La fuga y masacre de Trelew en su contexto mundial

La fuga y masacre de Trelew, entendidos como acontecimientos históricos, fueron una clara expresión de la época que se vivía en Argentina y el mundo. El golpe político que implicó la fuga para la dictadura, y el ataque que esta última desató contra algunos de los mejores cuadros de los grupos revolucionarios de nuestro país, fueron manifestaciones del contexto nacional e internacional de luchas que atravesaba a toda la sociedad.

A diferencia de lo que varios autores han planteado, la misma ciudad de Trelew también era parte de ese contexto de luchas. Varios capítulos de este libro aportan a demostrar esta perspectiva, y a dejar de lado las miradas tradicionales y hegemónicas sobre la historia de nuestra región.

La descripción de lo que pasaba en una pequeña ciudad (como era en ese momento Trelew, cuando aún no había estallado el crecimiento de su parque industrial) tan alejada del centro del país evidencia el grado de movilización social que se vivía en ese momento de nuestra historia. Movilización social que se expresaba en lo político, pero también en lo cultural, en el cuestionamiento a todas las jerarquías, a todos los cánones y a todos los clasicismos.

En este capítulo intentaremos, muy resumidamente, retratar ese marco de movilización de la sociedad mundial en su conjunto, en el que consideramos se inscriben, y toman su real significado, la fuga y la masacre de Trelew como acontecimientos históricos.

La Rebelión de los pueblos:

Desde la década del 50’ del siglo XX el mundo entero vive  transformaciones vertiginosas. Es lo que podríamos calificar como un verdadero movimiento de la sociedad en su conjunto: la sociedad toda está en ebullición, en cambio constante.

El fin de la segunda guerra mundial había modificado el mundo. Una nueva realidad surgía. Los antiguos poderes coloniales en su gran mayoría se resquebrajaban o habían quedado sumamente debilitados tras la guerra. En ese marco los millones de oprimidos veían su posibilidad de salir a la luz, de conseguir las transformaciones sociales que hacía tantos años ansiaban. La guerra mundial había movilizado a esos pueblos. Las potencias dominantes necesitaron poner a combatir a todos, en esa guerra clave que definiría cuáles países seguirían siendo los dominantes y obtendrían mayores beneficios en el reparto del mundo. Por eso, a sus propios explotados les dieron armas y los entrenaron para luchar. Una vez que esos miles de soldados volvieron a sus lugares de origen tras el fin de la guerra interimperialista, muchos de ellos siguieron combatiendo: pero ahora contra su nación colonizadora, contra la potencia que los había obligado a pelear en su nombre después de siglos de oprimirlos.

Allí se puso en marcha el proceso de “descolonización”, que se articuló con las demandas de transformación de la estructura económica y social construida por el capitalismo. Esa tarea, que fue sintetizada como la necesidad de la liberación nacional y social de los pueblos, planteaba que en los países formalmente independientes la disputa con el o los países opresores implicaba dar la lucha contra la fracción burguesa que gobernaba el país en su nombre: la confrontación tomaba así la forma de guerra civil. Con sus particularidades la revolución china, que llega al poder en 1949, da inicio a este período, que tendrá sus grandes hitos en la victoria vietnamita de Dien Bien Phu, en 1954, y la revolución cubana, en 1959.

Los sojuzgados de siempre, los oprimidos, los que durante siglos ni siquiera fueron reconocidos como hombres, se lanzaban a una lucha a todo o nada para conquistar su derecho a ser sujetos de la historia, es decir  a construir su propia historia. Se trataba de un profundo quiebre, que generaría una ruptura quizás sin precedentes respecto al pensamiento anterior.

En la historia de la humanidad existen este tipo de momentos, pero lamentablemente no son muy comunes. A principios del siglo XX asistimos a un proceso semejante. Aquella fue una primera generación de pueblos que se levantaron, con mayor o menor conciencia, contra las condiciones de vida que les iba imponiendo el apabullante avance del capitalismo, ya lanzado en su fase imperialista.

La primera guerra mundial inició un período de grandes confrontaciones, cuyo hecho fundamental fue la revolución rusa de 1917. Pero en verdad el proceso fue mucho más allá de eso, y abarcó a casi todo el mundo. Se trató de una verdadera rebelión de los pueblos, que recorrió toda Europa e impactó fuertemente en América Latina y, en menor medida, en Asia. Un proceso que comenzó en la revolución rusa de 1905, derrotada, que siguió en nuestro México y su revolución de 1910, en las rebeliones a lo largo y ancho de China en 1912, y que atravesó luego a Alemania, Italia, Francia… Este proceso de rebelión[1] fue finalmente cerrado, luego de un largo ciclo que culminó con la derrota de la revolución española entre 1936 y 1939, y que tuvo como otros hechos claves  la aniquilación de la insurrección salvadoreña en 1932 y el asesinato de Sandino, líder de la resistencia nicaragüense, en 1934.

Usamos el concepto de derrota en un sentido dialéctico: consideramos que nunca una derrota es total, y que en verdad se trata de victorias parciales para uno u otro lado. Pero en términos generales, cuando una fuerza social lucha por la revolución y otra por mantener el sistema capitalista, si la resultante global del proceso es la continuidad del sistema lo conceptualizamos como una derrota de la fuerza social que buscaba transformar la realidad. Derrota parcial, pero derrota al fin.

Y derrota que, en una aparente contradicción, siempre implica también victorias, porque el capitalismo, para vencer a cada proceso de este tipo, siempre debe ceder parte de sus ganancias y de su poderío. Así, la “derrota” de los años 30’ implicó la “victoria” de conseguir, en muchos países, derechos laborales y sociales que nunca habían existido y una mayor distribución de los ingresos. La “derrota” de la segunda rebelión, implicó la “victoria” de la independencia, al menos formal, de muchos países, la consagración en varios casos de mayores derechos para las mujeres, las minorías étnicas y/o religiosas, etc. Así de compleja es la dialéctica de la realidad y de las relaciones entre los procesos de transformación y conservadurismo: muchas veces se cambia un poco para que no cambie lo sustancial. Lo único seguro es que cada derecho, cada libertad, cada avance económico, se logró gracias y por la lucha. Por ello la única derrota absoluta, en el marco de un sistema social injusto, es no luchar, porque entonces todo sigue como está. Si se lucha, siempre algo cambia.

