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El Paraíso Rojo

Cuenta la leyenda que Prometeo le robó el fuego a los dioses para entregárselos a los mortales. Por esa acción fue castigado por toda la eternidad. Parece ser que Prometeo tuvo clara conciencia de la grieta entre mortales e inmortales. Pretendió cerrarla. Quizá esa grieta no pueda ser cerrada mientras el fuego, todos los fuegos, sean la propiedad privada de clases sociales antagónicas. Pero al menos, las fuerzas empiezan a equilibrarse.

En diferentes momentos de la historia, los fuegos de los mortales decidieron el combate contra los fuegos de los inmortales del poder. Los capitalistas que son los que gestionan el pequeño y gran capital. Los capitalistas pasan y el capital privatizado queda. Mientras pensaba estas cosas, recordaba los versos del Martin Fierro. “estas cosas y otras muchas, medito en mis soledades, sepan que no hay falsedades, ni error en esos consejos, es de la boca del viejo, de ande salen las verdades”.

No estoy demasiado seguro que un viejo que tiene asignada una jubilación mínima puede decir demasiadas verdades. Y si la dice, apenas tiene un fueguito, no más intenso que la llama de un fósforo, para propagarlas. Pero estas ideas, son las que me sirven antes de internar dormir. Que siempre me resultó difícil. Lo que se complementa con la dificultad creciente de despertarme. No puedo estar seguro si lo que sucedió después es producto del soñar despierto. O si alcanzamos cierta dimensión de los sueños cuando estamos en una lucidez poco usual. Una híper lucidez que nos abre a otros estados de la mente.

Alguna vez leí, que los portales por donde transitamos las paradojas del tiempo y el espacio, se abren cada 25 años. Maldije mi dificultad para recordar citas en forma textual. De todos los paraísos posibles, solamente los fiscales fueron objeto de mi constante cuestionamiento. Dentro del horizonte de lo posible terrenal, el paraíso es una idealización del valle de lágrimas al que hemos sido arrojados por la divinidad. Los lugares extremadamente agradables, habitualmente son definidos como “paradisíacos”. Hemos atornillado paraíso con el alto y desenfrenado consumo de productos caros e inútiles. En ese estado que ahora pienso como el despertar incompleto, donde el soñar le pone un velo a la lucidez, empecé a escuchar un piano.

Pugliese en La Habana

Bueno, debo decir que empecé a escuchar al piano. El que me había deleitado durante décadas. Si la mirada no me ayuda, el oído fue mi lazarillo. Me fui acercando de tal modo que las melodías, el ritmo, las intensidades musicales, eran cada vez más nítidas. Cuando pude mirar con más precisión, su figura resaltó inconfundible. El maestro se deleitaba con esa prolongación de su cuerpo que es el piano. Y deleitaba a las y los camaradas que habitan ese espacio. Había encontrado al paraíso rojo. Me di cuenta que nada tenía que ver con los folletos de las empresas del gran turismo internacional, ahora en retiro efectivo.

Camaradas de distintas generaciones, épocas, momentos históricos, con muchas derrotas acumuladas, y con algunas victorias contundentes, eran la memoria histórica palpitante y viviente de los combates contra los poderes inmortales en la tierra. Si la poesía es otra de las armas de la revolución, la música también. Las 4 situaciones de producción de verdad son el amor, el arte, la política y la ciencia. Y la verdad es lo más opuesta a la moda. Las verdades que la humanidad ha construido en siglos, verdades quedarán.

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La revolución en ritmo dos por cuatro. Revolución tanguera para ser bailada. A 25 años de la entrada de Chispita al Paraíso Rojo, recordamos su vida. Diría vivimos su vida, Su pasión. Su coherencia, su consistencia y su credibilidad. Tan creíble que la buena suerte es invocada con el “¡pugliese, pugliese, pugliese!”.

En el paraíso rojo están solamente los que vivieron a puro deseo. No renunciaron por la imposición de ningún mandato. El arte verdadero nada sabe de mandatos. Y muchos menos de los mandatos que los inmortales les han marcado a los mortales de todos los tiempos. El arte es una parte de ese fuego arrancado a los dioses. El arte seguirá ardiendo. La Internacional seguirá siendo cantada más allá de la caída de cualquier bloque y de cualquier muro. Y La Yumba también. Me seguí acercando a ese altar con teclas que es el piano del maestro. Me observó sin mirarme. De todos modos, sentí la fuerza de su presencia.

