Estudiantazo 2010. El derecho a construir nuestra Educación

La Educación a la calle…

En el año 2010, en Córdoba, se llevó adelante un proceso de lucha conocido como Estudiantazo. Fue una lucha en defensa de la educación pública. La misma se dio en un marco general de movilización en distintas ciudades del país, motorizada por estudiantes secundaries en reclamo por la paupérrima situación edilicia de los establecimientos escolares. La toma de escuelas fue una de las medidas características de este proceso.

En Córdoba, el reclamo por la infraestructura escolar se complementó con el rechazo a la modificación de la Ley de Educación Provincial, promovida por el gobierno que pretendía, sin debate, un tratamiento rápido y una aprobación “administrativa” del nuevo proyecto.

Enmarcada en un contexto histórico de reformas educativas neoliberales que tenían una continuidad desde los tempranos años 90, este nuevo proyecto de ley, la 8113, avanzaba en la injerencia de la iglesia y del sector empresarial en la educación pública, además de plantear recortes de materias artísticas y humanísticas en la currícula escolar. Para tal fin, se había conformado el Consejo Provincial de Políticas Educativas. Un espacio donde, junto a funcionarios, se sentaban representantes de los colegios confesionales y de los sectores empresariales nucleados en las fundaciones Arcor y Minetti. Quienes también compartían ese espacio, pero sin socializarlo con sus representades, eran los dirigentes de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC), con Juan Monserrat a la cabeza. Si bien el proyecto de ley atacaba claramente a la educación pública y la estabilidad laboral de les docentes, la conducción gremial acompañó la reforma y marginó a quienes se opusieron, sin fomentar nunca un debate serio sobre la educación que necesitamos.

Sin embargo, este intento de que la reforma fuese aprobada rápidamente por la Legislatura no tuvo en cuenta la voluntad y la organización de estudiantes de distintos niveles que vislumbraron cómo se verían afectados tanto su presente, en materia de formación académica, como, en numerosos casos, su futuro laboral. A partir de allí se dio uno de los procesos de lucha más significativos que ocurrieron en la provincia de Córdoba en los últimos tiempos, alcanzando incluso repercusión a nivel nacional. Fueron meses en los que, junto a madres, padres y docentes, les estudiantes revindicaron el derecho a pensar la educación que necesitamos. Un derecho social fundamental para el buen vivir de los pueblos no podía quedar en manos de decisiones de unos pocos que, cambiando derecho por servicio, buscan avanzar en su mercantilización.

Recuperando principios organizativos de las mejores tradiciones de lucha, junto a nuevas formas originales de organización, las tomas de los colegios secundarios se expandieron a algunas facultades de la Universidad Nacional de Córdoba y a la Ciudad de las Artes, una institución que reúne a distintas escuelas de formación artística, que en ese momento vivía un proceso de normalización para transformarse en Universidad Provincial. La incorporación a la lucha de estudiantes y docentes de la Ciudad de las Artes, de manera colectiva, fue un hecho inédito. Sus aportes organizativos para idear estrategias comunicativas cumplieron un rol fundamental a la hora de instalar el conflicto en la sociedad.

Con respecto a la Universidad Nacional de Córdoba, la organización tuvo que darse sobre todo por fuera de los órganos de representación estudiantil, ya que en su mayoría, respondían políticamente a algunos actores impulsores de la reforma. Situación similar vivió la docencia respecto de la conducción sindical. En la búsqueda de espacios organizativos por fuera de las estructuras burocratizadas, fueron conformándose espacios asamblearios para la discusión y toma de decisiones. Una metodología que fue cobrando cada vez más fuerza en los años siguientes como método de organización de les estudiantes universitarios. En el caso de 2010, esta estructura organizativa llegó a convertirse, con la conformación de la Asamblea Interestudiantil, en el máximo espacio deliberativo donde se iban haciendo los balances de la lucha para resolver cómo seguir adelante.

Durante dicho proceso, les estudiantes pusieron a la sociedad cordobesa a debatir sobre educación. Con mecanismos comunicativos estratégicos lograron llevar sus ideas al resto de la población, desarmando las maniobras manipuladoras de los medios masivos de comunicación. En este sentido, fue vital la decisión de sólo dar entrevistas en vivo, un aprendizaje que se dio al calor de la lucha. De esta manera se evitaba la práctica habitual de los medios, de tergiversar lo dicho para defender la postura oficial del gobierno. Los millones de pesos anuales que reciben las empresas de comunicación debían servir para algo. Porque, evidentemente, mientras les estudiantes querían debatir, el gobierno y sus aliados solo querían callarlos. Lo intentaron con el repertorio de siempre: engaños, falsas promesas, operaciones mediáticas, estigmatización, criminalización y, finalmente, represión.

El 15 de diciembre de 2010, con la Legislatura vallada, un gran despliegue de fuerzas policiales, decenas de heridos y 13 detenidos, el proyecto de ley 8113 se aprobó con los votos del peronismo gobernante, más el aval del radicalismo y de algunos sectores progresistas.

Diez años después, decidimos traer al presente ese proceso de lucha llamado Estudiantazo. Mediante esta publicación, que no pretende ser más que un pequeño aporte a la construcción de la memoria colectiva, un registro de un proceso organizativo, en pos de contrarrestar esa estrategia del poder hegemónico que intenta fragmentar la lucha para hacernos sentir que siempre arrancamos de cero. La conciencia estudiantil alcanzó un nivel cualitativo para construir e instalar un posicionamiento que recorrió los debates públicos a nivel nacional. Sus planteos no fueron meras consignas sino que poseían un sustrato que -entendemos- no se ha perdido. La reforma de la ley se materializó pero sin un consenso de la comunidad educativa. Por otro lado, este proceso significó un crecimiento en términos organizativos del movimiento estudiantil y una traducción de esto en multiplicación del activismo social.

Fue así que solicitamos a distintes protagonistas del Estudiantazo, un breve testimonio sobre aquellos días tan intensos. Mosaicos de recuerdos para construir esa memoria colectiva siempre incompleta, siempre resignificada. Buscamos que estos registros representen, de algún modo, esa construcción diversa que fue el Estudiantazo. Por eso, en estas páginas se encontrarán con relatos de compañeres que en ese año transitaban, con distintos roles, espacios que fueron escenarios de esa lucha de ayer, que no es otra que la de hoy. Ninguna lucha empieza de cero, sino que constantemente se nutre de las experiencias pasadas.

