La dieta de los batracios

A partir de la extensión de la pandemia causada por el coronavirus, comer un murciélago  es considerado un acto abominable. Habrá que ver cómo se resignifica con el tiempo esa tradición culinaria en China, pero, a los ojos de Occidente, difícilmente la representación dominante varíe.

No ocurre lo mismo con el acto de comer o tragar sapos, especialmente en el campo de la política. La dieta de esta clase de batracios en la democracia formal y delegativa de nuestro país (y de muchos otros) forma parte de un modo de relación entre la sociedad civil y la sociedad política que se ha naturalizado. Va acompañada de cierta resignación ante lo que se considera la “política real”. Puede dejar cierta acidez estomacal, sobre todo cuando se sale del cuarto oscuro y se entiende que, en la lista sábana que se acaba de poner en el sobre, hay muchos personajes que uno hubiera preferido que no estén. La sensación es similar cuando las noticias del partido o la alianza que se votó van en contra de las expectativas y las esperanzas que animaron.

El sentido común provee muchos tips para cultivar el hábito de comerse sapos. Fórmulas explicativas que justifican la situación y alivian las culpas: “Se hace lo que se puede”, “Las condiciones son muy adversas”, “Roban pero hacen”, “No se puede ser purista en política”, “No hay que hacerle el juego a los otros”, “Les dejaron el país hecho un desastre”, etc.

Los sapos del kirchnerismo

Si pensamos en el kirchnerismo como sector político que lidera actualmente el gobierno nacional, podemos reconocer ciertos rasgos que, para muchos adherentes, resultan conflictivos y que, por lo tanto, obligan a asumir la exigencia de la deglución del batracio. Para quienes aspiran a pensar este movimiento político como una instrumento para contribuir al desarrollo del socialismo, la declaraciones de amor al capitalismo hechas tanto por Cristina Fernández de Kirchner como por Alberto Fernández generan cierto ruido. Para quienes esperaban la renovación de la dirigencia política, la vigencia de figuras como José Luis Gioja, Juan Manzur y Gildo Insfrán (entre muchas otras) provoca incomodidad. Lo mismo ocurre en el caso de quienes esperan una relación firme y autónoma frente al FMI y escuchan que el presidente se muestra conforme con las controles del organismo sobre la economía nacional. Y con quienes han condenado los homicidios de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel y ven lo que sucede con los asesinatos de Luis Espinoza y Facundo Astudillo Castro. Y con quienes aspiran a un modelo económico sustentable y soberano y ven cómo se intenta profundizar el modelo extractivista e imponer la megaminería en aquellas provincias en las que todavía no se habilitó. Y con quienes rechazan el menemismo y ven cómo muchos de sus más ilustres representantes se han reciclado en el kirchnerismo, sin la menor autocrítica ni muestra de arrepentimiento. La enumeración podría seguir. Son muchas contradicciones para quienes pretenden que sea un movimiento que ponga límites a la concentración de riqueza y promueva la justicia social.

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Estas contradicciones se manifiestan en diversos grados y, superado cierto umbral, se vuelven problemáticas. El conflicto puede producir una disonancia cognitiva, la percepción de que lo que se cree o se quiere creer no se condice con lo que pasa en la realidad. Ante esa grieta, cada persona puede adoptar posturas particulares. Una de ellas es intentar de resolver el problema, tratando de determinar cuál es la verdad, para luego tomar las decisiones que correspondan. Otra postura es esforzarse por mitigar la importancia del conflicto, recurriendo a tópicos y clichés que justifiquen la diferencia entre lo que deseábamos y lo que sucede en realidad. Incluso, se lo puede negar con mecanismos de autoengaño, por ejemplo, consumiendo solo mensajes que reafirmen lo que uno quiere creer y excluyendo los que pueden ponerlo en duda (y esto implica estrategias de subestimación y ridiculización de esas otras voces).

Sapos y democracia

Es cierto que tragarse sapos no es malo en sí mismo. Depende del sapo. Algunos son más grandes que otros y tienen peor sabor. Esos indican con brutal evidencia que el partido o el grupo que apoyamos no es lo que pensábamos o que no va para el lado que deseábamos. Otros son tan pequeños que apenas si molestan al ingerirlos.

También depende de nuestra tolerancia. A veces, uno se acostumbra a los sapos; a veces, llega un punto en que nos hartamos, damos un portazo y abandonamos al resto de los comensales. Y, por supuesto, lo que para alguien es un sapo demasiado grande para otro puede no serlo e, incluso, quizá ni siquiera sea un sapo.

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Para que un grupo o partido crezca y sea dominante exige una gran tolerancia a los batracios, sobre todo si no actúa con coherencia y propicia un conflicto cognitivo -y ético- en sus adherentes. Se hablará de disciplina, de lealtad, de la fuerza de las convicciones o de la eficacia de la propaganda.

Pero no estaría mal que reflexionemos sobre las causas y las consecuencias de los sapos que nos hemos comido y de los que quieren que nos comamos en el futuro. Y no se trata solo de pensar en cómo votamos sino también en examinar el modo en que delegamos cotidianamente el poder en manos de personajes que no merecen nuestra confianza.

Por encima de la relación con entre comensales y sapos, está la democracia. Esta débil democracia.

Y es posible que, para el futuro del país, sea peor seguir comiendo ciertos sapos que comer algún murciélago.

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