Pugliese, alumno en la escuela de señoritas del bandoneón

Creo que los cumpleaños son las mejores excusas para armar un festejo. Y Buenos Aires es una ciudad que se la pasa de fiesta en fiesta, aunque a veces se nos vea un poco enojados, subiendo el volumen de las bocinas en las esquinas, empujando al distraído en la calesita del subte para ganar un asiento en ese tren que nos lleva a ningún sitio.

Buenos Aires, la ciudad de la calle con el agujero en la media que describió Tuñón, o la ciudad de la furia que cantó Cerati, es siempre la misma y al mismo tiempo cambia a cada instante.
Hubo un tiempo, que fue la época de tus abuelos o bis abuelos, en los que el tango le puso música a los barcos que llegaban con la barriga llena de obreros y de sueños.

Y, si bien en un principio el tango fue negro, habanero y arrabalero, pronto fue también baile de salones y, de la mano de la radio, acompañamiento en las cocinas y talleres.
Los primeros bandoneones llegaron entre medias y camisas en las valijas de los barcos que escupían inmigrantes en el puerto de la boca o Montevideo.

El bandoneón sopla aire dentro de un fueye y suena como la queja del que espera un futuro mejor. Por eso fue, muy pronto, el instrumento que le dio esa identidad potente y melancólica al tango y esa personalidad melódica y nocturna a la ciudad.

Dice Mario Benedetti:

“me jode confesarlo
pero la vida es también un bandoneón
hay quien sostiene que lo toca dios
pero yo estoy seguro de que es Troilo”

Anibal Troilo, el gordo bueno, el de las manos que titilaban como estrellas, o arrullaban como palomas, más buenas que el pan, blancas, pequeñas, temblorosas, Pichuco, que nació un 11 de julio, pero de 1914, el año de la gran guerra y pintó el tango con los colores de su bandoneón y ya nada volvió a ser igual para Buenos Aires ni para su música.

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Pero sería muy fácil quedarme acá. Decir que el día del bandoneón se recuerda por el día del cumpleaños de Aníbal Troilo. Quiero, en el día del bandoneón, traer la memoria de Paquita Bernardo.

“Adiós Bardi” Pugliese por Troilo

Creemos que Paquita nació en 1900. A los quince años comenzó sus estudios musicales y fue nomás cruzarse con el bandoneón y enamorarse de la dulzura de su cadencia. Paquita, la muchacha de temple audaz, vestía de varón, intempestiva, dirigió su orquesta, y en ella cobijó a un jovencísimo Osvaldo Pugliese.

Francisco García Jiménez le entregó sus versos, Carlos Gardel cantó sus melodías. Fue la primera mujer bandoneonista profesional del río de la plata. Escapó de su destino de costurera como se fuga el aire hecho canción por el fueye del bandoneón. Falleció muy joven, en 1925, enferma de tuberculosis, el destino frecuente de la clase trabajadora.

“Soñando” de Paquita Bernardo por Carlos Gardel

El día del bandoneón es el festejo del cumpleaños de Pichuco. Pero sabemos que el gordo era un tipo generoso y no le hubiera molestado que en tiempos feministas recordemos que el bandoneón es también asunto de mujeres. Porque el tango no nació varón, la verdad es que nació queer, ya que en su cuna los roles estaban mezclados. Y el bandoneón, hay que confesarlo, disidente, prohibido y torcido, no sólo le puso música a una época, sino que hoy vuelve a sonar, o a pintar, de la mano atrevida de las orquestas que en pleno siglo XXI le devuelven el fuego al aire que sopla el fueye para iluminar los rincones oscuros del presente.

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Foto: Paquita Bernardo.

Leo Rodríguez. Periodista under, iconoclasta y editor.

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