Mamá y primera línea: Los químicos del carro lanza agua de Carabineros que cambiaron la vida de una mujer

Gabriela Gutiérrez recibió el impacto directo de agua con soda cáustica por parte de Carabineros, tras el hecho vivió una transformación que la marcó para siempre. Hoy, esta mujer de casi 40 años, madre de dos hijos, casada y sin ninguna necesidad, se dedica a cazar lacrimógenas para cuidar a los manifestantes de la resignificada Plaza Dignidad. Esta es su historia.

Gabriela Gutiérrez, de 37 años, comienza a caminar. “Me muevo entre Plaza Italia y el GAM”, comenta cuando son las 17:30 horas del viernes 10 de enero (2020). Hay luz de día y huele a lacrimógena. Estamos a ocho días de cumplir tres meses del estallido social y ella es una de las conocidas en el sector. “Me muevo para ayudar a los que salen pa’ la cagá”, dice con una botella en la mano.

La botella no tiene más que agua con bicarbonato.

Entre las 18:00 y las 18:15, Gabriela pasa por Alameda con Namur, al costado oriente del GAM. El centro cultural tiene en sus paredes exteriores un gran tapiz de consignas y expresiones artísticas que revelan una radiografía actual de Chile. “Ellos quieren paz para gozar sus privilegios, nosotros justicia para vivir con dignidad”, “Copiapó presente”, “Estado asesino”, “Construir juntos comunidad organizada” y “Rebeldía popular”, dicen algunas creaciones.

Es en este momento cuando la atención de Gabriela se desvía. Un chico se acerca gritando, rogando que por favor le saquen la ropa. “¡Me quema!”, dice desesperado mientras explica que lo acaba de mojar un carro lanza agua.

Ella lo rocía con la mezcla que tiene en la botella, pero su dolor no se alivia ni siquiera un poco y decide enviarlo directo a los improvisados centros de primeros auxilios que se han ubicado en el sector por la extrema violencia de la fuerza policial. En adelante, no vuelve a tener noticias de él. Sin embargo, entre las seis treinta pe eme y las siete treinta pe eme, Gabriela lo recuerda de la peor manera.

Caminando, llega hasta la intersección de Ramón Corvalán con Alameda. Todo luce normal hasta que el carro lanza agua Nº44  de Carabineros, se acerca. “Yo no corro, porque pienso que correr es peor”, dice mientras se ubica detrás de una palmera para evitar el impacto.

“No sé cómo cresta pasó”, dice Gabriela. Se refiere a que de un momento a otro aparece a las afueras del Cine Arte Alameda, de rodillas, en el suelo. “¡No puedo ver!”, comenta agitada. Entonces, vomita. Tiene náuseas, arcadas y su piel se pone cada vez más roja. 

El chorro del vehículo Nº44 de Carabineros, que impactó directo el cuerpo de Gabriela, era de un extraño color amarillo.

Arma química

“Nos abrazamos entre todos los cabros que estábamos ahí”, recuerda. “Debimos ser unos cinco. Miré al lado, vi el chorro encima, me di vuelta y me llegó”. Por el dolor, Gabriela se comienza a sacar las cosas que lleva encima de su cuerpo. Las personas de primeros auxilios, muchos de ellos estudiantes de enfermería o medicina, comienzan a echarle leche de magnesia para intentar apaciguar las lesiones.

“Llevo como 10 o 15 minutos intentando recuperarme y abrir los ojos, una amiga de la Cruz Roja me echó leche de magnesia otra vez”, cuenta mientras intenta grabar los enfrentamientos entre carabineros y manifestantes. “Me arde el brazo, me tomé una foto y vi que tengo como si hubiese ido a la piscina. Rojo. Quemado”.

Veinticinco días antes, un estudio independiente, realizado por la química molecular de la Universidad de Chile, Francisca Leiva Moret, reveló la presencia de hidróxido de sodio en el agua del carro policial. Compuesto más conocido como soda cáustica.

Dan las 21:00 horas. Oscurece y Gabriela decide irse a casa. Si antes olía a lacrimógena, ahora está peor. Además, el piso se siente resbaladizo con el agua que han tirado y los químicos dejan una estela blanca en el suelo. Hay que tener precaución con dónde pisar.

