Salvador Allende y el golpe en Chile: ¿un problema de la vía pacífica al socialismo”?

                                                                                                      Primavera con una esquina rota

                                                                                                                                           Mario Benedetti

El 11 de septiembre de 1973 fue derrocado el gobierno de la Unidad Popular. La actitud del Compañero presidente sintetizada en esa foto en “La Moneda”, con un casco y fusil Ak-47 en mano junto a su último discurso mientras resuenan las bombas aún estremecen. Allende no se escapaba, no se entregaba porque él era solo el representante del pueblo. Era pueblo en función de gobierno. También supo en ese segundo de certeza que su estrategia había fallado. Dolor, valor, principios y dignidad.

Interesa repensar esa derrota porque Chile fue un país en el cual existió la continuidad de la democracia procedimental hasta el golpe de Pinochet: derechos civiles y políticos, casi sin proscripciones y con votaciones periódicas… Como viene ocurriendo en Argentina desde el año 1983, hace más de 37 años.

Sabemos: ese golpe fue dirigido por la embajada norteamericana, junto a las clases dominantes chilenas acompañados por el Partido Demócrata Cristiano, de Eduardo Frei y el Partido Nacional, con Jaime Guzmán como ideólogo estratégico. Fue fogoneado alrededor de la militancia activa, “cacerolera” en los barrios altos de Santiago, de los ricos y con cierto consenso pasivo de los sectores medios. Pero fue determinado por el poder de fuego, militar de las FFAA.   

Producido el golpe la ofensiva represiva fue inmediata y feroz: fueron encarcelados, fusilados o desaparecidos de a miles. La derrota era enorme, inmedible. Y si, dolorosa. Una estrategia construida en un largo camino, “la vía chilena al socialismo” era desgarrada. Mucho que evaluar quedaba para los sobrevivientes.

El debate dentro de las izquierdas a veces quedó reducido a la viabilidad o no de intentar la vía pacífica al socialismo así como la subestimación de aquella vieja sentencia marxista: ninguna clase cede el poder pacíficamente. Salvador Allende creía en esa vía y estaba convencido que valía la pena hacer ese intento por aquello de la particularidad chilena.

El PC chileno, el otro componente de la Unidad Popular, y principal fuerza en la CUT (Central Única de Trabajadores) había definido en 1956 la vía al socialismo como pacífica y etapista. Luego del golpe sufrió una represión feroz, en la que hasta su Secretario General cayó y fue encarcelado durante tres años. Dos direcciones íntegras del Equipo de Dirección Interna (EDI) fueron desaparecidas en 1976: fue un partido a punto de dejar de existir como organización. Sin embargo, sobrevivió, no sufrió casi escisiones – como el PS – y pudo abordar un primer balance de esa derrota de manera unificada. Para el PC esto implicó aceptar la derrota de su línea histórica.  Interesa mencionar ese Pleno del año 1977 porque allí aparecen algunos indicadores que pese a ser insuficientes resultan sustantivos para este presente.

Dos palabras sobre el gobierno del compañero presidente.

El gobierno de la Unidad Popular se propuso programáticamente concluir la etapa de la revolución democrático burguesa en Chile para apuntalar luego el tránsito al Socialismo. El norte estaba claro pero consideraba que el proceso de acumulación para ese “salto” debía desarrollarse a partir de tres ejes que marcarían las transformaciones económico – sociales de su gobierno. Primero, la nacionalización plena de las áreas estratégicas, que en el caso de Chile significaba centralmente el cobre ya que era el proveedor de divisas para el estado (recordemos que durante el gobierno demócrata cristiano de Frei  de 1964 a 1970-, había  creado una empresa mixta  asociando al estado a capitales trasnacionales, como aquí fueron los K). En segundo lugar el fomento del comercio exterior y cómo tercer eje la profundización de la reforma agraria iniciadas por el propio Frei para terminar con el latifundio. La misma abarcó a 5.294756 hectáreas, quedando el país prácticamente sin latifundios (se consideraba latifundio a un predio superior a las 80 ha) y sin que bajase la producción, más allá de algunas dificultades administrativas de carácter burocrático.

Pero lo central no eran las medidas sino las perspectivas que generaba la búsqueda por construir poder popular, instancias de autorganización con capacidad para intervenir en la toma de decisiones o como agentes de control del “poder burgués”.    

Se trataba, sobre todo de eso, de  adoptar iniciativas políticas para darle protagonismo a los de abajo: elles eran y debían ser el sujeto del proceso transformador, no el gobierno. Eso que hoy llamamos empoderar a  “los de abajo”.