Esa rebelión de los pueblos se personificó en una primera generación de revolucionarios de los países oprimidos, que fueron parte de este proceso a nivel mundial. De la misma corriente que representaron Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y Liebknecht, fueron expresión Mariátegui, Recabarren, Mella, Guiteras, Sandino y Farabundo Martí en nuestra América Latina.

Tras la derrota de este proceso revolucionario la tierra no quedó arrasada. Por más que los poderosos de turno siempre sueñen y hablen del “fin de la historia” o de la “solución final”, la historia es cambio y transformación, y los aparentes finales son, siempre, un nuevo comienzo. La historia nunca termina ni terminará mientras vivan hombres y mujeres, porque son ellos los que la hacen y los que la modifican con cada acción de sus vidas, con cada elección que realizan.

Hacia mediados del siglo XX se configuró la nueva corriente revolucionaria de la que veníamos hablando. Pero ahora con una gran diferencia: este proceso de rebelión no comenzó en los países centrales e impactó luego en los países dominados, sino que surgió de estos últimos y repercutió en los países opresores.

Contra mucho de lo escrito y difundido por los grandes medios de comunicación, afirmamos que en verdad nada comenzó en 1968 en Francia, sino que el mayo francés fue apenas una mínima expresión del gran proceso de rebelión social de los pueblos oprimidos. Un proceso que venía en claro avance desde Dien-Bien-Phu en 1954, y que estallaba en 1968, pero no por “la imaginación al poder” de los jóvenes parisinos sino por la acción del Têt desarrollada desde enero de ese año por el Frente de Liberación Nacional Vietnamita. Ese fue el hecho clave de 1968, el momento en que las fuerzas armadas insurgentes de un pequeño país oprimido del sudeste de Asia se lanzaban a una feroz ofensiva contra las tropas del país más poderoso del mundo. Este acontecimiento se constituyó en un llamado a que todos los pueblos se levantaran; era decir: “si nosotros podemos, ustedes también”.

Un año antes Ernesto Guevara había planteado que la tarea estratégica era formar “dos, tres, muchos Vietnam”. Durante 1967 el Ché sería asesinado por las tropas bolivianas, entrenadas y comandadas por las fuerzas armadas de EEUU, cuando intentaba llevar a los hechos lo que había sostenido con sus palabras.

Pretender reducir ese proceso de luchas que atravesaba a todo el mundo a las movilizaciones estudiantiles de Francia, es quitar historicidad a los hechos y desconocer la verdadera relevancia de cada suceso. Si no entendemos que todo esto era parte de la misma ofensiva de los pueblos se hace imposible pensar, por ejemplo, el porqué de la masacre de Tlatelolco en el México de 1968 o, como pretendemos en este trabajo, entender en qué marco se inscribió la masacre de Trelew.

Aún menos rigurosos son aquellos enfoques que destacan como elementos centrales de esta rebelión al movimiento hippie, a las expresiones pacifistas en EEUU, o al surgimiento de los primeros grupos ecologistas en varios países centrales. Todos estos fueron procesos y reclamos respetables, parte de la misma rebelión social, pero que sólo la representaban en escasa medida y en sectores muy reducidos de la población mundial (aunque seguramente más visibles y “presentables”, para los medios de comunicación occidentales, que los guerrilleros vietnamitas). Aquel ciclo de rebeliones populares fue expresión del primer momento en que la oleada revolucionaria nació desde los países oprimidos. Este proceso evidenciaba la caducidad del viejo orden y del dominio imperial y, en consecuencia, el fin del capitalismo como sistema que pudiera mejorar la vida de la sociedad en su conjunto. La máxima expresión de la cultura, la vanguardia de la nueva sociedad, ya no existía en Europa o Estados Unidos sino en los millones de desheredados, en lo que Fanon llamó “los condenados de la tierra”. Ellos eran los que construían la alternativa de organización social contra la injusticia intrínseca del capitalismo.

En ambos momentos revolucionarios la ruptura con todo lo anterior no se dio solamente en el terreno de la lucha política. O quizás sí, pero tomando el término lucha política en su mayor amplitud, o sea incorporando todo aquello que hace a la vida en sociedad. Así, la rebelión contra la vieja sociedad no sólo implicaba la necesidad de conformar una nueva “estructura” económica que garantizara la justicia en la producción y en la distribución de los recursos: el proceso de lucha también llevaba a impugnar las viejas costumbres, todo lo clásico, todo lo impuesto.

Era una rebelión política, y como parte de ello era económica, artística, cultural, social, ideológica. Del mismo modo que lo planteaban Marx y Engels en el “Manifiesto Comunista” de 1848, todos los valores de una sociedad hipócrita y basada en la explotación de la mayoría de los hombres por parte de una minoría, eran atacados y puestos en duda.

Así como en la primera rebelión de los pueblos marcamos la importancia de aquellos hombres y mujeres que realizaron una síntesis del proceso en el pensamiento y la acción revolucionaria, también en este segundo momento surgieron miles de sujetos que con su praxis apuntaron a transformar el mundo.

Son los intelectuales que Gramsci reclamaba como fundamentales para realizar una verdadera revolución. No debemos pensar en el intelectual aislado del mundo, que sólo reflexiona acerca de los problemas sociales encerrado en su gabinete e investigando fría e “imparcialmente” la realidad. El intelectual que se forja en estos años es el de las clases oprimidas, el que desarrolla su pensamiento junto a su práctica militante, en el combate, luchando junto a su pueblo. Podemos mencionar, sólo a modo de brevísimo inventario que muestra la magnitud del proceso, desde los líderes de la revolución china y vietnamita Mao Tse-Tung y Ho Chi Min, hasta Ernesto Guevara, Frantz Fanon, Carlos Fonseca, Roque Dalton…

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Si bien la lucha de los pueblos la realizan las masas populares en procesos colectivos, sus mejores aportes se sintetizan en las acciones y la reflexión de algunos sujetos, que forman parte de esos pueblos en rebelión. Y esos hombres y mujeres son claves para el proceso porque  permiten entender la totalidad, superar los particularismos y avanzar en la unidad y la sistematización de la revolución.

