Rappis y furioses. Parte I

En esta primera nota retratamos la vida cotidiana, las trayectorias laborales y las condiciones de trabajo en las aplicaciones, que en la ciudad de Córdoba han duplicado el número de trabajadores en menos de un año, pasando de mil a dos mil. Una segunda entrega abordará las formas de resistencia y organización de los colectivos de trabajadores.

Dice Ricardo Antunes “Lo que podría llamarse la “uberización” del trabajo, un modus operandi empresarial despiadado destinado a generar más ganancias y aumentar el valor del capital a través de las formas de trabajo precario se ha expandido a una escala global…”.(1)

Aunque algunos autores, como Guy Standing (2), se refieren a este mundo heterogéneo de modalidades de trabajo flexible, como una “nueva clase social” que han denominado “precariado”, de lo que se trata es de una intensa flexibilización del trabajo asalariado, aunque se disfrace. La fuerza de trabajo se vende como una mercancía que produce más valor para la clase capitalista en su conjunto, si consideramos cadenas extensas que incluyen producción, distribución, comercialización y suman ahora el “reparto a domicilio”. Aquí se entrelazan los “trabajos y los días” de millones de trabajadores del mundo entero y a lo largo de la cadena la irrupción de las aplicaciones, desplaza sus nodos. La “fuerza de trabajo” del mensajero la paga el cliente, la ganancia de la aplicación el local proveedor.
Esto es; en el extenso y abigarrado espectro de la “clase-que-vive-del-trabajo”, según la afortunada expresión de Antunes, el proletariado de aplicaciones, resulta una de sus regiones, por cierto muy vulnerable y desprovista de protecciones jurídicas. En una entrevista publicada en Infonegocios, un gerente de aplicación cuyo nombre queda en el anonimato, dice sin pudor respecto a la posibilidad de imponer alguna regulación laboral: “La Argentina no es un mercado tan importante como para que las empresas adapten todo su modelo de negocios y tengan empleados. El punto de partida tiene que ser la flexibilidad del repartidor porque ese es el modelo, si no estas plataformas van a sacar su inversión de estos países y se van a ir absolutamente todas. El número de trabajadores de delivery es impreciso”. Es incierto el cálculo de cuántas y cuántos trabajadoras y trabajadores de la Argentina movilizan diariamente y ponen en riesgo su cuerpo en sus propios vehículos -bicis, motos y autos- para cumplir con los “pedidos””.

Solo algunas conjeturas. Un estudio de CIPPEC ubica el número de trabajadores de plataforma en el 1% de la Población Ocupada, lo que, de acuerdo a los valores de la Encuesta Permanente de Hogares del segundo trimestre 2019 (31 aglomerados urbanos), implica un total de 120 mil trabajadores. Sin embargo, el análisis considera que de ese número impactante, corresponden a las más importantes de reparto, Rappi y Glovo, cerca de 11 mil. Por su parte, La Voz estimaba en setiembre de 2018, mil trabajadores en la ciudad de Córdoba , mientras que en junio de 2019, estiraba el número a 2000, ¡se duplicó en nueve meses! La distribución es fluctuante entre Glovo, Rappi, Pedidos Ya y Uber. Según la última edición de La Voz citada, menos de la mitad factura como monotributista.

Si estimamos que la franja etaria predominante en el sector oscila entre 20 y los 30 años, podemos calcular que al menos el 2% de la población ocupada de los jóvenes del Gran Córdoba se dedica a esta tarea. Pero los cálculos se complican más aún, si atendemos al señalamiento de un trabajador acerca de que actualmente hay 1.500 “bloqueados”, un eufemismo para no hablar de despidos en este mundo llamado cínicamente de “economía colaborativa”. Esto es, las cuentas “en suspenso”, son un número similar a las activas.

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Ayer los repartidores fueron noticia a partir de una asamblea reprimida por la policía. Hoy hubo un paro con caravana desde el corazón de la cuarentenada ciudad de Córdoba.

Proponemos dos notas. En esta primera, procuramos captar las trayectorias laborales y las condiciones de trabajo. En la segunda, nos acercaremos a las formas de resistencia cordobesa. En efecto, desde que los empleados de Amazon de Polonia hicieran punta en 2013, el “infoproletariado” ha encontrado modos de organización fluida, no burocrática en todo el mundo. Córdoba no ha sido la excepción.

El diálogo con Romina (23), que se desempeña hoy en Pedidos ya y con Daniel (35), de Glovo, nos abre un panorama de ese mundo. Rodrigo, el 7 de mayo fue duramente maltratado por la policía cordobesa quedando detenido hasta altas horas de la noche luego de una manifestación de 10 minutos que tuvo lugar al frente de Patio Olmos. Los vídeos que circulan en las redes sociales muestran el accionar policial, injustificado y cruel. Volveremos sobre el tema en la próxima.