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Y efectivamente fue cumpliendo su programa de nacionalizaciones y reforma agraria, pero lo fundamental – y a veces olvidado – fue las iniciativas de construcción política: la creación del Área de Propiedad Social (APS). A fines de 1971 se aprobó el proyecto que establecía la participación directa de los trabajadores en la administración de 90 empresas, de las cuales 74 eran industriales y lograron incrementar su producción en un 15% promedio. Más de 150.000 asalariados participaron en 120 empresas del área social y otro tanto lo hacía en los Consejos de Administración de empresas, Comités de Coordinación o Comités de Producción. Si bien como admitió luego Pedro Vuscovik, ex Ministro de Salvador Allende, en las empresas privadas la participación se limitó a los Comités de vigilancia, pero sin un poder real.

En el campesinado se impulso la creación de CERA (Centro de Reforma Agraria) de carácter autogestionario así como los Centros de Producción Estatal que tuvieron una mayor eficacia tecnológica.

Pero lo más interesante se iba produciendo en el protagonismo político del movimiento de mujeres, participando y dirigiendo activamente en las JAP (Juntas de Abastecimiento y Control de Precios), en las poblaciones, en la toma de tierras o en organizaciones vecinales. También adquirió otra dimensión la dinámica de intervención de los pueblos originarios, que fueron visitados y reconocidos por el propio Salvador Allende.  Y por supuesto, también fue otro el peso del movimiento obrero y estudiantil.

Aquel gran proceso de politización social se expresó en las urnas: en las elecciones de abril de 1971 la UP obtuvo el 50,1% de los votos. Ese triunfo abrió un debate en la Democracia Cristiana: un ala encabezada por Tomic, Leighton y Fuentealba propusieron avanzar en una negociación con el gobierno de la UP, y en cambio otro ya comenzaría a apostar a la claudicación del gobierno, la destitución de Allende o el golpe. No ocurrió lo mismo en el Departamento de Estado norteamericano. Allí la claridad fue meridiana: Nixón ordenó inmediatamente al director de la CIA, Richard Helms comenzar a acelerar el derrocamiento y ya en 1971 estaban utilizando más de 3,5 millones de dólares para realizarlas “operaciones especiales” y actuar en los medios de comunicación.

Tampoco hubo debate dentro del Partido Nacional ni la burguesía que ya en Octubre de 1972 realizó el primer look out patronal que fue derrotado por las masas movilizadas que lo quebrarían con tomas, roturas de candados y acciones directas. La carta estaba echada. Y la burguesía lanzó su ofensiva de acaparamiento, desabastecimiento y cacerolazos junto a la estructuración del poder gremial de camioneros y transportistas.

En marzo de 1973 las elecciones le darían otro mazazo a los de arriba: la UP triunfó con el 46,5% de los votos. La derecha descubrió que la UP no podría ser derrotada en las urnas. El Partido Nacional siguió entonces su carta golpista, el “gremialismo” de Jaime Guzmán hizo lo propio y en la convención del PDC, el 14 de mayo triunfó el ala golpista liderada por Patricio Aylwin.

El 29 de junio de 1973 el Coronel Supper protagonizó el “Tanquetazo” que rápidamente sería conjurado por el General Prats. Sin embargo ese ensayo táctico sería de sumo valor para la derecha: la UP no estaba preparada para frenar un golpe “por las suyas”, con masas en la calle. Esa situación también abrió un debate en las Fuerzas Armadas– según explicita el propio Prats en sus Memorias – quedando la política en manos de los golpistas y la prescindencia en los institucionalistas. Sin embargo en la UP siguieron confiando en que la mayoría de las FFAA era legalista y defendería al gobierno democrático…

Allende frente a la ofensiva trazó como alternativa vencerlos de nuevo en las urnas e intentaría convocar a un plebiscito para mediados de septiembre. Enterados, el 11 de septiembre los militares dieron el golpe que inició no solo al aniquilamiento de los “cuerpos indóciles” sino una reestructuración económica, social, cultural que regó con sal el suelo que parió esa experiencia de la Unidad Popular.

Indudablemente el Golpe y el carácter del mismo mostró a “sangre y fuego” la magnitud del error, y la profundidad de la violencia, lo que no solo dejaría a las organizaciones revolucionarias a punto de su extinción por el accionar del aparato represivo y la escasa capacidad de respuesta, sino que también dejaría un sabor de dignidad avasallada.

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El aparato militar ES de “los de arriba”: los indicios olvidados.

