Sergio Berni es un relato

En su teoría sobre ficción y política, Ricardo Piglia escribió que el Estado narra, y que al hacerlo hace lo mismo que la novela: trabajar la relación entre el ideal y la realidad. Sergio Berni, el único “hijo nuevo” de la política argentina en 2020, lleva al extremo esta relación: es puro relato, una escisión total entre la política y las cosas. Lo que no impide que su enfoque punitivista, hoy elevado a discurso de Estado, no sea peligroso.


Antes que un hombre, un funcionario o un político, Sergio Berni es un relato. Es la narración permanente de sí mismo, es una novela de baja calidad que mezcla héroes y villanos con folletín. Es la caricatura de la “autonomía de la política” llevada al extremo y transformada en independencia absoluta del discurso. El politólogo Pablo Touzon escribió que Berni es tal vez “el único hijo ‘nuevo’ de esta Argentina 2020. La crisis policial terminó de comprobar el divorcio completo entre gestión y política, entre la performance y la idea de resultado” (1).

Algo de “qué es Berni” se cifra en esa disociación: el viejo dicho “dime de qué presumes y te diré de qué careces” le calza como pocos al ministro de Seguridad bonaerense. Berni habla mucho sobre las cosas porque las cosas no pueden hablar por sí mismas. Mejor que hacer es decir, aunque los que hablan no saben y los que saben no hablan. Algo que para Berni no tiene importancia, porque en él se rompió el vínculo entre las palabras y las cosas. La imagen es todo, la sed y lo demás es nada. En su personaje hay algo de la parodia con la que Luca Prodan se burlaba de los punks argentinos: un pseudo punkito / con el acento finito / quiere hacerse el chico malo. Uno podría imaginar a Berni levantado a las 5 am, después de la ducha helada y los huevos crudos licuados, mirándose en el espejo y preguntándose quién es el más rudo del condado.

No se trata de no registrar el carácter represivo de sus acciones, sino de observar los resultados medidos con su propia vara.

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Ficción

En su teoría sobre ficción y política (2), Ricardo Piglia escribió que el Estado narra, y al hacerlo hace lo mismo que la novela: trabajar la relación entre el ideal y la realidad. Pero el “héroe del Estado” es aquel que dice que hay que resignar los ideales ante el peso de lo real, que hay cosas que son verdaderas pero no se pueden hacer porque es necesario admitir ese peso. Según Piglia, la frase de Perón “la única verdad es la realidad” define bien esa tensión entre lo real y lo que no lo es. La tensión entre el discurso de lo posible y su antagónico, propuesto como utopía, como ficción, como ilusión es, dice Piglia, la novela. Por eso Don Quijote de la Mancha es la primera novela, la que funda el género. No por casualidad, Agustina Propato, pareja de Berni, lo comparó alguna vez con el héroe de Cervantes: “Si esta fuera una descripción póstuma diría que Sergio es un Quijote, pero como no lo es, tengo expectativas de que sea un hombre que contribuya a un cambio decisivo en la historia de nuestro país”.

En su novela, Berni invierte la narración que según Piglia ordena al Estado. El peso de lo real no tiene importancia: la única verdad es mi ficción. Berni es novelista antes que poeta, porque el poeta es fiel a su lengua mientras que el novelista quiere ser leído en cualquier lengua: Berni es el hombre común, el médico rural, el sheriff urbano, el militar paternalista, el cirujano, el abogado cualunque, el progresista que entiende la necesidad de un “duro” que juegue para los buenos y el derechista. Porque la novela de Berni es una cosa y todo lo contrario. Y no hace política, siempre fue cristinista.

Por eso dedica buena parte de su tiempo a recorrer los canales de TV: habla a la mañana con Ernesto Tenembaum y se sienta a la noche con Alejandro Fantino; pasa por la mesa de Polémica en el Bar; pelea en Animales Sueltos y discute en Intratables. Viviana Canosa lo recibía casi semanalmente y en TN se cruza con Patricia Bullrich para una sonrisa cómplice. Es amable con los medios opositores y “maltrata” a los periodistas que lo creen propio.

