Clarisa o la historia de una señorita

Compartimos este cuento de Sergio Olguín centrado en el vínculo entre Clarisa Rosa Lea Place y Ana María Villareal “de Santucho”, “La Sayo”, con Mario Santucho. El máximo referente del ERP mantuvo una relación con Clarisa mientras estaba casado con “la Sayo”. Dicha relación fue muy cuestionada en el partido, que consideraba a la pareja monogámica y a la estabilidad matrimonial como valores en sí mismos. Finalmente, Santucho retomó su unión con Ana María Villareal “de Santucho” sin pagar mayores costos, mientras que Clarisa debió cargar con varios estigmas. Ambas murieron asesinadas en Trelew. Este relato ficcionaliza la historia.

Clarisa o la historia de una señorita

Debe de haber algo que sea cierto, ¡tiene que haberlo!

André Malraux, La condición humana

Brillantes astros para este cielo oscuro.

M.R.S.

1

¿Por qué pensar en todo esto ahora? El dolor, la sed, ese ronquido, el silencio, las bestias, el frío, ellas dos, la sed, el presentimiento, esto ahora, ordenar, recordar, ¿qué?, ¿por qué?, ¿hasta cuándo?, ¿cuándo terminará lo que ya está terminado? Tiene los labios salados. Si se pasa la lengua siente cómo la sal se va adhiriendo. En los labios, la lengua, el paladar, la garganta, en todas partes no siente más que sal. Tiene sed. Inútil pedir agua. Y además, ¿para qué? 

Casi no hay ruidos. Ese lugar es como una cámara aislada del resto. No se oyen ruidos. Casi no hay luz. Las paredes están húmedas. Hace frío. Clarisa tiene sed y frío. Lo único que se escucha es una especie de gemido, de ronquido sin ritmo. Es la Sayo. Está tirada al lado de ella. A los demás todavía no los mandaron para ahí. Cuando lleguen (¿en qué otro lugar estarán?) esa cueva se convertirá en un infierno. Pero Clarisa lo sabe: va a ser un infierno breve.

La Sayo duerme. Tal vez esté desmayada. Podría acercarse a ella, rodearle el cuello con las manos y estrangularla. ¿Cuántas veces pensó en hacerlo y después no lo hizo? Hoy tampoco, pero ahora da lo mismo. Sería inútil.

Sal. ¿Hay algo más hermoso que el sabor de la sal? En los momentos importantes de su vida, la boca se le inunda siempre de un gusto salado. Todo el mundo, en circunstancias límites, produce adrenalina. Ella produce sal. Y le gusta. Le da placer, fuerza. Cuando quiere imaginar un momento de paz, no piensa en el mar, ni en un bosque, ni en las montañas. Se imagina una salina enorme, blanca, desierta, a pleno sol. Ahí sería feliz.

-Sos salado- le decía.

Le gustaba recorrer su cuerpo con la lengua, sentir su piel sudorosa, su piel antes del amor, después de haber amado.

-Sos salado.

Él se quedaba así, quieto, mientras ella lo lamía. No decía nada, solo sonreía mirando el cielo, el techo de la habitación. Nada le gustaba más que esa pasividad tan suya. En esos momentos, ella era la dueña de su cuerpo. Ella decidía si se detenía en su pecho, en su ombligo o en su sexo.

-¿Y yo?- le preguntaba-, ¿qué gusto tengo?

-Gusto de mujer- respondía-, es rico, qué sé yo- y se encogía de hombros.

Clarisa se enojaba:

-Indio bruto, sos incapaz de decir algo lindo.

Y se iba enojando cada vez más porque sabía que cuando estaba de novio con la Sayo, o cuando apenas eran amigos, él le había escrito un poema. Esto no lo sabía nadie, por supuesto. Era un secreto que la Sayo había compartido con ella una vez. La Sayo se sabía el poema de memoria. En aquellas noches de otoño (tan lejos ahora, tan lejos todo, cuando todo estaba por hacerse) que les tocó estar juntas, le pedía que se lo recitara. Terminó ella también por aprenderlo de memoria.

