El peronismo, la lucha armada y Montoneros

Desde el inicio de la dictadura militar que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955, el movimiento peronista empleó diversas formas de lucha para romper la proscripción, como la huelga, el sabotaje, la recuperación de los sindicatos, la abstención y la participación electoral. Los comandos de la resistencia recurrieron sistemáticamente a la lucha armada, pero fue recién en los meses postreros de 1959, durante la presidencia de Arturo Frondizi, cuando una organización guerrillera de identidad peronista comenzó a operar en el monte de Tucumán y Santiago del Estero. La guerrilla del comandante Uturunco, como bautizaron los medios de prensa al grupo conducido por Manuel Mena y Félix Serravalle, fue una derivación de la estrategia insurreccional de la resistencia peronista, que luego de nueve meses terminó diezmada por las fuerzas de seguridad.

En 1964, Perón alentó la creación del Movimiento Revolucionario Peronista, que integraron sectores juveniles y gremiales opuestos al proyecto del dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor. A pesar de su efímera existencia, el MRP fue una de las primeras expresiones orgánicas de la izquierda peronista, al solidarizarse con las revoluciones antiimperialistas del Tercer Mundo, críticar la burocracia del movimiento y planear la construcción de una vanguardia obrera con  categorías de inspiración marxista. El autoproclamado peronismo revolucionario intentó organizar las Fuerzas Armadas Peronistas como brazo armado del MRP, pero la iniciativa no prosperó debido a desacuerdos internos. Por otro lado, las acciones armadas no fueron protagonizadas únicamente por sectores de la incipiente izquierda del peronismo: en septiembre de 1966, un grupo de jóvenes activistas provocó un incidente internacional al secuestrar un avión de pasajeros y desviarlo a las Islas Malvinas, donde plantaron una bandera argentina. El Operativo Cóndor fue capitaneado por Dardo Cabo y un puñado de militantes provenientes del Movimiento Nueva Argentina, una escisión filoperonista del derechista Movimiento Nacionalista Tacuara.

El origen de Montoneros

La organización político-militar Montoneros se formó a fines de la década del ’60 con la fusión de varios grupos católicos de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, la mayor parte originarios del movimiento estudiantil. En pocos años, este sector de la militancia juvenil se radicalizó por la apertura secular del Concilio Vaticano II, las revoluciones tercermundistas, la izquierdización del peronimo revolucionario y el autoritarismo de la dictadura militar de Juan Carlos Onganía. Buena parte de los fundadores de Montoneros se conocieron en las redes animadas por el ex seminarista Juan García Elorrio alrededor de la revista Cristianismo y Revolución y los comandos Camilo Torres, que funcionaron como un espacio de convergencia entre los católicos progresistas, la izquierda peronista y las organizaciones armadas. Las juventudes católicas más radicalizadas vivieron el pasaje de la militancia en colegios, universidades y villas a la lucha armada y el peronismo, como un tránsito del activismo social, sectorial y asistencialista, a la política propiamente dicha. En este tránsito fueron orientados por un núcleo de dirigentes que acompañaron la politización de los jovenes proto-montoneros: el padre Carlos Mugica, que veía en el peronismo una identidad popular y un proyecto político acorde a los principios del Evangelio, John William Cooke, el ex delegado de Perón que quería convertir al movimiento en un partido revolucionario y tras su estadía en Cuba se había vuelto un ferviente defensor de la guerra de guerrillas, figuras del peronismo revolucionario como Raimundo Ongaro, Bernardo Alberte y Gustavo Rearte. La identidad montonera también fue moldeada por un conjunto de lecturas heterogéneas, en una biblioteca que incluía autores nacionalistas, teólogos postconciliares y marxistas heterodoxos. Las obras de Ernesto Guevara y Régis Debray, ambos propagandistas de la teoría del foco guerrillero, se solapaban con las páginas escritas por historiadores revisionistas como José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos y Juan José Hernández Arregui, quienes veían al peronismo como un movimiento emancipador continuador de la tradición antiliberal del federalismo provincial. El logo de la organización, una lanza tacuara cruzada por un fusil, parecía simbolizar la convergencia en una misma cultura política de la modernidad y la tradición, a mitad de camino entre la vía guerrillera a la sociedad socialista y las montoneras federales del siglo XIX.

