Pagni, El Plumerillo y una posguerra sin guerra

La semana pasada, Carlos Pagni -desde su columna en La Nación- escribió sobre El Plumerillo, la base logística y militar de San Martín para su proyecto emancipador. Su objetivo era, a partir de esa referencia, reflexionar sobre la salida para afrontar la crisis que dejará la cuarentena.   

El artículo de Pagni en La Nación

Pagni es un editorialista lúcido de la centro derecha Argentina, con la flexibilidad táctica de un junco, pero logra no perder de vista su norte estratégico. Envidiable para quienes somos de izquierda. Y escribe para La Nación, que aún en su aggiornamiento sigue siendo una voz coherente del poder real.

Carlos Pagni se propuso reflexionar sobre el significado de El Plumerillo en la epopeya sanmartiniana para pensar el futuro. Y nos dice que fue esa la base de operaciones desde donde se elaboró el plan estratégico que alumbró y hasta determinó el rumbo de la guerra. Y -más allá de considerar exagerada la imagen de guerra contra el enemigo “invisible”- se preocupa en su nota  por destacar que hoy no ve que exista una base de elaboración estratégica pensando el camino a seguir pos cuarentena. En sus palabras “La incógnita frente a este paisaje es si en el corazón del gabinete tienen una imagen de la Argentina que hay que construir una vez que la peste haya cedido.”  Pregunta fundamental.

Hoy, pese a que no estamos en guerra y más allá de cierto espíritu de “sacrificio patriótico” embebido de productivismo, es interesante repensar a El Plumerillo. Aquella fue la base logística y militar que condensó la elaboración estratégica de un proyecto: la emancipación colonial que tácticamente implicó el mítico cruce de Los Andes.  Considero potente profundizar las otras preguntas que se desprenden: por qué y para qué nació El Plumerillo y con qué recursos contó para jugar aquel papel clave.

Primero, el Gran Capitán tenía claridad meridiana respecto a su estrategia para lograr la emancipación latinoamericana, sabía cuál era el enemigo a vencer y en dónde se ubicaba la principal base de poder, Lima. Segundo, la táctica era producto de un balance sobre la experiencia del Ejército del Norte, cuyas sucesivas derrotas o victorias nunca definitivas, le permitieron arribar a una conclusión: allí únicamente podrían librarse batallas defensivas pero era necesario obligar a los españoles a utilizar recursos en esa región, para lo cual la acción de “Los gauchos de Güemes” era suficiente. De allí, un tercer aspecto: el camino a Lima sería por el Pacífico y se organizaría desde Cuyo.

Ese era un ambicioso proyecto político y la situación no podía ser más adversa: Europa, luego de la abdicación de Napoleón (1814), iniciaba la restauración monárquica que contemplaba una ofensiva político militar contrarrevolucionaria en América Latina.  Es en ese contexto que San Martín impulsa la necesidad de declarar urgentemente la Independencia, a contramano de lo que indicaba la correlación de fuerzas a nivel internacional y con la crisis en ciernes a nivel nacional. Intentó con esa iniciativa torcer la parálisis que generaba la propia realidad objetiva; no comprendían que el factor subjetivo es parte de la misma. Lograr, a partir de la acción, que la voluntad –no voluntarismo– mute en conciencia y  a partir de esto sea posible cambiar aquella “realidad”, siempre vista desde el poder como cristalizada e inmodificable.          

