Chubut: la agenda del fracaso vs. la agenda de la esperanza

Desde hace años, la provincia de Chubut está inmersa en un círculo vicioso. La casta política que la gobierna y que se recicla en la administración dice que quiere resolver los problemas que ella misma crea, pero termina empeorando las cosas. Plantea y sostiene una agenda del fracaso con el único objetivo de perpetuarse en el poder. Pero hay otra agenda, que emerge desde los movimientos sociales y algunos sectores políticos y académicos. Todavía no está suficientemente articulada ni desarrollada. Si hay un futuro esperanzador, depende de su consolidación y de su éxito.

Los análisis dicotómicos pueden ser excesivamente simplificadores y, por eso, se dice, conviene evitarlos. No todo es blanco o negro, que hay muchos grises y eso es algo que el reduccionismo binario pierde de vista. En efecto, eso ocurre muchas veces. Sin embargo, establecer una oposición básica resulta útil para ordenar la visión panorámica, para separar lo que está mal de lo que está bien, lo justo de lo injusto. Porque, si no se puede hacer esa distinción elemental, estamos fritos, condenados a vivir en un mundo donde todo es más o menos lo mismo.

La agenda del fracaso

Es posible afirmar que, en líneas generales, la agenda política de Chubut de los últimos 20 años ha fracasado. El oscuro endeudamiento que, cada vez más, asfixia a la provincia es solo uno de los aspectos de ese modo tradicional de elaborar temas, relaciones, vínculos con la ciudadanía y con los grupos de poder económico. Además de la deuda (que nadie quiere investigar), hay otros rasgos característicos:

a) El supuesto de que todo vale para ganar elecciones y para gobernar. La estrategia utilizada por el arcionismo el año pasado no es muy diferente de la utilizada por Martín Buzzi en su carrera a la gobernación de la mano de Mario Das Neves. Al día siguiente del acto de asunción, traicionó a su padrino para pasarse a las filas del kirchnerismo. Y Das Neves había hecho algo parecido, pasándose del kirchnerismo al duhaldismo. Mucha de la gente que los acompañó en esos virajes había abrazado el menemismo con tanta pasión como luego lo hicieron con el kirchnerismo. En la agenda de esta casta política, la mentira es vista como una cualidad estratégica y sumarse al bando ganador, una norma de conducta.

b) El deterioro de las estructuras partidarias. Tradicionalmente, se suponía que los partidos políticos estaban asociados a dogmas, a plataformas, a líneas de acción que sus representantes debían respetar. De manera progresiva, desde la reapertura democrática de 1983 hasta la fecha, los partidos se fueron convirtiendo en sellos vacíos, en aparatos institucionales cuya principal finalidad es captar votantes y proveer de funcionarios al Estado. Una vez en el cargo, los funcionarios tienen impunidad para hacer lo que se les antoje porque no hay disciplina partidaria ni control de parte de quienes los han votado.

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c) Una democracia formal y debilitada. Las acciones apuntadas terminan desnudando la verdadera naturaleza de un sistema democrático engañoso. No tenemos una democracia popular ni participativa. Al contrario, esta democracia es meramente formal: una serie de dispositivos institucionales, propagandísticos y electorales orientados a separar al pueblo de las decisiones del Estado. ¿Alguien de nosotros votó a estos gobiernos para que endeudaran la provincia, ocultaran información y terminen pagando de manera escalonada a los trabajadores y jubilados estatales? Seguro que no. Pero lo hicieron en nuestro nombre.

d) Cortoplacismo. En estas condiciones, la agenda “oficial” apunta a tratar de resolver los problemas que ella misma crea. El objetivo es llegar a fin de mes, a fin de año y, mirando más allá, a las próximas elecciones. No hay un proyecto de desarrollo estratégico a largo plazo, en parte, porque a la casta política no le interesa y, en parte, porque ningún gobierno ha tenido la fortaleza y la legitimidad suficientes para proponer un plan de este tipo y generar los consensos necesarios para desarrollarlo.

e) Sin diversificación de la matriz productiva. La provincia sigue atada al petróleo, como principal fuente de ingresos. Tratando de asemejar el extractivismo hidrocarburífero con el de la megaminería a cielo abierto -que es más contaminante y paga regalías muchísimo menores- hay quienes insisten en la urgencia de habilitar esta explotación, con la excusa de la crisis que vive la provincia. No hay un plan de desarrollo integral de actividades productivas sustentables. Ya se sabe que lo de “minería sustentable” es puro verso.

f) Exclusión de temas y líneas de acción. Esta agenda pretende invisibilizar temas específicos (la relación sociedad-naturaleza, los derechos de los pueblos originarios, la violencia institucional, la responsabilidad del gobierno en la pérdida de la calidad de la educación pública, etc.). Cuenta con la complicidad de gran parte de la prensa oficial, que actúa como órgano de propaganda del gobierno. No pregunta lo que no debe, no investiga, no denuncia. Termina siendo cómplice de la casta política en sus acciones contra el pueblo.

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Aunque se podrían señalar más rasgos de esta agenda, lo apuntado hasta aquí basta para identificar un modo de gobernar, es decir, de tomar decisiones, de comunicar acciones y de perder oportunidades.

