Trelew: rebeliones, memoria y utopía

Esta introducción contiene un relato de la fuga y la masacre, reconstrucción que entendemos necesaria para las nuevas generaciones. Los puntos sobre los significados y la comuna de Trelew buscan abrir un debate sobre los aspectos de esas jornadas que, según creemos, tienen mucho para dialogar con los proyectos emancipadores de nuestro presente.

La masacre

A los gritos, en el medio de la noche, las voces de los marinos de la base Almirante Zar hacen salir de sus celdas a lxs 19 guerrillerxs detenidxs allí. Ordenan sacar sus colchones y –por primera vez- mirar al piso. De improviso irrumpen al menos dos  ametralladoras que tiran desde el extremo del pasillo. Las ráfagas sesgan las filas de los formados en hilera. Lxs pocxs que logran saltar a las celdas para cubrirse son rematados por los oficiales que las recorren. Tres de ellxs, Alberto Camps, René Haidar y María Antonia Berger increíblemente, tozudamente, sobreviven tanto a las primeras ráfagas como a los tiros de gracia posteriores. Malheridos, fingiéndose ya muertxs, escuchan cómo los ejecutores repasan la versión que sostendrán en los días venideros. Esa que sostiene que Mariano Pujadas –uno de lxs masacradxs- intentó arrebatarle la ametralladora a un marino. La dictadura militar encabezada por Alejandro Lanusse pretende hacer creer a la población que se trató de un intento de fuga. La enorme mayoría rechaza la mentira. La indignación estalla a medida que se conocen los acontecimientos. Lxs tres sobrevivientes se desangran lentamente. Lxs llevan a la enfermería de la base. Allí lxs mantienen largas horas sin la atención necesaria. Esperan que mueran. Aferrándose como pueden a la vida serán el testimonio irrebatible de lo que acaba de suceder. En una parábola del tiempo se repite, ambas veces como tragedia, lo del “fusilado que vive” que alguien le susurrara a Rodolfo Walsh tras los fusilamientos de los basurales de José León Suárez en 1956. Un hilo conductor articula las dos matanzas. Se ha perpetrado la masacre de Trelew. Es la respuesta genocida de la dictadura, que se pretende ejemplificadora, a la toma del penal de Rawson y la fuga de seis de los principales referentes de la guerrilla sucedida el 15 de Agosto, apenas 7 días antes de la masacre.

La Fuga

Más de 200 presxs políticxs, militantes de las organizaciones armadas Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)  toman la prisión. La primera, naciendo desde contingentes Marxistas leninistas había definido recientemente un proceso de asunción de la identidad del peronismo. La segunda, que irrumpe en escena con el secuestro y ejecución de Aramburu, hace gala de su identidad peronista y cristiana. La tercera, por el contrario, se asume como guevarista, se estructura como un partido leninista –el PRT- y es crítica tanto de Perón como de los que definen como límites estructurales del peronismo. El operativo marca el grado de desarrollo alcanzado en esa etapa por quienes emprendieron la lucha armada. La fuga implica un largo tiempo de preparación y un grado de unidad inédito entre organizaciones que mantienen diferencias políticas. Conforman un comando unificado para la operación bajo el mando de Marcos Osatinsky de las FAR y la vicejefatura de Mario Santucho del ERP, los referentes de las dos orgánicas que aportaran la mayoría de la logística y cuadros, desde fuera y dentro de la cárcel, ya que Montoneros decide no participar pero libera a  sus militantes detenidxs para que resuelvan qué hacer. Con la colaboración de uno de los guardias logran hacer entrar algunas armas que esconden en “embutes” colocados en el piso del pabellón 5; elaboran púas con elásticos de camas y agujas de tejer que las compañeras piden a sus familiares; se arman “pistolas” con migas de pan a las que se oscurece con el hollín de una estufa para que parezcan verdaderas; se cosen uniformes militares y ropa de abrigo para el escape. Aún más relevante, la fuga supone largas discusiones políticas comunes y el armado de grupos operativos que se encargan de diversas tareas, entre ellas relevar todo el penal y los movimientos de su personal hasta el mínimo detalle. Esos grupos están integrados por militantes de las 3 organizaciones y responsables comunes aceptados por todxs. Se pretende una fuga masiva de más de 110 compañerxs. Las listas, con orden de prioridad, se elaboran por organización y luego se consensúa una lista común. El diseño final supone una precisión de relojería suiza. La acción debe sincronizar los tiempos de una toma del penal con más de 60 guardias, diversas puertas y lugares, entre ellas la estratégica sala de armas. Hay que garantizar el traslado al aeropuerto para lo que se contará con dos camiones, un auto y una camioneta que trasladarán a militantes al aeropuerto. Allí se planifica la toma de un avión de pasajeros de la empresa Austral, que hace escala en Trelew para dirigirse a Buenos Aires. Ese avión debe ser desviado a Chile donde esperan que el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende les otorgue asilo político. Todo eso debe realizarse antes de que en la cárcel se realice el cambio de guardia y  sin que puedan reaccionar a tiempo centenares de miembros de las  fuerzas represivas de la Marina, Gendarmería y el Ejército, instaladas en las inmediaciones. Un operativo a desarrollarse en medio del desierto patagónico y con temperaturas extremas.

