No me veras arrodillado. Semblanza política de Eduardo Trasante

No importa quién es; importa más qué puede o qué hace. Lo que puede y lo que hace, eso es lo que es (Ignacio Lewkowicz)

La primera vez que escuché a Eduardo Trasante fue el 6 de enero de 2012, en la primera marcha por justicia ante el asesinato de Jere, Mono y Patom, frente a una columna enorme de gente que partió de tribunales hasta gobernación. Rosario/12 la retrató en tapa bajo el título “El nunca más de los barrios”.

En el instante en que el “papá de Jere” tomó la palabra se paró todo. La bronca, el calor, el cansancio, quedaron rendidos ante el sonido de su voz dantesca: “todos los que estuvieron implicados de alguna forma con la muerte de nuestros hijos, se llamen como se llamen, ocupen el lugar que ocupen, nadie va a quedar sin que dios baje su dedo y tengan que vivir en carne propia la justicia de dios”.

La diferencia entre Eduardo y el resto estaba en su trabajo pastoral de 20 años, que lo puso en otro lugar, le permitió pensar y pensarse dentro de algo mucho más grande que aquello para lo que se había preparado. No todas las víctimas tienen esa chance y él la aprovecho al máximo como salvavidas.

De ahí en más, marcha a marcha, la distancia con nosotrxs se fue acortando y su nombre también. Pasó a llamarse “el Edu” y a convertirse en la contracara del famoso “modelo Rosario”, la de las víctimas de la crisis de violencia y sus familiares, en su mayoría pobres, porque la violencia que salpica a Rosario avanza al paso de la desigualdad.

En ese espiral de violencia imparable perdió a dos de sus hijos, brutalmente asesinados y, colateralmente, por razones de salud, a su primera compañera Alejandra.

– “¿Alguna vez te preguntaste por qué a vos?”, se animó a decirle un periodista.

– “Sí, pero también me pregunté ¿Por qué no a mí?”

El Edu nunca se sintió tan especial. Era “zorro para evitar las trampas y león para asustar a los lobos”, como decía un viejo pensador. En algún momento de su lento peregrinar por las calles, tribunales, cárceles, hospitales públicos, entendió que “sus muertes” no eran obra del destino, sino que tenía protagonistas concretos, con funciones específicas dentro de un aparato perverso que reproduce crímenes y castigos sin ningún modelo de sociedad a futuro. Es puro presente y es trágico.

Entendió, antes que cualquier periodista, opinólogo o experto en seguridad, que su historia no era la de “una familia signada por la tragedia” sino la expresión material de un modelo de ciudad violento y desigual, contra el que había que pelear de alguna manera. Eso lo llevo a enfrentarse directamente con el Consejo de Pastores. “Me manifestaban serias dudas acerca de mi presencia en los reclamos que hacíamos en tribunales, como si fuera una especie de pastor piquetero, y me dijeron que la justicia quedaba en manos de dios”.

Se enfrentó a la tensión entre política y religión. El dilema entre conseguir justicia marchando, querellando, visibilizando un conflicto o esperando la sentencia divina cuando a los culpables les tocara encontrarse cara a cara con dios, tal como le pedía su Fe. “Ese día rogué que ninguno de ellos tuviera que vivir en carne propia lo que yo había vivido con la muerte de mi hijo”.

El Edu se convenció de que había que comenzar por redefinir la noción de justicia y su ámbito de aplicación: la tierra. Comenzó a percibirse como un sujeto político y a repetir hasta el cansancio que “la fe, sin obras, está muerta”. Especialmente cuando le preguntaban por qué caminaba junto al M-26 y luego Ciudad Futura. Ante la duda, siempre reivindicaba el hacer como modo de desbordar cualquier conflicto o contradicción ideológica.

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“No los quería, para mí eran los hippies que me sacaban a mis hijos, me daba celos. Cuando noté que a Jere le hacía bien estar ahí, lo dejé, pero aun sin estar convencido. Después del 1 de enero de 2012, todo cambio. Mientras mis colegas pastores me cerraban las puertas, ellos se convirtieron en los principales portavoces del pedido de justicia, y yo sentí que tenía que estar ahí, que no podía no acompañar a quienes estaban dando la vida para conseguir lo mismo que quería yo”

Se conectó con uno de los componentes más profundos de la militancia al tomar una parte de su vida y dejarla en suspenso por una causa trascendente. Hacer que la memoria de tres pibes militantes siguiera en pie, recordándonos, cada primero de mes, que en la ciudad donde vivimos muchos mueren para que unos pocos ganen plata, poder y prestigio.

Gracias al Edu y el resto de familiares de víctimas, el reclamo por seguridad evolucionó de pedir penas más duras a poner el acento en otro tipo de respuestas, ligadas a la corrupción policial, el elitismo de los jueces y la ausencia del Estado. Los carteles que lo rodeaban expresaban más dolor que gritos de venganza ni represión: “Queremos que se haga justicia, no costumbre”, “Soy la voz de los que ya no están”, “Rosario sangra”.

