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Los tangos, entre la condena y la ovación

Se definía a sí mismo como un laburante de la música popular, un rasca atorrante, un poroto, un tornillo de la máquina tanguera. Ese, era el gran Osvaldo Pugliese, el que no permitía que lo llamaran maestro y que sin embargo, como una respuesta a la ovación de cada noche: ¡al Colón! ¡Al Colón! llegó hasta allí de la mano de su público, con su piano y su orquesta. Con un aire decareano había recorrido los clubes de los pueblos suburbanos seduciendo a los trabajadores de la baja clase media y descollando en la década de oro donde el tango fuera fiesta y entusiasmo popular. Y ahora su estilo inconfundible brillaba en ese escenario, con el modo propio de acentuar, el tono picado tan apreciado por los bailarines y el golpe de bandoneón revitalizando esa especie de himno nacional de los milongueros: la Yumba.

Y así como música y política habían sido inseparables en la vida del Maestro, reconocer esa muestra popular en el seno de la “Alta cultura” nacional, empuja a repensar la estrecha relación entre la genealogía tanguera y la historia política y social de la Argentina. Sin dudas, el tango, insuficientemente valorado como acontecimiento político singular, ha callado, ha enfrentado o se ha abrazado a cada suceso histórico relevante y ha dado lugar a la producción de múltiples discursos y dispositivos que lo incluyen y lo afectan.

Nace procaz durante la organización del Estado nacional, adecenta los pasos y moraliza sus letras con el radicalismo y luego de celebrar con el pueblo trabajador durante el peronismo, se moderniza a partir del 55, de la mano de Piazzolla. Un sinuoso camino de encuentros y desencuentros, golpes y revoluciones, agravios y aplausos.

El aluvión menos pensado

Y, si hubo un rechazo inicial que dio lugar a la futura condena del tango -y a su atracción- es preciso rastrearlo desde un momento fundacional: 1880.

Según algunos historiadores, es la fecha en que nace la Argentina moderna y en la cual, la oligarquía ganadera, debe sentar las bases del Estado para insertarse en el mercado internacional. Y este es un punto clave, porque ese proyecto, no sólo precisará capitales del exterior, sino también brazos que aporten su energía. Para ello, se alentará el arribo de una “gigantesca multitud” que tendrá un fuerte protagonismo, tanto en la vida social, cultural y política del país como en los inicios del tango.

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Los “intelectuales gentleman1 apoyarán en coro la idea “progresista” de trasplantar una población “calificada” que contribuya a finalizar con la “barbarie y el atraso”. Así, se concretarían los ideales modernizadores: poblar “el desierto argentino” y a la vez enriquecer la cultura local mediante la” calidad superior” de la raza blanca europea anglosajona. E irán por ella. Para su decepción, los que llegan son amplios contingentes de desocupados pobres del sur y el este europeo -italianos, españoles, franceses, sirio libaneses, polacos, rusos- Muchos de ellos portadores de ideologías contestatarias y contrarias al sistema capitalista. Ni tan preparados ni tan sumisos.

E. Rodriguez Larreta dirá: esa turba dolorosa que arrastra todas las sombras de la ignorancia, y sus pares agregarán: alud, aluvión, avalancha, tropel, horda, malón, caterva y -por qué no- estiércol.

“Verano porteño” Piazzolla por Pugliese

La mayoría son varones solos, que entre 1887 y 1914 suman 120 hombres por cada 100 mujeres, jóvenes que desembarcan ilusionados por las promesas de bienestar. Algunos piensan en regresar a su patria,2 otros quieren quedarse a probar fortuna, aunque la mayor parte, que carece de instrucción, sueña con acceder a un pedazo de tierra. Pero esa tierra ya tiene dueños y deberán ubicarse en los centros urbanos donde encuentran trabajo en pésimas condiciones, mal pagos y hacinados en conventillos insalubres e insuficientes.

La amenaza cosmopolita

La población crece rápidamente y la ciudad cambia su cara. La repulsa hacia los recién llegados sigue su curso, primero será la extrañeza, después la burla, luego el rechazo hacia sus lenguas, ropas, comidas, música, ideologías y a sus costumbres “malsanas”. La decadencia se avisora como final predecible.

Y si hay actores políticos y sociales que participan en la conformación de esos fantasmas, allí está la alianza cultural entre los funcionarios estatales y los escritores universitarios, desde cuyo espacio se sentencia y se produce lo que se considera monstruoso. En nombre de la Alta Cultura y la Moral, se demoniza a toda aquella o aquel que vaya a contramano, de manera que el Otro diferente y todas sus secuelas temidas son ubicados en el campo estigmatizado de lo peligroso y convertidos en amenaza.

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Los criterios “científicos” colaboran definiendo a los inmigrantes como individuos extraños que vienen a hacer la América (¿a devastarla?) carentes de las aptitudes “naturales y biológicas” moralmente necesarias. Los señalan como responsables de una “enfermedad social” que encierra el contagio, la infección, la degeneración racial, la inversión sexual y la disolución social y familiar. Demasiado, la sentenciaestá echada a rodar.