Ahora bien, esa estrategia y diseño no salió de una “planta de repollo” ni únicamente de la cabeza de un “gran hombre”, por más talentoso que fuese Don José de San Martín. La misma fue parte de un proyecto político organizado por un colectivo de hombres con afinidad ideológica: el de la Logia Lautaro, de la cual San Martín era miembro.  Y es necesario para calibrar lo dicho detenerse en su significado. La Logia nació en Europa en un momento en que “las provincias unidas del Río de la Plata se revolucionaron (…) pero desgraciadamente sin sistema, sin combinación y casi sin otro designio que el que indicaban las circunstancias, los sucesos, los accidentes” (Constitución Matriz de la Logia). Es decir, nació para unificar voluntades, darle forma organizativa y estratégica a la lucha -y no mero tacticismo/ pragmatismo-, unificando las fuerzas motrices independentistas. Fue esa Logia la que retomó primero los postulados de Mayo de Moreno y Castelli e impulsó, luego de la demostración de fuerzas del 8 de octubre de 1812, la Asamblea del Año XIII, hegemonizada por su ala izquierda,  jacobina,  liderada por Bernardo de Monteagudo. Y fue esa Asamblea el nuevo punto de arranque para la futura declaración de la Independencia de 1816, como parte del proyecto continental – ya soñado por Francisco de Miranda – de crear la Confederación de Repúblicas en América Latina. Ni más ni menos

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La acumulación de masa crítica

Cuyo era una región próspera desde le época del virreinato: proveedor de trigo, maíz y porotos aparte de arrobas de mosto, higos y nueces. Mantenía un activo comercio de la región con Chile, utilizando habitualmente para ese intercambio más de 1.000 carretas y 25.000 mulas.  

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Su población, según el censo que realizó el Triunvirato en 1812, era de 13.318 habitantes, de los cuales 2.619 habitaban la ciudad y 3.054 la campaña. Sumados dan 5.673.  Los españoles eran solo 200 y eran 20 los extranjeros de otras nacionalidades. Completaban 3.000 indios y 4.456 esclavos, siendo estos últimos el  núcleo más importante, luego de los criollos.   

Es decir, se trataba de una formación económico social con cierta capacidad productiva, que contaba con una población laboriosa, hábil tanto en las tareas artesanales como agrícolas, lo que la transformaba en material humano de valor para un ejército.

Es desde ese lugar que San Martin, nombrado Gobernador Intendente de la Provincia de Cuyo, organiza al ejército que liberará primero a Chile y conjuntamente a Perú.

Para poder organizar un ejército considera –lo dice en carta a Godoy Cruz– que es necesario la preparación previa: “Hasta ahora no se ha conocido en los fastos de la historia el que reclutas se formen soldados en un ejército en operaciones. El soldado se forma en los cuarteles o campos de instrucción y luego de ser tales, marchan al enemigo” (12 de marzo de 1816).

Para crear condiciones de posibilidad era imprescindible estructurar la base logística de operaciones. Y eso sí fue sintetizado en El Plumerillo. La maestranza estuvo a cargo del Teniente (luego capitán y comandante) de artillería Fray Luis Beltrán, quien luego de estar al servicio de los hermanos Carrera luchando por la Independencia en Chile, colgó los hábitos para organizar la producción de armas y equipos del Ejército Libertador. Más de 300 hombres trabajaron produciendo cañones, balas, granadas, cartuchos, mochilas, caramañolas, bayonetas y herraduras para los animales.  Se estructuró también un laboratorio de salitres, y fábrica de pólvora. Así también se organizó el sistema sanitario de campaña, y se articuló con las tareas de zapa de la guerrilla de los “rotos” dirigidas  por el gran Manuel Rodríguez en Chile.