El enemigo fue entendiendo esto cada vez mejor. Y por eso, como veremos en este trabajo, parte fundamental de su estrategia para derrotar esta segunda fase de la rebelión fue aniquilar a los hombres que sintetizaban lo mejor de sus pueblos, y tratar de evitar que surgieran otros que pudieran reemplazarlos.

El segundo proceso de rebelión fue derrotado a mediados de la década del 70’. Si bien luego se produjo la revolución nicaragüense, en 1979, las condiciones de retroceso mundial llevaron a que esta experiencia no consiguiera avanzar como era su intención y fuera, al menos tácticamente, vencida unos años después. El capitalismo logró regenerar un proceso de expansión de sus ganancias sobre la base de la derrota de la lucha revolucionaria de las clases oprimidas. En África y Asia el imperialismo logró concretar pactos de convivencia con las burguesías locales que llegaban al poder tras las luchas de descolonización y que, traicionando a su pueblo, pasaban a una situación de neocolonialismo, asegurando el “orden interno” a cambio de que las potencias dominantes les dejaran una porción un poco más grande de las ganancias. Cuando esto no fue posible, el imperialismo generó guerras entre países oprimidos o financió dictaduras criminales en los mismos.

En América Latina el mecanismo para imponer la derrota tomó la forma de dictaduras militares que desataron una dura represión contra los movimientos populares. Se produjo una contra ofensiva de la gran burguesía imperialista, comandada por EEUU, que delineó un plan estratégico para aniquilar los procesos de rebelión. En fechas muy cercanas entre sí, se dan los golpes de estado en Uruguay (junio de 1973), Chile (septiembre de 1973) y Argentina. Esos golpes se articularon con dictaduras ya existentes en Paraguay (1954), Brasil (1964) y Bolivia (1971), para establecer una persecución contra los militantes revolucionarios y sus organizaciones.

Esa respuesta del capitalismo fue proporcional al temor que había llegado a tener en relación al desafío que los procesos de masas le planteaban.

La mayoría de las organizaciones revolucionarias de nuestros países pensaban a la revolución como necesariamente latinoamericana; es así que, por ejemplo, en 1974 el PRT-ERP Argentino, el MLN Tupamaros de Uruguay, el MIR chileno y el ELN de Bolivia, conformaron la Junta de Coordinación Revolucionaria.

Tampoco hubiera sido posible planificar la fuga del penal de Rawson sin ese marco continental; el escape fue pensado hacia Chile debido a la presencia del gobierno de la Unidad Popular dirigido por el socialista Salvador Allende.

Para comprender la importancia de los contextos internacionales  es interesante reflexionar que la fuga hubiera sido imposible sólo 13 meses después, tras el golpe de estado que derrocó a Allende y comenzó la imposición sistemática del terrorismo de estado y del neoliberalismo en América Latina. Pero, a pesar de la derrota, otra vez la tierra no fue arrasada. Decenas de naciones habían conquistado su independencia en el proceso de descolonización. Millones de hombres y mujeres habían sentido cómo era construir su propia historia. Millones se animaron a poner en cuestión el aparente orden inmodificable del sistema capitalista, y a luchar por un sistema social sin explotados ni explotadores. Eso siguió existiendo en la conciencia y la experiencia de los pueblos, y creemos que será el germen de la tercera rebelión que, quizás, ya hoy esté en marcha.

¿Y qué pasaba en Argentina?

La realidad de Argentina nunca estuvo aislada del contexto internacional. En ese marco de movilización mundial era lógico que lo mismo sucediera también aquí, con sus obvias particularidades. Muchas veces nos hicieron creer que los argentinos somos excepcionales, y que por ello nuestra historia también lo fue. Esta idea, tan finamente construida por los ideólogos del sistema (y muchas veces reproducida desde el campo popular e incorporada al sentido común de nuestra sociedad), nos lleva a creer que nuestra historia está plagada de hechos insólitos, “que solo podían suceder acá”.

La mentira sirvió, tanto para hacernos creer que estábamos “condenados al éxito” (como dijo un ex presidente), como para plantearnos que estábamos destinados al fracaso. Debemos terminar con esas ideas de “condena”: no somos excepcionales ni estamos condenados a nada. Nuestra historia forma parte de la historia del mundo y, en especial, de la latinoamericana. Nuestro destino no ha sido escrito por nadie; ha de ser construido por nuestro pueblo con su lucha.

En aquel primer momento de rebelión que marcamos hacia principios del siglo XX en Argentina se vivieron significativos procesos de lucha social, que no fueron un simple “reflejo” de lo que ocurría en el exterior o del accionar de “agitadores extranjeros”. Esos procesos fueron expresión de dinámicas objetivas de la estructura económico social del país: la centralización de capitales, la explotación del trabajo asalariado, la concentración del poder político y económico, y el avance del imperialismo. Transformaciones que ocurrían en la estructura del país pero que eran parte del proceso mundial, signado por el desarrollo del imperialismo y la mayor concentración capitalista. En ese marco también se desarrollaba la práctica subjetiva de una clase obrera que iba acumulando experiencias y construyendo su conciencia.

Durante esos años Argentina vivió importantes luchas de la clase obrera, como la semana roja de 1909, la semana trágica de 1919, las huelgas de la patagonia rebelde de 1921-1922, las huelgas de la forestal entre 1919 y 1921, varias huelgas nacionales y múltiples conflictos locales. Como parte del proceso también se generaron rebeliones de la pequeña burguesía: entre otras se encuentran el grito de Alcorta de 1912 y la reforma universitaria de 1918.