En el año 1968, las FFAA de Chile habían participado en la reunión de Comandantes en Jefe de América Latina -liderado por EEUU – mientras se iba cerrando el cerco de la democracia en el Cono Sur. En el marco de las preocupaciones presentadas por la derecha frente a algunas medidas del gobierno de Eduardo Frei, y el clima de lucha social, el gobierno demócrata cristiano creó el Consejo Superior de Seguridad Nacional (CONSUNA) integrado por el Ministro de Defensa y los Comandantes de las tres armas, habilitando y legalizando así la intervención de las FFAA en la política. 

El 24 de octubre de 1969 el General de Brigada con asiento en Antofagasta Roberto Viaux se levantó en armas con un pliego aglutinado en reivindicaciones de tipo económico corporativas y se acuarteló en Tacna. Rápidamente la CUT, junto a la FECh, el Colegio de Profesores y los partidos de izquierda junto al Demócrata Cristiano declararon un Paro General para defender al gobierno constitucional. El general se rindió de manera incondicional y fue pasado a retiro asumiendo el General René Schneider, de probada vocación democrática. Schneider estorbaba. La CIA y el Departamento de Estado no dudaron e impulsaron un atentado que rápidamente le costó la vida. El asesinato comenzaba a mostrar que la derecha tenía claridad estratégica para la nueva etapa.

El 4 de septiembre de 1970 triunfó electoralmente la UP pero por un margen exiguo: obtuvo el 36,3% de los votos, con muy poca diferencia con la derecha que encabezó Jorge Alessandri. Requería del voto de los electores de la DC para poder ser Gobierno. Y aquí apareció un indicador claro a la distancia, como bien remarcó Luis Vitale: para darle los votos la DC exigió inmediatamente (el 29 de septiembre) un Estatuto de Garantías Constitucionales dentro del cual se destacó por la novedad el reclamo de la autonomía para las FFAA y su rol de garantes de la “convivencia democrática”. Esa disposición sería impuesta como “reforma constitucional” el 22 de octubre de 1970, con el voto favorable de la UP.  Solo así pudo asumir.  

En definitiva tanto el PS como PC consideraban que la tradición institucionalista de las FFAA, los haría acompañar cualquier experiencia que respete la Constitución Nacional y la soberanía popular.

Esa lectura era un error de análisis estructural, ya que la matriz ideológica de la estrategia política dentro de la UP (pacifismo/institucionalidad) enceguecía en lugar de alumbrar al análisis: consideraban  a las FFAA profesionalistas, neutrales en la arena política, sin ideologías. A tal punto, que consideraron secundarios, circunstanciales y puntuales los indicios mencionados anteriormente. Incluso peor: no se detuvieron en historizar la verdadera tradición de las FFAA chilenas, su matriz ideológica, política y hasta cultural.  

Sucede que Chile contó con Partidos de Derecha y Centro – más a la derecha o más a la izquierda –  que alternaban en el gobierno, contenían – y reprimían cuando lo consideraron peligroso – a la izquierda. Las FFAA  parecían en eso diferentes al resto de las del continente. Pero no lo eran: las Fuerzas Armadas chilenas fueron formadas primero en las Doctrinas de Geopolíticas desde los años 40, en las que ya se planteaba que los conflictos al interior del estado – nación debían ser extirpados, con fundamentos antiliberales y anticomunistas. A partir del año 1958 – ya en plena Guerra Fría –  fueron enviados más de 200 oficiales a cursos a la Escuela de las Américas para formarse en la Doctrina de la Seguridad Nacional; entre los asistentes estuvo Augusto Pinochet. Se subestimó al “enemigo”. Se subvaloró la diferencia estructural entre un actor que concentra el monopolio de la fuerza pública como el aparato represivo y el poder político – económico de EEUU para ejercer el control de la formación ideológica: se los consideraba como militares profesionales que realizaban en esos cursos actividades de intercambio “técnico”.

Hoy resulta indudable que tanto la DC como la Embajada estadounidense tenían – visto a la distancia – una mejor lectura de la tradición real de las FFAA, más allá de la existencia de generales democráticos como Schneider o Prats. Y ellos venían construyendo poder real. 

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El Pleno del CC del PC Chileno, primer balance de una derrota que lo tuvo como protagonista.

Producido el golpe, Miguel Enriquez, máximo dirigente del MIR llamó inmediatamente a la resistencia y murió en combate. El PC no lo hizo: llamó a la unidad antifascista de todos, desde la DC – que había apoyado al golpe – hasta al propio MIR. Pero era testimonial, no práctico. La ofensiva represiva significó repliegue pero también desbande e impotencia. En sus Memorias Luis Corvalán justificó esa táctica: “haber lanzado al Partido a la resistencia abierta hubiese significado una masacre”. Su evaluación fue que no estaban lo suficientemente preparados para lanzarse a una resistencia abierta. Una de cal y otra de arena: fue igual una masacre, pero aquí incluía cierta autocrítica. 

