula se alza porque sacude, despabilando zarandea la pereza y estimula la voluntad de salir a luchar.

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Los oportunistas de las finanzas

Por otra parte, el análisis no debería aislarse de intereses económicos. Este cataclismo parece ser oportunidad para que los mercaderes hagan más negocio con el sistema educativo. Cualquier cosa que puedan convertir en mercancía, allá irán. Antes la veían muy bien; ahora les viene como anillo al dedo.
Los sistemas educativos son “el último bastión que debe embestir la economía de mercado”, decía Milton Friedman, padre del neoliberalismo. La virtualización de la enseñanza es un gran negocio, de alcance mundial. Una belleza de Shoppin Disco Zen. Bajo la figura del trabajador que maneja sus tiempos, con el home office (ni hablemos del homeschooling) se esconde un alto grado de explotación. Los cursos multiplican sus integrantes en forma exponencial: el sueño tecnócrata de enseñar a miles al mismo tiempo. El gasto, que era mucho según los patrones, se reduce considerablemente. La eficiencia se maximiza.
No es pura teoría conspirativa. En el 2016 la Universidad Di Tella organizó un seminario en Buenos Aires con miras “hacia grandes transformaciones en los sistemas educativos”. Allí presentaron el proyecto COOL (Comunity of Online Learning: comunidad de aprendizaje en línea) de Nueva Zelanda, como “el primer paso al futuro de la educación”. Resulta que la ministra de educación del oceánico país presentó una ley para que cualquier escuela, universidad e incluso empresa privada pueda constituirse en una COOL. El Estado Nacional neozelandés garantizando y habilitando comunidades de aprendizaje digital a distancia. Las familias eligen si quieren que sus hijos dejen la escuela y aprendan desde casa. Y otorga títulos oficiales. ¡Desde Jardín de Infantes!
Acá cerca, sin ir más lejos, los vecinos charrúas ya avanzan hacia este “futuro inexorable”. En el estatal Plan Ceibal, promocionan la plataforma PAM para enseñar matemática que “se adapta a los ritmos de clase y de cada estudiante”, con “inmediatez en la respuesta” e “independencia para el estudiante”. Además “gamifica el aula”: una técnica para “conseguir mejores resultados” y “absorber mejor” (textual) algunos conocimientos. Leyendo sus virtudes, uno cree estar frente a la aparición de un nuevo jabón en polvo.
¡Y por si esto fuera poco, los uruguayos también tienen clases de inglés! Gracias a un sistema de videoconferencia y más de 150 “teaching points”, botijas y botijos orientales disfrutan sus clases de lengua extranjera a distancia. De hecho, la tícher de la escuela de Lugano enseña a una parva de gurises de Paysandú, pero jamás en su vida visitó Paysandú.
Aquí mismo, en nuestro país, ya se expanden propuestas que rinden sus buenos dividendos, pero solo a los intermediarios. Por ejemplo la empresa Matific, una plataforma de e-learning, lo promociona en su página como si ofreciera productos para reducir la barriga: “Se ha comprobado que con sólo 15 minutos de Matific por semana, mejoran los resultados en Matemáticas” y, dicen además, está garantizado por “Premios a la excelencia en la educación”, tales como el gold prize de “Brain Toy” (que sería algo así como “cerebro de juguete” o “juguete cerebral” –no sabemos cuál de las acepciones es peor–). Para “establecer una relación saludable de los estudiantes” proponen “participar de la competencia matemática”, previo “periodo de entrenamiento” (sic). Y para terminar de convencernos aseguran que “el 84% de los alumnos que concursaron mejoraron su compromiso para con la matemática”.
¡Llame ya! Pero la burbuja se desmorona. Su confesión final es brutal: “Matific fue creado por un equipo de expertos matemáticos, ingenieros de software y especialistas en juegos”. ¡Y no hay docentes, pedagogas, educadores! ¡Ni uno ni una!
Con la flamante hecatombe, se dan pasos en una dirección peligrosa. Aquí cerca también, ante la crisis del coronavirus, el 16 de abril de 2020 el Estado paraguayo firmó un decreto para suspender las clases presenciales durante todo el resto del año. Estableció al mismo tiempo un sistema de clases virtuales que garantiza la promoción.
Paraguay, al 25 de abril, tenía 136 casos activos de coronavirus y 9 muertos. Por las dudas, el ministro de educación (y exdirector de la Policía Caminera) tuvo que aclarar: “Estamos tratando de mantener en pie y a flote el sistema educativo… Nadie está pensando en algún tipo de beneficio económico”. Bueh…