A las 18:30 del 15 de Agosto comienza la toma. Rápida y eficazmente se logra el control de cada uno de los objetivos. En el puesto de conserjería se da el único enfrentamiento donde cae muerto el cabo Juan Valenzuela, que se resiste a entregarse. Allí se presenta lo inesperado. Al escuchar los disparos y observar movimientos inesperados -una frazada que se agita en una ventana del penal, luces dirán otras versiones-  Jorge Lewinger, miembro de las FAR a cargo de la acción, interpreta que la toma ha fracasado y ordena la retirada de la camioneta y dos camiones. Será un error cuyas consecuencias lo carcomerán por años. Carlos Goldenberg, también miembro de las FAR, ingresa al penal conduciendo el único auto y creyendo que el resto de los transportes viene detrás de él. En ese vehículo se retiran los máximos responsables de las organizaciones: Osatinsky, Santucho, Enrique Gorriarán Merlo, Domingo Mena, Roberto Quieto y Fernando Vaca Narvaja, el único que viste un falso uniforme militar. En el aeropuerto dos compañeros del ERP –Víctor Fernández Palmeiro y Alejandro Ferreyra- y una de las FAR – Ana Weissen- toman el avión con 96 pasajerxs y 4 tripulantes a bordo. Al llegar al aeropuerto, sin saber que el avión está secuestrado, Vaca Narvaja desde la torre de control, aprovechando su disfraz, da aviso de que en la aeronave hay una bomba y que esperen su abordaje. Al subir al avión lxs ahora 10 combatientes esperan por un lapso la llegada del resto. Saben que la Marina está en camino para rodear el aeropuerto. Finalmente despegan rumbo a Chile. A minutos del aeropuerto, lxs 19 fugadxs que seguían en la lista de espera ven el avión despegar. Vienen en cuatro taxis que han llamado desde el penal. Tendrán que controlar el aeropuerto. Evalúan que no se puede pedir que regrese el avión ya que la Marina comienza a rodearlos. Se preparan para resistir y piden un juez, un médico –para que se constate su estado de salud y porque esperan ser torturados- junto a la prensa. Pedro Bonet (ERP), Mariano Pujadas (Montoneros) y María Antonia Berger (FAR) darán una famosa conferencia de prensa que será registrada poco después en un documental por Raymundo Gleyzer y el grupo Cine de la Base. El capitán de la Marina Luis Sosa, uno de los futuros fusiladores, dirige el cerco. En las negociaciones argumenta que serán conducidxs a la base Almirante Zar. Lxs militantes se niegan pero una vez rendidxs el ómnibus naval no lxs conduce de nuevo a Rawson sino a la base de la Marina. La dictadura declara “zona de emergencia” y se suspenden todo tipo de garantías, incluida la subordinación de la justicia –ya comprometida con la represión- al mando militar. El jefe del V cuerpo de Ejército, Jorge Ceretti, queda como amo y señor de la región. Se comenzaba a discutir en el entramado de poder la perpetración de la masacre.