Aunque me sentí mal con la comparación, Osvaldo me parecía un caballero Jedi con anteojos. Cuando alguien tiene que decir muchas cosas, lo mejor es callarse. Porque lo que deseamos decir, como la vida, encontrará su tiempo para darse paso. Desde ya corremos el riesgo de quedar callados para siempre. Pero en el Paraíso Rojo él “para siempre” puede ser apenas unos segundos. En el Paraíso Rojo Osvaldo recordó que compuso más de 150 temas, algunos muy famosos como RecuerdoLa BebaNegrachaMalandraca y su himno La yumba. Además grabó más de 600 temas de otros autores.

Que por su orquesta pasaron cantores de la talla de Roberto Beltrán Roberto ChanelAlberto Morán, desde 1944, Jorge VidalJorge MacielMiguel MonteroAlfredo BelusiAdrián Guida y Abel Córdoba.

-Las brumas del tiempo le trajeron las imágenes de 1985. Logré lo que nadie hasta entonces: el 26 de diciembre de ese año, para festejar mi cumpleaños número 80, mi orquesta tocó en el conocidísimo Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires, lugar reservado casi exclusivamente para la música y lírica académicas. Tengo todavía las imágenes del teatro repleto de público viéndome interpretar obras de mis, por entonces, 46 años ininterrumpidos de actividad. Con una sonrisa recordó que hasta tuvo tiempo de reconciliarse con el rock nacional. En realidad, creo que Chispita pudo admitir que otras chispas también saltaban para encender las brasas de la bronca, la luchas por todas las formas de injusticas, para acompañar con canto y baile las luchas que llegarían.

Ya estaba decidido a saludarlo, cuando, una vez más, me ganaron de mano. Un hombre decidido, que transmitía mucha convicción, prácticamente lo levantó con un abrazo. Tal era el afecto que transmitía, que Chispita respondió al abrazo. Por esas extrañas razones que solamente en el Paraíso Rojo pueden entenderse, los dos hombres lloraron sobre el hombro del otro.

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“Camarada…cuantas décadas esperando este abrazo”. Osvaldo lo miró. Buscó en el archivo inmenso de sus recuerdos. Aunque estaba convencido, quiso decirlo como pregunta. “¿Vos sos Aníbal? La mirada penetrante de Osvaldo era imposible de esquivar. “Así es. Mi nombre en la militancia”. Cuando dos camaradas se encuentran, hay una resonancia inmediata. Chispita quiso preguntarle. “Anibal, ¿como te trató el peronismo?” “Bueno, esa pregunta se contesta sola. Bastante mal….sobre todo cuando la sección especial para luchar contra el comunismo tenía el poder de los inmortales.”

Con la risa que es apenas una forma de metabolizar viejos dolores, Osvaldo recordó que tanto en los 50 como luego en la autodenominada revolución libertadora estuvo censurado. “Los comunistas somos el verdadero hecho maldito del país burgués” acotó Anibal. Osvaldo lo miró con atención, “antes seguro…Tengo el carné 108 del partido comunista. Y el número 5 del sindicato de músicos. Nunca pude entender el arte y la política separados….disociados. Quizá por eso siempre me consideré un trabajador, un laburante…Eso es lo que fui…Bueno…lo que soy”.

Pugliese recuerda su ingreso al Partido Comunista

Anibal no pudo menos que estar de acuerdo. Recordó sus discusiones cuando sostenía que Pugliese era mejor músico que Troilo. Lo que más lamentaba Anibal era que siempre se consideró un “pata dura”. Incapaz de bailar, y menos un tango o una milonga. Osvaldo lo miró con intensidad. “Mi trayectoria fue pública. Me parece que la tuya no tanto. Estoy seguro que te vi en alguna reunión en el Comité Central”. Anibal respondió: fui guardia personal del Che. Trabajaba en la seguridad de los camaradas. La clandestinidad era una vecina frecuente. Mi nombre es Cacho Antinori”. “Chispita” reaccionó con intensidad. “Quizá gracias a vos yo viví tanto tiempo….Y sigo viviendo en este Paraíso Rojo”. Anibal “Cacho” le dio un abrazo y se alejó unos metros. No quería dejar pasar esa oportunidad. “Maestro: quiero saber si sigue pensando que “¿Profeta, yo? ¡No!: soy un laburante como cualquiera, ni más ni menos (…). Soy un poroto, un tornillo de la máquina tanguera (…)”.