En veranos intensos, 

busco rescatarte de los siglos,

volver nuestro tiempo sin fronteras,

borrar con largo beso lo imborrable

restituirnos el vuelo de los pájaros,

el lenguaje mudo de las sogas,

la suave caricia de la noche,

compartir sin temores lo infinito

y hacer de cada instante

brillantes astros para este cielo oscuro.

2

Cuando todo estaba por hacerse, en aquellas lejanas noches de otoño, Clarisa tenía dieciocho años. La Sayo, treinta y uno. Hacía muy poco tiempo que Clarisa había entrado al partido. Le había costado decidirse y cuando se enteró de que debía partir al frente de combate se alegró, porque yendo ahí no iban a quedar más dudas. No iba a poder volver atrás. Después de muchas horas de viaje en una camioneta destartalada llegaron al lugar donde debía quedarse. Era una choza de barro y paja que parecía a punto de derrumbarse, y en la que estaba una mujer a la que había visto una vez en Buenos Aires en una reunión del partido: era la Sayo. Aunque nunca la hubiera visto, la habría reconocido por esa mirada severa de la que todos hablaban. Su figura pequeña contrastaba con su fama de combatiente audaz, de excelente tiradora y de líder incuestionable e inflexible. Tenía los rasgos indígenas de una provinciana del norte. No era linda, pero a nadie en el partido se le hubiera ocurrido pensar en eso. Tal vez porque recién había entrado en la lucha, o porque era una chica aburguesada de manera insalvable, o porque ella sí era linda, solo Clarisa, dentro del partido, parecía interesarse por la belleza. No lo podía evitar, pero se cuidaba de no comentarlo con nadie.

La Sayo, indudablemente, no era hermosa, pero Clarisa descubrió que ese cuerpo estaba habitado por una belleza indescriptible. Una belleza que no provenía ni de los ojos, ni de la mirada, ni de su andar, ni de su figura, pero que habitaba cada parte del cuerpo de la Sayo y que la volvía asombrosamente atractiva.

Por cuestiones que no le dijeron y que ella no preguntó, debía quedarse en ese sitio con la Sayo y otros tres compañeros hasta que se les ordenara trasladarse. Iban a pasar dos meses juntas y casi solas porque los otros tres combatientes apenas se quedaban. En esa choza perdida en el monte tucumano, Clarisa descubrió una mujer distinta de la que todos los compañeros hablaban hasta la mistificación. Eran demasiadas horas sin nada que hacer y demasiada soledad. Hablar servía para apurar las horas y espantar los miedos. A la noche, en la intranquilidad de la noche, la Sayo le contaba de él.

Había escrito un poema.

Había sido amigo de un escritor polaco.

Había estado con fiebre y delirios durante una semana a los doce años cuando vio cómo un hombre golpeaba salvajemente a un caballo que se había caído agotado. 

Hechos, actitudes, unos pocos datos que podían resultar intrascendente para los demás, pero que para Clarisa pasaron a ser esenciales.

(¿Por qué pensar en todo esto ahora?, el dolor, la sed, ese ronquido, el silencio, la sed, el presentimiento, esto ahora, ordenar, recordar, ¿qué?)

Con el tiempo, Clarisa se fue dando cuenta de que la Sayo y él eran idénticos. Parecían hermanos, hermanos gemelos. En esos dos meses la Sayo habló como nunca. La noche era una buena cómplice para las confesiones. Se sentía aliviada con Clarisa que era, por entonces, una de las pocas mujeres que estaba en el partido. La única a la que le había tocado estar en ese lugar con ella. Cuando Clarisa se quebaba mirando el cielo por esa especie de ventana,

(¿buscando qué?)

ella se le acercaba y le acariciaba la cabeza, la peinaba con sus manos. Las manos huesudas de la Sayo eran la mejor recompensa que Clarisa podía esperar recibir. Esas manos peinándola y despeinándola eran la caricia que terminaba con las inseguridades y los miedos. Las manos de la Sayo tenían para Clarisa el poder de un talismán que la protegía de todos los peligros de este mundo.

