Llorar sobre la leche derramada, la escuela en las plazas

El domingo 19 de septiembre Pablo Sirven editorializó en el diario La Nación sobre el tema derecho a la educación, presencialidad, igualdad de oportunidades, meritocracia y hasta el significado mismo de la Escuela. Y lo hizo desde un título desafiante: “Alpargatas, no; libros, tampoco”.  

Indudablemente esta semana que pasó tuvo como uno de los centros un tema sensible para quienes defendemos la Educación y la escuela pública. La ofensiva de Rodríguez Larreta en la CABA de intentar volver a la presencialidad “en las plazas”, para recuperar los previsibles 6500 niñes y jóvenes que no tuvieron ningún contacto con esta simil-escuela reducida a virtual, abrió un debate en torno a cuidados y escuela. Una especie de escuela- plaza vs conectividad.  

Sirven, en su artículo, se apoya en Sarmiento para fundamentar la importancia de la concurrencia a la Escuela y afirma  que la intervención del estado en ese espacio es actuarcomo un “igualador” de oportunidades. Deduce que la inexistencia de la escuela presencial durante este año fue perjudicial principalmente para los más pobres. Y tiene en este punto razón. De hecho, así lo advirtieron desde el inicio de la pandemia estudiosos rigurosos que uno esquemáticamente podría ubicar en veredas opuestas, dese el ex ministro de educación de Macri en la CABA, Mariano Narodowski hasta el Rector del Instituto Universitario de la Cooperación Pablo Imen. Ambos coincidieron en afirmar que la pandemia profundizaría la desigualdad educativa. Y desgranaron miles de indicadores, desde los básicos que remitían a computadoras, conectividad, hasta los capitales culturales y materiales existentes en la casa.

Argentina, la movilidad social ascendente y “m´hijo el dotor”

Los indicadores que a lo largo de buena parte del siglo XX mostraban la desigualdad e injusticia del sistema hoy aumentaron de manera geométrica: desde aquel largo proceso de expropiación por medio de la coacción directa a los pueblos originarios hasta la indirecta por medio a la explotación a les trabajadores  en este presente, se profundizó tanto el proceso de concentración y extranjerización de las riquezas como la dependencia. A la Argentina de los Braun Menéndez, Menéndez Behety, Alzaga Unzué,  Martínez de Hoz, entre otros,  se incorporaron los nuevos apellidos, la  nueva generación de inmigrantes: los Pérez Companc, los Fortabat, los Rocca, los Macri… Hijos dilectos no sólo de su esfuerzo y la ambición personal sino también – y sobre todo – de la inescrupulosidad, la avaricia,  y centralmente de un aparato del Estado que generó y garantizó sus negocios. La corrupción de la obra pública, la venta a precio  vil de tierras, los negociados con los “inversores extranjeros” no es algo reciente. Es la historia de la acumulación originaria de la burguesía nacional “realmente existente”.

” M´hijo el dotor”  en este país desigual no fue sólo una ficción: la movilidad social ascendente en Argentina existió y fue potente hasta por lo menos la Dictadura de 1976. No tanto por el esfuerzo individual (que siempre existe, ¿o ir a laburar todas las madrugadas si no hay acumulación no cuenta?) sino sobre todo por las conquistas de los de abajo. Fue la prematura creación de sindicatos a manos de anarquistas y socialistas, a los que se sumaron luego las tendencias sindicalistas y comunistas las que conformaron un colectivo que defendiera derechos. Derechos que se extendieron luego de haber ingresado a paso sostenido al centro del escenario político aquel  17 de octubre y se sostendrían a costa de cárcel y asesinados durante la resistencia obrera y popular. Fue esa encarnadura la que permitió conquistar derechos sociales que crearon condiciones de posibilidad para que el hijo de “los de abajo” pudiera trabajar, avanzar en los estudios, tuviese un trabajo estable con convenios colectivos, acceso a la salud, a la vivienda… No fue solo el esfuerzo individual sino las conquistas colectivas las que permitíeron que cada quien accediera con esfuerzo a nuevos derechos, que se los premiara con el “ascenso social” o mejor dicho, con una vida digna, que merezca ser vivida.