Además de aportes textuales, se encuentran testimonios visuales. El Estudiantazo generó momentos potentes que han quedado plasmados en un vasto registro fotográfico que nos parecía necesario recuperar. A su vez, incluimos fragmentos de toda una producción gráfica y de intervención en los espacios públicos de gran impacto visual que sirvió para transmitir las ideas que sustentaban la defensa de la educación pública. Merece, aquí, una mención especial Fede Sosa por la edición del registro fotográfico que realizó para el presente trabajo.

Cedemos la palabra, entonces, a la vez que agradecemos su participación, a quienes aceptaron la propuesta de dejar su testimonio sobre aquellos hechos que en algún momento también fueron bautizados como la Primavera Estudiantil.

Fede Sosa – Mariana Altamira

Las paredes y las calles. La toma de la ESAA Lino E. Spilimbergo

El ejercicio de la memoria social debería ser una práctica colectivamente sostenida y abonada. Recordar hoy la enorme lucha estudiantil cordobesa del año 2010 es una apuesta a ese ejercicio.

En un panorama nacional de protestas estudiantiles, el detonante local fue el anteproyecto de reforma de la Ley de Educación Provincial 8113 impulsado por el gobierno cordobés, sin consultar con los sectores estudiantil y docente. En resumidas cuentas, dicho anteproyecto buscaba quebrantar los principios de una “educación pública, laica y gratuita” propiciando la intromisión de la iglesia católica y los sectores empresariales privados en el ámbito de la educación pública de gestión estatal. Ante esta afrenta, el sector estudiantil de los niveles secundario, superior e, incluso, parte del universitario reaccionó con una fuerte organización asamblearia, adoptando medidas que tuvieron como eje la toma de las instituciones educativas y la ocupación de las calles a través de multitudinarias marchas e intervenciones artísticas que pretendían informar al resto de la población.

Lxs estudiantes de la Escuela Superior de Artes Aplicadas Lino E. Spilimbergo tuvieron una fuerte participación en los reclamos. Además del contexto general, otras demandas específicas nutrieron la movilización estudiantil de la “Spili”: el sostenimiento de una gestión precaria de larga data, la nula respuesta para la cobertura de cargos de vicedirección, imprescindibles ante la creciente matrícula estudiantil, y la existencia de episodios autoritarios, entre otras cosas.   

El 7 de octubre de 2010 lxs estudiantes de la ESAA Lino E. Spilimbergo votaron en asamblea la “toma de la escuela con dictado de clases fuera del establecimiento”, una decisión “intermedia” que reflejó tensiones internas existentes entre una fracción que no acordaba con la toma y pretendía continuar el dictado “normal” de clases; y otra fracción con activa participación a favor tomar el establecimiento. Al adoptar esta estrategia de lucha, se logró sostener la medida de fuerza hasta el final, en forma conjunta con otras escuelas de la Ciudad de las Artes. Pero esto significó, también, asumir responsabilidades administrativas que garantizaran el básico funcionamiento de las clases: entrega de equipos, suministro de sillas, insumos, etc. generando desgaste entre los estudiantes. 

La “toma de la escuela con dictado de clases fuera del establecimiento” generó una disrupción en la práctica docente, que se vio interpelada y debió resignificar, no sólo esos espacios “fuera del establecimiento”, sino también las herramientas y formas para llevar adelante el dictado de las mismas. Algunxs dimos clases al aire libre en el predio de la Ciudad de las Artes, acompañando la medida de fuerza; mientras que otros lo hicieron en aulas de escuelas vecinas gestionadas por las autoridades del momento.

Entre los aspectos significativos de la medida estudiantil nos interesa destacar la apropiación del espacio institucional, ya que las paredes de la “Spili” fueron los soportes materiales de las narrativas visuales que testimoniaron las vivencias de lxs estudiantes en rebelión. Pensamos que estos actos constituyen prácticas que democratizan los espacios, construyendo pertenencia y memoria. Por ello nos interesó, para esta convocatoria, acompañar estas palabras con un pequeño registro fotográfico de las paredes pintadas y las calles intervenidas, realizado por estudiantes y docentes de la carrera de fotografía, recordando aquello que hoy ya no está visualmente presente.

Finalmente, en claro gesto antidemocrático, desoyendo el reclamo estudiantil y docente, y con episodios violentos de represión, la reforma de la ley 8113 fue aprobada en la legislatura cordobesa en diciembre del mismo año. Un saldo sumamente positivo para la ESAA Lino E. Spilimbergo fue que la lucha de lxs estudiantes, con el acompañamiento de docentes, logró activar dinámicas asamblearias, espacios de discusión y mecanismos necesarios para la conformación de un equipo de gestión acorde a las necesidades institucionales de un ámbito académico que crecía exponencialmente en matrícula y cuerpo docente.

Pero esa “normalización” del funcionamiento institucional también tuvo su gesto obliterador: la nueva pintura institucional “higienizó” las paredes tapando los testimonios visuales de la lucha y las posibilidades de acceso a una parte de la memoria histórica de la institución.

Santiago San Paulo

Es impresionante pensar que ya pasó una década de aquel gesto colectivo, que de tan rápido que se expandía en aquella primavera, no daba tiempo a pensar. Era el momento de actuar. Yo estaba en el último año de la carrera de Teatro en la Ciudad de las Artes. El 4 de Octubre llegamos a la Escuela Roberto Arlt alrededor de las 17:30hs con carteles en contra del proyecto de Ley 8113, impulsada por el gobierno provincial en la Legislatura, en acuerdo con el sindicato de docentes UEPC y los grupos empresariales más importantes de Córdoba. Un proyecto que nos interpelaba especialmente porque reducía las horas destinadas a materias artísticas en el ciclo de especialización de las escuelas secundarias. Habíamos estudiado el proyecto tan sólo tres días y decidimos, con un grupo de compañeres, convocar a una asamblea a todo el cuerpo docente de la escuela y les estudiantes de todas las carreras, una asamblea donde queríamos imponernos con la decisión de tomar la escuela, en apoyo a las tomas de los colegios secundarios que ya se venían sucediendo día tras día. No fue fácil, la asamblea votó la toma, pero un grupo de docentes y no docentes administrativos se opusieron, al punto de negarse a salir de la escuela, aferrándose a las llaves del establecimiento, corriendo por los pasillos para cerrar oficinas y amenazando al estudiantado que se quedaba esa noche a dormir, de que seríamos denunciades a la policía con nombres y apellidos. Nos quedamos. Al día siguiente fuimos a la escuela de Bellas Artes Figueroa Alcorta, también en la Ciudad de las Artes, y contamos en su asamblea por qué habíamos decidido tomar la Roberto. El 7 de Octubre estaban tomadas todas las escuelas de Educación Superior del predio y decidimos, en una asamblea general, tomar la Ciudad de las Artes. A partir de allí se generó una comunicación muy potente sobre saberes, intercambio de experiencias, trabajos en conjunto entre Teatro, Plástica, Música, Cerámica y Artes Gráficas, inimaginable en un contexto normal de clases. Estábamos en un mismo espacio y eso nos convocaba todo el tiempo a generar ideas en conjunto, mezclar las artes, armar comisiones de cuidado interno y salida al exterior, dando clases de arte en los colegios secundarios tomados, participando de asambleas interfacultades donde nos informábamos sobre cómo el Estado ha negociado nuestra Educación Pública desde que se tornó obligatoria, imaginando otras maneras de concebir la formación. La toma no fue sólo por la reforma de ley, aunque ese haya sido el motivo, pero de eso nos dimos cuenta después. Necesitábamos apropiarnos del conocimiento, vincular el arte con la vida, la historia con la creatividad, y sacar el mayor provecho en nuestra formación en artes durante el mes y medio que duró el debate, toma incluida. Pienso que si el arte no cabe en ninguna institución, hacer que las instituciones quepan en el arte es un acto político que puede durar poco tiempo, incluso instantes, pero es una experiencia que marca a fuego la manera artística de mirar el mundo.