Sostener ese parque de armas y producción requería fondos económicos.  Nos dice el fundador del diario La Nación, Bartolomé Mitre: “secuestraronsé  los bienes de los prófugos, pusiéronse en almoneda las tierras públicas; creóse una contribución extraordinaria de guerra pagadera en cuotas mensuales; se recogieron los capitales de censos pertenecientes a manos muertas, usando de sus intereses; se dispuso del fondo de redención  de cautivos de los frailes mercedarios, (…) se organizaron las donaciones gratuitas en especies y dinero, (..) se apropiaron los diezmos del derecho civil, se gravó con un peso cada barril de vino y con dos cada uno de aguardiente que se extrajiese del territorio , con el carácter de contribución voluntaria(..) se declararon de propiedad pública las herencia de los españoles que morían sin sucesión, todo lo que, unido a los impuestos de papel sellado, ramo de pulperías, multas y otros árbitros, regularizó la percepción de la renta, acrecentando el fondo común. No bastando esto, se estableció el impuesto general y uniforme sobre los habitantes, basado en el capital de cada individuo, previo catastro levantado por el cabildo” (…) solía hacerse uso del arbitrio de empréstitos forzosos (…) Además cuando era necesario se usaba de las cabalgaduras y de las carretas gratuitamente, se confiscaban temporalmente los alfalfares para las caballadas del ejército y se disponía sin retribución de las personas para los trabajos públicos…”.  Agreguemos –porque Mitre lo olvida- la contribución obligatoria de dos pesos por cada cabeza de ganado para consumo, afectando a los grandes hacendados, y el  impuesto a la propiedad “cada mil pesos de capital debían pagar un impuesto de 4 reales”.

Ahora bien, las armas son un recurso de poder, la cuestión  fundamental es quienes la utilizarán y para qué. Para su proyecto, San Martín, apoyándose en la resolución de la Asamblea del Año XIII, obligó a los propietarios de esclavos a entregar las dos terceras partes de los mismos, y quienes se incorporaban al ejército se transformaban automáticamente en hombres libres. Entre los esclavistas afectados estaba la Comunidad San Agustín que –según cuenta el General Gerónimo Espejo en El paso de los Andes–  tenía en su terreno de El Carrascal a 330 esclavos negros africanos. El ejército Libertador estuvo conformado por esclavos, indios y mestizos: soldados que recibían aparte de vestimenta, alimento e instrucción, un salario.   

Y centralmente fueron aquellos esclavos liberados los que constituyeron la infantería, sin la cual no existe posibilidad de vencer y ocupar/liberar un territorio. Muchos son los relatos que hablan de su heroísmo.

Evidentemente no se trataba solo de encuadrar acorde a las diferentes capacidades (el concepto cuadro proviene del lenguaje militar, al igual que el de camarada) e instruir en el manejo del arma que le tocara en suerte, sino que era necesario también darles una razón, un sentido como cuerpo: la unidad espiritual. Ya lo había escrito Manuel Belgrano: “La guerra no solo ha de hacerse con las armas, sino también con la opinión”. Y para lograr esa unidad de sentido, San Martín utiliza como aglutinante a la Virgen del Carmen, elegida en votación por el cuerpo de jefes y oficiales. Ella servirá para introducir en los soldados un sentido de identidad y pertenencia que fortalecería la camaradería y la moral militar: una “creencia común”, la de ciudadanos libres luchando por la patria. Ahora por SU patria. En las misas –como en su momento lo había hecho Mariano Moreno obligando a leer La Gaceta desde el púlpito– se hablaba de un tema, sugerido por el propio comandante en Jefe, que no era justamente de carácter religioso sino político, explicando la situación y las razones que llevaban a la toma de decisiones. 

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Para la acción política se encuadra justamente para formar cuadros. Y un cuadro es un sujeto con capacidad de autonomía crítica, que tiene conciencia sobre el proyecto político del que forma  parte y debe ser capaz no solo de obedecer y dar órdenes sino también de producir sentido, de “crear realidad”.  Por eso San Martín apenas arribado a Cuyo funda una filial de la Logia Lautaro, verdadera usina política del proyecto de emancipación latinoamericana. Allí ingresan los principales jefes políticos y militares de Mendoza y también los emigrados de Chile, perseguidos después de la derrota de Rancagua. Es esa organización el soporte político militar e ideológico que fue articulando al frente patriótico, desde radicales a moderados pero hegemonizados por el núcleo de unidad estratégica representado por la Logia: ese fue el eje que posibilitó a San Martín emprender la campaña, y lograr junto a Bolívar liberar al continente  derrotando al enemigo.

Hacia una posguerra sin guerra… ¿ni partisanos?.