En los noventa comenzaron a aparecer datos que daban cuenta de que estábamos ante la primera generación que podría acceder a menos derechos que sus padres. Menos salud, menos trabajo estable, menos vivienda propia. Y menos educación: no por desgranamiento sino por la degradación de los contenidos que se enseñaban. Y en eso estamos.

Pero, tal vez una de las pocas políticas “desde arriba” que permitió objetivamente también aquel “ascenso social” fue la ley 1420, que estableció el derecho a la educación laica, común, gratuita, igualitaria y obligatoria. Esa ley creó y expandió el sistema educativo nacional  a lo largo y ancho del país. Múltiples y justas críticas se le podrán hacer pero es indiscutible que hubo una escuela y une maestre en cada rincón de la República: hubo un sistema educativo nacional. Y eso es mucho. Tuvo que llegar el menemismo para terminar de destruirlo con su Ley Federal de Educación que aniquiló ese sistema público nacional al profundizar la provincialización y municipalización de las escuelas. Y, como suele ocurrir, las conquistas estructurales de los de arriba permanecen: esa fragmentación fue ratificada con la nueva Ley de Educación Nacional del kirchnerismo. Para ver la magnitud hoy: buenas medidas del Ministerio de Educación Nacional (PakaPaka, radios, etc.) no tienen la soberanía práctica sobre las escuelas ni les docentes. 

Esa ley Sarmientina apuntalaba a hacer de Argentina un país burgués, con mano de obra calificada y  donde rigieran los tres principios rectores del capitalismo: Libertad, Igualdad y Propiedad. Para ese ideólogo de este país burgués sin burguesía, la igualdad ante la ley, sin privilegios de nobleza, de casta  ni de riqueza (como ya  denunciara Fierro “la ley es tela de araña, atrapa solo a los bichos chicos”) se debía complementar con la escuela pública gratuita para que así tuviesen todes las mismas oportunidades, para que el esfuerzo permita progresar… Por eso era gratuita, común e igualitaria: en todas las escuelas de la patria se debían impartir los mismos conocimientos. Nada de escuelas para ricos y escuela para pobres. Pero el insigne sanjuanino daba otro paso imprescindible para que eso sea posible: al paisano debía dársele la tierra y los instrumentos de trabajo en propiedad para que labre, se asiente, progrese y se haga ciudadano: educación y tierra, eso era la civilización, cividade, polis, ciudad estado, ciudadano propietario con derechos políticos para elegir su destino. Es decir que uno puede  inferir de allí y sin forzar nada, que son las condiciones materiales de existencia (trabajo, vivienda, alimentación, etc.) las que crean las condiciones para la igualdad de oportunidades. Pero en este país capitalista solo se cumplió la profecía de Engels: la garantía de la propiedad privada es la garantía para privar de propiedad a las grandes mayorías…

Te puede interesar:   El regreso definitivo de Perón: 20 de junio de 1973. “Ezeiza”, visto por canal Encuentro.

La pandemia,  mostró lo lejos que estábamos de aquel sueño sarmientino: que existan condiciones materiales dignas que permitan hablar de igualdad de oportunidades. No existen. Y hablar de meritocracia en este contexto es sólo ideología de la “clase dominante”, para justificar que los de arriba están ahí por un acto de justicia: compitieron y demostraron ser los mejores, “superioridad del más apto”. Ahora bien, ¿existe aun hoy gente de abajo que progresa?Si!!! Pero una sociedad se define por lo que es más probable que ocurra, no por lo que puede resultar posible.

Apostilla David Viñas

El proceso de concentración y extranjerización de nuestra economía (y política) regido por el endeudamiento externo reconoce su inicio con la dictadura pero se desplegó estructuralmente – con matices coyunturales – durante los 36 años de Democracia posteriores.

En esta Argentina los niveles de desigualdad y pérdida de derechos son de tal envergadura que lograron transformar al artículo 14 bis de la Constitución Nacional en proclama revolucionaria y pliego de denuncia sobre la casta dirigente. Si hasta nos lleva a recordar una reflexión de David Viñas: “Leandro Alem se suicidó al registrar su fracaso”. Luego se preguntaba de manera retórica David: “habría que preguntarse por qué ese ejemplo no se repitió”. Viñas  asociaba aquel suicidio a dos palabras: responsabilidad pública y dignidad. Dos valores en desuso.

Pandemia, escuela y política.

