El fuego de la memoria obrera en el juicio a la Triple A

Que brille lo que fue oscurecido por el terror y el olvido 

Para que los y las que nazcan a la lucha sepan de dónde venimos. 

Salvador Julio Trujillo ¡Presente! 

   

  El 16 de mayo de 2020 un incendio de grandes proporciones devoró las instalaciones de la Lanera San Blas ubicada al 2500 de la avenida Colón de Bahía Blanca, a poca distancia del comienzo del empedrado de la avenida General Arias.  

     Tres meses después, un 12 de agosto, Julio César Trujillo llegó al salón de actos de la Universidad Nacional del Sur portando el fuego de la memoria, frente un Tribunal que se encuentra juzgando a 4 integrantes de la Triple A por 24 crímenes de lesa humanidad cometidos en los años 1974 y 1975. 

     Casi 45 años han pasado de aquel 20 de setiembre de 1975 en que Salvador Julio Trujillo, un obrero de Lanera San Blas, era secuestrado y luego asesinado de varios balazos. Su cuerpo, acribillado por la espalda, fue encontrado en la zona del camino a puerto Galván. No fue el primero de los crímenes de aquella banda paraestatal y tampoco sería el último. 

     Julio, que tenía 7 años cuando perdió a su padre, se sentó frente a los jueces y colocó en la silla de al lado un retrato de Salvador. Lo primero que dijo fue que su padre era “un excelente compañero de trabajo con fuertes ideales”. Luego afirmó que desde sus 14 años se ha propuesto saber y reconstruir la historia de su vida y de sus luchas.

Salvador Julio Trujillo el obrero, el hombre, el luchador

     ¿Quién era aquel hombre de 33 años a quien sus compañeros y compañeras lo habían postulado para delegado en elecciones dentro de la fábrica?

    ¿Quién era aquel joven obrero que se plantaba con firmeza para decir que en su mandato “él no iba a negociar ni con la patronal, ni con los milicos ni con Rodolfo Ponce”? 

    ¿Quién era aquel luchador, de quien el portero de la fábrica Humberto Gallo, le va a contar a su hijo muchos años después, que su padre en el último tiempo “no se sabía si estaba trabajando o no porque no pasaba la tarjeta ni cuándo entraba, ni cuándo salía, pero obviamente estaba presente”? Entraba y salía por un lugar desconocido como forma de cuidarse del acecho de la banda que ya había allanado sin orden judicial su propia casa. 

     Julio afirmaba con genuino orgullo: “mi padre era insobornable”, para luego leer un panfleto de aquel año del Peronismo de Base que decía “esto es parte de la política de los patrones y del peronismo de arriba que en todo el país asesina a trabajadores, delegados y compañeros combativos que no pueden asustar ni sobornar”. Al final con voz quebrada leyó la última consigna del escrito, esa que seguramente ha tenido resonancia en toda su vida: “¡Salvador Trujillo la sangre derramada no será negociada”! 

 La lanera, la fábrica, los patrones

     La Lanera San Blas se inauguró en 1946 con maquinaria traída de Europa. Era la filial de la empresa francesa Etablissements Auguste Lepoutre et Cie con prestigio internacional. Fue la fábrica textil más grande de la zona, instalada en un predio de 5 hectáreas con 25 mil metros cuadrados cubiertos. Tuvo una integración vertical del proceso productivo por el cual llegaban a fábrica los fardos de lana sucia y salían tejidos terminados. Como en toda fábrica, el trabajo muerto de maquinarias y herramientas precisó del trabajo vivo de hombres y mujeres que pusieron un tiempo importante de sus vidas, de sus huesos, de sus músculos y de sus nervios, para generar el valor de los preciados hilados. 

     La Lanera llegó a tener casi 600 trabajadores y trabajadoras. Algunos integrantes de la familia Lepoutre van a radicarse en Bahía Blanca para conducir esta importante empresa. Así, hacen construir una casa quinta de casi una manzana al lado de la fábrica, cruzando las vías del ferrocarril. 

     En el año 58 el padre de Salvador comenzó a trabajar en el mantenimiento del parque de la casa. Salvador, con sólo 16 años, también lo acompañó colaborando en la tarea de parquero de la casa de los Lepoutre. Allí conoció entonces la forma de vida de los patrones de la fábrica, a la que va a ingresar en 1960 como empleado de limpieza. Lejos estaría de pensar en aquellos días, que años más adelante su compromiso en defensa de las condiciones de trabajo de sus pares y el anhelo de justicia que lo impulsaba, lo pondrían otra vez cara a cara con esos patrones en la arena de la lucha de clases.  