El retorno a casa, dice, “es la parte que me da más miedo. En verdad, es lo único que me asusta”. A esta hora carabineros hace un barrido, la represión incrementa para que los manifestantes se vayan y solo las fuerzas policiales deambulan por la calle.

El 27 de diciembre de 2019, en este mismo horario, un hombre de la primera línea murió en el sector. Su nombre era Mauricio Fredes, tenía 33 años. Ese día, el funcionario del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), Mauricio del Canto, mencionó que tras “la salida de carabineros con el carro lanza agua la gente corrió y había una fosa con agua. Se dice que la fosa tenía electricidad de alto voltaje”.

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Además, hay una numerosa cantidad de videos, filmados por testigos, que evidencian cómo carabineros atacaba al equipo de bomberos que intentaba rescatar el cuerpo. Finalmente, el informe que el Servicio Médico Legal emitió (el 30 de diciembre) dio a conocer que la causa de muerte de Fredes fue “asfixia por sumersión”.

La idea, según explica, es provocar a quienes quedan en el lugar para que respondan y los puedan llevar detenidos. “Lo más suave que me ha pasado, es que me han tirado botellas y latas. Ellos suelen hacer encerronas, me ha pasado tres veces así. Por lo general, cuando voy sola me agarro de los grupos y me voy con ellos. Otras veces vengo con mi hermana y nos acompañamos entre ambas, pero cuando venimos por separado, nos arriesgamos a que nos empiecen a fichar. Sin embargo, no me da miedo recibir lacrimógenas ni que me peguen, porque saben a quien pegarle”.

Pese a la gran cantidad de heridos que ha visto, es clara: “Tampoco me da miedo cuando estoy acompañando a la primera línea, porque yo cuido a los cabros y ellos me cuidan a mí”. Nunca la han detenido, solo mira y ayuda.

El día siguiente, fue sábado. Gabriela despertó con el brazo, el cuello, el abdomen y parte de la espalda con sarpullido, picazón y enrojecimiento. Le cuenta a su esposo que irá a constatar lesiones.  “Estas cosas pasan, pero no hay antecedentes, así que creo que lo mejor es denunciar”. Decide ir a la Policía de Investigaciones (PDI).

En el cuartel de la PDI, cuenta lo que pasó ayer. Una funcionaria le toma la declaración y luego la llevan a constatar lesiones. Primero van al Hospital El Salvador, pero está lleno. Luego llegan a dar al Consultorio Nº1, Ramón Corbalán Melgarejo, queda en la calle Copiapó, en Santiago Centro.

El informe médico dice: “Paciente refiere lesión en brazo izquierdo y dorso, por chorro de carro lanza aguas mientras se manifestaba en calle Dr. Ramón Corbalán”. Añade: “Excoriación y aumento de volumen en brazo izquierdo y región lumbar. Eritema en hombro izquierdo, abdomen y fosa lumbar izquierda”.

Al salir, tras 10 ó 15 minutos con el médico, Gabriela comenta: “Me faltó que anotaran las lesiones en mi cuello”. Tiene rojo y está llena de granitos, como en el resto de las partes afectadas. Pica, arde y duele. Terminado el trámite, vuelve a la PDI y luego se va a su casa, en Quilicura.

Ese mismo día, dan las 21:00 horas. Oscurece otra vez, pero hoy el entorno es familiar. Gabriela está en su casa cuando comienza a sonar la cortina musical que anuncia el inicio de los noticieros. Algunas transmisiones comienzan a contar lo que marcó la jornada y otras se detienen para relatar las mismas escenas que la dejan sin voz. Canal 13, por ejemplo, abre el espacio informativo mostrando el carro lanza aguas en cuestión, con el líquido amarillo saliendo del cañón.

La cápsula televisiva recoge las declaraciones del general de Carabineros, Enrique Bassaletti, detalló los pasos para esclarecer el episodio. “Se instruyó retirar ese vehículo”, afirmó el uniformado. La instrucción provenía desde la Fiscalía Regional Centro Norte. Aún se investiga la naturaleza del compuesto.

