Preservar el legado de Trostky

Pasaron ochenta años desde el asesinato de León Trotsky. El capitalismo, la burguesía, la clase obrera y el imperialismo sufrieron grandes cambios; pero su legado es todavía indispensable. En su teoría sobre la revolución permanente Trotsky postula que la lucha por la democracia se une indisolublemente con las tareas anticapitalistas. Bajo este postulado buscó mantener vivo  el internacionalismo, luchó desde los años 20 por la democratización de la vida interna del partido y del Estado soviético y por la separación entre ambos; y resaltó la necesidad de la independencia política de la clase obrera, en la construcción de núcleos  con una visión internacional.  Reclamó, también, la necesidad de desarrollar todos los procesos revolucionarios.

Con su  teoría sobre el desarrollo desigual y combinado, brindó una importante herramienta para comprender que el capitalismo no sólo convive con formaciones precapitalistas; sino que, tambien, las subsume en un todo único y contradictorio, lo cual obliga a reconocer las diversidades para buscar una unidad dinámica y cambiante de ellas en el proceso revolucionario. Sus observaciones sobre la burocracia soviética y las burocracias en general en los períodos de transición son sumamente necesaria para comprenderlo, con ellas logró preservar lo fundamental del legado de Marx. Es indispensable para todas las tradiciones revolucionarias rescatar su pensamiento crítico que parte siempre de las modificaciones y contradicciones en la realidad, no de una teoría preconcebida; pero sin conservar sus enseñanzas religiosamente como hacen los fieles con sus libros sagrados, caricaturizando su legado.

No veía al ser humano como simple productor, sino como un sujeto contradictorio en el cual los resultados de su formación se topan con ideas precapitalistas o comunitarias y con las nuevas condiciones sociales, luchas y problemas. Según él esto va creando conciencia. Se preocupaba por la pobreza y la degradación del lenguaje de los oprimidos, por las relaciones inhumanas en la vida cotidiana, por la libre creación artística y por los desarrollos científicos y productivos que pudieran ayudar a reducir la explotación, facilitar los trabajos y mejorar la calidad de la vida y de la cultura. Confiaba en que las demandas democráticas  de las mujeres, los jóvenes, y las nacionalidades pudieran transformarse de luchas por sus reivindicaciones democráticas en una revolución anticapitalista. Estimulaba apoyar a quienes en el campo de  demandas nacionalistas o de las luchas por la democracia enfrentaban al imperialismo, pero manteniendo vigilancia crítica e independencia organizativa.

Forman parte de su legado su ética y su lucha por la verdad, en  la conciencia de que la solidaridad tiene una base material surgida en las experiencias comunes de los sectores populares. También es necesario señalar su confianza en la inteligencia, creatividad y capacidad de aprendizaje de los oprimidos, su lucha intransigente contra el burocratismo, su rechazo al determinismo y su lucha permanente por elevar el nivel político de los oprimidos y por fomentar su  organización. También nos dejó su conciencia de que el mundo es una unidad internacional en constante interacción; este enfoque del mundo como totalidad y proceso abre horizontes y permite comprender que lo que sucede en otro ámbito nos atañe.

Trotsky fue hijo de su época. Para analizar su pensamiento y legado hay que ubicarlo históricamente. El siglo XX fue un siglo de guerras y revoluciones. Fue también una época que se apoyó sobre las difundidas esperanzas de un posible cambio revolucionario impulsado por fuertes organizaciones socialistas. En muchos de los países dependientes, coloniales o semicoloniales se libraban luchas anticoloniales, mientras que las grandes potencias se enfrentaban en guerras interimperialistas. Fue testigo de la burocratización de los partidos obreros y de los sindicatos que había caminado simultáneamente con la transformación de los países europeos occidentales en imperialistas. El Estado se había devorado a la socialdemocracia, junto con ello la sumisión del movimiento obrero al Estado, basada por el carácter negociador de los sindicatos cumpliendo solamente la función de gestor del precio del salario y las de condiciones de venta de la mercancía mano de obra y su intervención como un actor más en un mercado cada vez más regulado por el Estado capitalista.

Trotsky fue condenado al silencio, ocupando un lugar entre los vencidos de la historia, pero su recuerdo mantiene vivo la utopía y la esperanza de un mundo más libre y más humano. Su historia y su legado sigue siendo único e irreemplazable, lejos de reducirse al papel central desempeñado en la Revolución Rusa. Su biografía nos muestra que a pesar de sus años de actividad revolucionaria, no ejerció el poder sino durante un periodo bastante breve; toda su vida estuvo bajo el signo de la persecución, la prisión, la deportación y el exilio. Vivió en el exilio el estallido de la Primera Guerra Mundial y la disolución del viejo orden europeo; el ascenso de Hitler al poder y la guerra civil española; los procesos de Moscú y la sangrienta contrarrevolución estalinista; el Frente Popular en Francia y la guerra chino-japonesa; el pacto germanosoviético y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

La Rusia en la que nació Trotsky era una sociedad represiva dominada por el Zar y la Iglesia ortodoxa, con  prácticas antisemitas, la servidumbre había sido abolida poco años atrás. Su verdadero nombre era Bronstein, hijo de un pequeño kulak, educado en la Ucrania meridional (Ivanovo, Nikolaiev, Odessa). La mayor parte de Rusia era agrícola, rural y campesina, aunque en las ciudades había una pequeña industria en crecimiento. La resistencia contra el Zar tomó en ese período la forma de un movimiento llamado narodniks, o “Amigos del pueblo”. Éstos consideraron las tradiciones de la aldea campesina como una forma de evitar los horrores del capitalismo, los narodniks recurrieron a métodos de resistencia conspirativos. En 1881 lograron asesinar al Zar, lo cual provocaría una ola de represión. Durante  la década de 1890 se produjo una creciente de resistencia y desafío al poder zarista por parte de estudiantes y trabajadores en huelga.

Trotsky, con 17 años, se unió a un círculo de revolucionarios en torno a la choza de un jardinero llamado Franz Shvigovsky. No pertenecía a la misma generación de los fundadores del socialismo ruso en el exilio como Plejanov y  Axelrod, que habian participado en la experiencia populista. Entró en el movimiento obrero a comienzos de 1898, en Nikolaviev, Ucrania, donde había participado en la fundación de la Unión Rusa Meridional de los Trabajadores. Como la mayoría de los trabajadores y estudiantes con los que entró en contacto, Trotsky al principio se llamó a sí mismo narodnik. La gente admiraba la valentía y el compromiso de los narodniks. Entre ese círculo de personas conoció a su primera esposa, Alexandra Sokolovskaya. Trotsky comenzó su experiencia militante realizando acciones de  agitación entre los trabajadores, distribuyendo literatura revolucionaria y reclutando a trabajadores para unirse a sus discusiones. 

