Los Sonámbulos: un film a tono con el espíritu de nuestro tiempo

Machismo domésticio

La desmasculinización del mundo está en marcha; es, sin duda, un imperativo indetenible de justicia; la protesta de algunos a baja voz sobre películas que abordan el ejercicio del machismo en sus diversas vetas es ya un lugar común; el tópico irrita e incomoda, y es así que no faltará el desdén irreflexivo frente a ciertas películas que elijan este tema candente como centro narrativo. El discurso del macho, que no es prerrogativa de los hombres, no tardará en adjudicar en cada caso la sospecha de oportunismo.

La quinta película de Paula Hernández ciñe su relato al machismo. Dicho así, solamente, se perdería la variante del caso. Es una forma distendida, acaso cool, del machismo, propio de una clase media intelectual en la que la ejecución del poder luce menos evidente. El goce del dominio del otro está en la entonación y el uso de palabras y asimismo en la administración ya no solamente del dinero, sino también del capital simbólico. Un buen ejemplo: en el imaginario de los hombres de Los sonámbulos, al personaje de Érica Rivas le corresponde traducir a otros, no escribir su propia literatura, una versión menos ostensible del ama de casa abnegada lavando platos y planchando camisas

Los sonámbulos, Argentina-Uruguay, 2019.

Escrita y dirigida por Paula Hernández. 

El relato se circunscribe a un encuentro familiar en una quinta durante las vísperas de las fiestas de fin de año. Llegan los padres con sus hijos, no todos acompañados por sus esposas; ahí los espera la madre de estos, una mujer que lleva muy bien su viudez y asume su papel de abuela en tanto que tiene poder sobre las posesiones familiares. De la interacción familiar no se puede esperar otra cosa que diálogos indirectos en los que se pueden entrever rencillas y resentimientos, también afecto y una memoria compartida. El destino de la quinta es motivo de controversia, y en menor medida, la empresa de publicaciones que es también propiedad de la familia. Los más jóvenes del clan están en la edad de la inestabilidad, la adolescencia, y la libido que inviste la conducta juvenil no reconoce del todo los tabúes característicos que delimitan la seducción entre aquellos que comparten un mismo código genético.

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En estas coordenadas, Hernández despliega un conjunto de situaciones domésticas impregnadas por formas de dominación microscópicas. La administración de la palabra y la elección del vocabulario es ejemplar; las discusiones entre Luisa (Rivas) y su marido, Emilio (Luis Ziembrowski), tienen precisión y transmiten una inacabable batalla asordinada entre ellos, acaso mucho más siniestra que el evento elegido por Hernández para coronar su retrato y su repudio, comprensible elección y destino lógico, aunque tal vez no del todo en consonancia con el minucioso trabajo de climas y sugerencias que domina todo desde un inicio.

Y a propósito del comienzo, no se puede dejar de proferir unas palabras de encomio. ¿Es una pesadilla? La secuencia no es onírica, pero está en sintonía con el estado ausente de subjetividad de uno de los personajes. La madre despierta en la noche, la joven adolescente camina por la casa; la cámara y el trabajo sonoro operan como un puente entre ellas; es una secuencia alucinante, un momento de cine que está más allá de la evolución del relato y que permite confirmar que la directora ha iniciado una nueva etapa en su carrera. He aquí otro triunfo femenino. Otra directora deja su huella en una cinematografía como la nuestra, en la que las mujeres filman mucho y van dejando su impronta. Esta es otra batalla, y Hernández ayuda con sus planos a vindicar la igualdad, cuando no la superioridad, de las mujeres detrás y frente a cámara

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en el mes de noviembre de 2019.

Fuente: con los ojos abiertos

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