***

Gabriela, al descubierto

Cinco días han pasado desde que Gabriela Gutiérrez recibió el impacto de la cuestionada composición. Aún tiene marcas en el cuerpo y aunque el dolor disminuyó, la picazón persiste.

-¿Quién eres, Gabriela?

-Una mujer que cree en la dignidad. Tengo dos hijos, una de 11 y otro de 7 años, cuando nació el segundo dejé de trabajar. Hoy me dedico a sacar fotos, soy una aficionada y de repente me salen trabajos freelance en hoteles o matrimonios. Cuando empezó el estallido mi marido tuvo que cumplir con las labores de dueño de casa mientras yo vengo a Plaza Italia.

-¿Tu esposo no va contigo?

-No. Yo soy súper eufórica y él es muy reservado. Su familia es de derecha y estuve como un mes y medio sin ir a verlos porque sabía que ellos iban a estar incómodos. Yo reclamo cuando veo las noticias y ellos podrían sentirse mal con eso, así que prefiero evitar.

-¿Qué te dice de tu participación en las marchas?

-Yo me sé cuidar y él lo sabe. Mi mamá me llevaba a las marchas del 11 de septiembre cuando yo era chica. Salgo de mi casa con mi botella, al principio iba acá a la plaza de la comuna, pero después pensé que no podía quedarme ahí porque cada vez había menos participación territorial y me empecé a ir a Plaza Italia.

-¿Por qué siempre grabas todo cuando estás en una manifestación?

-Siempre grabo todo por si algún día alguien necesita evidencia, como hubiese querido que pasara en mi caso cuando me llegó el chorro del guanaco y me provocó estas heridas. También transmito las marchas en vivo, por mi cuenta de Facebook, para que todos sepan lo que está pasando.

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-¿Militas en algún partido?

No, nunca he militado. No le creo a ninguno. Tengo mis simpatías con el alcalde de Recoleta, Daniel Jadue. Cuando nos encontramos con él en la calle, lo saludamos. Se saca fotos con todo el mundo. Creo que alguna vez pensé en ser comunista, pero con el tiempo me di cuenta de que soy socialista. De todos modos, no pretendo militar.

-Llevamos casi tres meses de movilizaciones, ¿en qué momento pasas de venir solo con una botella a ponerte un casco?

-Mira, empecé con mi botellita de agua con bicarbonato. Después, añadí una mascarilla. Luego, cuando aparecieron los heridos con daño ocular, me compré lentes de seguridad. Yo iba con mis amigos al principio y no pasábamos más allá de Plaza Italia. Esa era nuestra zona de confort porque no todos tienen la fuerza para ir donde está el conflicto mismo. Con el tiempo, empezó a venir mi hermana y estábamos bien equipadas, por seguridad personal.

-¿Qué es lo más fuerte que recuerdas haber vivido junto a ella en las protestas?

-Un día nos encontramos con que atropellaron a Óscar Pérez. A ese joven lo aplastaron entre dos zorrillos (carros lanza gases). Recuerdo que llovían lacrimógenas y aún no tengo claro si fue una de esas o una piedra, pero algo rozó a mi hermana, le hizo un tajo en la cabeza y tuvimos que ir a los primeros auxilios.

Llegamos al Cine Arte Alameda, donde había un grupo ayudando heridos. Ahí nos encontramos con Óscar que estaba en el suelo, pero sobre una camilla. La gente le pedía que, por favor, no se quedara dormido.

Tuvimos que esperar la ambulancia ahí y no se podía salir del lugar, no era nada fácil porque los pacos estaban esperándote afuera, aún cuando sabían que solo éramos heridos. Cuando la ambulancia pudo llegar, después de esquivar todas las barreras de carabineros que hacían lo imposible por impedirles avanzar, nos llevaron a Óscar, a mi hermana y a mí, hasta la Posta Central, ahí le suturaron la cabeza con seis puntos a ella y a Óscar no lo vimos más. Luego de ese episodio empezamos a ir con casco, además.

-¿Por qué llegaste a asistir a la primera línea?

