“Onda conservadora” y elecciones municipales en Brasil

El domingo pasado ocurrieron los comicios para elegir a los intendentes de los 5.570 municipios de Brasil y a sus 57.000 concejales. Vamos a repasar el mapa de los resultados, que indican un crecimiento de los votos a pequeños partidos de derecha, de formación reciente, y la disminución del desempeño de los partidos que dominaron la escena institucional desde el fin de la dictadura. La explicación que se viene dando para estos resultados, que se afirman desde el golpe parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff y, después, con la elección de Jair Bolsonaro, un fascista, para la presidencia de la república es la de una “onda conservadora”. Pretendo describir la naturaleza y raíces de esos cambios que se expresan electoralmente, para después presentar los resultados del nuevo mapa electoral.

¿De qué se habla cuando se dice que hay una “onda conservadora” en Brasil?

En primer lugar, es notable la exacerbación de las formas explícitas del orden racista y patriarcal en la sociedad. Pero eso no ocurre sólo en Brasil. En el mundo vemos grupos conservadores que prosperan como resultado de la decepción con la promesa democrática de acceso al patrón de consumo propuesto en la postguerra. En América Latina, vivimos ciclos en los cuales se apunta para el ingreso de amplios sectores a nuevos patrones de consumo, para después negar la entrada a las grandes mayorías. Vivimos recientemente uno de esos ciclos que coincidió con los dos primeros gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) y parte del tercero. Durante ese período se continuó con la flexibilización de las relaciones laborales iniciada en la última década del siglo XX, al mismo tiempo en que se ampliaron las políticas compensatorias, las de acceso al crédito para consumo directo y las de acceso a la educación superior, que hizo pasar la escolaridad superior de 9% a 17%.

Esas políticas, por sí mismas, no permitieron ampliar el ascenso social al que apuntaban. Tenían el techo de la flexibilización laboral y el deterioro del salario junto con la reprimarización de la economía con énfasis en la industria extractiva y el agronegocio. La expectativa masiva frustrada comenzó a manifestarse en 2013, con manifestaciones para las cuales la izquierda institucional no presentó alternativa. La frustración generó un resentimiento generalizado, y la exclusión del paraíso prometido fue atribuido a las políticas compensatorias que atendieron a aquellos que “poco se esforzaron”, vistos como un agujero sin fondo por donde se van las ilusiones de los que se juzgan “con mérito”.

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Hay una utilización, desde arriba, de esa fuerza social del resentimiento, con objetivos desestabilizadores y destructivos. Desestabilización y destrucción necesaria para integrar intensamente los territorios a las nuevas cadenas extractivas. Es un recurso diferente al que fue utilizado en las décadas del ’60 y ’70 en nuestra región, de contrarrevoluciones preventivas para desarticular posibles resistencias al nuevo patrón de dominación que se implantaría a partir de esos años. Ahora se cuenta con esa fuerza social para provocar un estado de desestabilización permanente y destrucción irreversible del orden anterior. Lo que está siendo destruido no es sólo el surgido después de la dictadura, con el marco legal registrado en la Constitución de 1988. Se trata de la ruptura de todo pacto de clases que contemple derechos para las clases trabajadoras y los territorios.

Las elecciones como registro instantáneo

Dentro de ese contexto, las elecciones vienen siendo un registro indirecto de estos procesos sociales más profundos. Uno de los datos a considerar es que el porcentaje de abstenciones y los votos blancos y nulos fue el mayor de todas las elecciones hasta ahora: 30%, lo que puede atribuirse a la pandemia.

Otro dato importante es que viene cayendo el apoyo electoral a la izquierda institucional. En las elecciones de 2012 el PT, el Partido Solidaridad y Libertad (PSOL) y el Partido Comunista de Brasil (PCdoB) conquistaron 21.688.830 votos; en 2016, 10.883.557 votos; y en 2020 sumaron 10.433.119 votos. El PT conquistó unos 7 millones y había obtenido 6,8 millones en 2016; PSOL 2,2 millones y tuvo 2,1 en 2016 ; PCdoB 1,2 millones y en 2016 tuvo 1,8. Entre los tres, 10% del total de votos válidos.