 Arrestaron a Trotsky en 1898, fue encarcelado durante dos años. Se casó con Alexandra mientras estaba en prisión, fueron exiliados a Siberia, donde comenzó a escribir artículos periodísticos y a dar charlas sobre asuntos de actualidad y literatura. Escapó de Siberia en un camión de heno en 1902. Con la ayuda de otros activistas de toda Europa, se dirigió a Londres. Su adhesión al marxismo no fué una aceptación acrítica de los esquemas teóricos de Plejanov; no aceptaba los esquemas de un marxismo árido y dogmático, desprovisto de vida y de dimensión humanista. Su conocimiento de Occidente y, particularmente, de los partidos de la Segunda Internacional, comenzó en 1902 con su primer exilio y su ingreso por iniciativa de Lenin en la redacción de “Iskra”, la revista publicada en Suiza por el Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR). En oportunidad del segundo congreso de la socialdemocracia rusa, realizado en Bruselas y Londres en 1903, Trotsky se opuso al “jacobinismo” de Lenin.

La solcialdemocracia rusa se escindió por problemas organizativos. La discusión comenzó sobre la cuestión de quién debería considerarse miembro del partido, un debate que reflejó divisiones políticas más profundas, como que tipo de organización se necesitaban. Lenin destacó la importancia en ese momento de una organización, centralizada en revolucionarios, fuertemente unida. Trotsky pensó que el modelo de Lenin terminaría en lo que él llamó sustitucionismo: reemplazar la actividad propia de la clase trabajadora por un partido centralizado o un liderazgo del partido. Apoyó un partido de masas más amplio sobre el modelo de algunos de los grandes partidos que los socialistas estaban organizando en Europa occidental, en particular el Partido Socialdemócrata (SPD) en Alemania. El grupo de Lenin ganó el apoyo de la mayoría de los delegados, por lo que tomó el nombre de bolchevique, que significa mayoría. Trotsky fue con los mencheviques, la minoría, pero los dejó un año después.

En 1904, en Munich, el joven Trotsky se conectó activamente a otro intelectual ruso emigrado, Parvus con el cual emprendió una cooperación muy fértil; la influencia de éste sobre la formación de su pensamiento fue decisiva. Gracias a la influencia de Parvus comprendió la importancia de la categoría metodológica de la totalidad, acogiendo un punto de vista internacional, por lo cual Rusia seguirá siendo el centro de sus análisis, pero en el marco de una visión del capitalismo como sistema mundial. Recordemos que en Rusia se integraban elementos de la modernidad industrial en una estructura social arcaica. Ellos descubrían lo que Trotsky llamaría más tarde “la ley del desarrollo desigual y combinado”. Con ella llegó a una concepción de las fuerzas motrices y de la dinámica interna de la revolución que, superando las hipótesis de Parvus, rompía con los esquemas clásicos del marxismo de la Segunda Internacional  según los cuales la revolución rusa era necesaria y exclusivamente burguesa.

En la ley del desarrollo desigual y combinado, Trotsky sostenía que el país más atrasado tendría la ventaja de saltearse las etapas que el país más avanzado había atravesado,  podía introducir las formas más modernas de tecnología en un momento en el cual el país más avanzado estuviera todavía empantanado por la necesidad de utilizar los equipamientos con que contaba. En términos sociales, esto significaba que el proletariado del país más atrasado podía ser más revolucionario, y tener menos barreras que sortear para organizar su revolución.

 Para Trotsky, la estructura socioeconómica de Rusia colocaba al proletariado en una posición clave, impulsándolo a asumir la dirección del proceso revolucionario con  una orientación anticapitalista. En primer lugar, enfrentando los problemas típicos de una revolución burguesa en un régimen absolutista y premoderno como el ruso, una agricultura semifeudal, naciones oprimidas, una economía atrasada, el proletariado terminaría chocando con las bases mismas del sistema capitalista en Rusia. Entonces, la revolución burguesa adquiriría un carácter socialista.

En Rusia, en enero de 1905, el descontento crecía contra el Zar y la desastrosa guerra con Japón. Una manifestación encabezada por el sacerdote e informador de la policía Gapon, dirigida al palacio del Zar para pedir reformas, fue reprimido por las tropas del régimen en donde se ordenó disparar contra los manifestantes dando paso a una masacre que se conoce como el Domingo Sangriento. En los siguientes dos meses hubo huelgas por toda Rusia que involucraron a más de 1 millón de trabajadores en más de 120 ciudades. La represión  desencadenó disturbios por parte de los campesinos en el campo y motines en el ejército y la marina, incluido el motín en el acorazado Potemkin. A principios de octubre, una huelga de trabajadores ferroviarios se convirtió en una huelga general en todo el Imperio ruso. Cuando la noticia llegó a Trotsky, se apresuró a regresar a Rusia, ingresando en la capital el 14 de octubre, justo un día después de la formación del primer soviet en la historia de Rusia, el Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo.

El soviet era una nueva forma de organizarse; un consejo de trabajadores, la primera y más democrática institución de Rusia, con trabajadores que elegían a sus delegados para debatir y votar sobre las decisiones. Fue creado a partir de la necesidad inmediata de organizar la huelga, y en su apogeo involucró a 562 delegados de 147 fábricas. Sus funciones crecieron rápidamente desde coordinar la actividad de huelga hasta organizar la distribución de alimentos y tomar decisiones como armar a los obreros contra los ataques del estado. El soviet unificó las demandas económicas y políticas, comenzó a crear una nueva forma de poder de base, en oposición al estado zarista. Se crearon entre 40 y 50 soviets en tres meses por toda Rusia, aunque ninguno alcanzó el poder y la autoridad del soviet de San Petersburgo, que duró cincuenta días. Trotsky fue elegido como líder del Soviet de San Petersburgo; un orador clave y el redactor de su parte de noticias, de muchas de las declaraciones, incluyendo los llamamientos a los campesinos para convocarlos a unirse a la lucha contra el Zar. La revolución terminó con el aplastamiento de la insurrección armada en Moscú, en diciembre de 1905. Trotsky fue devuelto a la cárcel.

La experiencia de la  insurrección de 1905 le permitieron concluir las potencialidades revolucionarias y el papel hegemónico de la clase obrera urbana en comparación al campesinado ruso; sin embargo, sin su participación activa, toda insurrección estaba condenada al fracaso. Basado sobre esta visión, el proletariado seria la fuerza motriz esencial en la lucha contra el zarismo, la teoría de la revolución permanente excluía la necesidad histórica de pasar por una larga época de desarrollo del capitalismo. Puntualizaba que la clase obrera seria el sujeto y la guía para una transformación social de Rusia, negando  que la revolución tendría que pasar inevitablemente por una nueva época de ascenso orgánico y lineal del capitalismo en Rusia. La teoría de la revolución permanente, una de las contribuciones teóricas más importantes de Trotsky al marxismo del siglo XX, tuvo en la práctica una influencia muy moderada en el movimiento obrero europeo, ya dotado de grandes organizaciones.