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Valentina Saban Allori

En 2010 estudiante secundario del Colegio San José y militante del Centro de Estudiantes de dicha escuela. Actualmente, se encuentra finalizando la carrera de Letras Modernas de la UNC, trabaja en CEDILIJ y es miembro de Venceremos Pt.

Septiembre siempre será de flores

Nos situamos en septiembre de 2010, la ciudad cordobesa se encuentra atravesada por un fantasma rojo, dirían algunos con el diario del lunes: más de 16 escuelas secundarias públicas y privadas están tomadas por les estudiantes, al igual que varias facultades de la UNC y casi toda la Ciudad de las Artes, hoy la “Universidad Provincial”. El tema en boga, la educación. Le taxista, le docente, la kiosquera, el ministro, la radio y la tele, opinan sobre qué y cómo abordarla en nuestro país. Son las 20:30hs de un miércoles, en el patio de una escuela, se escucha un grito: “¡Compañeres! ¡La comisión comida avisa que el menú de hoy es guiso de lentejas! Nos reunimos 21:30hs en el patio del árbol…” Ésta sería una forma en la que podríamos ingresar en lo que fue el Estudiantazo del 2010.

El mundo en el que vivimos nos ha enseñado a estudiar, conocer nuestra historia y los hechos que la integran, de forma aislada. Sin embargo, esto no es posible, menos aún cuando se trata de luchas sociales; hacerlo, es un grave error. Existe y existirá en los acontecimientos, una continuidad, expresada en reivindicaciones, deseos, ejercicios, decisiones, que nos vuelven sujetos activas de la vida que llevamos. En este caso, esas continuidades, tiñen los triunfos del movimiento estudiantil, aspectos que caracterizan nuestro pasado y condicionan nuestro futuro. No por casualidad el nombre que rápidamente identifica a la primavera del 2010 es el sustantivo Estudiantazo y cordobés, ligazón clara con todos los “azos” de nuestro territorio. Cordobazo, Rosariazo, Santiagueñazo, Argentinazo, bezaso, tetazo, por mencionar algunos. Y es que las luchas sociales tienen su propio hilo, esa continuidad que las vuelve parte indiscutible de nuestra identidad. Pensemos en 1918 y la Reforma Universitaria, la que condicionó todo el Siglo XX en el continente latinoamericano, eso; sin duda brota en las escuelas. Miremos el Cordobazo, máxima expresión de unión entre el movimiento estudiantil y el obrero que derroca un gobierno dictatorial, eso circula en el aire educativo. La noche de los lápices, los bastones largos, la educación neoliberal de los 90, la marcha de pingüinos del 2006 en Chile, se vuelven registros hasta inconscientes -me animaría a decir-, que condicionan nuestra práctica y fueron parte de que el 2010 se recuerde con un “azo”.

La discusión era el terreno público, terreno álgido y necesario en el que no dejamos de discutir. Lo que comenzó con un claro repudio a las condiciones edilicias que caracterizaban a las escuelas secundarias de Buenos Aires y Córdoba (con la caída de uno de los techos del A. Carbó) que puso sobre el tapete la discusión del supuesto “Plan de obras” del gobernador Schiaretti; alcanzó mayores niveles de indignación en el terreno del sistema educativo, cuando fue contundente el repudio a un nuevo proyecto de modificación de la ley Provincial de Educación, que pretendía ser pasado inadvertido. Recordemos que hablábamos del ingreso de la religión como materia en las escuelas públicas, el recorte de la carga horaria artística en la formación de une joven, el ingreso del sector privado al ámbito público educativo, promocionando pasantías y prácticas a tono con la modalidad de contratación precaria; la declaración explícita sobre la educación sexual en la defensa del “derecho a la vida”, justo en un momento donde las discusiones en relación a la ESI y el aborto, avanzaban en el país. La clara decisión de un movimiento estudiantil compuesto por secundarios, terciarios y universitarios, instaló en las distintas generaciones la discusión sobre el sistema educativo de nuestra provincia y su correlato en el país.

Así, fuimos protagonistas y testiges de la lucha estudiantil más significativa de los últimos 10 años. Pese a los errores cometidos y que es necesario reconocer, se vuelve un azo de nuestra historia, no solo en términos de un tiempo y una coyuntura que implicó movilizaciones de millones de personas en las calles, defendiendo un tipo de educación con un claro tinte artístico, sino que además, significó un cruce inter e intra generacional de carácter politizador. Coordinadoras de padres en defensa de la educación, coordinadoras de tres niveles educativos, coordinadoras de docentes y no docentes. Bloques de poder de personas en una misma línea de acción y practicando una misma metodología: las asambleas como base para la toma de decisiones. El Estudiantazo logró hacer de un reclamo concreto, la expansión de una voz unánime que le marcó la agenda a la gestión que hasta el día de hoy, continúa en esos cargos: Walter Grahovac y Juan Schiaretti.