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La Sayo la debía ver como una nena, alguien a quien aún había que enseñarle todo. Alguien que todavía no había tomado conciencia de lo que estaba viviendo y que por eso era incapaz de imaginar lo que podía llegar a suceder. Esa inocencia de Clarisa, más cerca de una niña que de la propia Sayo, le debía despertar una inusitada confianza.

-Me casé virgen… habíamos decidido no mantener relaciones hasta casarnos… me hubiera gustado tener un hijo varón… pero Dios nos mandó a las tres morronguitas y no creo que vuelva a tener chicos. ¿Sabés, Clarisa?…

(Clarisa, Clarisa, Clarisa)

-… Tengo miedo por las nenas. Mucho miedo.

Le confesó que había noches que lloraba a solas, sin que nadie lo supiera.

Clarisa le contó que hubiera querido ser contadora (como Robi, dijo) pero que le parecía más útil estudiar abogacía, que detestaba su segundo nombre (Rosa), que nunca había estado enamorada, que era virgen y que ella también, a veces, lloraba a solas.

-A veces, cuando estoy sola, yo también lloro.

A él, en cambio, Clarisa le mintió. En esa tarde tan extraña como inesperada, ella le dijo que ya se había acostado con otros hombres. Él pareció no darse cuenta de que le había mentido o, tal vez, no le interesaba.

A la Sayo también le había dicho que cada vez que repartían alimentos, cada vez que participaba en algún operativo, cada vez que discutían estrategias o cada vez que él les hablaba, ella sentía un gusto salado en la boca. La Sayo se reía.

-El problema- le dijo riéndose (como nunca lo había hecho delante de los demás)-, es cuando se te haga agua la boca.

Cuando la Sayo vio su cara de desconcierto se rió todavía más.

-A mí me sigue pasando- dijo, y le revolvió el pelo con la mano.

3

La idea de matar a la Sayo no le nació cuando Clarisa y Robi se convirtieron en amantes. Por entonces, la Sayo y él se habían separado, situación que despertaba dentro del partido todo tipo de comentarios que intentaban cubrir la extraña e indefinible inquietud que les producía la separación de sus dos líderes. De todas formas, a Clarisa le habría parecido natural que lo compartieran. Solo deseó matarla recién cuando él, obedeciendo la orden del partido y la exigencia de su hermano, decidió volver con la Sayo y terminar la relación con ella.

Al principio, nadie se sorprendió de que Robi y ella fueran amantes, salvo dos personas: la Sayo y ella misma. Clarisa lo amaba. Pero eso era lógico, todas lo amaban. También sabían que él era absolutamente fiel a la Sayo y que la moral del partido le impedía tener cualquier tipo de aventura amorosa. Cuando Clarisa se quiso dar cuenta, había perdido la virginidad en un departamento poco confortable de la ciudad de Córdoba. Desde esa vez, él la mantenía cerca suyo y hasta en una oportunidad fue él quien dejó todo para viajar hasta Buenos Aires y encontrarse con ella.

-Me gusta tu piel, sos salado. Me gusta tu pija, es…

-Clarisa, Clarisa.

-… salada. Me gusta morderte y que me muerdas. Me gusta sentir tu cuerpo golpeando contra el mío. ¿Yo te gusto?

-Por supuesto.

-¿Qué te gusta de mí?

-Todo.

-Te mordería los ojos cuando no querés hablar, indio bruto. A mí me gusta tu saliva.

-Mirá vos.