El sistema en general aceptó negociar con los procesos dirigidos por la pequeña burguesía, pero pocas veces aceptó hacerlo con la clase obrera. Solamente lo hizo cuando las luchas habían superado su capacidad de dar respuestas eficaces en lo represivo (por ejemplo durante la semana roja) o cuando la negociación le servía para quitar fuerzas a las direcciones obreras más combativas y favorecer a las moderadas.

La clase obrera era vista como un peligro inminente, en especial por el contexto internacional (la revolución rusa era realmente el fantasma que asustaba a toda la burguesía) y porque en su seno la estrategia[2] mayoritaria (expresada por las corrientes anarquistas, sindicalistas revolucionarias y comunistas, que dirigían la mayoría de los sindicatos) consistía en transformar la actual sociedad, superando el sistema de clases. Las luchas de la clase obrera durante este período fueron varias veces masacradas, principalmente por el gobierno constitucional de Yrigoyen.

Masacre, esa palabra y esa acción, que tanto se repite en nuestra historia.

Contribuyeron a la posibilidad de esas acciones el aislamiento geográfico y político al que fueron sometidas estas luchas. La dispersión de la clase obrera impedía su articulación en una fuerza social que pudiera rivalizar en forma eficaz contra la burguesía. Su debilidad le hizo imposible poder plantearse como una fuerza social alternativa al régimen. Esa situación objetiva y subjetiva comenzó a fortalecer la tendencia a incorporarse al sistema capitalista en mejores condiciones: esta nueva estrategia fue la predominante desde allí y hasta fines de los años 60’.

La derrota de este primer ciclo de rebelión de la clase obrera argentina tuvo en esas masacres de los años 20’ su punto fundamental, y en los asesinatos y la persecución sistemática (en especial enfocada contra los anarquistas) que desarrolló la dictadura impuesta desde 1930, su continuidad y cierre.

Años después, y en base al desarrollo de su otra estrategia, convertida  ahora en mayoritaria dentro de sus organizaciones, la clase obrera conquistó nuevos derechos sociales, laborales y políticos, y mejoró su nivel de vida a partir de la incorporación al sistema institucional. Esta estrategia era posible en el marco de un capitalismo que en Argentina necesitaba desarrollarse en extensión[3], incorporando nuevos sectores a la producción y al consumo y logrando ampliar los niveles de plusvalía a partir de incorporar más obreros a la producción.

Por eso coincidió tácticamente con los intereses de sectores importantes de la burguesía, que también lograban aumentar sus ganancias en base a ese proceso. Coincidencia que, repetimos, solamente fue posible en esa fase del capitalismo, que aún no había completado su desarrollo en extensión y, por lo tanto, no necesitaba acrecentar la explotación sobre el trabajo sino aumentar la masa de trabajadores.

El proceso se encarnó en la representación política conocida como peronismo. Perón impulsó una política a favor del desarrollo capitalista entre 1946 y 1952 que coincidía en parte con los intereses de la clase trabajadora. Pero cuando el capitalismo comenzó a necesitar aumentar la explotación del trabajo, porque ya había comenzado a encontrar los límites concretos de su desarrollo en extensión, el peronismo en el poder realizó un gran cambio en su política para intentar seguir siendo funcional al desarrollo y crecimiento del  mismo.

Existió un punto de quiebre, que se expresa en términos económicos alrededor del año 1952. Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, este gobierno no podía terminar de promover los cambios que necesitaba el capitalismo, especialmente por la contradicción entre la nueva política que necesitaba llevar adelante y su apoyo fundamental que seguía proviniendo de la clase obrera.

La crisis se expresó en forma evidente alrededor de un hecho muy interesante: el Congreso de la Productividad que el gobierno peronista convocó en 1954. Allí se planteó, desde la lógica de la conciliación de clases, la necesidad que tenía el capitalismo de mejorar los niveles de producción. El problema es que mayor productividad, en ese momento del desarrollo del capitalismo en Argentina, significaba mayor explotación.

Aquí es muy interesante el enfrentamiento larvado que se generó entre la CGT y la CGE[4], cuando esta última reclamó la disolución de las comisiones internas de fábrica y la modificación de los convenios colectivos de trabajo. La oposición de la base obrera fue tan contundente que la CGT no pudo aceptar siquiera algunos cambios, y allí comenzó a profundizarse la crisis del gobierno peronista, que terminaría con el golpe de 1955.

El límite del desarrollo en extensión implicaba la imposibilidad de aumentar la masa de ganancia por el método tradicional de la fase industrial hasta ese momento (la incorporación de nuevos trabajadores al sistema). Se necesitaban soluciones para recuperar las tasas de ganancia de los capitalistas durante la etapa inicial del peronismo; la primera alternativa podía ser obligar a trabajar más horas a cada obrero, pero por el mismo sueldo. Esto era casi imposible políticamente, e implicaba producir más productos que no tenían la seguridad de ser vendidos.

La segunda opción era la única que parecía viable: incrementar la explotación de cada obrero haciéndole aumentar su productividad, acrecentando el ritmo de trabajo y generando una cierta masa de desocupación para negociar salarios en mejores condiciones. El desarrollo del capitalismo dejaba de realizarse predominantemente en extensión y comenzaba a hacerlo en profundidad. Esto a su vez necesitaba de una mayor maquinización, inversiones fuertes que los capitalistas locales no podían (o no se animaban) a realizar por sí solos; allí también se empezó a plantear la necesidad de incentivar, con políticas de privilegios, la inversión en el país de las empresas transnacionales.

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Estas medidas eran de muy difícil realización bajo un gobierno como el justicialista, cuyo discurso, alianza social e instituciones estaban organizados de acuerdo a otra fase del desarrollo capitalista. Por eso las fracciones de la clase dominante que lo apoyaban comenzaron a buscar otras expresiones que pudieran gobernar el país y generar los cambios que necesitaban para aumentar sus ganancias. Allí estuvo el germen del desarrollo en Argentina del dominio del capital financiero; el proceso se expresó, concretamente, en el golpe de estado contra Perón. Comenzó un proceso de luchas que se podría calificar como popular y espontáneo[5], que se denomina comúnmente “resistencia peronista” pero que sobrepasó claramente a esa identidad política y a sus límites ideológicos[6]. Se trató de un profundo proceso de acumulación de fuerzas populares, que hicieron síntesis en las grandes insurrecciones populares de fines de los 60’.