Las reivindicaciones sobre un claro tipo de educación y las preguntas que se instalaron en cualquier mesa del 2010, siguen vigentes hasta hoy. Miremos un poco: ¿Cuál es el rol de las religiones en el Estado? ¿Qué lugar ocupa la educación para los gobiernos? ¿Qué “precio” le ponen? ¿Qué producen las expresiones artísticas cuando tiñen las luchas sociales? ¿Cómo, quién y de qué manera se ejerce violencia? ¿Cuándo es legítima? ¿Cuando el Estado la ejerce o cuando alguien se defiende? ¿Qué lugar tiene la voz estudiantil? ¿Qué lugar tiene el sujeto joven en la política? ¿Qué generan en un país “federal” expresiones de revueltas, demandas y organización, cuando suceden en el “interior del país”? 

Para muches de nosotres, esta experiencia significó la iniciación de un tipo de militancia, una con un mayor grado de conciencia política y esto siempre es positivo, esto siempre es una victoria. Es nada más y nada menos que la conciencia de que une se puede defender, de que vale la pena organizarse en pos de lo que considera justo y necesario, de que solx es muy poco lo que se puede lograr. El Estudiantazo, significó registro corporal de que eso tiene un sentido en el ser humano. Para muches de nosotres que veníamos de una militancia pequeña, fue el primer contacto con el poder materializado, con el poder político que encubre y no tan sutilmente, toda posibilidad de politización de las juventudes. A la misma altura, nos significó la posibilidad de sentir el poder propio, el poder colectivo y lo poderoso de esa creación.

El Estudiantazo le recordó al año del bicentenario que la historia argentina y la de nuestro continente, está asentada en luchas sociales y políticas que no es posible esquivar, menos cuando hablamos de identidad.  Así, el 2010 se vuelve una de las expresiones más contundentes y firmes de los últimos 10 años, integra el hilo que enhebró las siguientes batallas por lograr una educación verdaderamente digna. Es antesala del conflicto educativo que marcó el inicio de la era Cambiemos en Argentina, como también de las diferentes tomas de la Universidad Nacional en muchas provincias durante el 2018. Es expresión de lucha vigente, su acontecimiento se vuelve una de las piedras que molesta en la actual situación de emergencia sanitaria. Ella se dispara cuando el rojo que las une, pone en evidencia la olla a presión que significa el sistema en que vivimos.

Franco Boczkowski

Docente, delegado sindical, miembro de la agrupación Tribuna Docente

Cuando me estoy sentando a escribir estas palabras se me cruza una noticia que confirma que los estudiantes imputados por la toma de la universidad en 2018, irán a juicio. La noticia viene a evidenciar dos realidades que no por repetidas pierden actualidad. Por un lado, la necesidad constante del Estado de escarmentar a los estudiantes. Es la misma orientación que lleva a mantener y profundizar una política represiva contra la juventud. Y por otro lado, la recurrencia de la lucha como condición para defender la educación, lucha que recae de forma sostenida en los estudiantes.

Me tocó vivir lo que se llamó el “Estudiantazo” en 2010 desde mi rol de docente en escuelas secundarias públicas de la ciudad de Córdoba. Como tal, participé en las movilizaciones, intervine en las acciones de lucha y apoyé las tomas que fueron resueltas y realizadas como parte de todo un proceso que, desde el básico y fundamental reclamo de las condiciones edilicias de las escuelas, llegó a cuestionar toda una política que volcaba la educación hacia las necesidades empresariales. Este proceso de lucha era, de manera objetiva, una contracara de la parodia de discusión de una nueva ley de educación que se implementó de manera absolutamente formal en las escuelas del país, buscando un aval o justificativo para legalizar la adaptación del sistema educativo a la crisis del capital. De allí que el simple reclamo de que haya aulas o escuelas en condiciones para estudiar y cursar ponía en jaque las intenciones del gobierno provincial que debía aprobar aceleradamente su propia nueva ley de educación.

Hay un dato que me interesa señalar. Mediados de diciembre de 2010, una convocatoria en la Legislatura de Córdoba, donde se iba a discutir y votar la nueva ley de educación de la provincia, reunió en la calle a miles de estudiantes, secundarios, universitarios y  terciarios, que no sólo cuestionaban, sino que exigían que esa nueva ley no debía ser aprobada. Muchos estaban terminando su formación en educación artística y la nueva legislación los iba a perjudicar profundamente. Pero en su aparente protesta gremial anidaba una honda crítica a una orientación mercantilista de la educación. Del otro lado de la movilización, al interior del recinto legislativo, junto con los miembros de los grupos empresariales que redactaron la ley, estaban representantes gremiales docentes que colaboraron también con su elaboración y aprobación. La represión policial que se desató ese día los tuvo convenientemente protegidos, pero además, en la vereda opuesta al reclamo del movimiento estudiantil, que era un reclamo de defensa de la educación. La responsabilidad de la conducción gremial de la docencia de la provincia de Córdoba no se puede ocultar detrás de planteos menores o cosméticos sobre los modos de debate de la ley: en lugar de armar a los docentes para defender la escuela y la educación pública, la conducción sindical de la docencia, fundamentalmente de UEPC, colaboró con el gobierno y grupos capitalistas en la aprobación de una normativa que era rechazada conjuntamente por la comunidad educativa, incluso por la docencia.

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2010 también fue el año en que asesinaron a Mariano Ferreyra y esto no es una cuestión menor ni alejada del tema de estas palabras. Mariano Ferreyra fue asesinado en octubre por una patota al servicio de la burocracia sindical de la Unión Ferroviaria mientras apoyaba el reclamo de un grupo de trabajadores tercerizados del ferrocarril Roca. Como estudiante de historia, activista y militante del Partido Obrero, Mariano Ferreyra fue un partícipe activo del Estudiantazo que ese año atravesó las grandes urbes del país. En una de sus últimas fotos se lo ve en un pasillo de universidad, inclinado sobre un afiche, pintando un cartel relativo a la lucha estudiantil. Esta imagen y los hechos que siguieron después ilustran el lugar del movimiento estudiantil en Argentina: junto a la clase obrera y objetivamente en oposición a la burocracia sindical que detenta una representación al servicio del capital.