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Tras indecisiones, discusiones y dudas en el seno de la Unidad Popular chilena y la movilización a favor del asilo de las corrientes más radicales de ese espacio y el MIR, Salvador Allende decide, tras la masacre, otorgar el asilo y en el mismo acto permitir el viaje de lxs 10 guerrillerxs a Cuba. Es en el país trasandino donde reciben la noticia del fusilamiento, entre ellos el de Ana María Villarreal de Santucho, la “Sayo”, famosa militante del PRT-ERP y compañera de Mario Santucho.

Los significados de Trelew

El contexto es sin duda de alta radicalización, tanto a nivel internacional como local. Desde el golpe de 1955 que derriba al segundo gobierno de Perón se abre una crisis de hegemonía. Quienes detentan el poder económico y represivo dominan pero no dirigen. No pueden construir consenso. El escenario del Cordobazo en 1969 abre las puertas a una insubordinación social creciente que hace retroceder a regañadientes a una dictadura que, con Onganía, había imaginado perpetuarse en el poder por décadas. Se trata de una crisis orgánica que involucra todos los planos de la realidad, el político, social, cultural, económico. En el campo de la rebelión se multiplican diversas organizaciones armadas cuyo grado de inserción social comienza a crecer claramente. Pero aunque representan uno de los sectores más dinámicos de la conflictividad el arco social de la protesta es mucho más amplio y diverso, algo que se perderá de vista para distintos actores dada la centralidad de la guerrilla. Crecientes franjas de la sociedad prestaban oídos a las interpelaciones de corrientes obreras combativas y clasistas. En las grandes fábricas irrumpían agrupaciones de base que le disputaban al capital el control de la producción en el epicentro neurálgico de su reproducción. Dentro de la iglesia el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo daba a luz una corriente cristiana que recogía las banderas de renovación del Concilio Vaticano II pero las redireccionaba hacia una crítica hacia el sistema capitalista. En las facultades múltiples agrupaciones estudiantiles y coordinadoras de distinto tipo confrontaban en todos los planos con el gobierno y las autoridades puestas por la dictadura. El proceso de agitación social no sólo llegaba a las ciudades sino que impactaba en el campesinado originando las Ligas Agrarias. En el plano cultural emergía una contracultura que surcaba todos los ámbitos abarcando la música, la literatura, el cine, la plástica, pasando por la vestimenta y nuevas formas de relacionarse y de entender el sexo. Desde lugares y concepciones diferentes existía sin embargo una cierta sensibilidad, un lenguaje, una percepción  que generaba un campo simbólico compartido o al menos con puntos de contacto común.

Aunque aún reducidos en su desarrollo se estructuraban grupos feministas y de disidencia sexual a la vez que la militancia de muchas compañeras hacía entrar en crisis acendradas pautas de sociabilidad y de relación que se negaban a retirarse, resistencia que incluía a miembrxs de las propias organizaciones revolucionarias. Decenas de intelectuales se apuraban a definirse, comprometerse y muchxs de ellxs se acercaban a las organizaciones armadas. La protesta incluía levantamientos sociales en distintos lugares del país que evidenciaban que se trataba de un torrente impugnador que no se detenía ante la posibilidad de la violencia y sus prácticas discurrían por canales no institucionalizados. La confrontación directa, contra lo que pretendieron instalar décadas después versiones de derecha pero también muchas supuestamente “progresistas”, no era un fenómeno que se reducía a la juventud de clase media. Eso no implicaba necesariamente la adhesión directa a la guerrilla pero sí la comprensión de diversas franjas de trabajadorxs hacia la violencia de lxs de abajo.

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Todo ese proceso era, en términos históricos, embrionario. Requería tiempos de consolidación, maduración y reconocimiento de su diversidad. El poder no daría espacio para eso. Lanusse lanza el denominado Gran Acuerdo Nacional (GAN). Su estrategia consistía en admitir el llamado a elecciones y el retorno de la democracia parlamentaria. La contrapartida era que los participantes debían condenar públicamente las acciones de los sectores más radicales de la protesta social, específicamente las organizaciones armadas y el clasismo. El objetivo era conseguir el aislamiento social de esos actores para proceder luego a su exterminio, en particular de la guerrilla. El dato sumamente novedoso –después de en ese momento 17 años de proscripción del peronismo y del exilio de Perón- era que intentaba integrar en el GAN al viejo general. En negociaciones secretas Lanusse lleva adelante la devolución del desaparecido cadáver de Eva Perón, la promesa del reintegro de su grado de general así como la futura entrega de todos sus salarios incautados desde el golpe del 55 a la fecha. A cambio de estas y  futuras concesiones, Perón debía descalificar públicamente a la guerrilla, particularmente la peronista.