Nunca se sintió tan identificada con la causa, nunca creyó tanto en el triunfo como cuando sentía su piel salada frotándose sobre su cuerpo desnudo, porque en ese gesto íntimo, en esa caricia deseada se escondía, creía Clarisa, la fuerza que algún día les iba a dar la victoria.

4

La Sayo nunca le dijo nada. Ni se enojó, ni le reprochó que estuviera con su esposo. Ni siquiera le dio a entender que sabía lo de ellos, aunque todos sabían y todos hacían comentarios, especialmente las mujeres, aquellas que eran incondicionales de la Sayo. Eso sí: la Sayo se volvió distante con ella. La trataba como a los demás, amable pero lejana.

Clarisa la odió cuando él le dijo que por el bien de la causa y de ellos debían terminar. En ese último tiempo, la intransigencia del partido con respecto a su relación los había llevado a una situación absurda: eran amantes clandestinos dentro de la clandestinidad.

Clarisa se enfureció. Le gritó.

-Sos un dominado, un dominado por tu hermano cura; vos también debiste meterte a cura.

Él trató de calmarla, como un hombre común y corriente. Eso la enojó todavía más.

-… Si no sos capaz de coger sin culpas mucho menos vas a ser capaz de hacer una revolución; me cago en vos, en el partido, en tu esposa y en la maldita revolución.

Clarisa gritaba y lloraba a moco tendido. Al final, él la abrazó, le secó las lágrimas.

-Son saladas, como a vos te gustan.

Le sonó la nariz con su pañuelo, la volvió a abrazar, se fue calmando, le besó los labios, le besó el cuello, las orejas, los pechos. Fue la última vez que tuvieron sexo antes de separarse.

5

Si en esos días hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, Clarisa la habría matado sin importarle las consecuencias, pero las circunstancias las llevaron a estar en lugares distintos y apartados. Clarisa se sintió mejor cuando se dio cuenta de que igual, sin él, quería seguir en el partido. Creía en la causa, en las razones de su lucha, y estaba dispuesta a todo para alcanzar los objetivos de la revolución. Repartir alimentos en los barrios pobres y empuñar un fusil eran dos momentos de la misma creencia. Clarisa sabía a lo que se arriesgaba y estaba preparada para todo lo que pudiera suceder. Por esa razón, cuando fue detenida junto a otros compañeros durante el secuestro de un camión de leche que necesitaban llevar a una villa esa misma mañana, sintió más fastidio que temor.

En la celda, a veces pensaba cómo escapar y a veces pensaba cómo matar a la Sayo. Si ella no existía, él iba a volver a Clarisa. Pero en ningún momento imaginó que su enemiga pudiera morir en manos de los asesinos. Por eso, al enterarse de que la Sayo también había sido capturada, tuvo mucho miedo por su cuerpito menudo en manos de esas bestias. La sola idea de que le hicieran lo que le habían hecho a ella le producía una sensación parecida a la locura.

A los pocos días trasladaron a la Sayo con ellas. Tenía heridas de bala, apenas podía caminar. Casi no se hablaron. La Sayo se le acercó durante el almuerzo para informarse de la situación dentro del penal.

-Me alegro de que estés viva.

-Yo también. Hierba mala nunca muere. Vamos a salir.

-¿Cuándo?

-Pronto.

El estado de Clarisa era cambiante: oscilaba entre la tranquilidad que le daba la presencia de esa mujer a su lado y el deseo de terminar con ella.

Un día la Sayo la encontró mirando hacia el cielo que se veía desde el patio. No le acarició el pelo como hacía en el monte. Pero le habló.

-Nos va a rescatar. Como siempre hacen los héroes en las novelas.

-El muchacho bueno salvando a la chica.

-A las chicas. D´Artagnan y sus mosqueteros nos van a llevar con ellos.