El contrapunto es gráfico e ilustra una disyuntiva política: la burocracia sindical sentada con empresarios y el gobierno para votar una ley repudiada por el movimiento estudiantil; afuera, una manifestación de estudiantes, docentes y miembros de la comunidad educativa es reprimida por las fuerzas del Estado. Mientras la burocracia se coloca del lado del capital, y esa es su razón de ser como burocracia, el movimiento estudiantil se ubica donde tiene que estar, que es con la defensa de la educación pública, del lado de los trabajadores. Cuál será el lado que prospere y triunfe tiene que ver con las batallas, pero también con un desafío histórico. La nueva ley se aprobó en Córdoba, pero dejó claro cuál es el lugar que se ocupa en el terreno de la disputa. Muchos estudiantes procesaron rápidamente la necesidad de la lucha y la organización y muchos docentes comprendimos también que en esa orientación independiente de la política que nos imponía nuestra burocracia sindical estaban las armas para su superación. Ése es el camino que está desarrollando la docencia con trabajo y sistematicidad persistentes.

Ayelén Salerno

En 2010, estudiante de Ciencias de la Información de la UNC, fotógrafa, vivía en la ciudad de Córdoba, oriunda de Santiago del Estero. En 2020, Licenciada en Comunicación Social por la UNC, fotógrafa, viviendo en un pueblo de Catalunya, España.

Si diez años después…

Pasaron 10 años del Estudiantazo y desde entonces, cada año se recuerda de un modo u otro aquel increíble movimiento del que participamos tantes.

En mi caso, todo lo que empezó en septiembre del 2010 no ha parado, empezando por lo personal, ya que me ha dejado a grandes amigues que siguen siendo un fuerte bastión de un lado u otro del océano.

Pero sobre todo, el Estudiantazo año a año me (y nos) despertó un hambre de reflexión y análisis de todo lo que había sucedido desde septiembre a diciembre del 2010 en Córdoba. Es por eso que con Mar Sanchez Rial, con quién nos conocimos en las tomas abiertas de la, en ese entonces, Escuelita de Ciencias de la Información, decidimos que ese movimiento se convirtiera en nuestro objeto de estudio para el trabajo final de la Licenciatura en Comunicación Social de la UNC. Así es que con Mar intentamos volvernos anfibias, en términos de Maristella Svampa, buscando habitar la militancia y participación del movimiento estudiantil, así como también el rol de investigadoras, reflexionando sobre dicho proceso con el objetivo de producir conocimiento crítico.

La realización de nuestro trabajo final estuvo cargado de recuerdos, reflexiones, fotografías y entrevistas, que una a una fuimos llevando adelante. Nos resultaba muy interesante recuperar la pluralidad de voces y las diferentes maneras de comunicar, porque aunque todes estábamos bajo la misma consigna de que no se apruebe la nueva ley de educación provincial, cada une lo expresaba libremente y como mejor lo sabía hacer.

Mientras que algunes preferían los tradicionales comunicados leídos a viva voz en medio de la plaza, otres tal vez hacer máscaras de pintura y papel maché, o intervenciones teatrales performativas en medio de una peatonal, o cualquier otro modo más o menos alternativo.

También es interesante rescatar que un año después del Estudiantazo, en septiembre del 2011, se realizaron unas jornadas reflexivas en La Casa 1234, que terminaron materializándose en el libro “Primavera Estudiantil”, reabriendo un universo de interrogantes a través de los cuales pudimos observar huellas de un proceso complejo que atravesaron miles de estudiantes en Córdoba. Así es que, gracias a este libro, tuvimos mayor acceso a la experiencia, a su posterior reflexión y al análisis de este producto comunicacional para la realización de nuestro trabajo final.

Diez años después, creo importante volver a reflexionar sobre este hecho y pensarlo en este contexto de pandemia mundial, educación virtual y diferentes métodos de manifestarse. Tal vez mi análisis hoy es algo nostálgico o de “que todo pasado fue mejor”, pero me es inevitable pensar el ​Estudiantazo con las medidas sanitarias que hoy nos acontecen, aunque creo que la creatividad y la imaginación seguirán estando intactas.

Telma Cataldi

En el 2010 cursaba el profesorado de Teatro de la escuela Roberto Arlt. En la actualidad, docente, actriz. Conforma la agrupación “Circo en escena” y “La pequeña compañía Parafernal”

“CUIDAD DE LAS ARTES: Ciudad Tomada” decían las banderas…

Durante unos meses del año 2010 “Ciudad de las Artes” se llamó “CUIDAD DE LAS ARTES”. Unas letras enormes pintadas sobre una tela se convierten en el aviso evidente de una expropiación, de una acción real, concreta y acorde a las amenazas que suponía  la implementación del anteproyecto “8113”, proyecto nefasto, mercantilista y conservador.

“CUIDAD DE LAS ARTES” como pronunciamiento, sublevó a ese núcleo blanquecino y silencioso de la llamada “Ciudad de las Artes”. Hacia adentro y hacia afuera se generó un derrame poético, las creaciones colectivas e disruptivas caracterizaron no sólo la toma de estas escuelas sino el aspecto estético de las multitudinarias manifestaciones del Estudiantazo.

Las artes gritaban, se agolpaban por salir de sus límites: nubes negras gigantes como escenografías móviles alertando sobre el temporal. Monjas, curas, empresarios y empresarias interpretados por estudiantes, ejércitos de payasos indomables, la “comisión explosiva” con sus atentados de bombas de pintura bañando a los policías de rosita chicle, la gigantesca catapulta que interpelaba el espíritu retrógrado de la ley, los cánticos y tanto, tanto más.

Pero más allá de lo romántico de estos recuerdos, que más que nombrados como pasado, son los hechos que componen la historia y la memoria necesaria para no hacer nunca más el papel de “burros”, me interesa rescatar el poder y la fuerza de las artes, el rol que cumplió y que cumplen en los procesos de revuelta. Las creaciones colectivas como forma de fortalecer los vínculos de les que luchan, el aspecto sensibilizador hacia una sociedad que aún no despertó, la posibilidad de dejar rastros, huellas que funcionen como herramienta comunicativa. El arte como impulso poético hacia lo ilimitado, como dimensión paralela a las fuerzas opresoras, como proceso que abre caminos hacia la libertad, a la aventura, a lo imprevisto, a la exaltación, al ensayo de nuevas formas.

Hoy podemos pensar las tomas como una creación colectiva en sí misma, como una alteración  incontrolable a la supuesta normalidad que zarandeó ese status quo dentro de una estructura institucional supuestamente inamovible. Hubo una inversión de roles en las calles y en las escuelas. Las escuelas fueron de les estudiantes y las calles fueron del descontento de un enorme sector de la sociedad.