“Después del asesinato de Jeremías y Jairo, cuando empecé a acompañar a otros familiares, vi como un cajón de madera podrida se desfondaba y el cuerpo de un chico caía adelante mío. Ese día me di cuenta que ni siquiera podíamos llorar a nuestros muertos en paz”. La Ley de Víctimas, que hicimos juntos en 2014 y se aprobó dos años después como Oficina Municipal de Asistencia y Empoderamiento, es sin dudas su legado.

Pero el sufrimiento no es un lugar compartido sino un dolor demasiado particular que, por sí solo, no alcanza para acercarse a un objetivo. Tenía que haber algo más que ser el testimonio del sufrimiento de la ciudad.

“Querido Daniel, vos desde tu lucha y yo desde la mía, podemos decir que lo que no le falta a Ciudad Futura es la bendición de dios”, le gritó feliz desde el escenario de Sportivo América al padre Daniel Siñieriz en el acto fundacional de Ciudad Futura, allá por marzo de 2013. Más que un acto de fe ciega, la “bendición de dios” era un espaldarazo. Nos estaba diciendo que SI, que iba por ahí, que además de marchar y pelear en tribunales había hacer surgir de las cenizas “un movimiento que le dé un giro a la ciudad presente” como cerró ese día su discurso.

Ya había tomado la decisión de acompañar el camino de la disputa electoral y en la lista que cosechó 90 mil votos en 2015 ocupó el quinto lugar, desde la retaguardia. Hasta se dio el lujo de vaticinar el batacazo electoral. “Porque no es de los ligeros la carrera, ni la guerra la ganan los fuertes. Porque tiempo y oportunidad, a todos les llega. ¡Este es nuestro tiempo, Ciudad Futura!”.

¿Cómo llegó a ser candidato? No fue una decisión de un día, sino el resultado de un tránsito. La militancia compartida durante las 35 marchas y la victoria ejemplar del juicio del Triple Crimen en diciembre de 2014, sumado al trabajo para la aprobación de la Ley de Victimas en 2016, transformaron el apoyo en protagonismo. Con el correr de los años, el Edu comenzó a formar parte de numerosas decisiones cotidianas como también de horizontes compartidos: un mundo donde la justicia fuera más allá de un juicio, y que la política, autónoma de intereses privados y corporativos, se convirtiera en un instrumento importante para lograr transformaciones profundas.

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Como en Ciudad Futura las candidaturas no son fruto de un focus group sino una apuesta política, una expresión de los procesos políticos de la organización en un momento dado, la lógica marcaba que en ese momento le tocaba al Edu hacerse cargo de esa responsabilidad de encabezar la lista. Nos dijeron que estábamos locos, que tenía que encabezar Juan otra vez y hacer la plancha porque no nos iba a votar nadie.

“Decidí ser parte de esta utopía que es no ser mero espectador, sino actor con un gran compromiso, que es trabajar junto a miles de comprometidos militantes por la ciudad futura que necesitamos y queremos” dijo en el lanzamiento de su candidatura, donde algunos infiltrados abrieron los ojos grandes como sapos al enterarse de la noticia.

Nadie, absolutamente nadie, se fumaba que el Edu estuviera ahí, en ESE lugar, excepto nosotrxs y la gente humilde de los barrios populares, donde caminaba como pancho por su casa entre abrazos y mates. El resto, aquellos que se creen jugadores de grandes juegos, lo prefería como víctima, como testimonio de la tragedia, pero no “haciendo política” ni construyendo futuros. Porque los blancos, incluso progres, también odian cuando pierden privilegios. “Se siente un aire enemigo rechinando los dientes” decía entre risas.

Hacia adentro de Ciudad Futura, en cambio, el debate fue intenso pero muy cuidado, responsable, distrito por distrito. No fue soplar y hacer botellas, tuvimos que lograr esa mágica síntesis entre no pensar igual en todo y al mismo tiempo poder compartir un proyecto colectivo. Gracias a esa madurez y solidez política, cuando tocó salir a la cancha, lxs compañerxs, sobre todo lxs más jóvenes, hicieron historia con una campaña memorable, incluyendo a quienes estaban menos convencidxs. Hay cientos de fotos que lo atestiguan.

Recorrió todos y cada uno de los barrios populares. Nos acercó al mundo evangélico, tan esquivo a las organizaciones políticas de izquierda, donde conocimos cientos de iglesias, casas de oración, pastores pentecostales y bautistas. Nadie entendía nada y fue hermoso. “Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán: Trasante corazón del pueblo”, decía la bandera con la que fuimos a darle un último abrazo antes de las elecciones, en la misma casa que hoy es escenario de un crimen mafioso.

En medio de un retroceso brutal del caudal electoral de todas las fuerzas progresistas a manos del PRO, el Edu juntó 50.000 votos y entró al Concejo con resto. “Una victoria poderosa”, tal como prometió en el cierre de cada acto.