La política de gobierno respecto a la educación en el contexto de la pandemia fue: cierre de escuelas  para la enseñanza y educación a distancia por medios virtuales. Dicha medida tenía un sentido sanitario más que educativo y fue acompañada por los gremios docentes sin objeción.

Los gremios luego denunciaron la sobreexigencia del teletrabajo, el derecho a la desconexión, junto al pliego salarial, etc.  Y paralelamente – cuando salían de la defensa corporativa – exigían conectividad para todes. Defendieron la presencialidad y aceptaron la virtualidad como lo único posible – cosa absolutamente cierta – y pusieron el pecho. Sin embargo, vemos que de haberlo hecho sosteniendo con más ímpetu exigencias básicas como computadoras, celulares, conectividad para todes, insumos sanitarios junto a medidas de índole pedagógico hubiesen seguramente contribuido a que las políticas públicas tuviesen más sentido. Incluso aportado con la presión para que medidas urgentes como el aporte extraordinario a las grandes fortunas se hubiesen acelerado. La afinidad política de la conducción sindical ayudó a contener lo existente pero no a fortalecer una estrategia de enfrentamiento necesaria e inevitable con “los de arriba”.

La política, entonces, fue que los docentes diesen “clase” por medios virtuales. La orientación académica fue primero tratar que la “escuela esté presente”, acompañe pero no incorporar nuevos contenidos. Luego, al extenderse – previsiblemente – la pandemia  se resolvió  para primaria y secundaria sí incorporar nuevos contenidos  y se decidió “evaluar” centrado no en contenidos sino en lo actitudinal: “se conectó”, “entregó los trabajos”…… 

Maestros, familias con aquella materialidad social, esos recursos y  orientaciones salieron a la cancha. Obviamente en esas condiciones y con esos planteos el desafío se reducía a perder con dignidad.  

¿Era posible hacer algo más?

Era claro y hoy más que nunca que la escuela presencial no es reemplazable pero había problemas que hasta el “sentido común” avizoraba y que se hubiesen podido encarar rápidamente para el trabajo en la virtualidad.

1. Lo básico: garantizar la satisfacción de las necesidades básicas para cada familia. Se trató de hacer, pero por debajo de lo necesario.

2. Garantizar – en caso de que permanezcan en su trabajo – el derecho a dispensa a un miembro de la familia para que pueda acompañar a su hije. Ya que hacer teletrabajo es trabajar. Esto no se hizo ni siquiera en los empleados públicos de la ciudad ni de provincia. Para no hablar de les trabajadores en “negro”, o precarizados…. Absurdo.

3.  Si la relación con les docentes y la escuela iba a ser de manera virtual y era un derecho a garantizar, todas las casas debían contar con soporte tecnológico adecuado (conectividad, celular y computadora) para les estudiantes y para la familia si algune realizaba aparte teletrabajo. Y, por supuesto también todes les docentes.

4. El salario mínimo vital y móvil, contempla que el transporte hasta el lugar del trabajo lo abone el laburante, pero no es equivalente ese costo de viaje al de pagar el wifi en la casa. Debía ser inmediatamente resuelto.

4. Les maestres son profesionales de la educación: estudiaron pero centralmente su formación es para enseñar en el aula, en una escuela que nada tiene que ver con la “educación a distancia”. Se debía garantizar formación y acompañamiento cercano de especialistas en el tema

5. Las familias no son maestres que “sepan” enseñar. Enseñar insistimos es una especialización. Se debía garantizar el acompañamiento a las familias para saber cómo ayudar a les hijes en la resolución de las tareas que se proponían desde la Escuela.

Te puede interesar:   Nicaragua, la revolución derrotada

Ningún gobierno provincial o municipal tomó medidas para garantizar ninguno de los puntos anteriores,  acorde a la catástrofe social que incluye la educativa: fue solo emergencia sanitaria. Poco cuenta – insistimos – el gobierno nacional porque es un ministerio sin escuelas, sin capacidad de incidencia real en la vida práctica.  

Los puntos que hacen a los recursos materiales de las familias, los datos de pobreza recientemente publicados dejaron en claro que se hizo todo lo posible, pero muchísimo menos que lo necesario. Sin resolver esto era evidente que el desgranamiento y la deserción escolar aumentaría.