Diez años después, esbozamos  alguna sonrisa bajo el “barbijo”. La crisis planetaria agudizó (a pesar nuestro) el individualismo y el famoso “sálvese quien pueda”: docentes “cyborg/pulpo”, estudiantes virtuales, atravesando un modo de aprendizaje y enseñanza que se aleja cada vez más  de una educación “de calidad, con igualdad de oportunidades, pública, gratuita…”.

El descontento continúa, la lucha también (de eso estoy segura) en las micro batallas cotidianas continúa. Aunque sigan las mismas caras politiqueras gobernando sepan que hay ingobernables por todas partes, que varies de nosotres ya nos des-burramos. Y aunque siendo sincera, no veo futuro, creo en nuestra historia y en el aprendizaje agudo que nos dejó el “Estudiantazo”. 

Érika Fronteras

En 2010, estudiante del Ipem 48 “Pte. Roca” y militante del movimiento estudiantil Secundarios Arriba. Actualmente, docente de Historia y profesora de Fútbol

“Colegio tomado”, “No a la nueva ley de educación”, “Mi educación mi derecho”… Esas eran algunas de las frases escritas en carteles y banderas que abundaban en las calles allá por el 2010. Hoy, 10 años después, recordar ese momento significa, para mí, recordar el compañerismo, la lucha organizada, el hartazgo de una situación insostenible y el ideal de cambiar las cosas, por no decir el “mundo” y que se me tilde de exagerada. Y es que realmente, debo confesar que siempre he sido una irremediable soñadora. Y en ese momento, el contexto llevó a que cientos de jóvenes con ideales utópicos nos adentremos en una lucha compartida.

Los colegios se caían a pedazos, quienes eran los responsables y decían ser defensores de la educación y de la democracia llevaban adelante un proyecto de ley que no nos tenía en cuenta y que dejaba de lado la opinión de los principales actores del sistema educativo (alumnos/as y familias). Los/las mismos/as que objetivaban que la juventud estaba perdida, que ya no le interesaba nada y que todo tiempo pasado era mejor, eran quienes nos daban la espalda a la hora de escuchar los diversos reclamos y propuestas para una educación inclusiva y democrática. Hacía tiempo que en diversas escuelas las/los alumnas/os pedían ser escuchados, hacía tiempo que las marchas por sueldos dignos para los/las docentes y presupuesto para la educación habían dejado de ser sólo espacio de profesores/as. Las marchas de la noche de los lápices cada vez tenían más convocatoria de esos/as “adolescentes con hormonas desatadas” -como nos llamaban varios medios de comunicación- y hacía tiempo que los/las jóvenes nos veníamos movilizando por diversas causas y cada vez abundaban más los movimientos estudiantiles. Así fue que de a poco, frente a demandas especialmente de infraestructura, varios chicos/as decidimos reunirnos e intentar hablar con quienes estaban a cargo. Al principio éramos pocos/as, pero a medida que fue pasando el tiempo , las plazas, las redes y los mates fueron haciéndonos ver que cada vez éramos más y diversos colegios los que estaban sufriendo la vista gorda de un sistema que mucho nos pedía y poco nos daba.

El vaso empezaba a colmarse frente a la decisión política de no responder a las demandas y encima querer aprobar una ley de educación donde no se reconocía el rol activo de los /las estudiantes y sus familias, negándonos la posibilidad de ser partícipes, entregando a las escuelas un proyecto ya terminado sin ningún tipo de poder de intervención. En Buenos Aires pasaba algo parecido, referido a lo edilicio y los ecos de organización empezaban a extenderse. Así fue que después de varias reuniones intercolegiales decidimos que era momento de apostar a algo más fuerte, como la toma de colegios, para ser escuchados/as. Al principio, el miedo y la incertidumbre de no saber si íbamos a ser pocos o muchos nos invadió. Pero, inesperadamente, cada vez éramos más quienes estábamos dispuestos a que las cosas cambiaran. El rol activo de acompañamiento de algunas familias y docentes nos ayudó muchísimo, aconsejándonos a la hora de  tomar decisiones. Más de 20 escuelas de la provincia estaban en conflicto. Ya sea tomadas, en estado de asamblea permanente o participando activamente en reuniones. Así nació la SUC (Secundarios Unidos de Córdoba), que conformábamos estudiantes de diversos colegios. El conflicto crecía y no parecía tener solución. Poco a poco fuimos recibiendo el apoyo de diversos estudiantes universitarios y varios pabellones de la Universidad Nacional de Córdoba también fueron tomados.

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Las críticas por parte de agentes del gobierno y varios medios de comunicación, deslegitimando la lucha, tratándonos de niños/as que nada entendíamos, fue uno más de los motores que impulsó el estudio y análisis exhaustivo del proyecto de la ley de educación. Así fue como pasábamos noches en vela -en los colegios tomados- estudiando y debatiendo punto por punto el proyecto de ley. Redactando documentos explicando los aspectos por los cuales estábamos en contra de su aprobación; además de la creación de documentos con fotos y videos sobre el estado deplorable de las instituciones educativas, planteando planes de obras a acordar. Los rumores de desalojos, las llamadas de amenazas y la persecución constante hicieron que nos turnáramos en el cuidado y acompañamiento mutuo, yendo de escuela en escuela para ver si todos/as estábamos bien. La preocupación por el otro/a fue algo que se fue construyendo y nos fue uniendo más que nunca. Estábamos allí, no íbamos a dejar que nos callaran y la educación iba a ser democrática o no iba a ser.

Parecía, aunque siento que aún sigue pareciendo, que el concepto de “educación” de quienes eran el gobierno de turno y el de los principales actores del sistema educativo (alumnos/as) eran totalmente diferentes. Mientras una parte luchaba por la participación en las tomas de decisiones, la otra no tan solo que se negaba sino que nos terminó por imponer su ley con represión policial mediante. Aunque la ley se aprobó igual, logramos que se generaran planes de obras para la mayoría de los colegios. Logramos el armado de acuerdos de convivencia en cada institución y con énfasis en la participación de los/las alumnos. Logramos la promesa, del ministerio de educación y directivos de colegios, de apoyo y fomento para la constitución de centros de estudiantes en cada escuela. Logramos, también, demostrar que la juventud no estaba perdida ni dormida y que somos capaces de caminar todos juntos/as hacia ese horizonte utópico que algún día será realidad.