     Trabajó duro el de la Lanera que se había constituido por lejos en la fábrica textil más importante de la zona. Los franceses, luego de llegar con el discurso que “en Francia no hay sindicatos”, debieron aceptar la organización sindical después de 1946 con el peronismo en el gobierno. Con apoyo estatal se había fundado ya en 1944 a nivel nacional la Asociación Obrera Textil, en donde va a nuclearse el sindicato bahiense. El modelo de sindicato por rama de industria impulsado por Perón, reconocía las premisas de la personería gremial otorgada por el Estado. Fue aceptado como interlocutor en las negociaciones colectivas y mantuvo una fuerte centralización en la estructura orgánica. Aun así, en el día a día de la vida fabril, las comisiones internas electas por la base obrera, tuvieron un peso que sucesivas políticas patronales han intentado, siempre y por distintos medios, desbaratar. 

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     En la gran fábrica textil había delegados en todas las secciones. En la de zurcidos el trabajo eran mayoritariamente 40 mujeres trabajadoras que reparaban las fallas en la tela o cortaban aquellas que no se podían reparar. Las condiciones más duras estaban en hilandería, por el calor y la humedad constantes para que no se “cortara” la lana.  

     Había tres turnos rotativos. Por la mañana solía verse a los patrones franceses quienes eludían el trato directo con obreros y obreras y se apoyaban en los capataces a quienes el personal de fábrica llamaba “capangas”. 

     En los años 60 el convenio de La Lanera era considerado testigo para otras empresas textiles, y se decía que los obreros y obreras tenían los mejores sueldos de la zona, sólo equiparados a los de ferroviarios y bancarios. Sin embargo, ya por aquellos años la patronal en línea con la política de la clase empresarial en el país, adoptó las ideas de la “racionalización”. Un eufemismo con el que se encubría el condicionamiento de aumentos salariales a cláusulas relativas a bonificaciones por productividad, incremento de los ritmos de trabajo, junto con el recorte a los derechos de delegados y comisiones internas. En definitiva, una ofensiva del capital que buscaba paliar una supuesta caída de la rentabilidad, incrementando la explotación de la mano de obra. 

El sindicato, la organización desde las bases, las luchas obreras

     La seccional Bahía Blanca de la Asociación Obrera Textil tenía en la Lanera San Blas su principal lugar de afiliación con alrededor de 500 trabajadores y trabajadoras. Los empleados y empleadas administrativos, en cambio, estaban encuadrados en la S.E.T.I.A (Sindicato de Empleados Textiles y Afines). 

     La dirigencia sindical de la A.O.T practicaba el tipo de sindicalismo de conciliación e integración con las políticas patronales, con algunas oscilaciones frente a los distintos gobiernos de turno. Con una estructura fuertemente centralizada en el manejo de los recursos sindicales, se concebía a sí misma como una gestionadora de reclamos obreros y a la vez contenedora de los mismos, rol con el cual conseguían el reconocimiento patronal-estatal. 

     Esta política de la dirigencia de la A.O.T la ubicó en el llamado sector “participacionista” de la CGT que ante el golpe militar de 1966 no duda en acudir a una reunión con el dictador general Onganía. Uno de sus principales dirigentes Adelino Romero ocupó entre 1973 y 1974 la secretaría general de la CGT.  

     En la seccional Bahía Blanca las primeras elecciones se realizaron en 1958 llegando a la secretaría general José González quien va a ocupar ese cargo hasta 1978, siendo también electo en 1973 diputado provincial por el peronismo (en representación del llamado cupo sindical que definían las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas). 

     Los y las textiles de la Lanera San Blas ya atesoraban por aquellos años una historia de lucha y organización desde abajo. En el 58, ante el trabajo a desgano decidido en asamblea en protesta por la reducción de las horas de trabajo y en reclamo por aumento salarial, la patronal respondió con despidos masivos lo que da inicio a un mes de luchas con movilización de clase obrera textil hacia el centro de la ciudad. Finalmente se llegó a un acuerdo con la participación de la AOT y el Ministerio de Trabajo. Al año siguiente, los y las trabajadores participaron de una huelga nacional de textiles, que se inició el 14 de setiembre con un paro de 96 hs y se prolongó como paro por tiempo indeterminado hasta el 9 de noviembre, en que la AOT decide el final de la huelga pese a la masividad de la misma. La derrota del movimiento huelguístico incluyó despidos y detenciones que marcan la dureza de la embestida patronal y el apoyo del gobierno de Frondizi a la misma. Trabajadores y trabajadoras de la Lanera también van a participar del Plan de lucha nacional de la CGT en 1964 con ocupaciones de fábricas que incluye a esta empresa textil.   