-“Soy un laburante porque así hay que defenderse en la vida. Los músicos dejaremos de ser laburantes para ser trabajadores sólo cuando cambien las condiciones políticas y el sistema, pero ahora no”.

– “Nunca me considero un artista, sino un laburante de la música. Y un laburante bastante cómodo, porque trabajar, trabajan los de las fábricas, el puerto. Pero digo que siempre me sentí uno más”.

-“La orquesta la armé en el 39. Me acuerdo que al poco tiempo ya tenía bailarines que me seguían y gritaban, ¡ese, ese, ese, la barra de Pugliese! Me gustaba pero yo me decía ‘quédate ahí Osvaldo, no te agrandés, no fanfarronées’. Había veces que estaba en cana y me reemplazaba en el piano un primo mío que era policía”.

-“Yo formé el sindicato nuestro en el año 35, porque hasta entonces los músicos populares no lo habíamos tenido. Fue un movimiento monstruoso, pero como consecuencia de la falta de experiencia de algunos, empezaron las divisiones. Sin embargo, recuerdo que todos demostraron siempre combatividad y finalmente se consiguió mejor salario, descanso semanal y finalización de la jornada laboral a las cuatro”.

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-“Más que la fama, importa situar a la gente dentro del corazón. Yo he trabajado desde pibe, y la gente ha simpatizado con este carcamán que soy, pero no me siento superior a nadie. Cuando veo a los que trabajan en la calle, con el martillo, con la pala, pienso siempre que son trabajadores y arquitectos de la vida”.

Me hubiera quedado una eternidad con el maestro. Pero sentía que no tenía derecho a permanecer en ese Paraíso Rojo. Tampoco entendía bien como había llegado. Siempre fui de izquierda. Pero me costaba asumir mi identidad comunista. Algo así como una conciencia culpable. Los enfrentamientos en el campo de la izquierda han sido y son tan crueles como los que hemos tenido con las derechas liberales y las derechas fascistas.

La cultura represora anidó en nuestras políticas creando infinidad de mandatos, amenazas, culpas y castigos. El arte por fuera del realismo socialista muchas veces fue exiliado. Quizá por eso tenga la sensación de ser polizonte en este Paraíso Rojo.

Pero imposible negar que estar entre tantos camaradas, haber escuchado de cerca al maestro Osvaldo, haber disfrutado de su música preñada de fuego inmortal, calentaron mi alma. Enfriada por los inviernos liberales y la fugaces primaveras progresistas.

Tenía ganas de preguntarles a las y los camaradas si alguna vez el maestro había tocado, con ritmo de 2 x 4, La Internacional. Como tantas veces, me quedé con las ganas. Mientras me debatía en esa duda poco metódica, escuché que nuevamente Chispita se acerca a su arma de construcción masiva: el piano. Los acordes de La Yumba sonaban con el eco de la eternidad. Me sorprendí cuando vi a Cacho “Anibal” Antinori, invitar a una camarada a bailar. “Miren al patadura” dijo en un susurro Osvaldo. No pude menos que sonreír. La música es el único idioma que no necesita traducción. La aprobación sonriente de Chispita a Anibal me dio el placer de una retirada silenciosa. Volvería al Paraíso Rojo, pero entonces sería para quedarme. Tampoco supe si desperté o volví a dormir. Después de todo, un Paraíso Rojo tiene la misma materialidad que una nota musical. No se trata de leerla, sino de escucharla. Cuando lo vuelva a ver, quiero llevarle al maestro la idea de un tango para piano y orquesta: Paraíso Rojo. Estoy seguro que va a aceptar componer la música.

Julio/2020

Alfredo Grande. Médico psiquiatra, psicoanalista, actor y docente. Miembro de Honor de la Sociedad Cubana de Psiquiatría. Fundador de Atico cooperativa de trabajo en salud mental. Es redactor de la Agencia de Noticias Pelota de Trapo y conduce junto a Irene Antinori el programa radial “Sueños posibles”. En 1993 escribe un artículo titulado “El Edipo después del Edipo” lo que marcó el inicio de su desarrollo teórico y político al que llamó psicoanálisis implicado. Entre sus 9 libros publicados se destaca: “Psicoanálisis Implicado. La marca social en la clínica actual” (2002), “Cultura represora y análisis del super yo. Hacia un psicoanálisis del oprimido” (2013), “Cultura represora: De la queja al combate” (2015) y “La cultura represora y la revolución” (2018), entre otros.

Actualmente es director del colectivo teatral “Teatro x Psicoanalistas”.

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