6

Y así ocurrió. Al poco tiempo de la llegada de la Sayo se organizó, desde afuera, la liberación. Debían cruzar un largo pasillos con poca vigilancia, pero también sin ninguna protección para ellas. Clarisa, al igual que las demás detenidas, no conocía demasiados detalles sobre cómo se iban a escapar; solo tenía que obedecer lo que la Sayo le indicara llegado el momento. El día de la liberación aparecieron las armas. Tanto Clarisa como la Sayo tomaron una Beretta 7,45. Clarisa y las demás debían correr hacia la parte posterior del penal, donde estaban esperándolas.

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Ya había cruzado la zona de mayor peligro –el pasillo de la galería central- cuando se dio cuenta de que la Sayo se había retrasado junto con otra compañera. Por un segundo dudó. Miró la salida posterior que estaba a diez metros con una custodia tan peligrosa como un acomodador de cine. Atrás había dejado la línea de fuego. Era tan solo cuestión de adelantarse unos metros y salir. ¿Escapar, dejarla sola?

-Mierda, mierda, mierda.

Retrocedió mientras se empezaban a sentir sirenas y tiros por todos lados. Encontró a la Sayo y a la otra compañera en pleno tiroteo con el personal de gendarmería.

-Corré- le gritó entre el ruido de las balas.

Clarisa no le contestó.

La Sayo les ordenó que trataran de llegar a la otra ala del penal, pero Clarisa venía de allí y no estaba dispuesta a volverse sola. La otra compañera, con varios grados menos en la jerarquía del partido, obedeció a la Sayo que, al fin de cuentas, era la que comandaba la acción. Clarisa no. No podía dejarla en esa situación y escaparse sola. O las dos o ninguna.

Clarisa sintió como un golpe en el estómago pero nada más. Ni se dio cuenta de que la habían herido. Se desmayó y despertó en la enfermería del penal. Poco a poco fue dándose cuenta de que todo había salido mal. Cuando se recuperó de la herida volvió a la celda. Ahora era ella la que casi no podía caminar.

-Gracias- le dijo la Sayo cuando la vio.

La prisión degrada. La tortura degrada. Las violaciones degradan. Las frustraciones y la desazón degradan. Pero ahí, en medio del olor a mierda y transpiración, de la suciedad y el dolor, en cuerpos que casi no les pertenecían, en medio del desamparo, la Sayo le daba las gracias y el mundo tomaba otro sentido: inmediatamente dejaban de ser dos oficiales revolucionarias detenidas para ser dos mujeres.

7

La nueva liberación resultó mejor organizada. Y él mismo vino a buscarlas. Entró al penal disfrazado de monja. En otras circunstancias, Clarisa se habría reído viéndolo correr y disparar vestido de religiosa. Las balas cruzaban sobre su cabeza, pero se sentía invulnerable. Junto a él nada ni nadie podía hacerle daño. Una camioneta cubierta y dos autos los estaban esperando. En la parte de atrás de la pick up se subieron dos compañeros, tres compañeras, él y Clarisa. La Sayo viajaba en uno de los autos y hacia otro lugar que Clarisa desconocía. Los ocupantes de la camioneta, se enteró mientras viajaban, iban a pasar unos días en una casa de las afueras de la ciudad y luego, cuando todo estuviera listo, ella iba a volver a la lucha en el norte.

Llegaron a una casa enorme, con muchas habitaciones revestidas en madera, tres baños, una biblioteca, un televisor y un acogedor hogar que ya estaba encendido. Entre los que estaban y los que habían venido en la camioneta, en la casa había doce personas. Él se encerró con otros compañeros en un cuarto donde tenían un equipo de radioaficionado. Entre los ocupantes había una chica que Clarisa conocía y que le caía especialmente bien. Se llamaba Ariadna, era rubia, menuda, tenía ojos color verde agua y su mirada parecía cargar con un cansancio de vivir, no del todo justificado en una chica de diecisiete años. Una mirada que perdía, y eso a Clarisa la alegraba cada vez que se encontraba con ella. Cuando se vieron se saludaron con dos ruidosos besos y un largo abrazo. Ariadna la miró a los ojos, luego le miró el pelo, se lo tomó y le dijo:

-Un desastre.