Ahora bien, de esa experiencia pensar la salida a una crisis que dejan las guerras en cuanto a destrucción económica con sus profundas consecuencias sociales. Y también con sus enseñanzas.    

Si algo alumbró la pandemia actual fueron las características del capitalismo en general y del argentino en particular. Mucho de lo que venía denunciando la izquierda hoy es casi “sentido común” de los reformistas y hasta derechas. Hoy es evidente que prácticamente todos los derechos consagrados en al artículo 14 bis de la Constitución Nacional fueron vulnerados y pisoteados de manera sistemática. No hubo para “los de abajo” una vivienda digna, ni servicio cloacal, ni agua potable, ni trabajo digno ni estable y el acceso a la salud y la educación es hoy una muestra más de la desigualdad social creciente. Y no hablo siquiera de la aplicación constitucional de “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”.  

Quizás se trate -como hizo San Martín- de saber algo tan simple como cuál es el enemigo a vencer, para que el pueblo recupere su patria, sus derechos. Indudablemente no es el “bichito” el que ocasionó los problemas estructurales que hoy son evidentes, sino que fueron producto de una política impulsada por el “poder real” que configuró un Orden Social caracterizado por la concentración, extranjerización y dependencia. Y ese hilo se desplegó en sus vertientes propiamente neoliberales (siempre más bestiales para “los de abajo”) y neodesarrollistas. El poder real, histórico y estructural siguió siendo poder real, más expandido o un poco limitado pero Poder. (Martin Shorr: Entre la década ganada y la década perdida / Adrián Piva: Economía y política en la Argentina kirchnerista o José Seoane – Belén Roca Pamich: Salir del neoliberalismo).    

Pero habrá posguerra sin guerra y es necesario definir por quienes doblarán las campanas. Porque para Pagni la crisis en ciernes es evidente y comienza a acumular para que la salida sea desde su “visión del mundo”. Se pronuncia contra el impuesto a las grandes fortunas, considera que hubo un ataque a los “empresarios” por parte de A. Fernández  en lugar de buscar seducirles para asociar a las empresas a la ´salida´. Él considera que el único camino posible es cómo “reconstruir el entramado empresarial (…), cómo se salvarán del hundimiento las organizaciones que a lo largo de los años han acumulado capital, tecnología y conocimiento y han desarrollado mercados para generar empleo y producir riqueza.” Incluso informa –no sin cierta razón-  que “la reforma laboral se está haciendo sola, por impulso de empresarios y sindicalistas que temen terminar de caer en el abismo. (…) Algunos ministros se animan a confesar que están gestionando la crisis, sin mayor inconveniente, con la mitad del personal de su cartera. Ese es el motor de cualquier reactivación”. Y finalmente Pagni exagera afirmando que para la Casa Rosada los empresarios son parte del problema y no de su solución.

Y entonces se pregunta: ¿Quién es el enemigo que deberá pagar su derrota?, ¿el empresariado concentrado? ¿Cuáles son los pasos a dar para resolver los problemas que la pandemia tan claramente visualizó? Y responde, que esos grandes grupos económicos deberán ser el principal aliado porque son ellos los que cuentan con los recursos necesarios para recomponer al entramado productivo de la Argentina. Y acuerda en que el Estado juegue un papel clave en el proceso económico para ayudar a esa clase social, a la que considera la aliada estratégica para el nuevo país. Así lo dice hasta el propio FMI. Y no solo lo dice sino que lo requiere el poder real.  Además prioriza: dice reconstruir el entramado empresarial, muy diferente al entretejido social. Más aún, especifica: reforma laboral, y  propone aprovechar la crisis para un nuevo “salto” de calidad que ya se vine imponiendo desde la Dictadura Militar y va pasando como un barco por el Trópico de Capricornio, sin darnos cuenta. Finalmente propone achicar gastos innecesarios en el estado: reducir personal, ajustarlo. 