Estas luchas fueron modificando condiciones básicas de la clase obrera y del pueblo, produciendo el gran cambio que vimos configurarse en esos años: el pasaje a otra estrategia que se hizo mayoritaria en la clase obrera, planteando la necesidad de superar el tipo de sistema social hoy vigente, la necesidad de encontrar otra forma de organización social superior a la capitalista; forma que se denomina, genéricamente, socialismo[7].

El proceso de cambio de estrategia mayoritaria en la clase obrera fue más allá de las identidades políticas preasumidas por los distintos grupos. Los mismos sectores auto denominados peronistas realizaban prácticas con contenido revolucionario sintetizado en programas políticos[8] que llegaban mucho más allá de lo que el Partido Justicialista, como expresión burguesa de la sociedad, podía suscribir orgánicamente. Eran programas en los cuales se cuestionaba la propiedad privada, y que planteaban la necesidad de transformaciones estructurales en la economía del país.

Pero así como estas organizaciones, que en su mayoría se identificaban como peronistas, expresaron la necesidad de una transformación social, también lo hicieron aquellas corrientes que se identificaban como marxistas o “por el socialismo”. El sindicalismo de liberación[9] y el sindicalismo clasista[10] demostraban esa realidad y ese proceso de articulación entre diversas fuerzas sociales.

La movilización de la sociedad argentina hizo síntesis en grandes insurrecciones populares, destacándose los dos Rosariazos y el Cordobazo, de 1969, y el Viborazo, de 1971. Allí se conformó, en la calle y a través de la confrontación, una especie de “partido de los que luchan”, desde la unidad obrero-estudiantil que simbolizó la capacidad de la clase obrera para construir una fuerza social como alternativa real al sistema capitalista. Los trabajadores se iban constituyendo en fuerza política con capacidad de construir hegemonía, y de articular en sus demandas los intereses de los demás sectores oprimidos de la sociedad.

Por primera vez en Argentina una fuerza popular se planteaba la necesidad de la liberación nacional y social, que manifestó a través de estos combates populares de fines de los 60’ y principios de los 70’. Este avance en la conciencia de la clase obrera y los demás sectores oprimidos se expresó en todas las luchas posteriores, hasta la llegada de la dictadura genocida.

A partir de estos hechos, distintas fracciones del pueblo comenzaron a sintetizar su experiencia en agrupaciones políticas, algunas de las cuáles tomaron también en sus manos la preparación del enfrentamiento en el plano militar con las fuerzas represivas del sistema. La rebelión popular había mostrado la posibilidad de vencer a estas fuerzas; las organizaciones[11] tuvieron un gran crecimiento y articularon importantes luchas,  sin lograr, pese a ello, construir una política de unidad y de inclusión de todos aquellos que buscaban un cambio social.

El proceso que se iba construyendo contenía elementos peligrosos para el sistema. La posibilidad de una revolución social estaba planteada. Si bien no se pensaba en la toma del poder en forma inmediata sí estaba presente, por primera vez en la historia de Argentina, la fuerza social que podía llevar a cabo esa transformación. Una intelectualidad revolucionaria surgía y se nutría en las luchas populares. Desde Cooke, Santucho, Hernández Arregui, Carlos Olmedo, Rodolfo Walsh, Silvio Frondizi, Agustín Tosco y muchos otros, se discutía y se buscaban los caminos para construir la unidad de los que luchaban por un cambio revolucionario. El ejemplo de Cuba y de Ernesto Guevara, actuaban como guía e impulso ético y político.

La fuga de Trelew fue una síntesis de este proceso, el punto cúlmine de la ofensiva popular contra el sistema de dominación. Se trató de la acción militar más importante en la que participaron las tres principales organizaciones político–militares que planteaban, al menos en su discurso, objetivos revolucionarios.

Así lo explicaba claramente Santucho en sus escritos posteriores, buscando que la sangre común derramada por la masacre abonara el necesario camino de la unidad. Lo planteaban también Pujadas, Bonet y Berger en la famosa conferencia de prensa dada en el aeropuerto viejo de Trelew.

El riesgo era muy grande para el poder. Y por eso la rudeza de la respuesta del sistema, articulando, como siempre, la coerción y el consenso.

La respuesta desde arriba

Ningún sistema basado en la explotación de clases cae si los explotados no lo hacen caer. Y esa tarea es muy difícil, porque los explotadores tienen casi todas las armas, la experiencia, múltiples herramientas y muchos intelectuales trabajando para generar respuestas ante los ataques de aquellos que quieren subvertir la realidad.

El sistema se defendió. La crisis de acumulación que atravesaba el capitalismo, y que no lograba ser resuelta por la resistencia popular que se oponía a sus planes, debía ser solucionada. La burguesía en Argentina había perdido la iniciativa política y necesitaba recuperarla. Pero el proceso era mundial, y fue a ese nivel donde se generó la respuesta.

La burguesía construyó un programa contra revolucionario, el cual articuló una teoría económico-social, una teoría político-militar y una herramienta que hiciera posible llevarlas a la práctica. Esto es: el neoliberalismo, la doctrina de seguridad nacional y el terrorismo de estado.

En Argentina esta tríada fue difícil de imponer. La lucha obrera y popular lo impidió intento tras intento. La caída de Onganía, a mediados de 1970, y la de Levingston, en 1971 tras el “Viborazo”, dieron por tierra con la ilusión de que esa vez sí había llegado la ansiada “solución final”. La coerción pura no alcanzaba ante tanta falta de consenso de la dominación capitalista. Entre enero y mayo de 1971 la cantidad de asaltos a bancos por parte de las organizaciones revolucionarios subió de un promedio de nueve a doce por mes. En junio pasaron a ser veinticinco los bancos asaltados, en el marco de un gran apoyo popular a este tipo de acciones, con un crecimiento sostenido de las organizaciones en términos de cantidad de militantes y del impacto de su propaganda y sus planteos políticos. Era necesario recomponer la aceptación del “orden normal” capitalista, para después poder imponer la coerción más descarnada.