Ese amasijo grosero y amoral

Finalmente, la condena alcanza al tango como el producto más infame de esa mezcla peligrosa a la que sugestivamente Carlos Mina llamará mezcla milagrosa.3

Sus letras y su baile forman parte de los “desvíos”, sexuales y políticos de los inmigrantes, la exteriorización baja de un puchero misterioso4 que hierve incesante dentro de esa sociedad conservadora y prejuiciosa. El Sexo está presente, no sólo en los meneos lujuriosos que los discursos moralizadores reprueban, sino en la realidad de los miles de prostíbulos, los proxenetas impunes, las prostitutas esclavizadas, los invertidos inquietantes.

La “mala vida” convoca a los hombres solos y a los otros -para desahogar los instintos- y ahí está el tango prostibulario mezclando “milagrosamente” clases, razas, lenguas, títulos y trabajos.

Sus primeras versiones soportan ofensas y ataques, por sacar a luz un desenfado variopinto que molesta y que, a la vez, enciende el ataque de aquellos mismos intelectuales que, mientras visitan y encubren los burdeles, arremeten con los enfoques “objetivos y neutrales” de sus novelas y conferencias. Apuntan sin descanso, en primer lugar a los italianos y luego, a sus “incultas” expresiones, tano y tango comparten los adjetivos más descalificadores: amoral y grosero.

Y con esos motes irrumpen los tangos, codeándose con sus parientes cercanos, el sainete, el teatro y el circo criollos aunque, siempre, como los más urticantes de la familia.

No hay acuerdo sobre su cuna, si fue en los interiores y los patios de los burdeles, esa antesala del pecado o en esos focos de infección llamados conventillos. O quizás fue en los piringundines y las academias, en éstos o en otros al mismo tiempo. En todos los casos, se cuenta que el tango nació como creación colectiva en el suburbio pobre de la ciudad donde eran frecuentes la delincuencia y la prostitución. Y fue esa relación primigenia con la sordidez y la inmoralidad la que contribuyó a configurar aquel mito inicial que lo asoció con lo prohibido y con el tenebroso arrabal, relato que con los años ha comenzado a cuestionarse.

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En lo que respecta a su prohibición: “No se conoce ninguna disposición municipal o edicto policial impidiendo bailar ninguna danza en particular, ni siquiera el tango, se prohibía o autorizaba bailar a secas”.5 En cuanto a su ubicación, no sólo recorría toda la ciudad sino también algunos lugares del interior y en los primeros años del siglo XX ya podía escucharse en el exterior.6

Con respecto a la exclusividad de las clases bajas o marginales en sus comienzos, se conocen testimonios acerca de la presencia de miembros de la clase alta7, personajes que invocando la Moral cuestionaban el Sexo y denostaban al tango, mientras protegían los prostíbulos y disfrutaban de su baile.

De modo que, la leyenda iniciática no surgió por azar, sino que se produjo y se propagó desde el juicio sancionador de una élite que veía en ese “arte plebeyo”, como lo define Hobsbawm,8 la cara repugnante de un pueblo que, diferente y temible, lo creaba y lo consumía a contrapelo del decoro y la decencia oficiales.

Sin embargo, algún misterio debía ocultar ese “malsano exponente de la guaranguería nacional “, porque ni siquiera los” jailaifes”9 resistieron su tentación y, a pesar de los agravios, nadie pudo detener su paso hasta el Colón.

Carolina Córdoba. Socióloga. Especialista en Estudios de Género.

1 David Viñas llama así a los intelectuales del 80. Los “escritores gentleman” son aquellos cuya escritura es una prolongación de su postura sociopolítica. En esta etapa conforman una voz plural, un “aire coral” (Halperín Donghi) donde nadie sobresale. Eran abogados como Miguel Cané, Carlos Pellegrini, Lucio V. López, Ernesto Quesada; médicos como Eduardo Wilde, José María Ramos Mejía, y los había también dedicados a la literatura, el periodismo y a desempeñar cargos políticos.

22 J.Higa. Poetas, malandras, percantas y otras yerbas. Buenos Aires, Corregidor, 2015. Casi la mitad de los 5 millones de extranjeros que llegaron a Buenos Aires entre 1880 y1913 regresaron a su país de origen.

33 C. Mina: Tango, la mezcla milagrosa (1917-1956). Buenos Aires, 2007.

4 R. González Tuñón, Poesía reunida, Buenos Aires, 2011.

5 H. Lamas y E. Binda. El tango en la sociedad porteña .Argentina 1998

6 E. Binda. Algunas precisiones sobre la llegada del tango al extranjero. Academia Nacional del Tango. Bs.As. 2017

7 G. Varela. Tango y Política. Bs.As. Ariel. 2016

88 E. Hobsbawm: “Cada vez era más patente que el siglo XX era el siglo de la gente común y que estaba dominado por el arte producido por ella”. En La era del imperio, 1875-1914. Buenos Aires. 1998.

9 Jailaifes: lunfardización de la expresión inglesa high life, alta sociedad, para designar porteños de esa clase en las últimas décadas del siglo XIX (Gobello y Oliveri, Novísimo Diccionario Lunfardo, Buenos Aires. 2005).

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