Salvador Trujillo en contexto de su tiempo

     En el año 1960 dejó su trabajo en la limpieza de la fábrica para incorporarse al servicio militar (la colimba) hasta 1962. Recién a fines del año 1965 va a reingresar a la Lanera ya como operario de fábrica en la sección de telares. Despertaba allí su participación en las luchas sindicales, a entender que el obrero solo puede confiar en su fuerza colectiva para defender sus derechos, y que esa fuerza se construye desde abajo con sus compañeros y compañeras de fábrica. Entre el 1970 y 1973 participó como vocal en la lista de la Comisión Directiva del Sindicato.

     Son los años de un auge inédito en las luchas de las masas obreras y estudiantiles que enfrentaron e hicieron retroceder a la dictadura militar. Años de cordobazos, lucha de calles y lucha armada que terminaron arrinconando a la dictadura, quien cedió a los reclamos de elecciones y permitió el regreso de Juan Domingo Perón en 1972.

     Las expectativas frente al nuevo gobierno (primero Héctor Cámpora y a partir del 12 octubre del 73 el mismo Juan D. Perón) no aplacaron la ascendente marea de reclamos, participación y lucha en dónde fueron miles quienes se propusieron luchar y al mismo tiempo avanzar por un camino que conduzca a terminar con un sistema que produce tantas desigualdades e injusticias.

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     En ese punto, el nuevo gobierno propuso un Pacto Social entre la clase obrera, representada por la dirigencia de la CGT y los empresarios agrupados en la CGE a cuyo máximo representante, José Gelbard, se lo designó Ministro de Economía. En el contenido de ese pacto la dirigencia sindical aceptó la suspensión de las negociaciones colectivas por salarios durante dos años, la CGE se comprometió a un congelamiento de los precios y se otorgó un aumento del 20% por suma fija en los salarios de las categorías más bajas.

     Ni el Pacto Social, ni la indudable autoridad política de Perón detuvieron las determinaciones de participación, de organización y de lucha de las mayorías populares. Así, las movilizaciones y huelgas con ocupaciones de los lugares de trabajo se convirtieron en un exitoso instrumento para conseguir un conjunto de reivindicaciones. En masivas convocatorias de las asambleas de base se tomaban las decisiones donde muchas veces era fuertemente cuestionado el mando del capital y el rol contenedor de las dirigencias sindicales tradicionales.

      Después de los 45 días de la llamada “primavera de Cámpora” y luego de la masacre en Ezeiza, el gobierno respondió con una línea disciplinadora en dos planos. Por un lado, introdujo modificaciones a la ley de Asociaciones Profesionales donde se reforzó el poder de las burocracias, extendiendo sus mandatos de dos a cuatro años y autorizó a la CGT Nacional a intervenir las Regionales y las Federaciones a los sindicatos locales. Por el otro, el 1ro de octubre del 73 el Consejo Superior Peronista  emitió un Documento Reservado  en el cual consideraba que la muerte a balazos del líder de la CGT José Rucci era parte de una “guerra” desencadenada por “grupos marxistas y subversivos” y establecía “directivas precisas” para combatir la infiltración ideológica del marxismo en el peronismo, que abarcaba desde “acciones de reafirmación doctrinaria” hasta un sistema de “inteligencia” interno a fin de detectar a los marxistas y expulsarlos, “utilizando todos los medios de lucha que se consideren eficientes en cada lugar y oportunidad”. “La necesidad de los medios que se propongan será apreciada por los dirigentes de cada distrito”.

     Desde el Ministerio de Bienestar Social, conducido por José López Rega y la Policía Federal a cargo del comisario Alberto Villar, se comenzó a organizar la Triple A, que ejecutó el primer atentado el 21 de noviembre del 73. Colocan una bomba en el auto del senador por la UCR Hipólito Solari Irigoyen, quién se había opuesto a las reformas a la Ley de Asociaciones Profesionales.

      El Documento Reservado del Consejo Superior Peronista fue la carta blanca para organizar grupos parapoliciales en gran parte del país. La burocracia sindical tradicional jugó un rol principalísimo en el reclutamiento de matones y asesinos.