La  innovación teórica del concepto de revolución permanente fue extraído de Marx, pero sufriendo una modificación substancial en sus manos con el propósito de comprender la naturaleza avanzada de una clase obrera situada en el seno de un país atrasado. Para Trotsky, la clase obrera era la clase universal, cuya tarea era emancipar a la humanidad al emanciparse a sí misma. La burguesía de un capitalismo decadente ya no podía cumplir siquiera sus propias tareas, no podía introducir formas políticas capitalistas contra la autocracia feudal de  Rusia, por lo cual la tarea de derrocar a la autocracia recaía sobre la clase obrera. Ésta, una vez que tomara el poder, no podía detenerse frente a la democracia burguesa, tenía que avanzar a realizar sus propias tareas. Tenía que tomar el poder en su propio nombre y avanzar hasta la dictadura del proletariado; la revolución estaba por lo tanto en proceso de devenir permanente. Asimismo señalaba que el socialismo en un solo país era imposible que pueda desarrollarse, de aquí que los obreros en el poder en un solo país tendrían por necesidad ayudar a otros países a avanzar hacia el derrocamiento de sus propias clases dominantes. Cuando el proletariado de los países avanzados hubiera tomado el poder, la construcción del socialismo podría devenir permanente.

Te puede interesar:   Tercerización y flexibilización laboral en nuestros trenes. Mariano Ferreyra su emergente.

Trotsky añadía la necesidad de una revolución cultural, para establecer el socialismo mismo; implicaba la educación del conjunto de la población, de modo tal que todos tuvieran el conocimiento, la comprensión y la voluntad de gobernar la sociedad. Era por lo tanto necesario que todos tuvieran acceso a una educación desarrollada pero basada en nuevas premisas, así como también que realizaran una escuela adecuada de democracia directa. Una vez que un alto nivel de educación se generalizara al conjunto de la sociedad, todos podrían comprender las cuestiones en juego en cualquier discusión política, y tendrían la capacidad de participar en la administración de la sociedad. En este punto, las masas mismas estarían entonces en el poder. La revolución sería entonces irreversible; sería verdaderamente permanente.

Durante su segunda emigración, en la época de su permanencia en Viena (1907-1914), cuando vivía de su pluma, sobre todo escribiendo para el diario liberal “Kievskaja Misl”, Trotsky colaboraba con las revistas más prestigiosas del marxismo alemán y austriaco, como la “Neue Zeit” de Kautsky y “Der Kampf” de Otto Bauer. En Viena animaba con Adolf Joffe un pequeño periódico de emigrados, en el cual desarrollaba con toda independencia su análisis sobre la situación rusa. Sin embargo, en lo que se refiere a la vida del movimiento obrero de Europa Occidental, sus referencias seguían siendo los grupos dirigentes de los grandes partidos socialdemócratas y no sus corrientes críticas, todavía minoritarias. Recién romperá junto a Lenin con la socialdemocracia de Kautsky en ocasión del III Congreso de la Internacional Comunista, en 1921. El marxismo de la Segunda Internacional había quedado prisionero de la ilusión sobre el crecimiento ininterrumpido de las fuerzas productivas y de un inevitable ascenso de la socialdemocracia.

Su ruptura teórica y metodológica con el marxismo de la Segunda Internacional quedó plasmada en una obra como Balance y perspectivas, redactada bajo el impacto de la insurrección obrera de 1905. Desde el punto de vista organizativo esa ruptura se manifestó sólo en el momento de la primera guerra mundial; percibía en la dirección imponente de la socialdemocracia alemana un factor de conservadurismo y de parálisis para la autoorganización de los trabajadores. El debate se desarrolló en el seno de la socialdemocracia rusa, entre el Congreso de Londres y las jornadas de enero de 1905. Lenin tendía a concebir la construcción de un partido centralizado como un proceso restringido a un grupo de intelectuales y de obreros revolucionarios. Trotsky consideraba que el partido era esencialmente un producto de las movilizaciones espontáneas del proletariado; en su opinión no podía haber un partido de vanguardia sin una participación política activa del proletariado. Rechazaba la concepción de Kautsky y de Lenin según la cual la conciencia política era introducida en la clase obrera desde afuera por el partido.

 En principio en su formulación de su teoría justo después de la revolución de 1905, en la cual los soviets habían surgido espontáneamente como instrumentos de lucha y de autoemancipación del proletariado, Trotsky no atribuía un papel decisivo al partido. El destino de la revolución dependía sólo de la acción política independiente de los trabajadores. Contra los peligros del centralismo, Trotsky proponía la autoorganización de los trabajadores como condición insustituible de su emancipación y también como la mejor garantía democrática en el seno de las organizaciones obreras y socialistas. Luego de la Revolución de 1917 revisará de manera autocrítica sus antiguas posiciones sobre el partido, adhiriendo a los postulados de Lenin.

La Primera Guerra Mundial, que comenzó en julio de 1914, una guerra de rivalidad y expansión capitalista por los mercados mundiales. Fue la primera guerra en la que economías enteras y, por tanto, sociedades enteras fueron moldeadas por el impulso de la guerra. Los gobernantes de cada nación hicieron todo lo posible para garantizar el apoyo a sus objetivos de guerra creando una ola de nacionalismo. En el período previo a la guerra, todas las principales organizaciones socialistas, agrupadas como la Segunda Internacional habían prometido su oposición a la guerra imperialista. Sin embargo, cuando estalló la guerra, la mayoría de los dirigentes  socialistas se alinearon con sus propios gobiernos apoyando la participación en la guerra. Fue en gran medida un ataque a la traición del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el grupo más grande y más establecido en la Segunda Internacional. Las únicas excepciones fueron un pequeño puñado de militantes. Al estallar la guerra, Trotsky vivía en Viena, huido del exilio en Siberia por segunda vez. El gobierno austríaco lo amenazó con la prisión, y entonces huyó a la neutral Suiza.

Trotsky no sólo se opuso a la guerra, también quería comprender las fuerzas que crean el impulso hacia la guerra. Argumentó que las fuerzas económicas del capitalismo habían superado el marco del Estado-nación. La guerra era una característica permanente del capitalismo a medida que los Estados armados luchaban por el poder en un mercado mundial cada vez más integrado. Llamó a la paz sobre la base de la autodeterminación de las naciones oprimidas y de un levantamiento popular.

Durante la guerra crecieron las diferencias entre la posición decididamente antiguerra de los bolcheviques y la creciente vacilación y concesiones al nacionalismo de los mencheviques. Trotsky ayudó a organizar el primer intento de reunir a activistas internacionales contra la guerra, en una conferencia en Zimmerwald, Suiza, en septiembre de 1915. Aunque la conferencia fue pequeña, fue muy importante, reuniendo a socialistas de países que estaban en guerra entre sí, así como de países neutrales. De la conferencia en Zimmerwald surgieron los comienzos de una nueva agrupación internacional. Trotsky estaba viviendo en París durante ese período, donde informaba sobre la guerra y ayudaba a editar un periódico socialista. En octubre de 1916 fue deportado a España. Luego, tres meses después, fue desterrado nuevamente, esta vez a Nueva York.