Muchos/as de nosotros/as estábamos en el último año de la secundaria y al finalizar el ciclo lectivo nos despedimos con la promesa de no dejar de luchar hasta que la educación deje de ser concebida como un mero traspaso de conocimientos en forma verticalista para la reproducción de desigualdades dentro de la sociedad, y sea un acto de amor y valor para crear las posibilidades de producción de conocimientos y liberación como motor de cambio. Nos despedimos, pero sabiendo que nos íbamos a volver a encontrar en un futuro que nos esperaba, ansioso, para continuar la lucha desde otro lugar. Tal como relatara Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Ezequiel Peressini

Ex dirigente estudiantil. Legislador provincial MC por Izquierda Socialista – FIT

A 10 años del Estudiantazo: Pequeña crónica de un estallido necesario

En julio de 2010, el Ministerio de Educación de Córdoba, a cargo del ex secretario general de la UEPC, Walter Grahovac, realizó una fugaz consulta a los docentes sobre la Reforma de la Ley que le encargaba el Gobierno. La conducción sindical la dejó pasar. Pero el terreno no era firme para el Gobierno. Durante todo el 2009 y parte del 2010 se desarrollaron pequeños conflictos estudiantiles en las escuelas por el pésimo estado edilicio. La caída del cielo raso en la escuela Alejandro Carbó puso en marcha un proceso de movilización y asambleas que unificaron al movimiento estudiantil secundario que, a mediados de septiembre, se expresó en una gran movilización por “La Noche de los Lápices”. A finales de ese mes, 20 escuelas se encontraban tomadas transformando una discusión por la calidad edilicia en un enorme proceso político sobre la educación que necesitamos, en frontal lucha contra el proyecto del Gobierno.

A principios de octubre el conflicto llegó a la UNC. Los y las estudiantes de la Facultad de Filosofía y Humanidades tomaron Casa Verde en solidaridad con los secundarios. Días después, los y las estudiantes de la “Escuelita” de Trabajo Social tomaron sus instalaciones que estaban clausuradas por la caída de su techo y por no cumplir las medidas de seguridad. Esto generó enormes tensiones con la entonces rectora Carolina Scotto, quien en nombre del progresismo K -que gobernaba el país- atacó la lucha y dispuso que todas las agrupaciones estudiantiles que representaban su espacio político, y que dirigían Centros de Estudiantes, tomarán el mismo camino acercándose a la sorprendida Franja Morada, que buscaba votos para levantar las tomas a cambio de caramelos.

El conflicto se siguió extendiendo, y luego de la gran marcha del miércoles 6 de Octubre, los estudiantes de la Ciudad de las Artes votaron en asamblea la toma de las instalaciones, en medio de la normalización de la Universidad Provincial de Córdoba, aportando el color del arte al proceso de lucha.

La Interestudiantil surgió para agrupar a centenares de estudiantes en lucha de distintos niveles, ante el vaciamiento de las conducciones gremiales estudiantiles, y coordinó las acciones y los planes de lucha buscando la masificación del conflicto y la realización de un Congreso Pedagógico, que tardó en realizarse, y dio su primer paso en el Foro Educativo del sábado 11 de diciembre, pocos días antes de la inminente aprobación de la ley, tras el adelantamiento de la votación.

El día 15 de diciembre, de manera exprés, y con una fuerte represión que dejó heridos y 13 detenidos, la Legislatura aprobó la reforma a espaldas de pueblo, con el voto mayoritario del peronismo y de la falsa oposición, siendo rechazado por la entonces legisladora Liliana Olivero, de Izquierda Socialista, junto a un reducido número de legisladores.

El Estudiantazo de 2010 se cerró con una derrota política, producto del desgaste y de la traición del gremio docente, que negó el paro provincial y un plan de lucha, en acuerdo con el gobierno. Esto significó la aprobación de la reforma de la Ley vigente 9780. Pero significó, también, una enorme experiencia y politización de miles de jóvenes que nutrieron las nuevas luchas en defensa de la educación pública, laica y gratuita: La lucha contra la acreditación de la CONEAU en la UNC de 2013, el nuevo ciclo de tomas por mejoras edilicias de 2015 y la toma del Pabellón Argentina, en el marco de masivas movilizaciones de 2018 contra el Gobierno de Macri que exigía ¡Plata para educación no para el FMI!; luchas por las que 27 estudiantes hoy son procesados por el Juez Federal Vaca Narvaja bajo acusación de usurpación.

Las reflexiones a 10 años del Estudiantazo cordobés nos deben servir para poner en pie al movimiento estudiantil con democracia de base y un programa para derrotar al modelo educativo impuesto en la década del 90 y sostenido por todos los gobiernos, retomando así lo mejor de las tradiciones de lucha de la Reforma Universitaria y la unidad obrero-estudiantil del Cordobazo. En ese camino, el Estudiantazo de 2010 fue un nuevo ensayo general de una pelea estratégica que sigue pendiente.

Martín D’Andrea

En 2010, estudiante del Profesorado en Filosofía y militante del Colectivo Cienfuegos. Actualmente, docente en nivel terciario y autor del libro de cuentos “Historias Manija”.

El Estudiantazo cordobés del 2010

Estábamos en la plaza seca de la Facultad de Filosofía y Humanidades cuando nos avisaron que algunos partidos de izquierda convocaban a asamblea, muy a pesar de la conducción del Centro de Estudiantes. Las discusiones sobre la futura ley de educación provincial y las condiciones edilicias de algunas escuelas encendieron a la juventud. Los primeros en tomar medidas de acción directa fueron los secundarios. Si no recuerdo mal, tanto el Manuel Belgrano como el Carbó prendieron la mecha, tomando sus edificios escolares, organizando la coordinadora interestudiantil y llevando su voz al resto de las asambleas.

Así llegaron a la nuestra, el 29 de septiembre, en un maravilloso día de lluvia. Éramos cerca de doscientos copando los pasillos de Casa Verde. Por ser universidad nacional, la ley no nos afectaba directamente, pero como futuros docentes, sí lo hacía. Y si no gustaba ese argumento, había más: se acababa de romper el techo del Pabellón España. Las condiciones materiales terminaron de inclinar las votaciones a favor de tomar el pabellón. Como no se habían dado discusiones democráticamente, muchos nos negamos, pero apenas finalizó el recuento de votos, ya todo había cambiado, la Universidad se sumaba a la lucha. Había que subirse al barco, aunque hayamos zarpado mal.