En definitiva, más allá de la discusión pedagógica y epistemológica que subyace, nos imaginamos quiénes serán los más perjudicados de desvanecer la comunidad escolar. Las clases virtuales, simultáneas o asincrónicas, no se pueden hacer en cualquier contexto (espacios reducidos y compartidos, poca conectividad, dispositivos móviles y el largo etcétera que ya conocemos).
Quedarán afuera los que tanto nos cuesta que no se vayan. Se profundizarán las diferencias sociales. La fragmentación existente crecerá en forma exponencial. Eso es otra gran calamidad.

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Concepción pedagógica

En última instancia, quizás lo que ponga de relieve este dilema es una concepción ideológica subyacente. Porque para modelos pedagógicos transaccionales, de pura transmisión unidireccional, la virtualidad no parece afectarlos. Al contrario, facilita y multiplica.
Si quien expone es uno solo, si la emisión es radial, si se trata de arrojar un objeto que ya estaba hecho sobre las cabezas de quienes lo consumirán, la educación remota es una solución eficiente. Se multiplica la “eficacia” de esa transmisión. Las Windows son ventanillas para la didáctica del revoleo. Por la Internet, despachar encomiendas es muy fácil.
Si fuera para todos lo mismo, una y otra vez, es simple: ahí está la pestaña de reenviar. Al monólogo solo hay que acercarle un micrófono. Si la cosa es para el que puede, y para el que no, lola, entonces la distancia evita las caras largas y las hostilidades desde el fondo del aula.
El aislamiento no hace más que magnificar posturas ya existentes. Transparenta los velos y alumbra a los escondidos.
Si en cambio se trata de un enfoque de construcción colectiva del conocimiento, si es cuestión de que aquello a aprender entre en diálogo con lo que cada quien ya conoce, si lo nuevo y lo viejo deben encontrarse para germinar, si es a cada uno según su necesidad y de cada quien según su capacidad (¡que encima no son estáticas!), si nuestra idea de conocimiento es aquello que podemos producir con otros en situación, entonces la distancia complica realmente el intercambio genuino, la emergencia sorprendente, lo inédito que aflora con la presencia, como decíamos antes. Eso es lo que nos preocupa.
Quizás esta sea la crisis. Aquí tal vez se halle la contradicción principal de la coyuntura y también de la estructura. El antagonismo no sucedería entre presencialidad y virtualidad, sino entre ideologías pedagógicas.
Si acaso así fuera, entonces mejor, porque en la formulación del problema también late revelándose la respuesta. Hay salida, claro. Hay superación. Está en la formación docente, en la profundización de los fundamentos de nuestro trabajo. No hablamos de una capacitación esporádica y por “paquetes”. Hablamos de un proceso democrático de construcción colectiva también entre nosotros, de una corriente impetuosa con el conocimiento acumulado y transformado por las y los trabajadores de la educación. Sin renunciar jamás a nuestros irrenunciables.

Finalmente, ¿por qué escribir ahora?