En febrero de 1917, una manifestación y una huelga de mujeres en San Petersburgo desencadenó una revolución que echó al Zar y puso en el poder a un nuevo gobierno provisional dominado por liberales. El nuevo gobierno provisional era muy inestable. La revolución se había deshecho del zar, pero no resolvió los problemas que enfrentaba la mayoría de la población en Rusia; la guerra en curso con la que el gobierno provisional siguió comprometido, la pobreza, el poder de los terratenientes, la opresión de las minorías nacionales y la explotación de los trabajadores por los capitalistas. Lenin, que regresó a Rusia al mes siguiente, lo describió el proceso como una sociedad más libre con trabajadores y soldados comunes debatiendo, discutiendo y organizando. Se habían recreado los soviets como centros de organización y debate. Existía en Rusia un “poder dual”: dos centros de poder rivales: el Gobierno Provisional y los soviets. Trotsky llegó a Rusia en mayo, a pesar de sus desacuerdos anteriores se incorpora al Partido Bolchevique, liderado por Lenin; y es elegido casi inmediatamente para el comité central.

Los soviets, como en 1905, eran organizaciones democráticas multipartidistas donde los trabajadores y los soldados debatían y se organizaban. Cuando Trotsky regresó a Rusia, los mencheviques y otros moderados eran la mayoría en el soviet y acababan de aceptar unirse al Gobierno Provisional, una medida calculada por el gobierno para aumentar su propia credibilidad y limitar las demandas de la revolución. Trotsky fue al soviet el día después de su regreso, argumentó que el apoyo al gobierno no resolvería los problemas urgentes que enfrentaba la revolución. Por su parte Lenin dentro del Partido Bolchevique argumentó que la revolución debía continuar hacia una revolución socialista. En julio, Lenin y Trotsky tuvieron que intentar detener una toma de poder considerándola prematura en Petrogrado, sosteniendo que podían tomar el poder en la capital, pero no en el resto del país. Este episodio, conocido como los “días de julio”, fue seguido por la persecución a los bolcheviques. Muchos de ellos fueron encarcelados, se emitió una orden de arresto contra Lenin y otros dirigentes bolcheviques. Trotsky fue arrestado, el Gobierno Provisional lo arrojó a la misma prisión en la que había sido encerrado por el Zar tras la derrota de la Revolución de 1905.

El régimen provisional continuó siendo inestable, muchos trabajadores, campesinos y soldados estaban descontentos con el gobierno, pero también lo estaban sectores del poder económico. En agosto, el general Kornílov intentó organizar un golpe de estado, los bolcheviques lucharon contra este intento. El gobierno provisional se vio obligado a liberar a los bolcheviques de la cárcel para que pudieran ayudar a defender la revolución. A través del papel decisivo que jugaron los bolcheviques en la derrota del golpe, demostraron al conjunto del pueblo que eran los más comprometidos y capaces de defender los logros de la revolución; finalmente Kornílov fue derrotado. Trotsky  presentó en el soviet una moción de confianza contra el liderazgo menchevique; los bolcheviques se convirtieron en el partido mayoritario, Trotsky fue elegido presidente. La autoridad de base de los soviets creció entre la población durante este período. El soviet se convirtió gradualmente en el verdadero órgano que tomaba las decisiones en Rusia.

En octubre de 1917, Trotsky ayudó a organizar la insurrección que finalmente vio a los bolcheviques liderar a los soviets en la toma del poder; casi no se derramó sangre en la capital. Se estableció un comité militar en Petrogrado, encabezado por Trotsky y compuesto principalmente por bolcheviques, pero con la participación de otros socialistas y anarquistas de izquierda. Trotsky fue responsable del ritmo y la organización de la toma de los puntos neurálgicos del poder estatal. Durante el proceso revolucionario dirigió la insurrección en Petrogrado, fue uno de los principales actores de la Revolución;  se convirtió en jefe del Ejército Rojo, creado para defender la revolución contra el cerco de un mundo capitalista hostil y contra los ataques de los ejércitos contrarevolucionarios blancos; se transformó también en una figura mítica para la clase obrera del mundo entero.

La Revolución de Octubre creó un nuevo estado basado en los soviets, Lenin se convirtió en el líder de la Rusia soviética. A pesar de la pobreza económica de Rusia y las amenazas a la existencia misma de la nueva sociedad, la revolución marcó el comienzo de algunas de las medidas más liberales y democráticas jamás vistas en el mundo. Los trabajadores controlaban las fábricas y la gente que trabajaba las tierras tomó la de los terratenientes. Trotsky recibió la tarea de negociar un tratado de paz con Alemania que, tras mucho debate, sacó a Rusia de la guerra. Las naciones que habían sido oprimidas por el Imperio ruso obtuvieron el derecho a la independencia. Las mujeres obtuvieron el voto, la ciudadanía plena, la igualdad salarial y los derechos laborales. La Rusia revolucionaria fue el primer país del mundo en legalizar el aborto. La homosexualidad también fue legalizada. El concepto de hijos ilegítimos fue abolido. El divorcio fue accesible a petición de cualquiera. Trotsky entendió que la igualdad legal era sólo el comienzo. El Estado soviético también intentó eliminar las condiciones materiales de la opresión de las mujeres, proporcionando cuidado infantil comunal, cocinas y otras instalaciones. La revolución transformó todas las áreas de la vida, incluida la educación. El número de escuelas se duplicó y el nuevo Estado organizó campañas para comenzar a abordar el alto nivel de analfabetismo en Rusia. A medida que la motivación para aprender cambió, también cambió la naturaleza del aprendizaje en sí mismo, por ejemplo, con la abolición de los exámenes.

Esos años también estuvieron marcados por una gran apertura cultural y artística. A medida que las personas comenzaron a transformar su mundo económico a través de la revolución, también se despertó un interés masivo por todas las cuestiones de la existencia y la expresión humana. La revolución inspiró una ola de experimentos en arte, poesía y cine. Trotsky seguía y apoyaba el desarrollo de las corrientes culturales de vanguardia; criticando al Proletkult, rechazando la idea de un arte oficial y alentando la libre creación artística. En esa época, fue uno de los primeros marxistas que observaron con interés el comienzo del psicoanálisis.