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De los 5.570 municipios, el PT conquistó 175 prefecturas, el PSOL 4 y el PCdoB 57 en la primera vuelta. Para la segunda vuelta, el PCdoB es segundo en la capital de Río Grande do Sul; el PSOL es segundo en la capital de San Pablo y primero en la capital de Pará. De los 57.000 concejales, el PT obtuvo 2.600, el PSOL 88 y el PCdoB 678.

Los partidos que están contra Bolsonaro en total ganaron 23,5 millones de votos, entre los de esos tres partidos considerados de izquierda y otros considerados de centro. Son 23% de los votos válidos. Es decir 77 millones de votos válidos fueron para partidos de derecha.

El paisaje partidario de las últimas décadas, que equilibraba el PT y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y los pequeños partidos “de alquiler” inclinando la balanza para el lado del PT o del PSDB, ya no existe más. El PMDB obtuvo 11 millones de votos, cuando en las elecciones de 2016 obtuvo 15 millones. El PSDB pasó de 17,7 millones en 2016 a 10,7 millones en 2020.

El desempeño de los partidos del denominado “centrão”, en cambio, mejoró sus resultados. El PSD pasó de 8,2 de votos en 2016 a 10,6 millones este año. El DEM pasó de 5 a 8,3. Progresistas pasó de 5,7 a 7 millones.

En el último período fueron lanzados muchos partidos de derecha que pretendían capitalizar el apoyo a Bolsonaro (actualmente sin partido). El presidente llamó a votar por 45 concejales, de los cuales sólo 10 ganaron, y por 13 intendentes, de los cuales sólo fueron electos 4. Esos nuevos partidos de derecha, para sobrevivir (tener horario de propaganda televisiva y recibir recursos públicos), precisan ganar elecciones. Abrieron sus listas de candidatos para quien quisiese. El resultado fue el ingreso a esos partidos de gente que simplemente quiere comenzar su carrera política profesional, algunos, inclusive, provenientes de movimientos sociales, sin mucha preocupación con la ideología expresada por la agrupación.

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Lo que hay para hoy

Esa atomización llevó a coligaciones locales muy sorprendentes en algunos municipios, con candidatos que van del PT a la ultraderecha bolsonarista. Esto se vio favorecido por una campaña que tuvo pautas locales asociadas a las pequeñas políticas públicas. Fueron campañas sin mucha diferenciación, ni siquiera en una estética que las asociase a las tradiciones partidarias anteriores. Y, del punto de vista programático, la izquierda institucional tendió a levantar propuestas de políticas públicas identitarias y evitó “asustar”. El propio Boulos, que se lanzó a la actividad política desde el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST), asociado, por lo tanto, a las ocupaciones de tierras para vivienda, que aparecía como el más radical de los candidatos a intendente, hizo una campaña más dedicada a desmontar esa imagen.

Los partidos de la izquierda institucional actúan más como comités electorales que como organizadores de las luchas populares. Su relación con los movimientos sociales tiende a tornar estos últimos mediadores en la demanda de políticas públicas cada vez más puntuales. Presos que quedaron a la táctica de ocupar espacios institucionales y desde allí “acumular fuerzas”, lo que era formulado como táctica es hoy claramente una estrategia a la cual cualquier acción está subordinada. Ninguno de esos partidos propone algún proyecto societario diferente del vigente. Las revueltas provocadas por las catástrofes del extractivismo, de las expresiones abiertas de la guerra civil latente contra la población que aparecen en la forma de violencia policial contra la población negra de la periferia, a la violencia machista, la respuesta de las organizaciones formadas en el período anterior sólo da cauce institucional, de demanda por políticas públicas, insistiendo en tropezar en la misma piedra.

Por debajo, y en el contexto de la pandemia, fuera de las luchas electorales, se amasan relaciones de solidaridad y mutualidad. Sin mucho barullo y lentamente, los de abajo rehacen sus redes.

Fuente: dariovive

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