Son tiempos inéditos y seguramente cruciales. No es fácil pensar en el torbellino de la excepcionalidad. Por la superposición de los imprevistos y por el fragor de la tarea que continúa. Pero asumimos el riesgo.
Podríamos seguir. Hablaríamos más de la termodinámica de la clase y de los sentidos como fuente de conocimiento (especialmente de la piel, que no nos deja huir). Nos preguntaríamos por una tiranía tecnogurú que nos exige amoldarnos a la herramienta, en vez de ser al revés, programando la obsolescencia del sujeto más rápido que la de la máquina. Comentaríamos la noción de “píldoras educativas”, que más que remedios parecen placebos. Diríamos cómo se desmorona el ambiente alfabetizador cuando las paredes del aula son los tabiques de la casa. Sugeriríamos las dificultades enormes que aparecen en la distancia para trabajar la convivencia grupal, contenido fundamental de la enseñanza en todos los niveles. Hablaríamos también sobre la problemática centrada en la formación docente: recreación de un oficio artesanal con fundamentos científicos. Podríamos mencionar las concepciones místicas de la palabra escrita que la virtualidad parece reforzar, como extensión de una “didáctica del revoleo”. Comentaríamos algo sobre el problema de la evaluación y especialmente de la acreditación. Nos preguntaríamos sobre la concentración del poder, el refuerzo de los caprichos docentes y sobre la atomización de esas pequeñas resistencias que siempre hubo dentro del aula, como interjuego de poderes en el vínculo pedagógico. Mentaríamos ciertas sospechas acerca del control, paranoias tal vez innecesarias (¿innecesarias?) y la pérdida del aula como refugio, como trinchera, como reducto de autonomía en un sistema burocratizado y vertical.
Pero no. Mejor lo dejamos para otro momento. Para no recargar las tintas (ni los bits).
Acá no hay dogmas cerrados, solo hay una masa ofrecida para cachetear y que leude. No se trata de desanimar intentos, que los compartimos y emocionan. No se trata de boicotear las mejores intenciones –que las tenemos– ni de cegarse ante los aportes tecnológicos –que aprovechamos–. Nadie quiere desterrar lo que sí funciona. En todo caso será para andar alertas, advertidos, atentos ante cualquier intento de usar nuestros esfuerzos en detrimentro de los sueños que perseguimos.

No es un combate entre gladiadores rivales: de un lado la liberación, del otro la hipocresía. No, claro que no. Sabemos que ahora hay que estar y hay que hacer. Como nunca, como siempre.
Claramente ahora no se puede no estar. Prestar una palabra, arrimar una imagen o compartir melodías es convocar una posibilidad. Es lanzar una soga, sostener el lazo. Estas botellas, arrojadas cuidadosamente al ciberocéano, rescatan voluntades. Alivian dolores y mitigan soledades. Desvían de la melancolía y corren la mirada hacia el futuro, para constatar que lo que viene no es distopía inexorable, sino un texto para escribir colectivamente.
A pesar de los insustituibles, y queriendo siempre más, se trata de mantener una posición intelectualmente activa, un aliciente para la curiosidad como soplido a la llamita del deseo. Ubicar en un lugar de producción. Creación de cultura. Humanidad pura.
Pero al estar abocados enteramente a encontrarle las potencias a una modalidad, también vale preguntarnos por sus límites. Para no frustrarnos. Para seguir bregando en nuestros sueños, pero sin sobrexigencias infinitas, tal vez vanas, que conduzcan a la resignación.
¿Será que confundimos quijotescamente los molinetes del CPU con gigantes en miniatura? ¿Dirán que soñamos travesuras? ¿Caímos en el evidente panfleto? Ojalá que no.
Que no sea delirio romántico. La escuela de la que hablamos existe hace mucho. Sin ser monolítica y completa, vive en las entrañas del gran sistema educativo. Tiene historia y experiencias luminosas, forjadas en las aulas, y no en laboratorios remotos.
Quizás esta disquisición resulte discusión saldada. Si es así, mejor. Pero tememos que arremetan los vaciadores, como chacales esperando en la puerta.
Si todo esto es excepcional y transitorio, entonces no hay drama: se hace un bollito y se manda a la papelera de reciclaje.

Horacio Cárdenas
Maestro de grado y profesor en formación docente, CABA

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