La destrucción de la economía rusa debido a la invasión y a la guerra civil limitó severamente lo que el Estado pudo hacer; sin embargo, a pesar de esto, la Rusia soviética fue brevemente la sociedad más igualitaria y democrática jamás vista. Casi inmediatamente después de la Revolución de Octubre, muchas fuerzas comenzaron a organizarse contra el nuevo régimen. Apenas un mes después de la insurrección, los leales al antiguo régimen zarista entraron en acción. Simultáneamente, algunos cosacos, campesinos ricos, también comenzaron a organizarse contra los bolcheviques. El nuevo Estado obrero no sólo se enfrentó a la oposición interna, sino que también se enfrentó a la invasión, interferencia y hostilidad de todas las principales potencias imperialistas. En la primera mitad de 1918, más de una docena de ejércitos capitalistas, incluidos los de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Japón, atacaron al Estado soviético. En enero de 1918, Lenin creó oficialmente el Ejército Rojo de los Trabajadores y Campesinos. Dos meses después, Trotsky fue nombrado comisario de guerra y presidente del consejo de guerra; no tenía entrenamiento o experiencia militar práctica; tuvo que defender un territorio extenso con un ejército que se construyó desde cero.

Te puede interesar:   El sentido común como terreno de disputa hegemónica

Trotsky reconoció que para que el ejército rojo tuviera éxito, tendría que tener en su núcleo a las personas que creían en la revolución. Construyó el núcleo del ejército a partir de trabajadores que estaban convencidos de que la revolución debía ser defendida. Sin embargo, el número de voluntarios era demasiado pequeño para vencer a las enormes fuerzas altamente armadas que atacaban a la Rusia soviética, por lo cual impuso el servicio militar obligatorio, esto lo desestabilizó en términos políticos y organizativos.  En una clara ruptura con las jerarquías represivas del antiguo ejército zarista, los soldados del Ejército Rojo podían elegir a sus oficiales. Esto se abolió más tarde a medida que se hizo necesaria una disciplina más formal para mantener unido al ejército y centralizar las operaciones en varios frentes. Sin embargo, Trotsky siempre fue muy firme al insistir en el respeto por los soldados de base. Como el Ejército Rojo no tenía ningún período de paz para entrenar y desarrollar estrategias, carecía de habilidades técnicas y experiencia militar. Paradójicamente, introdujo a oficiales del antiguo ejército zarista en el Ejército Rojo para desempeñar el papel de especialistas militares; como contrapeso puso a comisarios políticos para supervisar a los especialistas, también desempeñaron un papel en la educación política y la motivación de los soldados. Varias veces durante  la guerra civil la revolución se encontró en peligro; sin embargo, terminó en victoria para el Ejército Rojo en 1920. Fue un logro inmenso, liderado por Trotsky, pero asegurado por la determinación, sacrificio y coraje de decenas de miles que lucharon y convencieron a otros para luchar por la revolución.

La situación social junto con la inspiración de la Revolución Rusa, condujo a movilizaciones por todo el mundo desde 1918 hasta 1920. En noviembre de 1918 el Imperio alemán se derrumbó y los “comisarios del pueblo” formaron el nuevo gobierno. En Hungría y Baviera, la rebelión trajo consigo repúblicas soviéticas de corta duración. En Italia, los “Años Rojos” de 1919-20 vieron luchas de masas de la clase trabajadora y las ocupaciones de las fábricas. Una ola de militancia barrió España en 1918: en Valencia los huelguistas incluso cambiaron el nombre de algunas calles, nombrándolas “Lenin” y “Revolución de Octubre”. En Gran Bretaña, estalló una ola de huelgas y disturbios por todo el país. Hubo motines en los ejércitos francés y británico. Gran Bretaña también se enfrentó a una agitación masiva en las colonias, en particular en India y Egipto, y a una guerra de guerrillas en Irlanda. Hubo una ola de huelgas en Estados Unidos, Australia y Canadá.

En este contexto, los bolcheviques establecieron una nueva organización internacional: la Tercera Internacional o la Internacional Comunista, o Comintern. Trotsky desempeñó un papel clave en la nueva internacional, redactó la invitación al primer congreso, que se reunió en marzo de 1919. Luego escribió muchos de los manifiestos y resoluciones de la internacional en los primeros cinco años, además de documentar las reuniones y los debates. La Comintern se basó en dos principios fundamentales, el internacionalismo y la creciente división entre reforma y revolución. Fue bastante pequeño y poco representativo. Sin embargo, la creciente agitación política y las simpatías populares a la revolución en todo el mundo conllevó a  que muchas organizaciones e individuos se unieron a la Internacional Comunista. Para el segundo congreso, en el verano de 1920, la Tercera Internacional se había convertido en una gran organización, reuniendo a revolucionarios de todo el mundo para debatir estrategias y tácticas.

El tercer congreso en junio y julio de 1921 era un escenario clave para argumentar a favor de la difusión de la revolución La discusión más crucial en este congreso fue una discusión sobre el frente único. En este debate y en sus escritos, Trotsky expuso sus ideas sobre cómo los revolucionarios deberían trabajar conjuntamente con los demás sectores populares de una manera unida y basada en principios. La estrategia del frente único surgió en primer lugar de la necesidad que tienen los trabajadores de unirse contra los ataques y la brutalidad del capitalismo.

Los bolcheviques salieron victoriosos de la Guerra Civil, pero la economía de Rusia estaba en ruinas, colapsó la industria que estuvo acompañado por la decadencia  de la clase trabajadora. El gobierno bajo Lenin y Trotsky intentó diferentes formas de reconstruir la infraestructura y la economía de Rusia. Una de ellas es conocida como la Nueva Política Económica, se trataba de reformas de mercado limitadas, también en el tiempo, que buscaban proporcionar incentivos de producción a los campesinos. 

En el caos y la destrucción de la Rusia posterior a la guerra civil, un grupo comenzó a crecer en tamaño e importancia: la burocracia estatal, los administradores y funcionarios que, cada vez más, manejaban los asuntos cotidianos del país. Éstos gradualmente llegaron a representar sus propios intereses y a convertirse en una casta privilegiada por encima del resto de la sociedad. Fue esta creciente burocracia la que moldeó a Stalin, un líder bolchevique de segundo rango que llegó a encarnar los intereses de esta capa de la sociedad.

 Stalin arraigado en la burocracia e involucrado en numerosos comités estatales en 1924 aprovechó la muerte de Lenin para consolidar su propia posición, la usó para presentarse como el verdadero heredero de Lenin. A partir de ahí, aumentaron los ataques a Trotsky y a la política que representaba. Ante el peligro de la creciente influencia de la burocracia buscó formas de detener su ascenso, fundando la Oposición de Izquierda. De forma crucial, buscó difundir la revolución como la única forma de superar la pobreza de Rusia y escapar de las presiones del capitalismo internacional. Sin embargo, el movimiento internacional sufrió una derrota crucial en Alemania en 1923. Trotsky escribió Lecciones de octubre, en donde analizó el papel decisivo de un partido revolucionario para garantizar el éxito de la Revolución Rusa, en contraste con lo que acababa de suceder en Alemania. La publicación de Lecciones de octubre abrió una nueva ola de ataques contra Trotsky. Stalin y sus partidarios crearon la denominación “trotskismo” para, mediante una serie de mentiras sobre lo que representaba Trotsky, llamar a la guerra contra su influencia en el partido.