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Efectivamente es momento de definir hoy con quienes y contra quienes. Ellos dicen que “los de abajo” deberán sacrificarse, que “los anónimos” pueden esperar y que nuevamente están dispuestos a que el estado les garantice aspirinas para combatir el cáncer. El poder real (recursos económicos, alianzas y articulaciones con el capitalismo central, medios de comunicación, capacidad militar etc.) cuenta siempre con una correlación de fuerzas favorable: posee todos los recursos de poder fáctico y en principio, el futuro les pertenece.

En ese sentido es importante  observar que en El Plumerillo una de las claves estuvo en tratar de generar conciencia en los “de abajo”, en aquellos “criollos”,  “pardos” y “morenos” despreciados por el Orden colonial, en armar la logística sacándoles los recursos a los “de arriba”, a los beneficiarios del viejo Orden a destruir (a quienes no se les pidió permiso ni, como se dice ahora, se buscó consenso). Otra clave fue tener claridad del proyecto a construir, que estaba sopesado por la visión político, ideológica, histórica y cultural de la Logia Lautaro.

Hoy la realidad indica que cuando se salga de la cuarentena los problemas preexistentes estarán agudizados: la miseria, el hambre, la falta de trabajo. En el “mientras tanto” irán avanzando lentamente los acuerdos –como dice Pagni– a la baja salarial, a la flexibilidad, a la productividad, al trabajo remoto no conveniado. La desesperación no necesariamente genera conciencia del nosotres y el elles. Muchas veces sucede lo contrario: avanza el enfrentamiento entre los que tienen poco contra los que nada ya les queda. Ya lo vivimos. Nada es igual. La Historia no se repite.         

El punto es cómo dotar de poder a los de abajo, a las víctimas del orden existente. Esto remite a otro tipo de recurso de poder: una subjetividad, una conciencia sintetizada en organización con sus cuadros y militantes conscientes de un proyecto contra este Orden estructuralmente injusto. También recursos materiales: ayer fueron periódicos junto a uniformes, cañones y bayonetas.  Y todo amalgamado detrás de un objetivo estratégico: “seamos libres, lo demás no importa nada” fue la consigna que lo sintetizaba.  Para lograr ese objetivo fue claro que se les sacó a “los de arriba” y en ese gesto se anunciaba quienes serían las víctimas y quienes los vencedores en ese nuevo orden. Es decir, hubo señales claras, hubo un horizonte por el que valía la pena poner el pellejo.

Hoy no aparecen esas señales claras: aún no se utilizó la información existente en el Banco Central para auditar y determinar la deuda, sus indudables negociados y obtener recursos indispensables. Tampoco  se sancionó a “manu militari” un impuesto extraordinario que no puede esperar. Irrumpen dificultades para garantizar la comida en las barriadas.  Pero sí, se elogia a las FFAA y se les autoriza ciberpatrullaje. La duda es si así se acumulará  masa crítica para enfrentar al poder real. Salvo que el planteo sea administrar mejor respetando/aceptando/consensuando con ese poder real, como se viene haciendo desde 1974.   

“Los de arriba”, como poder real están armando desde su base de operaciones el diseño del país que según se proponen deberá recuperar su camino en las nuevas condiciones. “Los de abajo” sobreviviendo, tapando agujeros a la cómo se pueda, pero sin señales ni acciones que indiquen cómo será el mañana que se está decidiendo hoy. Y por ahora no hay un El Plumerillo porque no hay colectivos articulados en una Logia Lautaro. A comienzos del siglo XIX se declaró la independencia a contrapelo de la ofensiva contrarrevolucionaria. Hoy el mundo es un tembladeral.  Se leía colgado en un balcón de Italia una consigna: Trabajar menos/ Trabajar todes/ producir lo necesario/ distribuirlo todo. Hermoso horizonte. Será cuestión, como ayer, de hacer lo necesario, no lo posible.

(*) Profesor de Historia. Universidad de Buenos Aires

Fuente: https://www.diariosumario.com.ar/nacionales/2020/4/24/pagni-el-plumerillo-una-posguerra-sin-guerra-19175.html

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