La marca de la bestia

En menos de una semana, ha habido por lo menos 27 víctimas de masacres en el suroccidente colombiano: cinco en Cali, ocho en Samaniego, doce en Ricaurte y dos en Tumaco. Un macabro promedio de 4 vidas diarias con la complicidad estatal (por acción, omisión o connivencia). 27 jóvenes asesinados. Pobres. Negros. Indios. Puro pueblo. No se trata de “aporofobia”, el rechazo al pobre de Adela Cortina, sino de odio de clase y de racismo estructural. Se trata de un modelo político-económico que rinde culto a la muerte y banaliza toda la maldad.

En los dieciocho años en el poder del proyecto fascista encabezado por Uribe (y Santos y Duque) la sangre ha sido el sino político, la marca de la Bestia. Estos 27 jóvenes se suman a los más de 100 líderes sociales asesinados en 2020, a los 8 niños bombardeados en el Caquetá en 2018, a los más de 200 desmovilizados de las FARC asesinados (con masacres y torturas) desde la firma del acuerdo de paz y a los más de diez mil asesinatos a sangre fría por el Ejército mal llamados “falsos positivos”.

Al país se le vendió la idea de Iván Duque como el presidente más joven de la historia, el recambio generacional. Pero éste sólo quiere tocar la guitarra y hacer cabecitas con un balón, mientras la juventud es acribillada; sólo gasta dinero en publicidad y contrata a sus amigos en el gobierno, mientras goza de decir “doctor” y “doctora” a periodistas afines a las ideas de su partido. Quizás como anticipación a su mandato, este joven se tiñó el cabello de canas para advertir un gobierno viejo, retrógrado, vetusto, sanguinario. Que necesitó retrotraernos cien años, a la época de la regeneración donde se invocaban vírgenes, mientras se desbarataba el Estado de Derecho (para volver al Estado de Derecha en Ultraderecha), con el propósito de acabar con el proceso de paz.

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Pasados dos años de gobierno, Duque sólo resultó competente como marioneta, mascarón de proa, cabeza de playa o caballo de Troya del rearme paramilitar, la voracidad narcotraficante y la ocupación norteamericana. No vayamos lejos: mientras se sabía que el hermano de su vicepresidenta había estado preso por narcotráfico, su piloto de campaña se perdió en Guatemala al parecer en un avión del cartel de Sinaloa y se halló un laboratorio de cocaína en la finca del embajador colombiano en Uruguay. A estas alturas, el modelo estatal gansteril colombiano advierte sus límites y el temor a perder el control del poder se volvió pánico tras la detención del capo: Álvaro Uribe Vélez (el “innombrable” o el “matarife”).

En la vergonzante adulación y zalamería periodística de Vicky Dávila y María Isabel Rueda, el “matarife” advirtió que en 2022 podría avenirse el “odio de clase” en forma de castrochavismo solapado o “nuevas Farc”, o sea, en la persona de Gustavo Petro o Iván Cepeda, quienes arrasarían con la empresa y propiedad privada, y con las libertades personales. Para enfrentar al demonio planteó un referendo que reduzca al Estado a su mínima expresión, reforme la justicia y el Congreso. Se trata de materializar el viejo sueño fascista del Estado comunitario y del país de propietarios, el Estado a la altura de la refundación de la Patria del “Pacto de Ralito” y el proyecto “Colombia Visión de futuro 2020”.

La furia fascista necesita de la combinación de todas las formas de lucha. Esta espiral de la violencia y de la carnicería humana, esta tragedia consumada y orgía de la muerte, que se hizo protuberante en la última semana con sus 27 víctimas jóvenes, parecen ser los clarines de guerra de la campaña electoral por el 2022. Darío Echandía se refería al estado colombiano como un “orangután con sacoleva” que combina todas las urnas posibles (las electorales y las mortuorias) y que haya en el miedo y la sangre a la marca de la bestia.

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Estamos ante un tiempo doloroso y trágico, donde la crueldad se profundiza como política de Estado. No obstante, en medio de la noche hay que seguir soñando, sin dejar de llorar, pero seguir soñando, sin permitirnos olvidar, pero seguir soñando, sin dejar de sentir miedo, pero seguir soñando. No podemos convertirnos en ellos ni dejar de anidar la esperanza, avivar la llama de la humanidad y acunar la nueva vida. Como decía el poeta, sólo así podremos “joderles el proyecto”.

Nicolás Armando Herrera Farfán es Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (IEALC-UBA).

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