Le tocó un año “difícil” para ser concejal evangélico de una fuerza de izquierda. El 2018 estuvo atravesado por la discusión del aborto a nivel nacional. Recibía constantes presiones de los grupos pro-vida para posicionarse públicamente en contra, pero no lo hizo, jamás participo de ninguna movilización celeste.

Siguió en la misma senda que la campaña: barrio adentro, llamando a recuperar las calles contra las corporaciones delictivas que nos las robaron. Armó equipo con Gabriela Durruty (abogada a cargo de la querella por su asesinato) para asistir jurídicamente los cientos de casos que le llegaban por distintas vías. Le esquivó al escritorio del Concejo haciendo base en los distritos de Ciudad Futura, más cerca de sus territorios, donde se sentía más cómodo. Un trabajo que nunca interrumpió, aun en los momentos más difíciles.

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Los que lo querían mucho se enojaron y quienes no lo querían se relamieron cuando desde Ciudad Futura hicimos publica la denuncia de acoso y la aplicación del protocolo preventivo de violencias de género, que implicaba correrse voluntariamente del lugar de representación y seguir trabajando, pero desde otro espacio.

Sería muy largo y no es el objetivo contar aquí qué dice cada artículo de los protocolos contra la violencia de género y como se trabaja frente a las conductas machistas dentro de las organizaciones políticas, ni explicar por qué no creemos en el punitivismo, o profundizar sobre el significado de abordar conflictos desde la perspectiva de la víctima y no desde la conveniencia del denunciado.

Sí es importante decir que fue la decisión más dolorosa, pero, a su vez, la más sencilla que nos tocó tomar en todos estos años. La otra opción era omitir la voz de la persona denunciante, revictimizarla, esconder debajo de la alfombra los conflictos y las contradicciones que a todos nos atraviesan por vivir en una sociedad patriarcal. El clásico “pacto de silencio” con el que la política resuelve todo y así nos va. Porque machismo hay en todas partes, pero la diferencia con las organizaciones que nos proponemos cambiarlo todo es el tipo de respuesta que damos ante eso.

Para los cientos de militantes que estuvimos presentes, que participamos, hablamos y lloramos en esa asamblea, no hubo dudas sobre la definición. Y, aun así, no recuerdo otra fuerza política que haya hecho renunciar a un concejal, un diputado, un referente político, de la manera que lo hizo Ciudad Futura, públicamente y de cara a la sociedad. Muchísimo menos recuerdo a un referente político ni a ningún militante varón que, como el Edu, haya asumido la situación que le tocaba de la manera que lo hizo.

Ojalá alguna vez, cuando pase todo esto, lxs compañerxs que continuaron trabajando y militando junto al Edu puedan contar algo de todo lo que vivieron en este tiempo hasta el lunes pasado que hablamos por última vez. Porque en ese vínculo que pudimos de-re-construir y que sostuvimos hasta el final, está la prueba empírica de que los protocolos no son un linchamiento, ni significan empujar a nadie al vacío. Por el contrario, reafirmamos que el feminismo llegó para hacernos mejores, como organización y como personas. Y que esa transformación duele, sin excepciones.

Pero nunca se bajó. Podría haberse ido, con resentimiento y orgullo, a inflar las filas de cualquier aventura política nefasta, que abundan en la provincia de Santa Fe. Tuvo más de un ofrecimiento. Incluso podría haber encabezado cualquier lista si así lo habría querido. Pero no. Nunca se fue. Porque Edu sentía que no tenía el derecho a bajarse, y estaba convencido de que había posibilidad de que algo cambie de verdad, de que su ciudad dejara de ser funcional a intereses personales y económicos. Y que eso no podía hacerse con los métodos de la política tradicional, que conocía de sobra.

“Ustedes y los que vengan después, tendrán una base construida, y seguramente una ciudad mucho mejor” les dijo a lxs pibxs de la escuela Ética.

Su muerte parece alertarnos que sucedió todo lo contrario, que estamos en una ciudad peor, donde “tenemos que salir a pedir justicia por los que pedían justicia, y a cargar la foto del que antes llevaba las fotos”, como dijimos estos días.

Como sea, hoy nos toca darle a la figura del Edu un refugio, no solo en el corazón o en la memoria, sino en nuestra conciencia política, para nutrirla con su experiencia, llena de buenas, malas y feas. Buscar en el fondo de su biografía política aquellas cosas que conectan con verdades profundas.

La verdad profundamente política de Eduardo Trasante es haber formado parte protagónica de una lucha colectiva para reconstruir ese destramado violento y desigual que es hoy la ciudad, para superar la desintegración y la fragmentación. Y si su nombre sigue en pie detrás de esta lucha, ha sido por empeño suyo, por la grandeza de su sencillez y por la incondicionalidad de su entrega.

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