La construcción del enemigo.

Documental sobre un caso emblema de la coordinación entre medios y dictadura

Alejandrina Barry no había cumplido los tres años cuando fue tapa de revistas. Sus padres habían muerto en un operativo conjunto de las fuerzas armadas argentinas y uruguayas realizado en Montevideo para el 15 de diciembre de 1977. La imagen de Alejandrina, una rubia flequilluda, pobló las revistas de la editorial Atlántida, mostrándola como una víctima inesperada del “terrorismo”. Su caso es un emblema de las operaciones psicológicas llevadas adelante por la dictadura en coordinación con los medios.

Cuarenta y dos años después, Alejandrina es la protagonista de La construcción del enemigo, una película dirigida por Gabi Jaime que acaba de estrenarse en la plataforma Cine.ar. El documental transita por la coordinación entre las dictaduras del Cono Sur y sus medios, pero también por las continuidades en las prácticas de inteligencia aun en democracia.

Alejandrina nació el 19 de marzo de 1975 mientras su mamá, Susana Beatriz Mata, estaba detenida en el penal de Olmos. Maestra de primer grado y militante gremial docente, había sido detenida a fines de 1974 para ser alojada en el Pozo de Banfield, que empezó a funcionar como centro clandestino de detención mucho antes del golpe de Estado de 1976. Susana y su compañero, Juan Alejandro Barry, eran militantes montoneros.

En diciembre de 1977, una patota de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) viajó a Uruguay para secuestrar a un grupo importante de militantes que estaban allí. A algunos logró capturarlos y traerlos a Buenos Aires, como a Jaime Dri o Rosario Quiroga. La versión oficial dice que el padre de Alejandrina fue asesinado en el operativo y que la madre ingirió una pastilla de cianuro. Nadie puede asegurarlo. Susana estaba en ese momento al cuidado de Alejandrina y otras dos nenas, hijas de las otras parejas.

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“Alejandra está sola”, decían las revistas de la editorial Atlántida, que le dedicaron varias notas. Las publicaciones la mostraban como una víctima de padres que la habían despojado de todo, incluso de un apellido y de una familia, por abrazar la militancia. La imagen de Susana fungía como una contrafigura de las Madres que ya desde hacía varios meses caminaban por Plaza de Mayo ante la desaparición de sus hijos, dice la investigadora Cora Gamarnik en el documental. Las publicaciones sobre Alejandrina eran estrictamente funcionales para los jerarcas de la dictadura, interesados en contrarrestar un reclamo que ya empezaba a conocerse más allá de las fronteras.

Durante la investigación para la película, Alejandrina –militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y actual legisladora porteña– descubrió que su caso también ocupó páginas completas en los medios uruguayos. Incluso hay fotos – similares a las que hacían los estudios fotográficos en los años ’70– del momento del reencuentro entre la niña y su abuelo paterno.

La película bucea en una búsqueda personal por reconstruir las identidades de sus padres –lo hace a través de su tío paterno y de tres docentes que militaban con su madre–, así como en la asignación de responsabilidades a los medios que actuaban en coordinación con la dictadura. Aparece el testimonio del periodista Diego Genoud –que investigó la editorial Atlántida de los Vigil–, diciendo que los trabajadores de prensa cargan con una responsabilidad mayor al diseminar mensajes.

El otro gran eje del documental pasa por la persistencia de las prácticas y de los aparatos de inteligencia. Alejandrina encuentra en el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA) su ficha con la de sus padres. La de ella, en plena democracia, por haber sido detenida mientras se manifestaba por la presencia de Bill Clinton en Buenos Aires. Ella también era catalogada entonces como una “DS”, es decir, una delincuente subversiva. Un pedido de Alejandrina a la entonces Secretaría de Inteligencia (SI) fue también la señal de que los servicios conservaban los archivos de los años del terrorismo de Estado.

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La construcción del enemigo reabre una discusión sobre el rol de los medios en el genocidio y sobre la capacidad de la justicia para investigar y castigarlo. Como Alejandrina, Thelma Jara de Cabezas también fue una protagonista involuntaria en las páginas de la revista Para Ti de Editorial Atlántida, cuando la sacaron de la ESMA para llevarla a una confitería a dar una entrevista que apareció publicada como “Habla la madre de un subversivo muerto” en la víspera de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). En octubre de 2014, el secretario de redacción de esa publicación, Agustín Juan Bottinelli, fue procesado, pero la decisión terminó revocada por la Cámara Federal. Mientras tanto, los querellantes siguen aportando pruebas con la esperanza de que el Poder Judicial investigue.

Fuente: El coehete a la luna.

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