A fines de 1924, Stalin acompañado por Bujarin presentó por primera vez el término “socialismo en un solo país” en un artículo que escribió atacando la teoría de la revolución permanente de Trotsky. La idea de que Rusia podría ser un país socialista rodeado de capitalismo fue un enorme paso atrás en la tarea vital de difundir la revolución; un gran golpe contra el internacionalismo. Trotsky había insistido en que la revolución se extendería o las presiones del capitalismo internacional acabarían por destruirla; expuso su defensa implacable de la posición marxista ortodoxa, sosteniendo que había una división internacional del trabajo, y que cualquier país del mundo estaba sujeto a ella, rechazando el concepto de socialismo en un solo país. Bajo una crisis en el campo, Stalin dio un giro hacia la colectivización forzosa; con el Estado tomando el control de la tierra de los campesinos y la industrialización brutal y rápida en las ciudades, implicó un ataque contra el nivel de vida de los trabajadores.

Esta era la lógica inevitable de construir el “socialismo en un solo país”. Competir económica y militarmente con el mundo capitalista tenía implicaciones para el régimen en la propia Rusia. El primero de los planes quinquenales, que comenzó en 1929, significó una caída dramática en los niveles de vida de la población y una inanición masiva. Para hacer cumplir sus objetivos políticos y económicos, Stalin se basó en un régimen cada vez más represivo y en la aniquilación de toda la oposición política; los pocos vestigios de democracia fueron destruidos. El “socialismo en un país” también tuvo un impacto desastroso en el movimiento comunista internacional: la Internacional se convirtió en un órgano cada vez más conformado por las necesidades de la política exterior de Stalin, los intereses de la clase obrera fueron sacrificados a las necesidades de la burocracia estalinista.

En 1926, Trotsky se unió a Zinoviev y Kamenev, antiguos aliados de Stalin, para fundar la Oposición Unida. Con la masa de trabajadores y campesinos pobres debilitados por la guerra y el hambre, la oposición tenía una base muy limitada para desafiar a Stalin y a la burocracia. La oposición fue aplastada. El décimo aniversario de la Revolución de 1917 se usó como una excusa para expulsar a Trotsky del Partido Comunista, para luego obligarlo al exilio. Trotsky fue deportado por orden de Stalin a Alma Ata en el lejano este de Rusia en enero de 1928. Desde Alma Ata fue deportado nuevamente un año después a Turquía, donde se estableció en la isla de Prinkipo, donde paso más de cuatro años. Ningún país lo quería en su tierra, por lo que se le negó la entrada a todas las autoproclamadas democracias de Europa. Finalmente, sus partidarios le consiguieron estancias cortas en Francia y luego en Noruega, pero cuando el gobierno noruego le prohibió organizarse abiertamente contra los ataques de Stalin, una vez más tuvo que buscar otro hogar. A finales de 1936, el gran artista Diego Rivera persuadió al gobierno mexicano para que le otorgara asilo a Trotsky. Durante su exilio México volvió a descubrir su alma libertaria. En esa época se encontró con el surrealismo y estableció una relación con André Breton, Diego Rivera y Frida Kahlo. En 1938, Trotsky y Breton lanzaban un Manifiesto que defendía con intransigencia un concepto radical de libertad y una visión libertaria del arte.

En 1936, mientras una gran parte de la intelectualidad europea aprobaba los procesos de Moscú e idealizaba a la URSS considerándola la patria del socialismo, Trotsky exiliado en Noruega, escribía La revolución traicionada, en donde explica el estalinismo, su naturaleza, sus causas y sus perspectiva históricas, considerando que el estalinismo no implicaba un retorno al sistema capitalista sino el ascenso al poder de una capa burocrática conservadora en el marco del nuevo orden social establecido por la Revolución de Octubre. Para Trotsky, el Estado soviético no era una formación social dotada de características propias y correspondientes a una época dada como el feudalismo, el capitalismo, etcétera; se presentaba más bien como un sistema socioeconómico hibrido que, nacido del derrumbe del capitalismo tenía, junto a los embriones de un orden socialista nuevo, todos los estigmas de su pasado capitalista y feudal. Un sistema social que tanto podía desarrollarse en el sentido del socialismo como retroceder hacia relaciones de producción burguesas.

Insistía que todas las formaciones sociales históricamente nuevas habían sido precedidas por períodos de transición, marcados por una cohabitación conflictiva entre elementos pertenecientes a modos de producción diferentes. El conflicto entre un modo de producción poscapitalistas y el mantenimiento de las normas burguesas de distribución daba las bases al Estado soviético. El motor de la una sociedad de transición residía precisamente en ese contraste entre el principio de la planificación y la ley del valor. Una restauración del capitalismo implicaba en su opinión una contrarrevolución social que la burocracia dominante no podía impulsar sin preparar al mismo tiempo su autodestrucción. Hasta que las formas de propiedad creadas por la revolución no fueran derribadas, la sociedad soviética seguía siendo un Estado obrero, en el cual una casta burocrática se había solidificado en el poder remplazando a los soviets, que habían sido vaciados de toda representatividad real.

Marcaba las causas históricas por las cuales en Rusia se inicio ese proceso de burocratización el atraso económico del país, en el cual los campesinos constituían la aplastante mayoría de la población; su atraso cultural, que obstaculizaba todo intento de autogobierno de los trabajadores; la reducción estructural del proletariado y la extinción virtual de una gran parte de la vanguardia obrera durante el periodo de la guerra civil; su aislamiento en un mundo dominado por el imperialismo y la derrota de la revolución en Europa entre 1918 y 1923. Trotsky precisaba que la burocracia soviética era una excrescencia parasitaria, surgida por una combinación de circunstancias históricas sobre la base de las relaciones sociales creadas por la revolución de 1917. Había comprendido la fragilidad específica del sistema, la precariedad y la debilidad de las bases sociales del poder burocrático, y las contradicciones profundas que roían el desarrollo de la sociedad soviética.

 Su oposición a la dictadura del partido único, al culto de la personalidad y a la supresión de la democracia era radical, si bien ponderaba la idea de una revolución política contra la burocracia en el poder,  creía que la sociedad soviética se sustentaba en las conquistas de la Revolución. A pesar de sus críticas a los privilegios de la burocracia, a los criterios antidemocráticos y a los métodos represivos de la planificación, no podía disimular su admiración por crecimiento de las fuerzas productivas asegurado por la industrialización intensiva de la economía y la colectivización rural; todas las transformaciones realizadas parecían llevar la marca de un incuestionable progreso histórico.