 La crisis de dominación sólo podía zanjarse con la integración del peronismo y el caudillo al esquema del GAN. Perón rompe las negociaciones y las hace públicas. Se niega a cuestionar, en ese momento, a las que comienza a denominar “formaciones especiales” del movimiento. En Julio de 1972, poco tiempo antes de la masacre de Trelew, Lanusse lanza nuevas condiciones electorales: no podía ser candidato quien estuviera afuera del país antes del 25  de Agosto. Al proscribir en los hechos la candidatura de Perón suponía que si en un hipotético ballotage se unían todos los partidos antiperonistas el candidato que representara al peronismo, sin el magnetismo de Perón, podría ser derrotado. La fuga golpeaba sus planes y dejaba en un lugar de debilidad a la dictadura. La masacre no fue una decisión de la Marina que le impuso una política de hechos consumados a Lanusse, como versiones afines al poder quisieron instalar. Fue una determinación de la Junta de Comandantes que contenía mensajes hacia el propio Perón y lo que podía ocurrir con su regreso. También se dirigía hacia los factores de poder económicos –para tranquilizarlos- y hacia la población –para aterrorizarla- para demostrar hasta donde se podía llegar, si era necesario, para defender los baluartes del sistema de una crisis de dominación que amenazaba con desbordarlos. En los pasillos ensangrentados de la base Almirante Zar se amasaban los embriones del terrorismo de Estado. No porque las clases dominantes y las Fuerzas Armadas no hubieran realizado anteriormente  masacres y/o genocidios –como con los pueblos originarios- sino porque lo que aparecía como posibilidad era una política sistemática y continua de aniquilamiento. Sin embargo una dictadura asediada y desgastada por la protesta no era capaz de sostener una decisión de ese tipo. Debería darse el fracaso del retorno del tercer peronismo; la aparición de una organización ultraderechista como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en el seno del propio peronismo; Tucumán, usado como laboratorio de los campos de concentración y el exterminio en el Operativo Independencia para finalmente desembocar en el genocidio planificado a nivel nacional con el golpe de 1976. Lxs combatientes de Trelew no podían imaginar esto en ese momento. Nadie podía esperar eso. Allí hay otra lección histórica que nos enseña Trelew y los acontecimientos posteriores. No hay límites para lo que puedan hacer las clases dominantes y sus aparatos represivos si se sienten amenazados.

Una posibilidad, no concretada, que surge en la Patagonia es la unidad de las organizaciones revolucionarias armadas. El grado de solidaridad, comunión y respeto al que llegan lxs miembros de las tres organizaciones en esas jornadas es, a todas luces, muy alto. Sin embargo no se puede magnificar ese proceso. Las diferentes caracterizaciones sobre el peronismo y la participación en el movimiento es un parteaguas. En la misma cárcel hay un proceso de discusión y unidad paralelo entre los miembros detenidos de las FAR y Montoneros, incluso cuando lo mismo aún no sucedía con esa intensidad fuera del penal. De esa discusión surge un documento “El balido de Rawson” que es uno de los primeros pasos hacia lo que será la futura unificación. Además, hay organizaciones que se niegan a participar, como Descamisados, en la fuga –ya vimos la reticencia de la conducción de Montoneros fuera de la cárcel aunque se muestran más flexibles –y otras como las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) o las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL) ni siquiera son invitadas a esa discusión. Esto por mencionar algunos espacios. No existía la posibilidad de convergencia profunda y duradera de todas las organizaciones armadas, ni siquiera de las más relevantes, en ese contexto.