Persecución y muerte. El silencio de la dirigencia sindical y la celeridad del juez

     En Bahía Blanca, como ha quedado develado en el juicio a las 3 A, el rol de organizar la banda  AAA es plenamente asumido por el secretario general de la CGT Rodolfo Ponce (del sindicato URGARA). Una particularidad bahiense es que buena parte del matonaje fue incorporado como personal de la Universidad Nacional del Sur, después de la intervención a la misma en 1975 cuando es designado Rector el rumano colaborador nazi en la Segunda Guerra, Remus Tetu. La dirigencia seccional de la Asociación Obrera Textil de Bahía se ubicó en esa corriente ortodoxa del sindicalismo que políticamente se encuadra en las 62 Organizaciones Gremiales.

      En el 74 Salvador Trujillo cayó enfermo y tuvo que dejar la fábrica por unos meses. Sufría epilepsia y asma. Esta última enfermedad, seguramente padecida por la humedad de los galpones, el olor de la lana y los productos químicos. En 1975 volvió a la fábrica junto a sus compañeros y compañeras. La Triple A local ya había cometido varios asesinatos contra obreros y estudiantes. El primero se produjo en la madrugada de 22 de setiembre de 1974 contra Luis Jesús “el Negrito” García, un obrero de la construcción de 19 años militante del PRT. Había sido secuestrado en su domicilio de Jujuy y Entre Ríos, muy cerca de donde vivía Salvador Trujillo quien lo conocía. El 3 de abril de 1975 se produjo dentro de la UNS (Universidad Nacional del Sur) el asesinato del estudiante militante del Federación Juvenil Comunista David “Watu” Cilleruelo, a manos del matón Ramón Argibay, uno de los miembros de la custodia del Rector.

     En aquel año la casa de Salvador va a sufrir más de un allanamiento de la patota. Julio recordó la vez que entraron, amenazaron a su madre para que develara el lugar donde estaba su marido:” si no les decía iba a tener que buscar la palita para juntar mi cabeza del suelo”.

Julio se refirió en el juicio a un hecho, cuando estaba por cumplir siete años, una noche llegó su padre muy agitado y se tiró al piso. “A pesar de tener 33 tenía problemas de salud, mi madre lo llevó a la cama y a mí me encerró en mi habitación, al lado. Lo habían tiroteado en la calle. Había entendido que era en el Colegio Don Bosco a donde yo iba. Luego me dijo que era en la calle Don Bosco y Colón donde había un bar”. “Otra noche vino gritando ‘Ponce puto, traidor, estos franceses nos van a matar de hambre’. “Venían, allanaban la casa, rompían todo, se llevaban cosas. Tenían diferente armamento, ahí conocí las escopetas recortadas, revólveres chicos, una vez una ametralladora. Ninguno estaba vestido igual, si tenían un pantalón militar de la policía tenían mocasines y una camisa de vestir, no había ninguno que tenga el uniforme completo”.

      El país vivió una agitación que nacía delas bases de la clase trabajadora con una característica singular: gran parte de las acciones de lucha se realizaban sin el consentimiento, y muchas veces con el rechazo explícito de la dirigencia burocratizada de los sindicatos que seguían atornillados al Pacto Social y a la política del gobierno, que ahora encabezaba Isabel Perón. En el marco de una profundización de la crisis, la Presidenta nombra a Celestino Rodrigo como Ministro de Economía, quien impuso una política impiadosa devaluando la moneda, elevación del precio de los combustibles de un 175% y aumentos generales de las tarifas públicas lo que va a generar una imparable escalada inflacionaria y una gran transferencia de ingresos del sector asalariado hacia el rural y exportador .Pero la chispa que encendió la pradera fue la decisión de gobierno de poner un techo del 45 % como tope al aumento de salarios, bajo pena de no homologar una cifra por encima de ese techo. La agitación desde abajo se organizó en Buenos Aires y en ciudades del interior como Córdoba y La Plata en Coordinadoras Interfabriles, que tomaron la conducción de la protesta de hecho. Es tan fuerte la rebelión que la dirigencia de la CGT se vio obligada a convocar a un paro parcial con movilización el 27 de junio y a una huelga general el 7 y 8 de julio que paraliza al país para desembocar en las renuncias de Celestino Rodrigo y José López Rega. Julio Trujillo dijo en el juicio, que la denominación “Rodrigazo” a aquel gran movimiento de lucha y de protesta y bien podía llamarse “Peronazo”.Y efectivamente se trató de la primera gran huelga política de masas ante un gobierno peronista.

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      Salvador participó activamente de estas huelgas con sus compañeros y compañeras de fábrica, y al mismo tiempo tomaba los recaudos para eludir el accionar cada vez más ostensible de la patota. Muchas veces no dormía en su casa y como hemos dicho, evitaba marcar la tarjeta de entrada y salida a la fábrica. Sus compañeros y compañeras reconociendo su compromiso con los de abajo habían decidido postularlo para delegado de la Lanera. La patronal estaba inquieta ante tanta protesta, pero la fábrica producía a pleno.