Vamos ahora a acercarnos a sus historias y su vida cotidiana en tiempos de pandemia. Paradójicamente, a la vez que denostados por las “fuerzas del orden”, son considerados/as personal esencial en el marco de esta cuarentena y la calle sigue siendo su hábitat.

Vidas difíciles

Nacidos en democracia y en pleno neoliberalismo, Romina y Rodrigo, tienen trayectorias laborales similares, de “alta rotación” en los “caminos de la vida”.

Romina:
“Hace un año y cinco meses trabajo en el sector de aplicaciones. En las cuatro: Globo, Rappi, Uber y Pedidos Ya; no a la vez, sino que me voy turnando, dependiendo de la semana, si está más movida en una aplicación que en otra. He pasado por cualquier cantidad de trabajos: call center, moza, limpiando casas o estación de servicio, que fue mi último trabajo antes de éste. Yo trabajo desde los 17 años y desde ahí me mantengo sola. Llegué a Córdoba desde Chubut. Traté de estudiar Sociología en la Universidad Nacional de Villa María y luego en la Universidad Nacional de Córdoba, pero siempre tenía la misma dificultad, una cuestión de poco tiempo -poca energía, poca concentración- por estar siempre trabajando. Hace 2 años decidí dejar la carrera”.

Rodrigo:
“Tengo 35 años, el secundario completo y he trabajado en fotocopiadoras, empresas de vigilancia, call center, playero en estación de servicios y actualmente trabajador de Glovo desde hace 5 meses”.

Aproximaciones a un mundo abigarrado

Rodrigo:
“En este momento, comparto mi trabajo con otros 300 compañeras/os que se desempeñan en la aplicación de Glovo. Somos monotributistas, tenemos obra social y aportes jubilatorios porque lo pagamos nosotros. La mayoría de mis compañeros/as tienen 25 años en adelante, sin embargo hay personas con más edad.”

Romina:
“Hay muches pibes estudiantes que trabajan para pagar su universidad y su vida. Hay egresadas y egresados universitarios (una arquitecta, un médico, profes de historia, de lenguas por ejemplo). Hay muchos que ni siquiera han terminado el secundario, la aplicación sólo te pide que seas mayor de edad. Hay también gente muy grande, jubilados que no les alcanza y salen a laburar, de 65, 70 o hasta 75 años. Pero la mayoría son entre 20 y 30. Hay muchos pibes de barrio a los que éste es el único laburo que accedieron, o que estaban en otros laburos que eran todavía peores de maltratos y acosos”.

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Proceso y condiciones de trabajo

“Por ejemplo en Glovo y Pedido Ya, tenemos horarios de entrada y de salida, no es que nos conectamos cuando queremos. En Pedidos Ya, por ejemplo, si llegamos tarde, significa una rebaja de tu nivel, lo que implica que la próxima semana te pagan menos, un minuto es considerado tarde, es como una suspensión pero con tu sueldo, En Glovo por la tardanza te cancelan la hora, lo que te jode el sueldo. En Rappi y en Uber, es verdad que te conectás y desconectás cuando querés, pero les pibes se conectan en las horas pico, generalmente a la tarde se mueve muy poco, entonces no tiene mucho sentido salir. Pero si la mayoría se conectan en horarios pico, te baja el nivel.
Las aplicaciones se manejan con niveles, que es como el puntaje que tenemos y que varía dependiendo de si entregamos muchos pedidos, si los entregamos a tiempo, si llegamos a tiempo, si no tenemos muchas quejas de clientes o de los locales de comida. Tener un puntaje bajo es malo porque se cobra menos”.

Las oficinas funcionan como panóptico electrónico que controla vía celular y GPS la trayectoria del repartidor, los minutos que tarda y la eficacia del recorrido. Todo algoritmizado en la definición de los puntajes.

Continúa Romina: “Nosotros no tenemos ART. Muchos pibes y pibas sacan seguros de vida, obras sociales mejores que las del monotributo, como para tener algún tipo de as bajo la manga para resguardarse, pero son poquitos, las obras sociales buenas están carísimas. Si llegamos a sufrir algún accidente, el asunto es ver cómo seguimos laburando. A mí me han chocado con la moto ya dos veces y cuando laburaba en bici me chocaban todavía más. Y lastimada o con el vehículo roto, me tenía que parar y seguir laburando, porque si no, no cobraba. Al choque lo llamamos el bautismo, si no te chocan no sos de la aplicación. Lamentablemente es algo medio naturalizado en el sector. Por suerte en Córdoba ninguno ha llegado a ser fatal. Si nos enfermamos, igual tenemos que salir a laburar. Nos podemos tomar un día, como mucho dos, pero no más. No laburar es menos facturar y tenemos cosas que pagar. Estamos en riesgo del coronavirus y nosotros laburando. Si pasa algo en medio de un contagio la empresa no se hace cargo. Nadie se hace cargo”.