Otro elemento a tener en cuenta, como ya mencionamos, es que, el arco de la rebelión excedía a las propias orgánicas armadas, aunque sus integrantes no lo percibieran así. Un episodio en Rawson marca algo de eso. El ya legendario líder sindical de Luz y Fuerza de Córdoba, Agustín Tosco, se encontraba detenido hacía tiempo en Rawson. Osatinsky y Santucho lo invitan a unirse a la fuga. Tosco apoya la operación pero rechaza la propuesta y afirma: “A mí me toca esperar que me liberen las luchas populares”. El “Gringo” expresaba una mirada que ponía el acento prioritario en el desarrollo del clasismo y las agrupaciones sindicales de base en el mediano y largo plazo. Las organizaciones armadas priorizaban la reincorporación inmediata de decenas de combatientes a la lucha contra la dictadura. Se ponían en juego tiempos, opciones y lógicas diversas dentro del campo de la lucha social en esa coyuntura.

La comuna de Trelew

La región  aún estaba por parir uno de los episodios más potentes de insubordinación y autoorganización de la protesta social. El alojamiento de los militantes revolucionarios en el penal de Rawson perseguía el objetivo de su aislamiento social. Por el contrario, con la llegada permanente de abogados y familiares, centenares de vecinxs de la zona toman contacto con las historias de vida de lxs presxs. Por sus allegadxs leen las cartas que escribían y conocen los motivos que lxs habían llevado a ejercer la violencia revolucionaria. La demonización que el poder realizaba sobre lxs detenidxs se rompe en pedazos. El autoritarismo de la dictadura y diversos conflictos que recorren la Patagonia completan un proceso de politización que expresará toda su potencia poco después de la masacre. Algunxs de lxs vecinxs comienzan a visitar a lxs detenidxs y pronto se conforma una comisión de Solidaridad. Cada unx de los prisionerxs tendrá alguien del lugar que figurará como su apoderadx. Son esas redes de solidaridad y participación las que desvelan a la dictadura. La represión se despliega sobre la población. Uno de los primeros detenidos, apenas tres días después de la fuga, es el abogado radical Mario Abel Amaya, luego uno de los asesinados por la dictadura de 1976. Su “delito”, haber actuado como mediador entre lxs 19 militantes que habían llegado con retraso al aeropuerto y las fuerzas represivas.  Incluso lxs había acompañado hasta la base Almirante Zar para resguardarlos en ese momento.

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Después de la matanza, un 11 de Octubre, tropas del V cuerpo de ejército copan la ciudad de Trelew y multiplican allanamientos, detenciones, amenazas y golpes. Buscan generar terror en la población. Lo mismo sucede en ese momento en Rawson y en Puerto Madryn. 16 habitantes de esas ciudades serán trasladadxs a la cárcel de Villa Devoto y permanecerán en calidad de rehenes de la dictadura. Pero el intento de paralizar las almas y los cuerpos de la población ya no era posible. Una asamblea multitudinaria en el Teatro Español, pronto rebautizado como Casa del Pueblo, se declara permanente y convoca a la huelga general. Ese será el epicentro de la pueblada. Como un vendaval que arrastra todo a su paso las decisiones colectivas obligan a temerosos y remisos a definirse. Los indiferentes ya no tienen espacio para serlo. Otros se ven obligados a mostrar sus verdaderos rostros. Entre ellos, los dirigentes de la CGT que rechazan la huelga general que, sin embargo, logra un 90% de acatamiento. Quienes nunca habían participado en una marcha, en una asamblea, en una protesta, en días aprenden a armar volantes, pancartas, a organizar comida para cientos, limpieza, difusión y movilizaciones. A transformarse en oradoras/es impensados. A inventar consignas, canciones, poemas. A enfrentar al poder y vencer al miedo. A imaginar lo imposible en las largas noches en vela. Es una comuna que tiene la enorme sensación de poder que se genera cuando miles de puertas se abren al romperse la “normalidad” y desde lo colectivo se reinventa lo cotidiano.

La dictadura ya no puede sostener las detenciones. De a poco, a regañadientes, por tandas, van liberando a lxs detenidxs. Son recibidxs cada unx en la Casa del Pueblo ante una multitud llena de orgullo por lo que ha podido llevar a cabo.