Se rieron a carcajadas. Ariadna parecía dispuesta a convertirse en su valet. Le preparó la bañera con agua muy caliente. Clarisa se quedó media hora en el agua caliente sintiendo cómo se aflojaban los músculos, se abrían los poros y cómo la sal, ésa que generaba su cuerpo, le inundaba la boca. Cuando salió del baño, Ariadna la esperaba tirada en una cama mientras ojeaba distraída una Canal TV. Con resignación le mostró la ropa que había para ella:

-La ropa la consiguió Tulio. No me preguntes por qué lo mandaron a él. Mi abuela Elizabeth hubiera elegido ropa más moderna.

Clarisa se puso una horrible bombacha a lunares, unas medias de lana, un jean, una camiseta, pero no se pudo poner corpiño porque todos le quedaban grandes.

-Che, este Tulio debe creer que las revolucionarias somos todas tetonas.

Clarisa completó su vestuario con un gorro rojo de lana y unos aritos que le regaló Ariadna. Esa noche vieron el noticiero en la tele. En una de las noticias aparecía una foto de Clarisa de cuatro años atrás.

-¡Uy!, esa foto es de cuando era joven, cuando entré a la facultad.

Comieron un asado que prepararon un par de compañeros. La charla era distendida, pero reinaba cierta seriedad que de a poco fue ganando hasta a los más entusiastas. También había un Winco y algunos discos. Alguien quiso poner música pero él no lo dejó. Se tuvieron que conformar con ver la tele o leer algún libro. Ariadna le ofreció la Canal TV, pero a Clarisa no le interesaba. Se llevó a la habitación un libro de Alejo Carpentier que ni siquiera llegó a abrir. Se durmió al instante.

Desde la liberación él nunca se había dirigido a Clarisa de manera individual. Recién la segunda noche se acercó a su cuarto para hablarle. Llovía a cántaros y los truenos sonaban como molotovs.

-Mañana te vas para el norte.

-Sí, ya lo sabía.

-Se vienen tiempos difíciles.

-Siempre lo fueron, ¿o no?

-No.

-Cuando estaba en la celda pensé en matar a la Sayo.

-Hubiera sido terrible. Te hubiéramos tenido que fusilar después de un juicio sumario.

-No seas boludo, Roberto. Estoy hablando de nosotros tres. Qué me importa el partido, la causa…

-Pero le salvaste la vida. La ayudaste. Si no es por el partido ¿por qué lo hiciste?

-Porque una cosa es que yo la odie y otra es el asco que me despiertan esas bestias.

-Ella no te odia.

-Porque te sigue teniendo.

-Nadie me tiene. Estoy solo. Siempre lo estuve. Ni la Sayo ni vos podrían entenderlo.

-Ella me debe odiar. O me desprecia. O me envidia. No sé.

Se quedó en silencio. Lo besó. Se besaron. Tirados sobre la cama, Clarisa empezó a acariciarlos, a desvestirlo. Quería arrancarle con la boca todo lo que los había separado, el partido, las bestias, la lucha. Le habría mordido la memoria para que se olvidara de la Sayo, de sus deberes y sus prejuicios. Quería que se quedara con su cuerpo, con lo único que tenía para ofrecerle.

A la mañana, como en una mala novela, ya no estaba. Se había ido. El muchacho que rescató a la señorita había partido.