Y es así que la clase dominante argentina aceptó, como última instancia, recurrir a la carta que tanto temían jugar: el regreso de Perón. Esta salida fue expresión de la dialéctica entre victoria y derrota: victoria de años de lucha por el regreso de aquel que la mayoría del pueblo creía que representaba su búsqueda de una nueva sociedad; derrota porque significaba la vuelta del orden capitalista, y una cierta recomposición de su consenso.

Esta decisión generaba también fuertes luchas entre los de arriba. Los sectores más lúcidos de la burguesía (encabezados por Lanusse) entendían que se trataba de la última opción para frenar el peligro de un proceso revolucionario que tenía el apoyo de importantes sectores de la sociedad. Ya en julio de 1971 la mayoría de los partidos políticos fueron autorizados a comenzar sus actividades partidarias. Se puso en marcha el “Gran Acuerdo Nacional” (GAN)[12], buscando cerrar filas entre las diversas fracciones de la clase dominante para imponer el retorno a la institucionalidad burguesa. Lanusse buscó negociar con Perón, y en septiembre de 1971 devolvió los restos mortales de Eva, robados por las Fuerzas Armadas desde el golpe de estado de 1955. Pocos días después se fijó fecha de elecciones para marzo de 1973.

Las disputas hacia adentro de la burguesía continuaban, siendo algunas de sus expresiones los  levantamientos de dos regimientos, a fines de 1971, contra la apertura política anunciada por Lanusse. Cuando ocurrió la masacre de Trelew la operatoria política para el retorno de Perón ya estaba en marcha. A fines de enero de 1972 se había reconocido como partido político al Partido Justicialista, tras diecisiete años de proscripción. Pero fue la masacre de Trelew el hecho que precipitó la decisión de permitir su regreso al país. Son pocos los acontecimientos de nuestra historia en los que es tan clara la articulación entre consenso y coerción.

El 17 de noviembre de 1972 Perón volvió a pisar suelo argentino, pero la dictadura impidió, con un amplio operativo militar, que su llegada se transformara en un acto político de masas. En cambio para su segundo viaje, el 20 de junio de 1973, se había preparado un gran acto en Ezeiza. Este finalizó con el ataque de la derecha peronista contra los sectores que, desde ese mismo movimiento político, planteaban la necesidad de una salida revolucionaria. De este modo quedó en evidencia cuál era la acción que venía a realizar Perón como cuadro político de la burguesía. Así como la fuga de Trelew marcó el punto máximo del enfrentamiento, en términos de ofensiva de los sectores populares contra el régimen de dominación, Ezeiza fue un punto de inflexión a partir del cual la gran burguesía recuperó la iniciativa política y fue configurando su contraofensiva.

La vuelta de Perón generó el consenso que hizo posible la puesta en marcha de la coerción más desatada, en las calles y muchas veces a plena luz del día (con el antecedente directo de lo ocurrido en Ezeiza). La “triple A”, formada por la cúpula del mismo gobierno justicialista, fue la antesala directa de la dictadura militar que comenzó en 1976. Esa organización paramilitar no hubiera sido posible con Lanusse, pero sí lo fue con Perón.

Pero volvamos atrás y tratemos de entender la masacre de 1972. Decíamos que la respuesta de la burguesía se articulaba básicamente en una teoría económico social, una doctrina político- militar y una herramienta para poder llevarlas a cabo. Trataremos de explicarlas muy brevemente. El neoliberalismo es la doctrina económico social de un capitalismo que se reconoce incapaz de mejorar la vida de las sociedades pero que se considera el único sistema posible, el cual, de ser necesario, se impondrá a través de la fuerza. Plantea que la desigualdad social es un valor positivo e imprescindible para asegurar el crecimiento económico, que la democracia debe subordinarse a su rentabilidad para el mercado y que nunca se podrían cubrir las necesidades de toda la población.

Las ideas neoliberales ganaron terreno en paralelo al dominio que el sector financiero del gran capital establecía sobre la economía mundial. Se afirmaba que las raíces de la crisis se escondían en el poder excesivo de los sindicatos y, de manera más general, del movimiento obrero. Ese poder minaba las bases de la acumulación privada, con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su acción parasitaria para que el Estado aumentase los gastos sociales. El remedio era mantener un Estado fuerte en su capacidad de quebrar el poder de la clase obrera, pero limitado en lo referido a gastos sociales e intervenciones económicas. Esa porción del capital que hasta ese entonces era parte del salario indirecto de los trabajadores (en salud, educación, seguridad social), ahora sería concentrado por las grandes empresas. De esta manera se produciría una gigantesca transferencia de recursos desde los explotados hacia los explotadores.

La estabilidad monetaria debería ser la meta formal y pública de cualquier gobierno, aunque su verdadero objetivo siempre será asegurar las ganancias de las grandes empresas. El gasto social tenía que ser abruptamente recortado, dejando a grandes porciones de la población sin coberturas mínimas y liberando estos espacios, hasta allí controlados por el Estado, al arbitrio de las transnacionales que los transformaban de derechos sociales a mercancías.

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El desempleo es, para los defensores del neoliberalismo, algo positivo, ya que permite quebrar la solidaridad obrera. En el contexto que nos ocupa la creación de una importante masa de desocupados presionaba hacia la baja de los salarios al generar la competencia entre los trabajadores, que ahora se veían obligados a aceptar empleos en peores condiciones. De esta forma las empresas se aseguraban mayores tasas de ganancia, consiguiendo incrementar la productividad y obligando a los obreros a trabajar durante más horas por el mismo salario.

Para la doctrina neoliberal el único crecimiento económico proviene de las grandes empresas de capital concentrado. Por eso todo impuesto a la riqueza, a la renta o a los más beneficiados, es “distorsivo” y frena el desarrollo de aquellos que realmente son el motor del crecimiento económico de la sociedad.