Se respiraban cosas importantes y las marchas, las intervenciones, el movimiento, no paraban de crecer. Treinta y tres instituciones, quizás más, tomadas en simultáneo. Veinticinco, treinta mil personas marchando. Todo venía bien. Más allá de las tensiones partidarias, la asamblea estaba firme, pero no nos podíamos descuidar porque la gestión no aprobaba la medida y tampoco quería que se expandieran los reclamos a nivel nacional. Por eso tanto estrés cuando comenzaba cada asamblea y por eso tanta paz después. Sabíamos que en menos de tres meses se iba aprobar la reforma, si el movimiento no se volvía masivo. Al cabo de un mes y medio, la fuerza que corría por las calles daba serias muestras de agotamiento. Algunas organizaciones acordaron con el gobierno partidas presupuestarias y se abrieron. Otras escuelas desistían por cansancio. Sólo quedaban dos instituciones tomadas: la Facultad de Filosofía y Humanidades y Ciudad de las Artes.

A cuarenta y ocho días de la toma del Pabellón Casa Verde, acordamos suspender la medida de fuerza a cambio del desdoblamiento de horarios, de la creación de un fondo de becas y de una declaración, por parte  de la UNC, en contra de la Ley de Educación Provincial. No sabíamos hasta qué punto era poco o mucho, pero algo habíamos logrado, la toma no había sido en vano.

Sobran detalles, paranoias, encuentros y desencuentros, que ahora son simples anécdotas. Pero hay una que vale la pena contar. La noche anterior al tratamiento del proyecto de reforma, decidimos acampar en la Legislatura, en pleno centro peatonal de Córdoba. Haciendo huelga de hambre, cinco estudiantes nos encadenamos a las vallas para llamar la atención de los medios de comunicación. El objetivo principal era evitar que cerraran la Legislatura, para que la marcha convocada pudiera llegar lo más cerca posible. Pero no calculamos que la policía cerraría el perímetro con nosotros adentro. Eso complicaba un poco las cosas. Los sesenta presentes nos declaramos en estado de asamblea permanente para discutir si resistíamos desde adentro o desde afuera. En ese lugar podíamos recibir piedrazos de cualquier lado, aunque también éramos un elemento de presión y obstaculización de la policía. La discusión se terminó cuando alguien dijo “Está viniendo la catapulta desde Ciudad de las Artes” “¿Qué es eso?” preguntaron un par. Se trataba de un arma de asedio con dos ruedas de casi dos metros de diámetro y tres metros de brazo, capaz de tirar rocas a una distancia aún indeterminada. Abandonamos la trinchera inmediatamente para buscar una nueva posición de ataque atrás de la bestia. Llegamos justo para verlo. Estaban cargando una bolsa enorme de residuos negra.  La colocaron, tensaron la gomera y zas: la bolsa voló por los aires hasta caer a cuatro metros de distancia. Esa fue la imagen final del conflicto. No hubo heridos graves y los doce detenidos fueron liberados esa misma noche.

Inolvidable experiencia, el movimiento de izquierda independiente creció mucho, pero a nivel institucional creo que nadie hizo un balance general. Se conquistó presupuesto para reparaciones edilicias y también se reconoció el derecho a organizarse bajo la figura de los centros de estudiantes. La iglesia sigue presente en la educación (supuestamente laica), incluso con sus santuarios en la entrada de cada institución pública, pero me atrevo a decir que no volvimos a la Edad Media, como pretendían.

A modo de conclusión provisoria…

Una conquista popular no menor es que públicamente nadie se atrevería ya a expresarse en contra del derecho a la educación. Sin embargo, aunque todos decimos defenderla, cabe preguntarnos a qué tipo de educación nos referimos: ¿para qué fines? ¿con qué valores? ¿con qué modelos sociales y de sujetos? Con el proceso del Estudiantazo 2010 quedó al desnudo cómo la propuesta educativa oficial no solamente no convenció a quienes son el centro del acto educativo sino que además responde a intereses ajenos a la población. Es que ninguna política educativa que se precie de democrática puede avanzar con un acuerdo de funcionarios y a fuerza de represión.

Las estructuras burocráticas en la esfera educativa se dedican permanentemente a realizar retoques cosméticos en materia didáctica, en nombre de la tan mentada transformación tecnológica, pero no dan cuenta (más que discursivamente) del contexto social y familiar en el que habitan les estudiantes. Y a su vez, arbitra la participación del empresariado y las iglesias en lo que se refiere a la planificación curricular. Es decir, intereses económicos y religiosos son partícipes de delinear el tránsito académico de niñes y jóvenes; minando rasgos científicos, críticos, artísticos y de derecho en la propuesta educativa. La brecha social, la deserción, la falta de entusiasmo, la pauperización presupuestaria no representarían un problema sino que parecerían ser un objetivo estratégico de las clases dominantes. Los padecimientos a los que ya está sometido el pueblo trabajador, en materia económica y social, tienen así su correlato en políticas educativas mezquinas que no resuelven las precarias condiciones de vida de las mayorías. Terminar con ese esquema implica prefigurar otra sociedad y repensar una educación de carácter liberador. ¿Es posible concebir una política educativa emancipatoria, desconociendo elementos básicos relacionados con el contexto? Bombardeo mediático, marginación social, estigmatización, desempleo, apología de la competencia, instalación de modelos falsamente exitosos, etc. son parte del escenario en el que crecen les alumnes. ¿Llega la escuela a neutralizar esos efectos, si no es a costa de la buena voluntad y esfuerzo de algunes trabajadores de la educación? Una educación necesaria para los sectores populares debe ser emancipatoria, no reproductiva ni desentendida de las problemáticas cotidianas.

Toda Educación está ligada al modelo de sociedad en la que se lleva a la práctica. Es ingenuo pensar en una educación liberadora enmarcada en una sociedad con celosos mecanismos de enajenación y/o coerción. El Capitalismo entra en crisis y las va sorteando, siempre a costa de los sectores más empobrecidos de la sociedad. Del mismo modo, la tan mencionada “crisis educativa” se sortea con parches y una batería de discursos de poco sustento pedagógico. Para una propuesta educativa emancipatoria y popular se ha comprobado que no existen recetas pero sí es posible ensayar criterios, condiciones necesarias: la participación genuina de la comunidad en su elaboración, la garantía de recursos para sostenerla, la autonomía respecto de instituciones dogmáticas y/o con intereses creados; la confección de una currícula integral (no productivista); entre otras… Entonces, defender la educación sin respetar estos elementos es un sinsentido o lisa y llanamente un gesto de cinismo de la dirigencia. La educación que necesitamos como comunidad aún no fue alcanzada, al menos en términos de masa, pero es indispensable continuar abonando colaborativamente a su construcción. Es posible.

Córdoba, septiembre de 2020

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