8

Al poco tiempo de estar en el norte, Clarisa volvió a caer detenida. Como si la mala fortuna los persiguiera, la Sayo y él también habían sido tomados prisioneros nuevamente. Debían hacer algo o todo podía complicarse demasiado. Con la Sayo y otras compañeras comenzaron a organizar otra vez la liberación. Pero una noticia cambió todos los planes: las trasladaban a una cárcel de máxima seguridad en el sur del país. La única ventaja era que además de ellas, iban a llevar a los detenidos varones. Todos irían a esa cárcel del sur. Entre los presos que iban a trasladar estaban algunos como él, que recién había sido capturado, y otros que estaban encerrados desde hacía años.

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Llegaron al penal al mismo tiempo que el contingente masculino. Iban en filas paralelas separadas por unos cuantos metros y una pared de vidrio. Como si fueran a una excursión de fin de curso se saludaban desde sus respectivos lugares. Dos compañeras más adelante que Clarisa iba la Sayo. En la fila de los varones no estaba él. Era muy probable que, al igual que los líderes detenidos de otras agrupaciones guerrilleras, lo trajeran aparte. Un muchacho barbudo de unos ojos negros enormes la saludaba especialmente a Clarisa y le gritaba algo. No lo reconoció. En realidad, era la primera vez que lo veía. Su voz apenas se escuchaba desde esa distancia y con un vidrio de por medio. Trato de entender qué le decía.

-Las tetas.

-¿Qué?

-Mostrame las tetas.

De un solo gesto Clarisa se levantó el pulóver, la camiseta y corrió el corpiño. Sus pechos quedaron al aire apuntando hacia la fila de varones que miraban sin entender, salvo el muchacho barbudo que le sonrió agradecido y le envió un beso. De ese muchacho, pensó Clarisa, se habría enamorado.

Una vez más comenzaron los planes para la liberación, pero esta vez todo era más complejo. No solo estaban ellos, también había militantes de otras agrupaciones. En total eran unos doscientos presos políticos. Las mujeres casi no participaban de los preparativos, solo esperaban directivas. Tal vez por ser una cárcel de máxima seguridad, tal vez porque estaban detenidos los máximos líderes, en prisión se vivía un clima de calma tensa, muy tensa. La Sayo y ella hablaban un poco más que las últimas veces.

-Las nenas están con los abuelos. Me dijeron que Robi tiene pegados en la pared dibujos que le mandan las chiquitas. 

-Y alguna foto de todos ustedes juntos.

-No, esas fotos las deben tener los padres de Robi. Yo tengo una donde estamos los cinco. La había sacado la hermana de Robi cuando todavía vivíamos en Santiago. Hace cinco años. Cinco años…No, las únicas fotos que tiene pegadas son una de Lenin y otra del Che. 

-¿Quién sería el barbudo?

-No era nuestro, tampoco monto. ¿Por qué lo hiciste?

-Porque tengo lindas tetas.

-No puedo creer que hayan pasado cinco años. 

-¿Cinco años de qué? 

-Cinco años de todo. Las nenas, la clandestinidad, la cárcel, la lucha, vos, todo.

-Yo hace cinco años tenía dieciocho años.

-Y eras virgen -dijo, y se rió con una carcajada como aquella vez en el monte. Y se fue sin que Clarisa pudiera decir nada, sin que le pudiera contestar lo que se merecía. 

A Clarisa le hubiera gustado saber si él se había acostado con la Sayo después de la liberación. También le hubiera gustado saber si él se acostaba con otras, pero no tenía manera de saberlo. Y a la Sayo no se animaba a preguntarle nada a pesar de que cada tanto le hablaba de él.

-Falta poco. Una vez más el príncipe azul vendrá por las doncellas. Las despertará con un beso y las arrastrará por todo este desierto de mierda hacia el aeropuerto.

-¿Podremos salir?