A lo largo de este exilio, Trotsky escribió extensamente respuestas a las calumnias por parte de Stalin, que conllevaron una reescritura de su papel en la revolución rusa y su relación con Lenin, incluida su autobiografía Mi Vida y su Historia de la revolución rusa, uno de los mejores ejemplos de escritura histórica y uno de los mayores logros de Trotsky. A pesar de su aislamiento, Trotsky siguió las vueltas de la política en todo el mundo y analizó extensamente sobre la estrategia y las tácticas a las que se enfrentaban los movimientos en muchos países. Trotsky trató de organizarse contra el papel desastroso de la Internacional Comunista bajo Stalin y criticó los errores que cometió. Junto a su compañero Cristian Rakovsky, en Los Peligros Profesionales del Poder, demostró como la burocracia tiene una base objetiva en la miseria, la escasez, el atraso cultural y material, la desmoralización y desgaste de quienes hicieron la revolución pero una base subjetiva en la falta de preparación teórica en el partido y en el conservadurismo de muchos de sus dirigentes, así como en la fusión entre el partido, que debería ser antiestatalista, y el aparato estatal, que administra el funcionamiento de una economía capitalista en un mundo capitalista.

Te puede interesar:   Entrevista a Emory Douglas // Las Panteras Negras y el 68: descolonizar la imaginación

A partir de los años treinta Trotsky vio la amenaza concreta de una regresión social hacia una forma moderna de barbarie en el fascismo alemán. Fue uno de los pocos espíritus lúcidos frente a los peligros para Europa de una victoria del nacionalsocialismo en Alemania. Exiliado en Turquía y aislado en Prinkipo, cerca de Estambul, llamó a la unidad del movimiento obrero contra el nacionalismo hitleriano, denunciando tanto la pasividad de la socialdemocracia como el sectarismo del partido comunista, completamente enceguecido por su lucha contra lo que llamaba el socialfascismo.

 Previó las consecuencias de un ascenso al poder del movimiento nacionalista y rabiosamente antisemita compuesto de pequeños burgueses desclasados y radicalizados por la crisis económica. El fascismo alemán destruiría el movimiento obrero, suprimiendo la democracia, amordazando la prensa, sometiendo a la cultura y las artes, y desencadenado una política exterior militar agresiva. Para preservar su poder económico y sus beneficios, escribía Trotsky, el gran capital alemán estaba dispuesto a entregar el Estado, dejándolo en manos de una banda de lúmpenes. No concebía la historia como un proceso lineal sino más bien como un devenir tormentoso de la humanidad, constantemente marcado por rupturas, avances y retrocesos, guerras y revoluciones. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el peligro que amenazaba a la humanidad era el de una regresión social bajo la forma de una barbarie moderna.

Trotsky argumentó que la única forma en la que Hitler y los nazis podían ser detenidos era a través de un frente único entre los comunistas y los socialdemócratas. Esto iba en contra de la política del Partido Comunista que se adhirió estrictamente a las perspectivas y la estrategia proveniente de la Internacional Comunista de Stalin. La Comintern dio un giro brusco en 1928 a lo que llamó el Tercer Período. El primer período fue el surgimiento revolucionario de 1917 a 1923; el segundo período se identificó como la estabilidad capitalista de 1923 a 1928. El tercer período, según Stalin y los líderes de la Comintern, se caracterizó por la crisis final del capitalismo. Por lo contrario, Trotsky argumentó que no había pruebas de que la crisis económica estuviera produciendo un radicalismo revolucionario. Llamó una y otra vez a los comunistas a presionar a los socialdemócratas para que entraran en un frente único contra el fascismo.

En 1938, 21 delegados de 11 países se reunieron en una casa en Francia y se declararon la Cuarta Internacional. Con la excepción limitada del delegado de EEUU, representaban a pequeñas fuerzas. A diferencia de la Tercera Internacional, que se había lanzado en un momento de crecientes movimientos populares y  que pronto atrajo a muchos grupos grandes por la creciente simpatía de los sectores subalternos a la revolución, la Cuarta Internacional se lanzó marginada y aislada en un período prolongado de derrotas, el surgimiento del fascismo y la sombra inminente de la segunda Guerra Mundial. En ese contexto Trotsky junto a unos pocos militantes se organizaban, apostando a la razón crítica del marxismo y a las potencialidades libertadoras del proletariado. Organizó la Cuarta Internacional para que un partido mundial de la revolución dirigiese la nueva oleada revolucionaria, que creía seguiría a la guerra, y regenerase la Unión Soviética mediante una revolución política que extirpase a la burocracia manteniendo las conquistas de la Revolución Rusa. Sostuvo también que, si después de la guerra el proletariado mundial no podía hacer la revolución socialista, se instalaría un período de barbarie, la URSS desaparecería y habría que imaginar entonces las bases de un nuevo programa para la reconstrucción de la civilización. Era una apuesta humanista en el momento más sombrío del siglo XX.

De 1935 a 1937, Stalin organizó una serie de juicios en los que participaron importantes dirigentes bolcheviques. Estos incluyeron los juicios de Zinoviev y Kamenev que habían estado en el comité central de los bolcheviques en 1917, luego aliados de Stalin y luego parte de la Oposición Unida con Trotsky. Se vieron obligados a humillarse públicamente mediante escenas desgarradoras de auto-degradación, al denunciarse a sí mismos y a Trotsky como agentes del fascismo. Incluso esto no los salvó de la ejecución. De hecho, todos los miembros restantes del comité central de 1917, con la excepción de Stalin, Trotsky, que estaba en el exilio, y Alexandra Kollontai, que ahora era embajadora, fueron ejecutados en este momento. Stalin trató de retratarse a sí mismo como el verdadero heredero de Lenin.

Uno de los agentes de Stalin, Ramón Mercader, clavándole un pico en la cabeza asesinó a Trotsky en su casa en Coyoacán en agosto de 1940. El asesino fue condenado a diecinueve años de prisión en México, liberado en 1960, tiempo después la URSS le otorgó la condecoración de Héroe de la Unión Soviética. Stalin no sólo mató a Trotsky, sino que destruyó a toda su familia. Una de las hijas de Trotsky murió de tuberculosis tras ser expulsada del Partido Comunista y prohibírsele trabajar. Su otra hija, Zina, fue conducida al suicidio. Los maridos de éstas fueron enviados a campos de trabajo forzado en Siberia. El hijo mayor de Trotsky, León Sedov, conocido como Lyova, con quien Trotsky trabajó muy de cerca en el exilio, fue envenenado por la policía secreta de Stalin en 1938. Incluso el hijo menor de Trotsky, un científico que evitó deliberadamente la política, fue encarcelado en 1934 y enviado a los campos de Stalin. La última vez que se supo de él fue cuando inició una huelga de hambre en 1936. La primera esposa de Trotsky, Alexandra, que estaba activa en la oposición, fue expulsada de Leningrado en 1936 y finalmente fusilada en 1938.