La doctrina de seguridad nacional fue difundida por el alto comando de las fuerzas armadas de EEUU, y enseñada a los ejércitos latinoamericanos en la “Escuela de las Américas”. Años antes el ejército francés había desarrollado un modelo teórico-práctico acerca de cómo realizar las guerras “contra insurgentes”; esa era la base ideológica de esta doctrina, construida durante la guerra que Francia desató contra el pueblo argelino que luchaba por su independencia[13]. Más de veintiséis mil soldados de diversas fuerzas armadas latinoamericanas fueron entrenados por las tropas de EEUU en las escuelas de Fort Bragg (en Carolina del Norte, EEUU), Fort Sherman, Fort Clayton y Fort Gulik (en la zona del canal de Panamá).

Esta doctrina planteaba que el enemigo fundamental era el comunismo, pero la definición de comunista agrupaba a todos los que se opusieran al capitalismo. Todo aquel que luchara contra “el sistema occidental y cristiano” era el “subversivo” a vencer por los ejércitos. Ese enemigo era “interior”, y por ello difícil de distinguir, móvil, ya que se “mimetizaba” con la sociedad. En verdad, para esta doctrina, el enemigo era la sociedad en su conjunto, y el objetivo era obligarla a aceptar una nueva forma de orden social que, en ese momento, la mayoría consideraba injusto.

Ambas doctrinas habían sido puestas en práctica en forma parcial varias veces en la historia de Argentina. En especial la doctrina de seguridad nacional se puede rastrear desde muy atrás en el tiempo, pero se impuso como práctica sistemática a partir de los hechos de Rosario y Córdoba en 1969, momento en el cual el ejército argentino invadió, como si se tratara de un verdadero ejército de ocupación, a la segunda y tercera ciudades del país.

También se habían incorporado aspectos parciales del modelo neoliberal con la incorporación de Argentina al FMI en 1955, las políticas de promoción al ingreso de capitales transnacionales y, especialmente, el programa económico del ministro de economía de Onganía, Krieger Vasena, quien intentó avanzar con toda una serie de medidas que imponían una rebaja salarial, la caída de beneficios sociales, reducciones del presupuesto de salud y educación, etc.

Los altos mandos de las fuerzas armadas ocupaban puestos de dirección en importantes empresas estatales. Desde ese rol su política fue deteriorar su funcionamiento y finanzas, para imponer su paso a capitales privados o para que ya no fueran un factor de competencia con estas empresas. Este procedimiento se transformó en política de estado en los 80’ y 90’. Sin embargo nunca habían podido establecerse definitivamente como doctrinas de “estado”. Para que esto fuera posible era necesario poner en marcha la herramienta clave, lo que llamamos “terrorismo de estado”. Su característica principal es que el estado en su conjunto está dirigido y organizado para generar el terror en la sociedad. Cada institución, desde la educación pre-escolar y los hospitales hasta la totalidad de las fuerzas armadas, estaban organizados y puestos en coordinación para imponer el programa económico y político del capital financiero a través de la aniquilación del enemigo interno. Se instauró así un régimen de terror social a través de las torturas, las masacres, las persecuciones, etc. Se buscó destruir toda forma de organización social, todo lazo de solidaridad, proponiendo una sociedad basada en un individualismo patológico en la cual hasta el vecino podía ser un  asesino, un delator, un infiltrado o un enemigo en potencia.

Los militares fueron los encargados, durante la dictadura, de imponer este proyecto global en el plano directamente físico, eliminando a casi toda una generación de cuadros políticos populares que se oponían a esa política económico social y que luchaban por la construcción de una sociedad diferente. La imposición del miedo a luchar por un cambio revolucionario fue clave: los que quedaran vivos debían ser muertos en vida, muestras andantes de lo que les pasaría a todos aquellos que osaran buscar un cambio en el mundo.

Como lo sintetizara León Rozitchner: “El terror aterra, y en eso consiste su insidia: se resiste a ser pensado, a que tomemos conciencia de su existencia. No podemos pensarlo como método político que hizo posible la sumisión colectiva al neoliberalismo: que hizo posible nuestra actual miseria” (Rozitchner, 1996: 4).

Onganía había intentado poner en marcha esta herramienta instaurando una dictadura militar sumamente represiva, sostenida por la clase social dominante con la colaboración de la jerarquía eclesiástica, los EEUU y la dirigencia sindical burocrática. El golpe militar de 1966 no fue un golpe de estado más, de la misma naturaleza que los anteriores. Expresaba el más alto grado de unidad de los cuadros militares de la burguesía argentina hasta ese momento, y la mayor  crisis de sus cuadros políticos[14].

Empezaban a estar dadas las condiciones para la emergencia de una nueva fuerza social de carácter contrarrevolucionario, que ya tenía un programa y había formado sus cuadros; ese fue el sector que logró imponer su proyecto a partir de 1976.

Pero la lucha obrera y popular no cesó de poner obstáculos, e impidió que Onganía lograra llevar a cabo sus objetivos. Como ya lo mostramos, la clase dominante tuvo que recomponer cierto nivel de consenso social para poder consolidar el proyecto de imponer el terrorismo de estado, la coerción en su grado superior.

Pero antes de esto hubo un hecho clave. Un acontecimiento que no fue simplemente una reacción de venganza irracional o una expresión de impotencia de la dictadura militar, sino parte de un plan finamente trazado.

La masacre de Trelew fue, en primer término, el asesinato selectivo de un importante número de cuadros revolucionarios, de dirigentes nacionales que representaban una parte fundamental de sus respectivas organizaciones. Fue también el primer ejercicio donde se puso en marcha todo el aparato del Estado para imponer el terror: es el acontecimiento donde el terrorismo de estado puso en práctica su maquinaria de muerte, mentira y terror. Se masacró y se generó el miedo. Se ocupó militarmente a Trelew, se persiguió a todos y a cada uno. Y se creó una versión de la historia que culpabilizaba a las víctimas. Un relato de lo sucedido que era en sí mismo increíble, pero que justamente tenía en esa característica su núcleo duro de terror: no importaba que todos supieran que los detenidos fueron masacrados; lo único que se podía escuchar, una y otra vez, es que murieron intentando fugarse en un tiroteo generado por culpa de ellos mismos.