-Si todo sale bien…

9

Pero todo salió mal. El día de la liberación había llegado. Al comienzo todo estaba bajo control. Pudieron tomar parte del penal y ganar la salida, pero no estaban los vehículos que los debían llevar al aeropuerto. Había un solo auto y eran veinticinco personas. En el auto fueron los seis máximos jefes y los otros diecinueve empezaron a buscar desesperados cómo hacer para llegar al aeropuerto. Uno de los compañeros llamó por teléfono a taxis y remises. Unos minutos después que duraron siglos, ante la sorpresa de la mayoría que no esperaba que el truco funcionara, aparecieron los autos. Subieron los diecinueve en distintos vehículos. La Sayo y ella iban en el mismo auto, en el mismo asiento, sus cuerpos pegados y apretados.

-¿Llegaremos? 

-No sé, negrita, no sé. 

-¿Nos esperarán?

-Los caballeros siempre esperan a sus damas -y sonrió con toda su preocupación en el rostro.

-Nos van a esperar. Él nos va a esperar.

Llegaron con el tiempo suficiente para ver cómo correteaba el avión por la pista de despegue. Él y los otros cinco estaban a salvo. Ya no había tiempo para nada. La inercia de la acción los llevó a ocupar la torre de control, pero sin tomar rehenes civiles. A los pocos minutos llegaron cientos de policías, militares, gendarmes, helicópteros y pronto estarían por llegar los tanques medianos. A la media hora, luego de imponer algunas condiciones que los diecinueve estaban seguros de que las autoridades no iban a respetar, se rindieron. No los devolvieron al penal como habían pactado, sino que los llevaron a una base naval. 

-¿Volverá por nosotras, volverá para rescatarnos?

La Sayo la miró a los ojos como buscando en ella la respuesta. 

Los separaron al llegar a la base. De nada valieron sus quejas. Clarisa ya sabía lo que les iba a suceder.

Esa camilla de mierda. 

Las bestias.

Ese cuerpo herido, dolorido, abusado, que ya no le pertenecía.

Las bestias destruyendo el cuerpo que era sólo representación de otro cuerpo, de otra piel, de otro sudor, de otro llanto, de otra mujer que había sido Clarisa y que nunca podrían ni siquiera tocar. 

10

Hace frío. Tiene sed. No siente dolor. Ya no. La Sayo está con los ojos abiertos. Mira a Clarisa. No hay ningún tipo de expresión en su rostro golpeado. Se incorpora y se sienta. Se miran sin decirse nada. Clarisa no puede dejar de pensar que está en una celda con la esposa verdadera del hombre que amó, con la mujer que se lo quitó cuando ella sentía que él era el único que deseaba tener, con la mujer por la que casi perdió la vida; ahí está, metida en algo que nació como un sueño y que ahora es como una pesadilla, sabiendo (¿hace cuánto lo sabe?) que van a ser derrotados, que los héroes de las novelas no existen, que él se fue, que no volverá a rescatarlas, que pronto van a ser fusiladas, que la vida es una mierda, que la revolución es una mierda, que el amor es una mierda…

-No llorés, por favor, Clarisa. 

La mano de la Sayo se apoya en su rodilla. Su enemiga apoya la mano en su rodilla. 

-Es el final, Sayo, esta vez es el final.

-Sí, negrita, es el final.

No, no es su enemiga. Ella también es una derrotada. No tiene a nadie, igual que ella. Piensa: sólo ella me queda de él, sólo ella me queda de mis deseos, de mis ideales, de mis luchas. 

Entre las dos hay un silencio enorme cortado por la respiración cada vez más dificultosa de la Sayo. Por más que lo sabe se nota que el dolor no la deja ni respirar.

Entrecierra los ojos. Su voz es un murmullo casi inexistente; Clarisa apenas puede oírla:

-Amamos al mismo hombre. 

Clarisa quisiera decirle tantas cosas, contarle todo aquello que sintió esos años y que la Sayo no conoce. Pero no puede hablar. Ya no puede hablar. Su boca salada se ha vuelto pastosa, como anestesiada.

Clarisa acerca su brazo al cuerpo de la Sayo. Le acaricia el pelo.

A Brenno Quaretti.


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