Dossier. Golpe de Estado y recuperación del gobierno en Bolivia: un debate abierto sobre Nuestra América en disputa

El 10 de noviembre de 2019 se consumó un golpe de Estado en Bolivia, el país con mayor crecimiento y uno de los más estables de la región en los últimos tiempos. Este no es un dato menor pues, con modelos distintos, casi opuestos en el arco político, era difícil sospechar que Chile y Bolivia protagonizarían los conflictos continentales del año que pasó. En nuestra región, sabemos, no hay nada sólido ni para las derechas ni para las izquierdas, son tiempos de disputa.

Bolivia atravesó el aluvión neoliberal de fin de siglo de la mano, entre otros, de Hugo Banzer y Gonzalo Sánchez de Lozada, con su consabido corolario de miseria y despojo. Pero el corazón andino partía aún desde más atrás: sus tasas de pobreza, de desempleo, de desarrollo de infraestructura de todo tipo, se encontraban en el último peldaño del saqueo de Nuestra América. Sin embargo poseía ya una de las historias de lucha más ricas del continente, con la revolución de abril de 1952 como cúspide. Por su historia del siglo XX pasaron la “democracia de las trincheras” de la Guerra del Chaco que reconfiguró y rearticuló el sujeto popular, el “socialismo militar” de Toro y Busch, las reformas de Gualberto Villaroel, el presidente colgado, el doble poder del Movimiento Nacionalista Revolucionario y la Central Obrera Boliviana, con el histórico dirigente Juan Lechín a la cabeza, el Che Guevara y su tumba cavada a fuerza del pacto militar-campesino y la traición, las nacionalizaciones del presidente J.J. Torres, secuestrado y asesinado por la dictadura de Videla en Argentina, Marcelo Quiroga Santa Cruz, su lucha ejemplar y su vida desaparecida, y tantas otras gestas contemporáneas de un pueblo que nunca ha dejado de luchar.

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Todo ello en un país en muchos aspectos excepcional, con una gran permanencia de las culturas indígenas que configuran una economía en la que, siendo el capitalista el modo de producción dominante, no es menor la presencia de relaciones sociales de producción de otra naturaleza, donde los lazos de producción familiar, en que unos cultivan en parcelas rurales y otros venden informalmente en las ciudades (es decir, con posesión de un medio de producción) no han sido del todo cortados. Un país donde la globalización no ha logrado terminar de imponerse, donde perviven otros colores, otros aromas, otras acciones cotidianas, otras maneras de ser en el mundo, todo lo que, por supuesto, influye en las formas de organización, de lucha y de hacer política.   

Evo Morales llegó al poder en 2006 tras protagonizar junto (y separados, pues tuvieron más enfrentamientos que encuentros) a Felipe Quispe, las luchas contra las privatizaciones del agua y del gas. Pero, a diferencia de El Mallku Quispe, Evo logró articular buena parte del movimiento sindical y del movimiento indígena, tomando como núcleo las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba. Y es que su mayor fortaleza política parece radicar justamente en su capacidad articulatoria desde su condición de indígena-sindicalista, o de sindicalista-indígena.

Flanqueado por Álvaro García Linera, su gobierno presentó grandes logros al mundo entero, huelga repetir aquí el crecimiento económico, la redistribución de la riqueza a partir de las nacionalizaciones, el descenso de la pobreza y la indigencia no igualado por ningún otro país americano, y el desarrollo de infraestructuras de todo tipo. Pero no se trata solo de tasas, su carácter transformador pasa también por un cambio de la situación de clase/etnia, aspectos imbricados en la vida andina. De limpiar los pisos, de abrir las puertas, de servir las copas del Palacio Quemado, los indígenas pasaron rápidamente a ser funcionarios, gobernadores, presidente; y la propia condición indígena pasó de ser un factor inamovible de explotación a uno de ascenso. Los sectores medios y altos, los cara pálida, beneficiados también por el crecimiento económico, reaccionaron quizás como a ninguna otra a esta transformación.

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Pero no fueron tampoco menores los límites de estos casi catorce años de gobierno. La matriz productiva primaria y extractivista no fue modificada en absoluto, más allá de su distribución, y es difícil pensar una transformación sistémica sin su superación. A su vez, se produjeron procesos de “estatización” y concentración de la lucha y la política en sí a través del Estado, en detrimento del protagonismo de los movimientos sociales que habían llevado a Evo al poder. Atado a ello, la incapacidad de (o resistencias para) superar los rasgos de personalismo del proyecto político del MAS llevó a impedir la emergencia de de producir recambios, nuevos liderazgos y protagonismos, a la necedad de persistir en una postulación de Evo Morales aún en contra de la constitución que él mismo había impulsado y, agravando la situación, en contra de un plebiscito que también impulsó y perdió.  

Mas el golpe, claro está, no fue contra sus defectos si no contra sus virtudes. Con innegables impulsos externos, pero también con la oportunidad que dieron los últimos errores propios (el peso de estos factores fue uno de los debates centrales al menos fuera de Bolivia), el golpe fue de una contundencia arrolladora que no encontró (anótese otra falencia) plan alguno de resistencia desde el gobierno. Bajo amenazas y secuestros de funcionarios y familiares, y gracias quizás a la única acción anotada en el haber de la política exterior argentina, Evo y Álvaro se refugiaron en nuestro país, mientras un proceso de movilizaciones, resistencias y masacres se desarrollaba en Bolivia ¿Con qué estrategias y acciones resistir la dictadura? ¿Hasta dónde movilizar frente a un gobierno de facto bien dispuesto a la represión? ¿Podía confiarse en unas elecciones organizadas por los golpistas? Nuevos debates y acciones atravesaron Bolivia y toda la región. Con el diario del lunes, Evo y quienes lideraron la estrategia parecen haber tenido razón, la unidad se mantuvo, incluso se produjeron nuevas articulaciones, y las elecciones fueron ganadas con una contundencia que nadie podía esperar. Pero el triunfo electoral no hubiese sido posible sin esa capacidad de resistencia de calle, sin esa reactivación de la adormecida movilización indígena, sindical, política. De hecho, las propias elecciones tuvieron finalmente fecha ante un bloque masivo que no estaba dispuesto a un nuevo aplazamiento.

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Desde ContrahegemoníaWeb creemos entonces que lo sucedido en el corazón de los Andes debe dejarnos un acumulado de experiencias, lecciones y debates para quienes queremos transformar este mundo de raíz. La agenda es diversa: extractivismo, despatriarcalización, resistencia, organización y construcción de poder popular… Con ese espíritu lanzamos el dossier “Golpe de Estado y recuperación del poder en Bolivia: un debate abierto sobre Nuestra América en disputa”, recopilando algunas de las notas publicadas más significativas, junto a nuevas producciones que actualicen la visión de lo sucedido desde una mirada crítica y abierta al aprendizaje. A ello les convidamos.

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