     Julio relató que la noche del 19 de setiembre su padre salió de la casa a comprar cigarrillos y ya no volvió. En la esquina lo esperaba la patota a bordo de un Fiat 125 claro. Ante su ausencia la madre radicó una denuncia en la comisaría de Don Bosco al 1700 y recibió la burla de la Bonaerense “no se haga problemas señora, su marido debe estar de copas o con alguna dama”.

      Al día siguiente Julio estaba en la calle con amigos cuando le avisaron a su madre que debía presentarse en la Comisaría de White. “No sé si como descuido o como trofeo tenían la ropa colgada en la oficina del comisario, toda embarrada y llena de sangre. Mi mamá siempre pensó que le había agarrado un ataque de epilepsia y había quedado en alguna calle. Ahí se dio cuenta de que lo habían asesinado”.

     “Señora, ¿usted no lo habrá mandado a matar?”, le preguntó el comisario con el cinismo habitual.

      El cuerpo baleado de Salvador Trujillo había aparecido esa mañana en una calle frente a un baldío cerca del empedrada de Avenida Arias, no muy lejos de la Lanera ahora conmovida por el dolor y el miedo. Su sindicato la seccional de la Asociación Obrera Textil no ha dicho una palabra, tan siquiera de condolencias.

     El volante del Peronismo de Base que Julio llevó al juicio sostiene: “Para conservar su imagen de patrones buenos y no por otra cosa, los franceses, la familia Lepoutre, se van y, muy raro, uno de ellos vuelve por un día, dos antes del asesinato. Habla con los capangas máximos y se vuelve a ir”.

El Peronismo de Base era una organización política nacional con inserción en la ciudad proveniente del “peronismo revolucionario”. Enfatizaba en la importancia del trabajo desde las bases del pueblo peronista con una estrategia de poder en marcha hacia la “patria socialista”. Su política tenía una fuerte impronta de clase y una neta oposición a la “burocracia partidaria” del justicialismo así como a la “burocracia sindical”.

     La causa cayó en el juzgado penal a cargo del juez Jorge Suárez Gordillo. El hombre no se caracterizó precisamente por su esmero investigativo. Habrá pensado la Triple A ya va por el asesinato número 20 en la ciudad. El poder político mira para otro lado ¿A que meterse en problemas? Ni siquiera guardó las formas. No habían pasado dos meses cuando utilizó el crudo lenguaje judicial para afirmar que “como resultado de lo actuado no hay indicios suficientes para determinar a la persona autor o autores del delito de homicidio…sobreséanse estas actuaciones con carácter provisional. Y de no mediar objeción del señor agente fiscal remítanse las mismas en carácter de PARALIZADAS al Archivo General del Departamento el 5 de noviembre de 1975.

     El juez acaso haya dormido tranquilo con su conciencia. El miedo y el olvido jugarán en mi favor habrá pensado.

      No supo que un niño, hoy hombre, buscó saber la verdad e irá 45 años después a decirlas frente a un Tribunal que juzga aquellos crímenes que precedieron al terrorismo de la dictadura cívico-militar. Julio Trujillo tomó el ejemplo de los organismo de derechos humanos que durante años batallaron y lo siguen haciendo por memoria ,verdad y justicia. Justamente la posibilidad de declarar en el juicio tiene que ver con esa ética perseverante que no declinó con el paso del tiempo.

Antes del golpe y con la dictadura gobernando el objetivo fue el mismo:  las clases dominantes y sus cómplices buscaron acallar las voces de los y las de abajo y poner fin a esa capacidad de organizarse y luchar aun cuando todo parece empujar hacia atrás. Ese anhelo redención social con el que se busca colectivamente acabar con tanta injusticia.

     La justicia tardía no sabe a justa ni reparadora. Salvador Trujillo, como tantos y tantas mártires de clase obrera y el pueblo, tendrá una reparación integral, hermosa y abarcativa el día en que la sociedad se organice sin la explotación como modo de producción y sin el lucro como motor de la economía en una sociedad donde florezcan nuevas relaciones humanas fraternas y solidarias que dejen atrás para siempre este reino de la codicia del capital.

     Este 20 de setiembre 45 años después, podremos decir bien fuerte junto a Julio y la familia:

¡Salvador Trujillo presente!

¡Su sangre derramada no fue ni será negociada!

Enrique Gandolfo con la colaboración de Julio Trujillo

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