-Me pongo al lado de la primera línea porque los gasean, les tiran agua y a veces salen en estado de shock. Cuando voy con mi hermana les preguntamos qué necesitan y los ayudamos cuando salen en los primeros instantes. “Gracias tía, no se preocupe por nosotros”, me dicen. Después vuelven a la pelea, tienen un coraje increíble.

-¿Crees que ha cambiado la percepción del “encapuchado”?

-Sí, porque la primera línea se empezó a hacer famosa ahora. Antes los encapuchados eran los que dejan la cagá’. Recuerdo cuando iba a las marchas del 11 de septiembre y les decía que se sacaran la capucha, que fueran valientes. Ahora los miro de otra forma porque no son solo cabros de 18 ó 20 años, hay un mundo detrás de la primera línea.

-Explícame ese mundo.

Los hueones tienen una gallardía inconmensurable. Una fuerza que no sé de dónde la sacan porque están ahí y los mojan con esta agua que no sé qué cresta tiene. Hacen su fogata para secar su ropa, se preocupan de los demás.

La otra vez hubo una encerrona, se cayó un banano y no pararon hasta que encontraron al dueño. Se vive una solidaridad absoluta, están desde los piqueteros (que rompen la calle para sacar proyectiles de asfalto) hasta los que llevan agua, los que están adelante, los que llevan comida, los que recogen las piedras para volver a ocuparlas. Es todo un mundo.

-¿Los conoces?

-Llevamos tres meses en esto y no hemos dialogado mucho, pero creo que entre ellos ya se conocen. Antes de salir a la calle hacen un ritual. Cantan, hacen ruidos y luego se toman el espacio. Son compañeros, se cuidan, se valoran, la gente cree que son todos delincuentes. pero no. Yo diría, por lo que he podido ver y conversar, que son personas entre 18 y 60 años, hombres y mujeres.

Entre ellos hay gente muy educada. Hay hombres que son regios, estupendos. Otros son más lana (hippies). Hay algunos que llegan de terno y se cambian de ropa acá. Hay mujeres que hacen lo mismo, llegan de vestido y taco alto, se los sacan y las ves salir a la calle con láser.

-¿Qué les dices a tus hijos por la situación que vives día a día en la calle?

-Trato de contarles todo. Al chiquitito le reservo algunas cosas, como cuando hirieron a mi hermana en la cabeza o esto mismo de las heridas que me causó el guanaco. Lo hago porque después va y le cuenta todo a mi papá y, obvio, un papá siempre es papá, es decir, se asusta y se preocupa. Mi mamá fue más chora, mi papá también es de izquierda, pero muy pacífico, el cuestiona todo. Yo le digo que apague la tele, porque cree que las cosas son terribles, pero no es así.

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-Dices “fue más chora”. ¿Qué pasó con tu mamá?

-Ella falleció hace diez años. Lo de salir con mi hermana es su legado. Cuando éramos más chicas nos llevaba a las protestas, a esas marchas del 11 de septiembre, sobre todo. Ella nos hacía sentir seguras, nos explicaba lo que pasaba y nosotros sabíamos que no iba a pasar nada. Vimos y vivimos su valentía, crecimos con su seguridad y lo replicamos. Su corazón siempre, siempre, nos enseñó a no ser individualistas, a creer en la justicia social y a no pensar que somos mejores que los demás. O sea, si a mí me va bien y al otro no, tengo claro, gracias a ella, que es mi deber apoyar al de al lado.

Murió el 13 de diciembre del año 2009, ese día fueron las elecciones entre Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Sebastián Piñera. Recuerdo que hablamos por teléfono a eso de las siete de la tarde con 10 minutos. Estaban dando el primer cómputo y lo último que me dijo cuando hablamos fue “este ladrón de mierda, no puede salir presidente”. Fue la última conversación que tuve con ella.

A los 15 minutos de eso, mi papá me llama y me avisa que mi mamá tuvo un derrame cerebrovascular. Nosotros pensamos que, como ella sabía el prontuario de Piñera, se desesperó. Para ella no era un juego la política. De repente pensamos que tal vez eso le afectó, pero si ese día no hubiesen sido las elecciones, tal vez también hubiese muerto. Tenía 59 años.