Pero ante cada intento de “solución final”, ante cada masacre, nuestro pueblo, tarde o temprano, vuelve a levantarse. Lo hizo tras la terrible masacre de la última dictadura. Lo hizo nuevamente luego del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en 2002.

Y lo hizo el pueblo de Trelew cuando en octubre del 72’ le respondió al terror con miles de hombres y mujeres en la calle, exigiendo la libertad de aquellos “militantes de la solidaridad” que habían sido secuestrados por las fuerzas armadas. Contra el miedo, el único remedio es hacerse cargo, poner el cuerpo y luchar. Así lo entendió el pueblo de Trelew en octubre del 72’. Así debemos entenderlo ahora.

La masacre de Trelew es parte de nuestra historia. Debemos hacer que definitivamente pase a ser parte de nuestra memoria, pero no como recuerdo muerto y vacío, sino como impulso vital para luchar por esa sociedad distinta que buscaban aquellos hombres y mujeres asesinados ese 22 de agosto de 1972 en esta ciudad donde nos toca vivir.

Gonzalo Pérez Álvarez es Historiador. Doctorado en la Universidad Nacional de La Plata. Docente e Investigador de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNPSJB, sede Trelew. Becario de CONICET. Especialista en historia reciente de Argentina.

[1] Tomamos el concepto de rebelión de Engels (1974). Las formas de la rebelión van desde las más elementales acciones que no conducen a cambios en la sociedad sino que buscan garantizar la  sobrevivencia, aunque contengan elementos de rebeldía (como pueden ser algunas formas del delito), hasta las formas más sistemáticas y conscientes, en una escala que llega hasta las batallas decisivas por otra forma de sociedad, como la insurrección consciente.

[2] Pensamos que es posible hacer observable, en el conjunto de los enfrentamientos sociales que se van desarrollando, distintos objetivos entre los sujetos que participan en estos hechos. La demarcación de las formas de acción, de los niveles de conciencia que expresan, de los tipos de organización, de la relación entre lo conciente y lo espontáneo y entre lo institucional y la acción por fuera de lo institucional, nos posibilita encontrar un sentido general del proceso de lucha. A ese sentido general lo denominamos estrategia (Iñigo Carrera, 2000). En todo proceso habrá más de una estrategia y hasta múltiples variables dentro de una misma estrategia general, pero justamente lo que buscamos demostrar es que se puede encontrar, entre esos múltiples hechos y tendencias parciales, una tendencia central que explique la globalidad del proceso.

3] “En el desarrollo del capitalismo existen siempre dos direcciones de expansión, una de las cuales prima sobre la otra según los momentos: una expansión en extensión constituida por la difusión de la esfera de dominio de las relaciones sociales capitalistas a nuevos territorios sociales, en que las relaciones sociales preexistentes van siendo descompuestas mientras se van constituyendo las relaciones propias del capital, y otra dirección, en profundidad, constituida por un mayor crecimiento de la agricultura y la industria capitalistas en un territorio social dado, donde las relaciones capitalistas ya eran dominantes.” (Iñigo Carrera y Podestá, 1997: 2).

[4] Confederación General del Trabajo, y Confederación General Empresaria. La primera agrupaba a los trabajadores, la segunda a los empresarios.

5] A pesar de lo complejo de este término, donde lo espontáneo es en verdad siempre una forma embrionaria de lo conciente y donde la relación contradictoria entre esos dos polos depende de los momentos que atraviese el ciclo de luchas. Ver más desarrollado en Gramsci, 1997.

[6] El historiador Alejandro Schneider (2006) propone, por ello, denominarla resistencia “obrera” y no “peronista”.

7] Decimos genéricamente porque “socialismo” es un término polisémico, cuya definición suele depender de cada grupo que postule la transformación social. Así también algunos grupos han intentado darle algún contenido más específico, agregándole algún aditamento como “nacional”, “realmente existente” o “del siglo XXI”.

[8] Como el Programa de La Falda, de 1957; Huerta Grande, de 1962; o el más desarrollado y conocido programa de la CGT de los Argentinos, de 1968.

[9] Identificado en una de las principales figuras políticas de esa época, el dirigente de Luz y Fuerza Córdoba, Agustín Tosco.

[10] Identificado, especialmente, con la experiencia de los sindicatos Sitrac-Sitram, también de Córdoba.

[11] Las más significativas, en los primeros años de los 70’, fueron Montoneros, las FAR y el PRT – ERP.

[12] Fue la propuesta política de Lanusse, en busca del acercamiento con la dirigencia política. El GAN proponía un acuerdo para retomar el régimen político democrático y buscar una retirada “ordenada” de los militares.

[13] Entre los primeros “estudiantes” directos de estos generales franceses, estuvieron varios oficiales de alto rango de las fuerzas armadas argentinas.

[14] Ninguno de los partidos políticos aceptados por la burguesía argentina podía hacerse cargo del gobierno con algún margen importante de apoyo social. Debemos recordar que el peronismo estaba proscrito, básicamente por la imposibilidad de controlar a sus sectores más radicalizados, control que solamente podía imponerse aceptando el regreso de Perón al gobierno.

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Fernández Picolo, M.; Western, W. y De Oto, A. (1990) Autoritarismo y participación popular: Trelew, Octubre de 1972. Tesis de Licenciatura, FHCSo, UNP,Trelew.

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Iñigo Carrera, N.; Grau, M. I., Martí, A. (2006) Agustín Tosco, la clase revolucionaria, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Bs. As.

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Schneider, Alejandro (2006) Los compañeros. Trabajadores, izquierda y peronismo (1955-1973). Imago Mundi, Bs. As.

Foto: Colección Diario Jornada Archivo Provincial de la Memoria del Chubut

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