En lo referido a orientaciones académicas no hubo plan, ni etapas para ir supliendo los problemas evidentes.

Primero, no se convocó a les docentes recibidos – incluso jubilades – para poner en acción todes les recursos que cuenta el estado nación para afrontar una emergencia educativa imprevista. 

La segunda tarea clave era replanificar el año, preparándose para lo peor: un año sin aula. Esto significaba dos cosas: seleccionar los contenidos mínimos que se darían (si se quiere ser efectivo no se pueden “bajar” porque sin colectivo de trabajo cada docente o escuela actúa como quiere/puede) y formar rápidamente a les docentes en aspectos de la educación virtual, que no era nada sencillo. Eso implicaba momentos distintos y articulados, construir consensos especialmente con los docentes.

Tercero, al decidir el Ministerio de Educación que se incorporarían nuevos contenidos era fundamental “formar” a las familias para que puedan acompañar mejor las tareas propuestas por les docentes. En todo este ciclo no hubo ni un instructivo orientativo mínimo para que las familias pudiesen tratar de explicarles a sus hijes. Esta ausencia en rigor fue el triunfo de Vidal: creer que cualquiera con intuición y voluntad podría enseñar. Degradación de la profesión docente y aumento de angustia, junto al sobretrabajo que implicaba esa nueva función para las familias. Sobre todo en los primeros años de escuela primaria y secundaria, cuando los grados de autonomía de les estudiantes para abordar problemas nuevos son aún más limitados. 

Al no haberse tomado prácticamente ninguna de estas medidas de “sentido común” y que debían realizarse de manera inmediata es claro que el ciclo lectivo, los conocimientos actitudinales, procedimentales y de contenidos que puede aportar la escuela no pudieron desplegarse casi ni en ínfima parte. Y no fue aún peor sólo por el titánico esfuerzo de maestres y familias. 

Es claro también que hubo escuelas privadas – esas cuya cuota mensual es muy superior al IFE – que pudieron seguir con “normalidad”, que hubo hogares en que por capitales culturales y materiales previos pudieron acompañar a sus hijes más y mejor…  Y es claro también que este año los de arriba le sacaron varios kilómetros de ventaja a los de abajo, mostrando en qué consiste la falsa meritocracia que se defiende. Es claro también que el año que viene en una misma aula se sentarán alumnes que transcurrieron este año escolar de manera absolutamente diferente. 

Es cierto que la Escuela no es la casa – al contrario del slogan de Larreta-, que la plaza y los bares tampoco pueden ser la escuela. Pero tampoco la “escuela virtual” es la escuela. Sin embargo tal vez esta incapacidad/imposibilidad para abordar el problema sea el otro saldo positivo de la pandemia: se demostró de manera inconstestable que la “igualdad de oportunidades” no existe en este capitalismo periférico,  el único capitalismo posible para nuestro país.

En definitiva la pandemia profundizó la crisis de nuestra escuela “realmente existente”.  Y sin autocrítica no hay aprendizajes. Reducir la polémica hoy – en el mes de octubre – a plazas versus conectividad es parte de la misma derrota a la que nos somete la politiquería “electoralera”.

Hoy  puede observarse que no se abordaron con la celeridad necesaria los problemas que hubiesen permitido darle cauce y sentido a lo que se podía hacer con la escuela en una situación excepcional, para intentar garantizar el mínimo derecho a la educación, la mínima igualdad de oportunidades. Se hicieron cosas bien pero no fue la política, fueron esfuerzos de docentes y de las organizaciones sociales. Hacer un balance no mezquino ni táctico electoral puede dar indicios de caminos a seguir.

No es un problema de clases en la plaza ni de conectividad para todes en la casa: es un problema de dar cada paso en dirección a un proyecto estratégico, y no solo de bomberos cuando se prende el fuego. Y es eso lo que está en disputa, las decisiones políticas hacia donde van: para hacer una tortilla hay que romper varios huevos.

Y qué queda, qué queda… (Moris dixit)

Primero, la evidencia de que el problema a abordar es profundo. Queda la experiencia del trabajo realizado por docentes y alumnes como “educación a distancia” y una certeza que debe ser escrita con letras mayúsculas: La escuela presencial es insustituible.