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A fines de 1967, un grupo de militantes de los comandos Camilo Torres encabezado por Fernando Abal Medina y Emilio Maza rompió con García Elorrio, mientras asistía en La Habana a la reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad y adquiría entrenamiento militar. Desde ese momento, los grupos originarios de Montoneros realizaron acciones armadas como desarmes a policías, asaltos a bancos y depósitos de armas sin develar su identidad, con el propósito de crear una infraestructura militar capaz de generar un foco guerrillero urbano. Con el estallido del Cordobazo, la organización entendió que estaban maduras las condiciones para presentarse en público, aunque no había acuerdo en el peronismo revolucionario sobre la legitimidad de grupos armados al margen de las estructuras del movimiento. El interrogante era similar al que se planteaba en los debates entre la izquierda armada y no armada: ¿la propia naturaleza del foco guerrillero creado por un grupo de combatientes profesionales no llevaba a que la vanguardia se aisle del movimiento de masas?

El 29 de mayo de 1970, un comando montonero secuestró al ex dictador Pedro Eugenio Aramburu y lo asesinó luego de someterlo a un juicio revolucionario, donde fue acusado de fusilar a peronistas y apropiarse del cadáver de Eva Perón. La conmoción producida por el magnicidio precipitó la renuncia de Onganía, pero las cosas no terminaron allí: el 1 de julio, Montoneros ocupó la localidad cordobesa de La Calera, en un audaz operativo que terminó con la captura de varios guerrilleros y la muerte del dirigente Emilio Maza, baleado por las fuerzas de seguridad. En sus primeros comunicados, la organización armada precisó algunas definiciones políticas, que procuraban desmentir las versiones de un atentado realizado por militares oficialistas que se oponían a las ambiciones presidenciales de Aramburu: “Somos peronistas aunque provengamos de distintos orígenes y formaciones. El peronismo tiene una doctrina creada en 1945, que se fue reelaborando y actualizando durante los veinticinco años posteriores. Esta doctrina se sintetiza en las tres banderas del Movimiento: Independencia Económica, Justicia Social y Soberanía Política. Estas tres banderas en 1970 se expresan a través de la necesidad de lograr un desarrollo económico independiente y una justa distribución de la riqueza, dentro del marco de un sistema socialista que respete nuestra historia y nuestra cultura nacional. Por otro lado, la doctrina fue definida por su creador, el general Perón, como profundamente nacional, humanista y cristiana, respetuosa de la persona humana sobre todas las cosas”[1]. En este pasaje se pueden observar matrices culturales diferentes, ya que el énfasis en la “persona humana”, que subrayaba la dimensión confesional de la doctrina justicialista, delataba la filiación de Montoneros con el catolicismo postconciliar. Por otra parte, el populismo distributivo coincidía sin mayores precisiones con el socialismo, en una secuencia donde el primer peronismo formaba parte de una revolución inconclusa que la lucha armada debía completar.

De la guerrilla al movimiento de masas

Las redadas policiales y el asesinato de dirigentes como Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus entre julio y septiembre de 1970, llevaron a Montoneros al borde de la extinción. No obstante, lo que era una laxa federación de agrupaciones provinciales se convirtió al año siguiente en una estructura nacional, en buena medida gracias a la incansable labor organizativa de José Sabino Navarro, uno de los pocos montoneros con trayectoria en el movimiento obrero. En agosto se realizó un Congreso Nacional, que nombró una conducción única compuesta por jefes regionales, y a principios de 1972 se aprobó un programa de circulación interna denominado “Línea Político Militar”. El documento proponía la liberación nacional y el socialismo, definido como la socialización de los medios de producción y la abolición de la propiedad privada en el marco de una economía planificada. La estrategia de guerra revolucionaria y la lucha de clases delimitaban la oposición entre el peronismo -representado por los trabajadores junto a los sectores de clase media aliados- y el antiperonismo, que convocaba al imperialismo, la oligarquía terrateniente, la mediana y la gran burguesía.[2]  Si la lucha armada era vista como una estrategia a la que debían subordinarse las demás formas de lucha, la consecuencia lógica del planteo era que Montoneros aspiraba a convertirse en la vanguardia del peronismo, más allá de su diplomático posicionamiento público como brazo armado del movimiento.

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La reestructuración de 1971 generó las condiciones para el crecimiento de la organización: desde el punto de vista montonero, se estaba pasando del “foco” a la “infección”, es decir, de la pequeña organización clandestina a la inclusión de las masas en un movimiento armado, gracias al ejemplo catalizador de las acciones guerrilleras.[3] Así pues, la estructura organizativa se modificó para incorporar nuevos militantes: subordinadas a las Unidades Básicas de Combate, que estaban integradas por guerrilleros, surgieron las Unidades Básicas Revolucionarias, con cuadros intermedios que conectaban a la organización armada con los movimientos sociales. El prestigio ganado entre los peronistas con la muerte de Aramburu, la rapidez de reflejos para sumarse al proyecto electoral de Perón cuando pocos creían en su regreso, y la politización hacia la izquierda de un sector de las capas medias y obreras, transformaron en los primeros meses de 1973 a Montoneros en una organización armada con frentes de masas que movilizaban a miles de simpatizantes. En este período, conocido por los militantes como el “engorde”, nacieron la Juventud Peronista Regionales, la Juventud Trabajadora Peronista, el Movimiento Villero Peronista, la Juventud Universitaria Peronista, la Unión de Estudiantes Secundarios, la Agrupación Evita y el Frente de Lisiados Peronistas, organizaciones de base que respondían a la dirigencia montonera.

Montoneros promovió una intensa labor periodística para disputar la opinión pública, con periódicos partidarios como El Descamisado y La causa peronista, y medios de prensa destinados a un público más amplio como el diario Noticias, todas publicaciones de tirada masiva. Con la apertura política ordenada por el presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse, los montoneros colaboraron con la campaña presidencial del candidato peronista Héctor Cámpora, que con el aval de Perón triunfó en las elecciones del 11 de marzo de 1973. Como retribución, la Tendencia Revolucionaria que reunía al peronismo montonero y sus aliados consiguió doce diputados nacionales, así como puestos importantes en varias gobernaciones  provinciales y las universidades nacionales. El proyecto de “reconstrucción nacional” de Perón, apoyado en una alianza de clases con la burguesía industrial y un acercamiento a los partidos políticos tradicionales, llevó a nuevas definiciones: En el Boletín interno n.1, por ejemplo, se hacía un balance crítico del foco guerrillero como una concepción política incapaz de hacer frente a los desafíos de la nueva etapa, en clara referencia al programa de 1971, que había definido una acentuada polarización entre los trabajadores y la burguesía. En la nueva coyuntura, por el contrario, parecía necesario ampliar la política de alianzas, razón por la cual la “contradicción principal antagónica” era nación-imperialismo, mientras aquellas que dividían al pueblo de la mediana burguesía se agrupaban dentro de las contradicciones secundarias. La reconstrucción nacional era vista como la primera etapa de la liberación nacional, que a su vez iba a exacerbar las contradicciones necesarias para la transición al socialismo.[4]

El enfrentamiento con Perón

La llegada de Perón al país y la masacre de Ezeiza frenaron bruscamente las expectativas que tenía la Tendencia Revolucionaria con el retorno del peronismo al poder. Hasta los primeros meses de 1973, el anciano líder había apoyado las acciones de Montoneros para contrarrestar las tendencias negociadoras de la CGT y los políticos peronistas, pero también para presionar al régimen militar con una salida violenta si no se garantizaban elecciones libres. Con Cámpora en el gobierno, Perón empezó a atacar frontalmente a la Tendencia Revolucionaria, para lo cual se acercó a los sectores políticos, gremiales y estudiantiles más conservadores del movimiento. El jefe del justicialismo sostenía que los Montoneros eran “formaciones especiales” del dispositivo peronista, cuya vigencia   se relacionaba al estado de excepción de la proscripción y la dictadura. Garantizada la transición democrática, la guerrilla debía deponer las armas y participar de manera subordinada en las estructuras del peronismo, dejando de lado los componentes más izquierdistas que distinguían a su identidad.

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Mientras en público los Montoneros se volcaban a un frenético malabarismo argumentativo para hacer coincidir sus posiciones con las de Perón, a nivel interno las diferencias parecían evidentes, como se ventilaba en una charla entre la dirigencia montonera y sus bases: “La ideología de Perón es contradictoria con nuestra ideología porque nosotros somos socialistas, es decir, para nosotros la Comunidad Organizada, la alianza de clases es un proceso de transición al socialismo (…) Estas contradicciones ideológicas se pueden observar en distintos elementos, por un lado la caracterización del socialismo nacional; cualquiera sabe que Perón caracteriza como socialismo nacional tanto a China, como a Inglaterra o Suecia. Lo que pasa es que para nosotros no es así: China es un estado socialista, Inglaterra no”.[5] El enfrentamiento con Perón se volvió irreversible en septiembre de 1973, después del asesinato de uno de los aliados más cercanos del jefe justicialista, el secretario general de la CGT José Ignacio Rucci. Los choques entre la derecha y la izquierda peronista se profundizaron por el surgimiento de la Alianza Anticomunista Argentina, organización que alcanzó notoriedad por sus atentados contra militantes de la izquierda peronista y marxista, sindicalistas, intelectuales y artistas. En medio de una creciente ola de violencia, en mayo de 1974 un comando de la Triple A al mando del policía Rodolfo Almirón ametralló al padre Carlos Mugica, uno de los primeros mentores de los jóvenes católicos que fundaron Montoneros. La ruptura oficial con Perón se dio en la movilización por el Día del Trabajador en la Plaza de Mayo, cuando el presidente electo insultó a los simpatizantes de la Tendencia Revolucionaria, que coreaban consignas hostiles contra el gobierno y la burocracia sindical.

La muerte de Perón en julio de 1974 y la asunción de la vicepresidente Isabel Martínez, cercana a las posiciones más duras de la derecha peronista, no hizo más que deteriorar una situación política ya empantanada por la crisis económica, las protestas sociales y la insurgencia armada. Con el incremento de la represión legal e ilegal, la Conducción Nacional de Montoneros decidió el retorno a la clandestinidad, retirándose de locales barriales, universidades y fábricas, donde los militantes estaban más expuestos. Esto no significó un repliegue absoluto de la esfera pública, ya que la organización fundó en 1975 el Partido Auténtico como herramienta electoral, y participó activamente de las coordinadoras interfabriles que se opusieron al plan de ajuste del Ministro de Economía Celestino Rodrigo. El gran cambio en las políticas montoneras sobrevino a mitad de año, cuando se inició la “Campaña de Ofensiva Táctica”, destinada a insertar a los militantes de los frentes de masas en unidades de combate, con vistas a construir un ejército montonero. Para la Conducción Nacional encabezada por Mario Firmenich, las movilizaciones contra el Rodrigazo habían demostrado el agotamiento del peronismo como identidad de la clase obrera, fenómeno que habilitaba su reemplazo por el montonerismo.

En abril de 1976, las variaciones en las formas organizativas y la línea política desembocaron en la formación de un partido de formato marxista-leninista pero con identidad peronista, concebido como una vanguardia de cuadros culturalmente homogénea, y abocada a las prácticas militares. En estos años, Montoneros se convirtió en una de las guerrillas más poderosas de América Latina: incluso después del golpe militar de marzo, la organización fue capaz de realizar secuestros millonarios, fábricar sus propias armas y organizar atentados con explosivos, mientras la mayor parte de sus militantes eran exterminados por las Fuerzas Armadas y de seguridad. La misma eficacia de la máquina de guerra montonera debilitó el vínculo con las organizaciones de base que habían servido para mediar entre los guerrilleros y la sociedad civil, en un contexto represivo que se volvió irrespirable para las prácticas políticas públicas. Para 1979, cuando la Conducción Nacional en el exilio planeó una Contraofensiva que debía colocar al partido a la cabeza de la resistencia contra la dictadura militar, el proyecto político de Montoneros ya estaba acabado.


[1]             “El llanto del enemigo”, en Cristianismo y Revolución n. 28 (abril 1971), p. 72.

[2]             Baschetti, Roberto, Documentos 1970-1973. Volumen I, De la guerrilla peronista al gobierno popular. La Plata, De la Campana, 2004, pp. 249-270.

[3]             Salas, Ernesto, “Del foco a la infección. Montoneros y los movimientos sociales”, en III Jornadas de Partidos armados en la Argentina de los 70, UNSAM, 2009.

[4]             “Boletín interno n. 1” (1973), en Baschetti, Roberto. Documentos 1973-1976. vol. 1. De Cámpora a la ruptura. La Plata, De la Campana, 1996, pp. 582-583).

[5]             “Charla de la Conducción Nacional ante las agrupaciones de los frentes” en Baschetti, Roberto. Documentos 1973-1976. vol. 1. De Cámpora a la ruptura. La Plata, De la Campana, 1996, pág. 274.

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