La agenda de la esperanza

La otra agenda está apenas en su primera etapa de desarrollo. Es un conjunto de temas planteados por movimientos sociales socioambientales, mapuches, en defensa de los derechos humanos, en defensa de la diversidad de género, socialistas. Puede ser resumida a partir de los siguientes rasgos:

a) El cambio de la relación entre sociedad y naturaleza. Se ve el capitalismo como un modo de vida que atenta contra la naturaleza, el bien común a toda la humanidad. El extractivismo debe dejar de ser el principal eje productivo y económico y, a cambio, hay que buscar y alentar actividades sustentables en toda la provincia.

b) El abordaje serio de los derechos de los pueblos originarios. Las demandas del pueblo mapuche deben ser consideradas por el Estado. Nuestra sociedad (“la sociedad blanca”) tomó posesión del territorio luego de acciones de genocidio, reclusión y discriminación. Esa gran injusticia tiene que ser reparada de algún modo.

c) La defensa de los derechos humanos en democracia. Se condena el modelo autoritario que hoy representa Massoni, pero viene de antes. Tiene una triste trayectoria con asesinados, desaparecidos y jóvenes de clase baja abusados por la policía.

d) La tolerancia como valor fundamental. Se asume que la diversidad de género y la diversidad étnica deben ser valoradas positivamente. Esto supone promover prácticas democráticas en contra de actitudes machistas y chauvinistas, que demonizan a quien es diferente.

e) La solidaridad de clase. Tras años de mentiras y avasallamiento de derechos, los trabajadores refuerzan lazos solidarios entre sí. Es evidente que son la variable de ajuste de las políticas de Estado capitalista. Esa solidaridad se manifestó en marchas y acciones de protesta y también se expresa en redes sociales, cuando alguien expone su situación y recibe un mensaje de apoyo y comprensión de un igual. Esa solidaridad todavía no está generalizada y no es canalizada políticamente, salvo en ocasiones y sectores específicos.

f) El rechazo a la política tradicional. Se rechaza la política de partidos y gremios del sistema. En ocasiones, se hace una generalización excesiva, afirmando que todos los partidos y todos los gremios son iguales, que actúan contra los intereses que dicen representar y que son proclives a ser instrumentos del poder económico.

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Si bien esta agenda no está consolidada todavía, podemos reconocer su existencia en el hecho de que quienes defienden uno los rasgos apuntados también aceptan el resto, en mayor o menor grado. Además, hay grupos que reivindican todos estos puntos. Es decir, hay una coherencia interna.

La trampa de la cultura

En mi anterior columna de opinión en El Extremo Sur propuse la idea de que quienes tenemos más de 40 o 45 años hemos fracasado como generación. Este planteo hacía referencia a la situación de Chubut en particular. Seguramente, para la mayoría de quienes estamos en esa amplia franja generacional, la democracia que tenemos no es la que anhelábamos cuando teníamos 20 años. Y el estado de la provincia tampoco.

No hemos podido cambiar el rumbo de la historia. Asumir este fracaso no implica asumir que -en términos individuales- estemos derrotados y solo nos quepa la resignación. Al contrario, asumir tal fracaso quizá sea una condición para una transformación profunda de la política y la sociedad y de nuestras propias prácticas. Más allá de las convicciones individuales, algo hemos hecho mal y tenemos que revisar qué fue para cambiarlo.

Una de las alternativas más evidentes es dejar de avalar la continuidad del fracaso. La agenda que la casta política ha mantenido durante al menos estas dos últimas décadas es inadecuada, excluyente y hace agua por todos lados. Está llevando la provincia a la ruina.

Podemos contribuir al cambio apoyando el desarrollo de la otra agenda, a partir de nuestras experiencias y nuestro conocimiento. Las frustraciones también son una fuente de aprendizaje. Para apropiarnos, como pueblo, de nuestra historia y del Estado (en un sentido amplio), tenemos que sortear las trampas que nos tiende la cultura, los hábitos políticos, los prejuicios, el encanto de las modas, el sentido común, el discurso de la prensa oficial.

La cultura es un repertorio simbólico, un tesoro que incluye saberes diversos y enriquecedores, etc. Sin duda, eso es cierto. Pero también tiene recursos para adormecernos y tranquilizarnos, para entretenernos en pavadas, para despolitizarnos. Por algo, somos como somos y esto está como está.

El desafío de vencer las trampas de la cultura es algo que también tendrán que enfrentar los jóvenes. La adicción a las redes sociales, la desconfianza radical en el mundo de los adultos (los valores, el conocimiento, la autoridad), las percepciones tribales de la realidad, el rechazo a todo lo que parezca político, la mediatización de las relaciones sociales, el ideal del éxito individual.

A ambos, adultos y jóvenes, el capitalismo pretende reducirnos a la condición de consumidores, ofreciéndonos raciones de felicidad individual, que nos alejan de acciones colectivas. Es cuestión de ver a qué dedicamos el tiempo cada día.

Para cambiar de fondo la política, tenemos que cambiar la cultura. Es decir, repensarnos como sociedad.

Sebastián Sayago es docente e investigador en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (Comodoro Rivadavia).

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