Junto a la otra evidencia: la “escuela a distancia”, la venta de plataformas preformateadas es solo marketing y negocios que  poco tienen que ver con procesos de aprendizajes reales porque los docentes justamente quedan reducidos a participantes pasivos. Pero es más: la única escuela que aporta a la “igualdad de oportunidades” es la Escuela pública: la otra profundiza la desigualdad (aparte de llevarse recursos en inexplicables subsidios).

Queda también una lista de pendientes: construcción de escuelas, extensión de la red de agua potable, cloacas, retretes apropiados, reducción de alumnes por aula, escuelas con aire libre, etc., etc.

Les estudiantes durante este año no pudieron complementar el ciclo educativo “normal”, la desigualdad se profundizó no solo por la conectividad sino por las condiciones de existencias y  capitales culturales previos de estudiantes y familias.

Te puede interesar:   Mientras la pobreza supera el 40 %, Guzmán anuncia beneficios para el campo y las mineras

Pensar posibles para hacer lo necesario: ¡a las aulas!

El problema clave hoy es cómo crear condiciones para regresar a la escuela lo antes posible, apenas el cuidado sanitario lo permita. Pero debemos pensar en regresar a una escuela y a un sistema educativo que está en emergencia. Y habría que trazar una hoja de ruta para la construcción de una nueva escuela, la que aprendió con la crisis y la pandemia. Algunes apuntes al respecto.

La tarea primera de nosotres les docentes en este momento debería ser replanificar colectivamente el año que viene realizando la selección de contenidos básicos para contemplar lo perdido junto a una transición de acople a lo largo en varios años (cuando eso es posible). Cosa que no es tarea de técnicos ni especialistas, que en esta pandemia volvieron a mostrarnos que sin tiza en mano no existe ni siquiera un mínimo de “sentido común”. No hay teoría sin práctica.  

Segundo, la convocatoria inmediata – con todas las garantías laborales  de convenio para personal suplente – a todes les docentes recibides y jubilades para contar con todes les posibles actores en acción para afrontar el desafío. Pensando lo básico: muches estudiantes de escuelas privadas pasarán a la pública por la propia crisis pero a su vez las aulas, por un tema de higiene, deberían tener menos estudiantes.  En cuanto a lo estrictamente pedagógico  también debería ser ya designados nuevos docentes para constituir parejas pedagógicas  en cada aula y así poder trabajar los contenidos del año correspondiente junto a la nivelación de aquelles estudiantes que el alejamiento escolar más perjudicó. Dado que las parejas pedagógicas son una experiencia potente pero que encierran la dificultad del hábito del trabajo individual (cada maestre con su cuadernito, era un dicho) se debe empezar a trabajar hoy para llegar aceitados apenas se regrese al aula.     

Tercero, la necesidad de construir escuelas. La pandemia volvió a poner en la lupa la falta de escuelas y de edificios escolares apropiados en cuanto a condiciones sanitarias y educativas: suficiente amplitud, luz, aireación, con espacios abiertos al aire libre, con circulación apropiada. Y eso para no ingresar en la carencia de agua y hasta de cloacas en alguna de ellas.  A pesar de esa evidencia cuesta encontrar hoy escuelas en obras para adecuar el espacio que debe ser diferente a los existentes y tampoco construcción de nuevas escuelas sólidas y con la “modernidad” pospandemia (con agua potable, retretes apropiados, cloacas, aire libre, aireación en las aulas, buena circulación,  etcetc.)  Y sin embargo algunos – los responsables de esas carencias – dicen tener urgencia en volver…

Respecto a lo que se puede hacer en lo inmediato hasta que efectivamente se pueda regresar a la Escuela es un problema serio. Y por ahora más cerca de un dilema que de un problema…

Una posibilidad es proponerse articular dos experiencias poderosas: la de los movimientos sociales con los de la educación popular. Los primeros no solo tienen una larga experiencia de trabajo sino que han sido los que tuvieron que afrontar la pandemia en la otra línea de trinchera. Y seguramente fue la legitimidad ganada  en luchas por derechos la que les permitió hacerlo. Los segundos han hecho lo propio también en procesos de enseñanza en situaciones complejas, como fueron las primeras experiencias del Departamento de Extensión Universitaria en la Isla Martín García, o las más recientes con referentes vinculados a  la escuela pública  como  María Teresa Sirvent y Amanda Toubes hasta “Pañuelos en rebeldía”, entre tantas otras.