Trotsky tuvo errores de gran dimensión y alcance, la represión a los marineros anarquistas de Kronstadt, la ilegalidad a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques de izquierda, la eliminación de fracciones en el partido.  La guerra civil lo llevó a dar prioridad al partido por sobre la clase obrera, sustituyéndola por éste; creyendo que el partido podía representar a todo el conjunto del proletariado, desconociendo su  pluralidad. Tampoco pudo apreciar en toda su magnitud el daño irreparable causado a la conciencia de los sectores subalternos  las derrotas sufridas en los años 20 y 30. Subestimó los efectos nefastos de la dictadura stalinista sobre los obreros y campesinos de la Unión Soviética y su despolitización y desorganización así como el papel contrarrevolucionario de los partidos comunistas sometidos al Kremlin durante y después de la guerra, contribuyendo a la restauración capitalista de los Estados europeos y de la llamada coexistencia pacífica con el imperialismo estadounidense; la burocracia soviética también introdujo sus valores y conceptos en la misma Unión Soviética y en el movimiento comunista mundial.

El aislamiento de los seguidores de Trotsky alimentó en sus filas el dogmatismo, la tendencia a tratar de analizar la realidad tratando de que encajase en los textos de los revolucionarios marxistas, alimentó los caudillismos y personalismos y el sectarismo en los pequeños partidos que trataban de reproducir el modelo leninista de partido, creado para responder a condiciones históricas especificas.

La vida de Trotsky estuvo marcada por la circunstancia que tuvo que afrontar, fue sobre todo un revolucionario y por lo tanto contemplaba a la historia o al pensamiento social desde esa perspectiva; fue un hombre de acción que escribió la teoría para esa acción, un luchador político. No fue un “militarista”, sino alguien a quien la política y la historia obligaron a tomar las armas; pero también a  defender cosas como el “proletkult”, el surrealismo, la literatura de vanguardia o el psicoanálisis; y en general, la libertad más absoluta en el arte, la literatura, la filosofía o la ciencia. Generar concepciones teóricas decisivas como el desarrollo desigual y combinado y la revolución permanente, regalarnos una gran escritura, ante la cual es imposible no conmocionarse cualquiera sea la opinión sobre posiciones políticas particulares.

 El pensamiento de Trotsky abarcó todo el panorama del pensamiento social moderno. Componía sus libros como obras de arte, en la que el esfuerzo analítico y el espíritu creativo extraen sus materiales de una experiencia de vida extraordinaria. Así su Historia de la Revolución Rusa es un manual sobre cómo realizar y dirigir revoluciones. Sus escritos políticos, históricos y analíticos tienen el propósito de contribuir a la revolución. El hecho de que analizara los eventos políticos, la economía política de la época o la sociología de la revolución, lo convirtió probablemente en unos de los más importantes pensadores del siglo XX. En sus análisis literarios demostró la posibilidad de una observación marxista no represiva de las artes; con  un estudio teórico sofisticado acerca de la literatura y del arte, opuesto al realismo socialista.

El papel de Trotsky fue crucial para el triunfo de la Revolución Rusa de 1917, tanto como organizador del Ejército Rojo y como teórico. Su Historia de la Revolución Rusa brinda un punto de vista que no ha sido superado hasta la fecha al ser parte del proceso mismo, un manual sobre la naturaleza de la revolución. Comprendía el entorno de los cambiantes estados de ánimos de los sectores populares, y la relación entre esos estados de ánimo cambiantes con las acciones políticas y los programas de los partidos políticos. La Revolución Rusa le mostró al mundo que el capitalismo no era eterno, y que era posible establecer una alternativa. Con el fin de contenerla, la burguesía hizo concesiones que cambiaron la naturaleza del capitalismo mismo. No se puede justificar los millones que fueron asesinados por el estalinismo en nombre del socialismo, pero en el periodo anterior a Stalin, la Revolución Rusia ya había cambiado la historia. Le dio a los pueblos de todo el mundo la esperanza de que algún día pudieran regir sus propios destinos.

Las actuales crisis del sistema ponen en primer plano la necesidad de recurrir al pensamiento y la acción de León Trotsky. Su convicción que hay que convencer a los sectores populares de la necesidad de terminar con este sistema de opresión y explotación, y en la necesidad de construcción del socialismo, como también, la idea de la utilización de reivindicaciones transitorias que conduzcan hacia otras socialistas junto con la necesidad de una organización de los trabajadores y revolucionarios. Es  importante tomar de su legado: el internacionalismo, la visión global de la lucha por el socialismo, su batalla contra la burocratización del partido revolucionario y contra su fusión con el Estado; su insistencia a abrir el pensamiento a nuevas ideas y fenómenos, a tomar el  pensamiento de Marx no como un texto sagrado sino como una herramienta para analizar y transformar la realidad; de la necesidad de retornar al humanismo marxista con rigor teórico pero también con creatividad; analizar abiertamente todos los fenómenos nuevos; confiar en la capacidad de comprensión y acción de los trabajadores, como sujetos de su propia liberación. La revolución es para él ese momento breve pero cargado de sentido en el que los humildes y los oprimidos tienen finalmente la palabra, es el instante que repara siglos de opresión.

Grandes aportes podemos destacar de su legado: la mirada internacionalista, la confianza en los trabajadores, en las mujeres, los pueblos colonizados y la juventud como motores de una nueva ola revolucionaria y como arietes poderosos para resquebrajar y destruir todas las viejas imposiciones culturales; la esperanza en la revolución; la necesidad de combatir en todos los campos la ignorancia, la miseria cultural, la brutalidad, el desprecio por las ideas, la burocratización de los grupos, sindicatos y partidos populares; su certidumbre científica de que el capitalismo no es eterno y desaparecerá, y por tanto, su voluntad de organizar a los trabajadores y oprimidos. La visión mundial, de la lucha de clases y de la construcción del socialismo que, como sostenía es imposible en un solo país, demuestran su importancia como teórico marxiano de nuestro tiempo. También su seguridad de que, frente a la unificación del mundo por el capitalismo y a la coordinación internacional de los explotadores, el internacionalismo de los trabajadores terminará por vencer los egoísmos nacionalistas, que la lucha por defensa de las libertades democráticas asumirá formas y tareas anticapitalistas, socialistas. La  importancia de sus análisis y críticas al stalinismo y al régimen burocrático soviético, como así también de su funesta influencia sobre el movimiento obrero y la izquierda.

Trotsky tiene más valor que nunca a condición de que no se lo lea como los fieles leen escrituras sagradas, de que se lo estudie críticamente y a la luz de la una realidad y práctica cambiante, en un continuo proceso de aprendizaje-corrección y de constante autocrítica;  no necesita fieles, sino continuadores. Trotsky no nos basta hoy para responder a todos los desafíos teóricos que enfrentan los que quieren cambiar el mundo, pero sin él y sin sus concepciones, su historia y sus luchas, careceríamos de instrumentos para intentar comprender la realidad para transformarla. La lucha por la emancipación no podrá renovarse si se olvida su historia, su legado y su memoria. Trotsky es una parte esencial e ineludible de las tradiciones populares, de la idea del socialismo y de la revolución. En eso reside su herencia más bella.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *