El socialismo que no fue… y el que puede y merece ser

Como parte de las actividades del curso Panorama del Socialismo Contemporáneo que dicta el Profesor Roberto Herrera en la Universidad de Costa Rica, el 10 de septiembre de 2020 tuve la oportunidad de dar una conferencia y mantener un prolongado y cálido diálogo con les jóvenes estudiantes. ¡Muchas gracias a elles y a Roberto!. Lo que sigue es la charla introductoria, ligeramente editada.

El cambio de siglo y el fin de un ciclo

El ciclo recorrido por la antigua Unión Soviética se corresponde con lo que Eric Hobsbwam denominó “el corto Siglo XX” y Moshe Lewin “el siglo soviético”: desde la revolución de 1917 en Rusia, hasta la caída del Muro de Berlín, la implosión de la URSS en 1991 y la restauración del capitalismo en el llamado Campo Socialista. Sumando a esto la “revolución conservadora” de Reagan/Thatcher y la plena mundialización del capital, puede afirmarse  que con el cambio de siglo se cerró todo un período histórico del movimiento obrero y el socialismo.

Esto no significa que debamos “dar vuelta la página” y desentendernos de lo ocurrido, porque sigue siendo necesario cambiar el mundo y cambiar la vida. Y para eso, debemos tomar esos acontecimientos como experiencia estratégica de los desposeídos y explotados.

El socialismo que no fue

Mucho queda por investigar y repensar, pero algunos debates ya no tienen sentido. Que en la década de 1930 treinta Stalin proclamara que el socialismo estaba realizado “en sus 9/10 partes”, que en los sesenta Jruschov anunciara que Rusia estaba en tren de superar a Estados Unidos, o que ya en pleno estancamiento y descomposición Brejnev dijera que el “socialismo maduro” estaba en vísperas de pasar al comunismo, ya no merece refutaciones teóricas.

En los países del autodenominado “socialismo realmente existente” las antiguas clases propietarias habían sido derrocadas, pero lo que allí existió no era socialismo. A la expropiación de los capitalistas siguió el irrefrenable proceso que impuso como fuerza social dominante a una burocracia privilegiada… y explotadora.

Aquellos Estados y sus Planes Quinquenales no impulsaron el pasaje hacia una sociedad sin clases. Lograron en algunos momentos mejoras en el nivel de vida, salud y educación de las masas y disminuyeron o eliminaron la desocupación, pero con el crecimiento económico cristalizaron imprevistas formas de alienación y explotación…Hasta que el estancamiento, las contradicciones intestinas y la presión del capitalismo mundial llevaron a que aquellas burocracias y Estados “obreros”respondieran al hastío e insatisfacción de la población imponiendo… la vuelta al capitalismo.

Ya Trotsky formuló una aguda denuncia de los privilegios de la burocracia,pero la crítica apuntó esencialmente a su parasitismo, la desigualdad en la esfera del consumo y el sometimiento de los trabajadores mediante una represión implacable. También atacó el mito del “trabajo socialista”, sin llegar a señalar que encubría una brutal extracción de valor y trabajo excedente. El manejo de ese excedente hizo de la alta burocracia una protoclase o capa social explotadora. Allí, en esa peculiar relación de explotación,  está la clave de lo que fueron aquellos Estados burocráticos: una maquinaria para mantener atomizada a la clase obrera en provecho de la Nomenklatura.

Estatización no es socialización

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El surgimiento de la URSS y luego de la Segunda Guerra del “campo socialista” modificó, pero no eliminó la unidad de la economía y el mercado mundial capitalista (entendiendo que unidad no implica uniformidad, sino desigualdad y contradicción). Nunca existieron dos sistemas económicos mundiales con mecanismos inconmensurables.

Es preciso destacar que la derrota política y la expropiación de las clases dominantes no es la culminación de la revolución. Debe ser el inicio de una difícil y compleja transición hacia la sociedad sin clases, lo que pasa por superar la heredada división social jerárquica del trabajo, eliminar la subsunción formal y real de los productores directos y del trabajo vivo en general, devolver a hombres y mujeres el pleno y consciente manejo de sus medios de vida y actividad social.

Eso no ocurrió en las sociedades posrevolucionarias de tipo soviético. El desplazamiento jurídico de los capitalistas privados no significó que los medios de producción, la riqueza social, el conocimiento acumulado y el comando del trabajo pasaran a la clase trabajadora. El capital estatizado y el dinero conservaron su poder regulador del metabolismo social y encontraron en los burócratas la “personificación” necesaria para mantener al trabajo alienado y sometido a una voluntad ajena. La actividad laboral continuó dominada por máquinas, técnicas y procedimientos concebidos y controlados por “los de arriba”.

La planificación burocrática

El propietario de los medios de producción era el Estado y en sus fábricas los obreros siguieron trabajando por un salario que les restituía apenas una parte del valor que era producido.  El fetichismo de las mercancías, el dinero y el salario subsistieron bajo nuevas formas, con mecanismos que canalizaban y limitaban el consumo popular, e incrementaban el consumo y acceso a la riqueza social de los jerarcas mediante ingresos diferenciales, el manejo de los “fondos estatales”, redes especiales de distribución, primas, etcétera.

Así, la “planificación” económica hacía que la clase trabajadora continuara siendo sistemáticamente desposeída. A partir de que el mecanismo económico estaba basado en el intercambio de fuerza o capacidad de trabajo por salario, en todos los intercambios existían disimulados procesos de valorización y capitalización. Una prueba de que no se producían valores de uso directamente socializados, sino mercancías que encerraban más o menos valor, fue que la planificación burocrática nunca pudo evitar el reconocimiento social post festumde lo producido y su sanción: montañas de productos “invendibles” o directamente inservibles. Tampoco pudieron remediar la mala calidad, el generalizado retraso tecnológico (salvo en áreas muy específicas ligadas a la defensa) y el desconocimiento de las necesidades sociales.

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De manera que la negada o relegada ley del valor reaparecía: la Nomenklatura debía valorar tanto lo que planificaba como lo que realmente producía, y lo hacía con instrumentos más toscos que los del capitalismo: precios que no eran precios de mercado, moneda que no era dinero-capital, tasa de interés que no era el precio del dinero, etcétera. Esta valorización a tientas para tomar decisiones entre intereses encontrados, era complementada con imposiciones extra económicas de dudosa o nula eficacia. De tal modo, las economías planificadas (burocráticamente) encubrían en la práctica una descomunal anarquía: eran simultáneamente “economías de penuria”en las que la escasez de recursos obligaba a maximizar la producción y “economías de derroche” que operaban con reservas excesivas de medios y fuerza de trabajo, despilfarro de materiales, sub-empleo o desempleo técnico, obras inconclusas, etc.

La frustrada transición

Muchos estudios han insistido en el inicial atraso de Rusia, los daños derivados del “voluntarismo” burocrático, insuficiencias o errores en la planificación y la hostilidad del entorno capitalista. Y todo eso existió. Pero se suele ignorar la importancia del antagonismo social y los conflictos propios del sistema. Poniendo el foco en el peso del “atraso”,se pierde de vista que el peor lastre fue que, con la estatización del capital se mantuvo la heredada división social y explotación del trabajo… y la sorda e irreductible resistencia a la misma.

Se quiso primero aumentar la producción, mejorar luego la distribución y recién después transformar objetivos, criterios y métodos de producción y consumo. Ese orden de prioridades, establecido y llevado adelante a espaldas de obreros y campesinos, no podía dar buenos resultados. Porque el paradigma productivo heredado del capitalismo, incluyendo lo tecnológico y organizativos, debe ser puesto en discusión y reformulado desde el comienzo, dejando de lado la omnipotencia de la racionalidad instrumental y la ingenua confianza en la neutralidad científico-tecnológica.

Por otra parte, a lo largo del siglo XX se hizo evidente que la revolución política y social tiene un carácter procesual que ni se cumple en un acto, ni es asumida por los desposeídos del mundo en el mismo momento. Y mucho menos de la misma manera. Hemos visto, también, que es imposible “construir el socialismo en un solo país”o sólo en un grupo de países.

Sabemos ahora que la transición socialista es y será mucho más complicada y difícil de lo que suponían Marx, Engels, Lenin o Trotsky. Y que, como acabamos de reconocer, en el siglo XX se cometieron errores, que muchas cosas “salieron mal” o no dieron los resultados esperados. En definitiva, aquel socialismo real,que no fue realmente socialismo, hace ya varias décadas que no existe…

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La crisis del capitalismo realmente existente

Pero vivimos en el 2020, y no puedo terminar sin señalar que, aquí y ahora, es el capitalismo realmente existente del siglo XXI el que está en crisis. Una crisis sin precedentes, ni salida a la vista. El irrefrenable impulso productivista y consumista del capital ha chocado con límites que no quiere reconocer pero existen, y la resultante es una crisis estructural sistémica y prolongada que es también crisis civilizatoria, crisis ambiental y crisis de salud a escala planetaria.

El capitalismo ha generado una brecha ecológica y con ella el calentamiento del planeta, alteraciones climáticas incontrolables, sequías, incendios, inundaciones, falta de agua potable, migraciones masivas, pandemias… Y más crisis económica, con la ruptura y dislocación de las cadenas de producción y valor globales. Es una crisis social total que involucra a la naturaleza, pues estamos ya en una nueva geológica, que algunos denominan Antropocenoy otros Capitaloceno.

Socialismo como alternativa al ecocidio

Frente a este capitalismo pandémico y de catástrofes, el secular combate de los socialistas por la emancipación humana y la igualdad sustancial adquiere el  dramático carácter de lucha por la reproducción de la vida y la supervivencia de la humanidad.

En el duro combate que esto impone deberemos recordar la lección aprendida: no basta con sacar del gobierno a los capitalistas, ni con expropiarlos. Debe ser una revolución total, lo que no significa cambiar todo en un instante, sino atacar los tres pilares del viejo mundo —Estado, capital, trabajo asalariado— y transformar las relaciones de producción y distribución, tanto a nivel “macroeconómico” como en las diversas unidades productivas, reconociendo y restituyendo la dignidad e importancia del trabajo invisibilizado de las mujeres y del pobretariado de las ciudades y el campo.

Una revolución política y social que deberá estar protegida pero no maniatada desde el Estado, impulsada con el desarrollo de formas de poder popular y la autogestión social generalizada. Sin plegarnos a la ideología de la Modernidad, el Progreso y la obsesión por el crecimiento sin límites de fuerzas productivas y mercancías, deberemos avanzar hacia una igualdad sustantiva, con una perspectiva eco-socialista, anti patriarcal y construyendo en la lucha por lo común puntos de apoyo ideales y materiales de una nueva socialidad.

La crítica del socialismo que no fue, debe servirnos para combatir con más claridad y efectividad por el advenir del socialismo que puede y merece ser, en alternativa al capitalismo de catástrofes y el ecocidio. Será un combate largo, difícil y cruento con final incierto, pero como dijera Bertold Brech, lo único seguro es la derrota del que no lucha.

Por Aldo Casas

Conferencia  del 10 de septiembre de 2020

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