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Pero sus giros narrativos siempre fueron lamentables. En el periodismo se dice que si un perro muerde a un hombre no es noticia: noticia es que el hombre muerda al perro. En  2014, frente al largo conflicto por despidos en la autopartista Lear, Berni no lograba dar con un manifestante que atropellara a un gendarme en las caravanas de protesta en la Panamericana, entonces ordenó que el gendarme se tirara arriba de un auto. El talento  narrativo de Berni generó el célebre “gendarme carancho”. Luego le explicó al diario Clarín que en el episodio no hubo nada accidental, que fue una estrategia. Una estrategia narrativa. “El cuerpo de un gendarme fue convertido, así, en instrumento de la política” escribió la actual ministra de Seguridad, Sabina Frederic en su trabajo antropológico sobre la Gendarmería (3).

En el primer día de cuarentena estricta, Berni montó otro show en el Puente La Noria. Si nos remitimos a los hechos, se limitó a la tarea de un agente de tránsito con credencial de ministro que se carajeó con policías de rango menor de la Federal. Sin embargo, le dio la espectacularidad de un Día D en el desembarco a Normandía. Estuvo diez minutos en el puente y diez horas en distintos programas de radio o TV explicando la proeza.

Pero hubo tres días que estremecieron a Berni. Fue una experiencia que lo dejó en caída libre hacia el vacío. El motín protagonizado por la Policía Bonaerense silenció al narrador, que desapareció de la escena. Berni, acostumbrado a romper la disciplina hacia arriba, marcando diferencias con el gobierno nacional y manejándose con total autonomía respecto del gobernador, la vio destruida hacia abajo, hasta que del laberinto lo sacaron por arriba. Fue golpeado en su línea de flotación, crió cuervos y casi le arrancan los ojos.

La pregunta es: ¿qué le da peso político a Berni? Su volumen político viene por default: por la falta de autoridad política de todos los demás. Porque la sensación por momentos es que a Axel Kicillof la campaña le quedó chica y la provincia le queda grande, porque pareciera que Alberto Fernández habla con todos y no se impone con nadie. Por eso sobresale Berni.

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Fervor punitivista

Todo esto no quiere decir que el discurso de Berni no sea peligroso. La narración se constituye –escribió Piglia– a partir de ciertos modos que circulan socialmente de distinta manera: desde las historias que se cuentan los amantes –con su particular registro de la biografía– hasta las grandes narraciones sociales en las que funciona un tip o un relato colectivo cristalizado: la narración pública.

En “tiempos normales”, la sociedad no habla; es hablada. Pero en momentos excepcionales, de convulsiones sociales, muchas veces decisivos, toma la palabra: adopta el lenguaje de la lucha. El uso del miedo, el odio y el fervor punitivista no es gratuito y tampoco viene dado. ¿Los dirigentes y los medios agitan un discurso securitario y punitivista porque lo pide “la gente” o “la gente” aumenta su discurso securitario y punitivista porque lo agitan los dirigentes y los medios? Muchas veces la dinámica es al revés de cómo se presenta: los medios y la dirigencia política no “expresan” o “representan” una demanda de la sociedad, sino que construyen y movilizan esa demanda para que aparezca como una demanda social mayoritaria. Toda narración es política y toda política contiene altas dosis de narración.

Por eso, más allá de su personaje, el discurso de Berni apunta a azuzar las ansias de las personas carentes, el odio horizontal de los amedrentados, con miedo a empobrecerse y a ser víctimas de la violencia social generada por la misma crisis. Es el peligro de la novela de Berni transformada en narrativa de Estado.

1. Pablo Touzon, Sinfonía de un cálculo, Revista Panamá, 05-10-2020 http://www.panamarevista.com/sinfonia-de-un-calculo/

2. Ricardo Piglia, Las tres vanguardias, Eterna Cadencia, 2016.

3. Sabina Frederic, La Gendarmería desde adentro, Siglo XXI Editores Argentina, 2020.

Fuente: https://www.eldiplo.org/notas-web/sergio-berni-es-un-relato/

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