Ante todo esto cómo no rescatar esos 15 y 22 de Agosto, la resistencia en la cárcel y la unidad, las asambleas populares del teatro. Si nuestra memoria debe recoger los hilos que articulan nuestros sueños y esperanzas de un mundo mejor allí están sus ejemplos, la potencia de atreverse a imaginar la liberación de explotaciones y opresiones de distinto tipo. De jugarse por otrx que se siente unx mismx. No se trata de recordar para repetir estrategias sino para construirlas reconociendo puntos de partida, horizontes, mitos movilizadores, puentes que debemos tender a un pasado que en más de un sentido es futuro. Memoria que es ejercicio de lucha y sin la que no hay, no puede haber utopía.

La mano de María Antonia Berger escribió con su propia sangre, cuando creía que moría en esa celda: LOMJE (Libres o muertos jamás esclavos) como un mensaje de cara a los que vendrían. A la distancia establecida por el paso del tiempo, desde Contrahegemonía queremos recoger ese mensaje, convidarlo, repensarlo, reinventarlo. Volver a leerlo y repetirlo, colectivamente, una y otra vez.

Sergio Nicanoff, integrante del Colectivo de Comunicación Contrahegemoníaweb

Fuentes

Anguita Eduardo Y Caparrós Martín, La Voluntad Tomo I, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 1997.

Chavez Gonzalo Leonidas y Lewinger Jorge Omar, Los del 73. Memoria Montonera, Buenos Aires, De la Campana, 1998.

Martinéz, Tomas Eloy, La pasión según Trelew, Buenos Aires, Planeta, 1997.

Urondo, Francisco, La Patria Fusilada, Buenos Aires, Crisis, 1973.

Foto: Colección Diario Jornada Archivo Provincial de la Memoria del Chubut

El contenido del dossier

Junto a la introducción ofrecemos un trabajo del historiador y docente de Chubut, Gonzalo Pérez Álvarez, que desarrolla exhaustivamente la etapa internacional y local en la que se produce la masacre.

Desde la producción política y el arte acercamos los links de trabajos emblemáticos sobre Trelew, imprescindibles para conocer en profundidad la fuga, la masacre y la reacción popular en la región.

Desde la provincia de Chubut Daniel Root nos acerca dos entrevistas inéditas. Por un lado, un reportaje a Hilda Fredes, compañera de Elvio Ángel Bel, uno de los detenidos en Octubre de 1972 –y posteriormente desaparecido por la última dictadura- por haber ejercido la solidaridad con los/as detenidos/as de Rawson. Por otro, un reportaje a René Rivera Guerrero, trabajador del Centro Cultural por la Memoria, que funciona en el viejo aeropuerto de Trelew.

Luis Hessel analiza el contexto y los significados de La Patria Fusilada, la entrevista que Francisco “Paco” Urondo le realizara a los/as tres sobrevivientes de la masacre en el penal de Devoto.

Agregamos el link al Diario del Juicio a los fusiladores, testimonio clave para confirmar el carácter de embrión del terrorismo de Estado de la masacre así como la incansable lucha para condenar a los culpables.

Desde la literatura acercamos el cuento de Sergio Olguín “Clarisa o la historia de una señorita” centrado en la relación entre Clarisa Lea Place y Ana María Villareal “de Santucho”, “La Sayo”, con Mario Santucho. El máximo referente del ERP mantuvo una relación con Clarisa. Santucho estaba casado con “la Sayo”. La relación fue muy cuestionada en el partido que consideraba a la pareja monogámica y la estabilidad matrimonial como valores en sí mismos. Finalmente, Santucho retomó su relación con Ana María Villareal “de Santucho” sin pagar mayores costos mientras que Clarisa debió cargar con varios estigmas. Ambas murieron asesinadas en Trelew. El cuento de Olguín ficcionaliza la historia.

 Agregamos estudios sobre las tres organizaciones que participaron de la fuga, a modo de pantallazo sobre su recorrido e historia, de la mano de Esteban Campos sobre Montoneros, Mora González Canosa sobre las FAR y  Hernán Ouviña sobre el PRT-ERP.

Completamos así un recorrido desde lugares y sentidos muy diversos a un jalón de nuestra historia que nos continúa interpelando.

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