Recién 4 años después de producido el Golpe, en septiembre de 1977, se pudo realizar el primer pleno del PCCh en Moscú. Razones logísticas pero sobre todo políticas lo habían ido postergando.

El informe contaba con una valoración positiva de la “línea histórica” del PCCh, de establecer la “etapa” como la de revolución democrático burguesa y al Frente Popular como herramienta para ese objetivo. Incluso señalaba que en sus documentos el PCCh siempre había diferenciado el concepto de “vía no armada” del de “vía pacífica” porque consideraba que esta última siempre contiene ingredientes de violencia “porque ninguna clase cede sus privilegios de manera pacífica”. Y por eso – sostenía el documento – el Partido siempre debía estar preparado para “todas las formas de lucha”.   Y no lo había estado.

Ahí se presentó una Tesis novedosa, que se la denominó del “vacío histórico” y refería a la carencia de una formación militar más profunda de sus propios cuadros y – sobre todo – la subestimación de ese factor para la toma y defensa del poder.

También destacaban autocríticamente el insuficiente trabajo político hacia las FFAA, delegando en los propios militares la tarea de “garantizar su respeto a la institucionalización”. Concluyeron que dado que en el Congreso partidario de 1956 había definido a la vía pacífica como tendencia lo coherente hubiese sido realizar un profundo trabajo político e ideológico hacia las organizaciones militares.

La otra novedad estuvo en realidad en la aparición de una caracterización sobre qué considerar correlación de fuerzas favorable y mayoría. La nueva conceptualización era que “la correlación de fuerzas favorable (…) la da “la mayoría activa: moral, de combate, nivel de organización, la capacidad de movilización, homogenización del pensamiento y, obviamente de una manera relevante, el componente militar”.

Más allá de alcances o limitaciones que no es el objetivo analizar aquí, aparecía en el análisis de “los derrotados” un nuevo factor para la construcción de “poder popular” no contemplado durante la experiencia de la UP.

Repensando primaveras rotas.

Una hipótesis podría ser que el problema no fue el camino electoral por el cual la UP llegó al gobierno sino que no se preparó para llegar al Poder Real. La estrategia de construir “poder popular”, y así ir consolidando una correlación de fuerzas favorables para las transformaciones sociales se limitó– más allá de su indudable profundidad – al terreno de la organización de las masas en sus instituciones de la sociedad civil: sindicatos, poblaciones, campesinos, estudiantes. Se subestimó, sin embargo, el aspecto militar, que no podía ser solo contar con una parte de las tropas como leales ni que las masas tengan capacidad de “autodefensa”. Era necesaria también la capacidad de esas masas auto -organizadas para asumir ese otro aspecto del dispositivo de lucha cuando estas son decisivas. E iban a ser decisivas, indudablemente

Los militantes y dirigentes del PCChileno tuvieron que asumir la propia vejación sufrida, comenzando a aceptar en ese Pleno – sin demasiada profundidad, con mucho de transaccional – que habían cometido un error fatal. De aquella “dignidad avasallada” nació en el año 1980 una nueva perspectiva sintetizada en la consigna de la Política de Rebelión Popular de Masas (PRPM) y en 1983 comenzó a operar en Chile el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Desde el año 1975 el PCCh había enviado cuadros a formarse como Oficiales en las Fuerzas Armadas Cubanas que fueron luego los comandantes del FPMR. Pero eso ya es parte de otra Historia.

Más allá de este último itinerario del PCChileno así como los balances de otras fuerzas de las izquierdas interesa destacar aquí el valor de reflexionar sobre qué ocurre en el interior real de una fuerza militar con tradición aparentemente profesionalista cuando ocurren procesos de transformación real, que afectan de manera determinante a los “de arriba” – incluyendo las empresas de potencias – si no se tomaron los recaudos suficientes. Y tal vez se deba estar más atentos a los indicios que irrumpen de la estructura de las “fuerzas de seguridad” y su relación con los “de arriba”.

Atentos a esa hipótesis tal vez el problema de la UP no fue de vía “no armada” o armada.  Tampoco parece haya sido ese el problema de Evo Morales cuando fue desplegando el proceso de transformación descolonizadora en Bolivia. Evo Morales y García Lineras fueron exiliados, sus dirigentes y militantes detenidos…    

Muchas cosas cambian….  pero el Imperialismo – como Lenin – saben en dónde está el poder real debajo de la apariencia. Y trabaja con estrategias a largo plazo en las que – sorprendentemente – suelen ser bastante explícitos.

Julio Bulacio

                                                                                                          Gualeguay, 11 de septiembre de 2020.

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