-¿Crees que estaría marchando contigo si no hubiese tenido ese final?

-Sí, estaría marchando conmigo ahora. Lo más probable es que sí. Cuando mi mamá empezó a envejecer, no íbamos con ella a las marchas porque no corría como antes. Llegábamos a la casa y se enojaba porque no la llevábamos.

Mi mamá se quedaba ahí cuando los pacos llegaban. Se ponía delante del guanaco. Ella nos enseñó a no tener miedo y que no nos pasará nada si no hacemos algo para que pase. Ahora, en cambio, creo que los pacos están locos.

-¿Puedes definir “locos”?

Sí. Cada viernes he vivido algo diferente. Al principio veía cabros con ocho balines incrustados en el cuerpo. Luego empecé a avanzar a la primera línea y vi un chico al que le destrozaron el cráneo con una lacrimógena. He visto, también, gente con ojos reventados, pero a veces impacta más ver a los que están pa’ la cagá ahí, adentro del enfrentamiento. Ellos salen casi arrastrándose y luego vuelven a meterse para proteger a la gente de los carabineros.

Yo normalicé ver heridos y eso está mal. He visto tantos, que para mí todos son impactantes, pero a veces los que quema el guanaco, como el que rogaba que le sacaran la ropa, te impacta el doble. Él parecía chancho entrando a matadero, gritaba desesperado, estaba mojado entero. Todo eso es una violencia policial que no había visto antes.

-¿Has ido con tus hijos a protestar?

-Cuando esto empezó, sí. Iba con el grupo de baile de mi hija mayor a la plaza de la comuna. Un día nos gasearon y ahí le conté lo que iba a sentir con las lacrimógenas. La abracé. Tiene 11 años. En ningún momento se desesperó porque le expliqué. Se sintió segura. Mi mamá también nos explicaba todo y nos decía “no tengan miedo porque están con la mamá”.

A Plaza Italia no la he llevado nunca, porque ella veía la violencia en la tele y me preguntaba cómo pueden dormir los carabineros sabiendo que se comportan así. No la voy a exponer a eso. Tal vez, respondiendo a su pregunta, pienso que ellos deben llegar cansados a sus casas, pero pensando que hicieron lo mejor por su país.

-¿Hay alguna experiencia que te haya angustiado?

-Claro que sí. Un ejemplo habitual es cuando los chicos no saben cómo devolverse a sus casas. A veces van con los amigos a marchar y no tienen más de 14 ó 15 años. He tenido que acompañar a varios a buscar micro. En ellos mismos veo que hay intenciones y ganas de manifestarse, pero tienen terror de que les pase algo. La realidad es que no tienen por qué vivir estas cosas, los niños no deberían tener miedo de expresarse.

Aquí muchas cosas te provocan angustia y hay que ser fuerte porque esto te jode la cabeza. Los viernes me tomo una pastilla para dormir y un relajante muscular entero, en ocasiones, porque llego tan tensa después de ver tanta violencia, tanta injusticia, que sueño puras estupideces.

-Dime con qué sueñas.

Uf, sueño que me sacan los ojos, eso es terrible. También que los pacos me siguen por el Parque Forestal y yo trato de correr. Trato de escapar.

***

*Al 18 de octubre de 2020, Gabriela se ha incorporado paulatinamente a funciones propias de los primera línea. Hoy es habitual verla con un bidón de cinco litros en el que guarda agua con bicarbonato para neutralizar las bombas lacrimógenas en su interior. “Las lanzan a la gente y yo las recojo para que no les hagan más daño. Lo hago usando los guantes que antes ocupaba para jardinear. La primera vez que agarré una, esta cayó en mis pies y fue como una señal. La tomé con los guantes, no tenía mascarilla ni lentes y quedé pésimo, pero me sentí muy bien cuando vi que se había apagado”, recuerda. Asegura que gran parte de las personas que cumplen esta misma función son mujeres de todas las edades.

No se siente sola.

Fuente: https://libreedicion.cl/2020/10/23/mama-primera-linea-chile-estallido-social/?s=09

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