Los ingresos

Marx señala: “El pago a destajo no es otra cosa que la forma transmutada del salario por tiempo, así como el salario por tiempo es la forma transmutada del valor o precio de la fuerza de trabajo”, y agrega “Una vez dado el pago a destajo, naturalmente, el interés personal del obrero estriba en emplear su fuerza de trabajo de la manera más intensa posible, lo que facilita al capitalista la elevación del grado normal de la intensidad”(3). Del mismo modo sucede el trabajo de aplicaciones. Esto es, nada nuevo bajo el sol.

Rodrigo:
“La metodología de cobro es por quincena, aunque siempre nos dejan hacer un retiro diario pero el resto lo cobramos al finalizar los quince días. La cantidad del pago depende de la cantidad de horas trabajadas. Yo trabajando 8 o 9 horas por día cobro 1600 pesos aproximadamente. En este sector la mayoría de los compañeros les facturan a varias aplicaciones porque cada uno elige con qué empresa trabaja al mes. De este modo no pasa como relación de trabajo encubierta”.

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Romina:
“Varía mucho lo que se gana. Depende de las horas que se ponga. Yo generalmente cobro 9 o 10 mil pesos por semana, trabajando 11 o 12 horas por día y me tomo un franco cada dos semanas. Hay compañeres que ganan más, pero trabajan aún más horas por día y no se toman nunca franco y compañeros que ganan menos por no poder estar saliendo a laburar tanto, pues tienen otras responsabilidades. También varía mucho si salen pedidos o no, porque no es que todos los días salen pedidos. Los fines de semana generalmente son los días más movidos, pero por ejemplo un lunes está muertazo. Entonces no te sale un carajo y te vas a tu casa con 500 pesos”.

¿Colaboradores?

Proyectos de regulación de la flexibilización que van, vienen, y se cajonean frente al firmeza del lobby del capitalismo cognitivo. Como eco se escucha el coro de alabanzas del “empresario de sí mismo”, que acompañó a la subjetivación neoliberal, que ya mostró sus cartas, como lo muestran las revueltas pre-pandemias que deben retomar su fuerza, con nuevas razones.

El discurso edulcorado no confunde a uno de nuestros entrevistados que señala con claridad: “La verdad somos dependientes, no colaboradores independientes, pero estamos en un gran abismo, no sé si legal o judicial. Tenemos cuestiones que hacen los trabajadores dependientes como cumplir horas, cumplir condiciones de vestimenta, cumplir con el trabajo. Si llega a pasar algo malo con el pedido, nos tenemos que reportar a la oficina. Tenemos obligaciones de trabajadores dependientes que si fuéramos independientes no tendríamos que tenerlas”.

Lazos

La experiencia compartida que posibilita organizarse se conforma en la vida en común. Esa que se construye en centros neurálgicos donde se aguarda juntes el próximo llamado, “para no dar vueltas y vueltas gastando nafta y energías” y para poder charlar, ahora respetando las distancias sociales.

Sobre esa vida en común nos dicen: “Entre nosotros no hay competencia. Al contrario, mucho compañerismo. Cuando uno hace muchos pedidos lo felicitamos porque significa que puede hacer bastante plata. Si a alguien se le rompe la bici y otro tiene una, se la presta o vemos cómo se puede arreglar. A mí se me rompe la moto muy seguido y los mismos pibes me dicen cómo hacer para no gastar plata en un taller o vienen ellos y me la arreglan. Somos como una gran familia, nos conocemos todos. Nos vemos todos los días de lunes a lunes, entonces es imposible no formar lazos emocionales. Nos tratamos de cuidar. Los pibes más nuevos que entran, no ubican mucho adónde tienen que entregar el pedido. Si es una zona peligrosa tratamos de acompañarlo”.

Desde ese tejido de solidaridad es posible avanzar con prácticas de movilización y organización colectivas, como veremos en la próxima nota.

Fuente: la izquierda diario

(1) Antunes, Ricardo (2019) “El nuevo proletariado de servicios” en https://contrahegemoniaweb.com.ar/2019/07/17/el-nuevo-proletariado-de-servicios/

(2) Standing G. (2011). The precariat:the new Dangerous class (Bloomsbury, London)

(3) Marx, K. El capital, Tomo I, Libro primero, cap. XIX (pp671,Buenos Aires,Siglo XXI)

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