Posiblemente con esa articulación se pueda ir pensando con esos actores la posibilidad de escuelas de verano a realizarse en clubes que cuentan con infraestructura fácilmente ampliable, aire libre y  con protocolos establecidos por el equipo sanitarista. Y por supuesto con todas las garantías prácticas  que debe proveer el Estado (cosa que hizo en mínima forma: les maestres que entregaban los bolsones debían comprarse hasta los barbijos). Esas escuelas de verano podrían satisfacer tres aspectos  de manera apropiada: nivelación y recreación, junto al comedor.  Depende de múltiples factores pero debería estar preparándose la logística hoy, por si se logran condiciones para su  implementación. No perder un minuto.

Y de extenderse la pandemia será necesario que – habiendo realizado las obras de infraestructura necesarias (que llevará lógicamente en algunos casos a expropiaciones de casas, negocios pegados a la escuela, ya que estas deberían ampliarse, etc.) conformar  equipos de trabajo entre sanitaristas, directivos escolares, sindicatos, organizaciones de  docentes y pedagogos con “tiza en mano”  y hasta organizaciones barriales para controlar que día a día se estén cumpliendo los protocolos sanitarios (distancia, higiene, llegando los insumos de limpieza, etc..).

Sabemos que esta propuesta implica mucho más que la duplicación del presupuesto en educación, mucha inversión en infraestructura, salarios, nuevo personal docente y no docente,  y sobre todo  una fuerte decisión política. Y pregunto – también de manera desafiante –  ¿hay otra alternativa seria que no sea invertir en las escuelas, la educación lo necesario y no solo lo posible?    

Sarmiento escribió un libro llamado “Educación Popular” bregando – entre otras cosas – por ese derecho a la escuela y a la igualdad de oportunidades. Esa intencionalidad fue profundizada con maestras como las hermanas Olga y Leticia Cossettini, o Luis Iglesias entre tantos otres.  Digo, que hay una larga experiencia desplegada “desde abajo”, en el día a día de las escuelas que puede ser tomadas para abordar esta emergencia educativa. Es una gran oportunidad para poner a prueba si de verdad la escuela, la educación, es una prioridad. “Somos un país demasiado pobre como para darnos el lujo de no invertir en educación”, decía Nerhu. En nuestro caso somos un país casi despoblado, con grandes riquezas naturales, con importantes profesionales,  técnicos y científicos lo que permite afirmar que este atroz retroceso en los derechos sociales – entre ellos la escuela – sólo es explicable porque siempre el poder estuvo en “los que tienen la sartén por el mango, y el mango también” (MEWalsh).

Establecer la prioridad en educación y salud es un buen punto de partida para comenzar a pensar con otra “visión del mundo”, humanista, que reconozca la necesidad de relaciones sociales colaborativas – y no competitivas –  entre los seres humanos. Es dejar de pensar el orden social capitalista como perspectiva y la sociedad de consumo como ideal. Dejar de hacer eje en que lo importante sigue siendo producir (no distribuir lo existente), exportar (aunque se destruya el ecosistema), obtener divisas, insertarnos en el mundo, ganar dinero, consumir, consumir y consumir…  Aquel buen lema decía “Producir para vivir y no vivir para producir”

Ojalá la crisis civilizatoria que puso en evidencia la pandemia haya sido un aprendizaje social y nos ayude ir reconfigurando una subjetividad social alternativa a la de este mundo burgués, que desprecia al ser humano y ama el “dinero que produce más dinero”. Esta lógica del capital sólo nos llevará a la próxima pandemia.  

La situación de nuestras escuelas y nuestra educación puesta en evidencia durante esta cuarentena es un acta de acusación inapelable sobre los gobernantes. Hoy  tienen una oportunidad. Pero  tal vez sea hora de pensar en que nuestra  democracia debería  ser de otra calidad, una democracia con participación real  en la que el demos, el pueblo no solo elija a sus representantes, sino – como dice María Teresa Sirvent  que elabora el proyecto, y determina “qué se decide y a quiénes se beneficia, es decir modificar la estructura del poder”.

                                                                                                                                                                                          Boedo,  23 de septiembre de 2020

One thought on “Llorar sobre la leche derramada, la escuela en las plazas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *