El golpe en Bolivia desde Argentina: la izquierda, la intelectualidad y la (auto) crítica

Desde el inicio de la crisis política en Bolivia, que derivó el domingo 10 de noviembre en golpe de Estado, un enérgico debate atravesó a la izquierda, la militancia y la intelectualidad argentina. Si bien es cierto que la denuncia al golpe fue unánime, los peros -al principio o al final de la denuncia- respecto de la gestión y con ella de la responsabilidad del propio Evo y del MAS en llegar a este punto, produjeron interesantes y a veces enconados intercambios en los ámbitos militantes y académicos. Creemos entonces que si desandamos la punta del ovillo podemos encontrar debates de larga data sobre los procesos de transición, la crítica, la militancia, el Estado, la revolución, la intelectualidad y tantos aspectos más que esperamos aquí aunque sea enunciar. La ciencia social no puede experimentar, no puede generar en el laboratorio las condiciones exactas de un fenómeno, por ello es en los tiempos convulsionados donde tenemos la obligación de afilar la mirada y extraer las conclusiones más acabadas posibles. La historia viva es nuestro laboratorio crítico, pero se conjuga con las pasiones, acciones y responsabilidades de un proceso en marcha. El desafío es entonces doble, valga este ensayo como una aproximación.

Las posiciones, los debates

Sin ánimo de personalizar, pero sin posibilidad de eludirlo, repasaremos algunas posiciones esquemáticas respecto del golpe de Estado y, a partir de ellas, las discusiones que podrían derivarse.

1)
Una primera mirada a atender es la del trotskismo argentino, ciertamente uno de los más desarrollados del mundo a partir del Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad (FITU). Si bien suele haber matices en sus planteos, en este caso creemos que las posiciones de las distintas organizaciones que lo componen pueden sintetizarse a grandes rasgos como una sola. En este sentido, la condena al golpe fue inmediata, pero también la crítica constante y opositora a la gestión del MAS.

Entendemos, en primer lugar, que su posición parte de una esencialización del “deber ser” que podría considerarse doble: el de la teoría, basada en la obra de León Trotsky (y sus continuadores siempre y cuando no modifiquen prácticamente nada de sus decires) como única válida para el proceso revolucionario, incluso para ser considerado “de izquierda”, aplicado por ejemplo en la mirada de “revolución deformada” cubana; y el de la posición esgrimida por su partido desde una lectura no ya teórica si no netamente política, de ubicación en el tablero, de construir y acumular siempre y por sobre cualquier coyuntura desde una crítica “a la izquierda” de lo que sea que se analice, un paso más allá. Ambas están muy relacionadas, y constituyen una forma de acumulación que ciertamente suele tener algunos réditos, pues toda posibilidad de poder, de negociación, de construir por fuera de la propia y cercana constitución ideológica, es vista como una desviación de lo que debe hacerse, una falta a los principios, y nadie quiere faltar a los principios. Pero esta posición no tiene fin, pues, si no se coteja con la posibilidad de poder, siempre se puede llevar adelante la misma operación, lo que produce una dinámica de “correrse por izquierda” unos a otros hasta llegar a pequeñas organizaciones (pienso fuera del FITU) un tanto reñidas con la base objetual que se describe. Así, no es posible prestar apoyo a proceso alguno, “bajar” la idea inmanente socialista a un anclaje en el presente, y el caso Boliviano simplemente y más allá de lo que haga, es objeto de cuestionamiento: se ha de desviar, necesariamente, del deber ser.

Una segunda cuestión a señalar de esta posición, común al trotskismo, es la esencialización de la condición de clase, en este caso la “disputa interburguesa”. En la totalidad de los procesos de cambio, de disputa ante la derecha neoliberal que se da en el continente, todo conflicto es visto como una lucha entre unos capitalistas y otros capitalistas de la que los trabajadores y trabajadoras no deben formar parte. “Por una salida independiente de los trabajadores” es casi un eslogan esgrimido ante cada coyuntura, sin importar las fuerzas que se enfrenten en su amplia estructura, los clivajes cambiantes que conllevan  muchas veces intereses mayoritarios detrás, la composición del movimiento social, o las diferencias evidentes de transformaciones, objetivos, e incluso origen de clase entre por ejemplo el caso venezolano y el argentino. Cierto es que vivimos un momento de auge académico del “posmarxismo”, donde los análisis discursivos están a la orden del día, desprendiéndose cual lastre del pasado de la compleja relación entre “estructura” y “superestructura” que le propio Marx desarrolló en sus análisis políticos, como en el 18 brumario. Ello, veremos, conlleva además a disminuir horizontes de transformación hasta un centímetro del suelo, subsumiendo toda lucha a la disputa entre los dos partidos mayoritarios de cada coyuntura. El equilibrio es difícil, pero esta esencialización que conlleva el “ni con ni con” parece colocar un techo muy bajo a la posibilidad de expansión y disputa de sentidos de estas corrientes de la izquierda, a la posibilidad de irradiar más allá del núcleo y disputar poder, a la posibilidad de representar intereses de las mayorías populares que sí, muchas veces, están en juego, generando además una insalvable contradicción con las decisiones parlamentarias que llevan adelante en “representación” de aquellos a quienes pidieron su voto. Y claro parece también menguar riqueza a los análisis políticos desde sus intelectuales más representativos.

Finalmente, relacionado al primer punto, está la cuestión crucial del adversario. Evo (o cualquier movimiento que se analice) cedió ante la oposición, negoció, traicionó, no fue hasta el final. Desde esta mirada la oposición debe ser aniquilada, pues se niega la posibilidad de negociar ¿Puede “liquidarse” al adversario? ¿Cómo? ¿Las fuerzas son suficientes? ¿Todas las batallas deben ser llevadas hasta el final? ¿Se tiene la certeza de vencer? ¿Sirven los logros parciales? ¿La disputa de posiciones? Esta izquierda mengua entonces la necesidad de cotejar el “deber ser”, el programa, con la posibilidad de poder. Por lo demás, la hegemonía implica irradiar, expandir el poder/núcleo de una clase hacia otras, construir en la esfera ideológica; la hegemonía implica negociación no mero aniquilamiento. Y, al menos por ahora, parecemos atravesar tiempos de hegemonía.

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2)

Una segunda posición en juego en el debate sobre Bolivia es la de la “izquierda intelectual antiextractivista y republicana”, por colocar rótulos incómodos e injustos que ya circulan en el campo, pues no se nuclean en una estructura política o una sola variante ideológica como en el caso anterior. Sin duda dos de sus exponentes más importantes son Maristella Svampa y Pablo Stefanoni, ambos con fértiles estudios sobre Bolivia desde hace ya mucho tiempo. Aquí el esfuerzo intelectual está puesto en la solapada (o no tanta) culpabilidad del propio Evo en su caída. Esto respondería a dos causas fundamentales, empecemos por la cuestión republicana. Con énfasis en la dinámica política, los escritos de Stefanoni –en el opuesto a la esencialización de clase recién analizada- dan a entender que es en esa esfera donde radican las causas del golpe: El MAS no produjo recambios que generen nuevos liderazgos, Evo y Álvaro intentaron eternizarse en el poder alterando las instituciones que en algunos casos ellos mismos habían creado (asamblea constituyente mediante), realizaron un pésimo cálculo respecto del socavamiento de su poder implementando un referéndum que los habilite a un nuevo mandato, lo perdieron, participaron igual de las elecciones, y este autoritarismo, verticalismo, personalismo, llevó a un levantamiento con componentes populares que fue aprovechado por la derecha más recalcitrante. Mucho para pensar se desprende de aquí. En primer lugar, en el detalle, se omite que dicho referéndum fue alterado por una feroz campaña mediática que (entre otras cosas) inventó un hijo a Evo Morales con un fuerte impacto social, desmentido pocas semanas después. Es decir ¿hay un juego democrático justo en la configuración de los Estados Nacionales (aún con los cambios de la plurinacionalidad) y sus estructuras institucionales si tenemos una manipulación mediática permanente y una intervención externa evidente? Y dando un paso más ¿tiene un sistema la legalidad necesaria para su transformación? ¿Es válido desde la izquierda, desde quienes pretendemos cambios profundos, ampararse en un juego republicano maniatado? Pero además, el análisis meticuloso de las formas republicanas de un gobierno de izquierda tiende a hacerse eco de las muchas veces absurdas acusaciones de autoritarismo con las que “la tierra de la libertad” estadounidense ha construido su hegemonía, así como de los informes sobre Derechos Humanos esgrimidos desde el norte y sus aliados del sur en base a hechos reales de todos nuestros países, pero también a mails de la oposición y masacres de derecha bajo la alfombra.

Siguiendo con este punto, y más allá de las injusticias de la arena política que no parecen cotejarse con igual ponderación, ¿puede esencializarse el juego político como factor explicativo? ¿Y qué sucede con los poderes extra estatales? Esta posición tiende a omitir en buena medida al adversario: primero porque si se cae es porque algo se hizo mal, se infiere de la derrota un error en el origen cual si los otros jugadores no tuvieran también posibilidad de vencer más allá de nuestras acciones. Y segundo y fundamental porque se ignora o menoscaba la intervención externa: aquí casi no hay imperialismo, intereses estadounidenses, USAID, embajada, CIA, OEA, geopolítica, es la dinámica interna la que debe analizarse. Negando la absolutización del imperialismo como factor explicativo, parece anclarse al otro lado de la orilla: su casi intrascendencia.[1] Además, como paso al siguiente tema, se ve una contradicción que debe analizarse: es este mismo sector el que privilegia la crítica hacia los gobiernos progresistas a partir del saqueo de la naturaleza y el extractivismo. Pero ese extractivismo es justamente una composición imperialista, es decir es hijo de una ya larga División Internacional del Trabajo que nos constituye en productores de materia prima para los centros desarrollados. La composición empresarial extranjerizada y la institucionalidad política derivada de esta condición hacen a un sistema diseñado desde afuera ¿cómo menospreciar entonces la intervención externa y el imperialismo para analizar un país como Bolivia?
Respecto de esta crítica al extractivismo, más centrada en Maristella Svampa, pero también en otros sectores del trotskismo y de la izquierda más “basista”, parecen en primer lugar esencializarse los movimientos sectoriales-particulares que luchan (con toda justicia, pues son quienes más la padecen) contra dichos “emprendimientos”, quienes –forzando aquí un paso más- serían el sujeto protagónico de la revolución, y despreciarse a movimientos que aun masivos no producirían cambios sustanciales si no atacan esta cuestión. Nos parece que para pensar el “sujeto” protagónico de una transformación posible, se requieren muchos otros elementos, y la masividad es uno clave.

Pero, además, nuevamente, la teoría y la posición tienen valor en sí mismo, independientemente de las condiciones. El programa parece no cotejarse, como vimos, con su posibilidad de aplicación. Una pregunta se vuelve insoslayable ¿podía Bolivia, el país más pobre, desindustrializado y con menos infraestructura de todo tipo en Sudamérica resignar el uso sus recursos naturales?  La nacionalización y explotación de los recursos fue el puntal del enorme desempeño social y económico de Bolivia por todos conocido ¿podían esperar las urgencias que, de hecho, le dieron el voto a un partido de transformación? ¿A quién votarían las mayorías en la próxima elección si no había cambio material alguno, e inmediato? Y Además ¿fue factor del desenlace? Pues más bien pareciese al revés, no combatir el extractivismo no parece una variable desencadenante del golpe, nacionalizar los recursos naturales probablemente sí. Insistimos nuevamente con aquella pregunta ¿juzgamos los movimientos solo por su programa y cuánto este se adapta al nuestro? ¿Qué sucede con la posibilidad de expansión  y triunfo? Las tesis de Pulcayato eran probablemente el programa más acorde a la izquierda más crítica, pero ¿se coteja con la disputa de poder o solo se aprecia el programa más pulido?

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De fondo hay una crítica sagaz al desarrollismo que muchos de la izquierda compartimos en tanto representan estructuras que permanecen más allá de los vaivenes políticos y cuyos impactos son muy sustanciales para muchísimas comunidades (y para el conjunto). Además, quienes cuestionamos el imperialismo y la dependencia no podemos no atacar su corazón: el sistema extractivista. Pero nuevamente creemos que no puede escindirse de las condiciones concretas de su aplicación, así como no diferenciarse los beneficiarios de dichos recursos. Parecen contradicciones insalvables, pero sobre ellas, al decir del propio García Linera, hay que cabalgar. Y ciertamente preguntarle a los gobernantes ¿qué hicieron para combatirlo?

Valga señalar, para finalizar esta posición, que aquí parece enaltecerse a la academia y a la neutralidad, a la “equidistancia”; la crítica y distancia nos volvería rigurosos, y el tomar partido nos privaría de esa seriedad; pero allí está Gramsci tan de moda que sale de abajo de las piedras.

3)

Una tercera posición crítica centrada en la antes llamada “izquierda independiente” pone el énfasis en la relación entre el Estado y el movimiento social. Quizás el gran tema de los procesos de cambio, de los procesos revolucionaros, sea el cómo articular la fuerza social, sectorial, de base, con la disputa política, estatal, universalizada. En la Argentina pos 2001 conocemos muy bien este debate. El MAS emergió como fuerza social acumulada en las disputas de calle, en el sindicalismo, en el movimiento cocalero, en el movimiento indígena (o en sectores de él) pero dio “el salto” hacia lo político, hacia el movimiento electoral que permitió la disputa del Estado. Conjugó, de otra manera pero como ya lo había hecho el MNR medio siglo atrás, al movimiento social con el movimiento político, y logró así mayoría, hegemonía. Pero, como también se advertía en nuestro país en los debates de esta izquierda, la lógica política, la lógica estatal, “te come” lo social. El propio Linera reconoció que uno de los factores de debilidad de su gobierno fue el traspaso de cuadros y sentires de la lucha social al Estado, vaciando la primera, y debilitando la correlación de fuerzas general. “El Estado es una máquina de triturar militantes” dijo Adriana Salvatierra, pues incluso al “volver” a lo social, la reinserción en muchos casos fue reñida, dificultosa, o nula. Si vamos a Venezuela, a modo ilustrativo, encontramos muy avanzada esta problemática: la apuesta a lo social traducida tras un largo proceso de comités bolivarianos, misiones sociales, consejos y estructuras de todo tipo, en las comunas actuales, enfrenta a la militancia social bolivariana en muchos casos con el propio Estado chavista. Basta ver cómo el PSUV le negó el gobierno obtenido por las urnas del municipio Simón Planas al comunero Ángel Prado, miembro de la comuna El Maizal. El poder del Estado busca subordinar al “chavismo salvaje” como lo llama Reinaldo Iturriza. Esto hace a aquellas discusiones estratégicas que marcamos al comienzo, pues en el movimiento sindical sucede otro tanto: ante un Estado dirigido por una fuerza digamos “compañera” ¿debe mantenerse la autonomía obrera o debe actuarse como brazo de poder social frente a las amenazas políticas que recibe el gobierno del Estado ante la posibilidad de perderlo? Más allá de la opinión favorable a la primera opción de quien suscribe, nuevamente parece una contradicción irresoluble, una contradicción sobre la que hay que cabalgar.

Pero, sin dudas, los 13 años del gobierno del MAS, a la vez que significaron avances inéditos tanto materiales como culturales para los sectores explotados del país, fueron también de debilitamiento de la fuerza social, de pérdidas de apoyo, de cooptación y acomodamiento. Valga aclarar sí que no se trata del simplismo de “fuerzas políticas cooptadoras” y “fuerzas sociales cooptadas” si no también de decisiones y proyectos permeables a ambos “polos”. Por ejemplo, según señalan el propio Stefanoni y Molina en revista Anfibia, se dio en esta última asonada una alianza impensable: la de Potosí y Santa Cruz, léase la de líderes mineros y Camacho ¿Cabe entonces, así como se responsabiliza al MAS en su caída, preguntarnos por la responsabilidad de las acciones de sectores del movimiento social en ella? ¿Son “limpias” las bases y “sucias” las cúpulas? ¿No se “equivocan” también los trabajadores? (véase la historia de la nacionalización de la mina Huanuni) ¿Puede el movimiento social refugiarse en la acción social y olvidar la disputa política, universalizante, estatal? Y, por otro lado, ante la perspectiva más común en la izquierda “basista”, ¿cómo se vive un proceso de revolución permanente? ¿Qué sucede cuando la lucha social decae, o se institucionaliza? ¿Es posible la movilización sin tiempo? ¿No debemos generar también nosotros institucionalidad? ¿Consolidar derechos? Mantener la autonomía de clase nos parece fundamental, pero hay aquí también cuestiones de larga data en la teorización sobre la revolución y fundamentalmente sobre la composición del Estado que hoy nos emergen y explotan en las manos.

4)
Finalmente mencionamos una cuarta posición. Se ha atendido hasta aquí a la crítica que se realizó desde la izquierda, una especie de “crítica de la crítica”, de revisar posiciones que tendieron a cuestionar al MAS y de algún modo responsabilizarlo por su propia caída. Podría leerse entonces que la crítica en un momento como este es directamente cuestionable, pero nada más lejos de nuestra intención, pues justamente, sin laboratorios, es en estos momentos en que deben extraerse lecturas necesarias para este proceso y los que vendrán; eso sí, desde la responsabilidad necesaria ante una masacre en curso. En la posición de la denostación de la crítica, del pragmatismo y la realpolitik, parece ubicarse en los últimos años un intelectual de larga trayectoria y reconocimiento en las luchas latinoamericanas: Atilio Borón. Un intelectual que ciertamente “hace escuela” y maneja instituciones, por lo que, nuevamente, no se trata solo de su persona si no de una posición extendida. Borón ha realizado ingentes esfuerzos en apoyar en muchos casos acríticamente todo proceso de cambio progresista en la región, menguando matices que el mismo establecía en obras pasadas como en su libro “Socialismo del Siglo XXI” en torno al desarrollismo, borrando las diferencias entre los distintos procesos de cambio continental, y acercándose a las posiciones del Foro Social Mundial que parece ver solo dos partes en pugna en todo el continente. Respecto de lo que tratamos, si en posturas antes revisadas se esencializaba la política interna por sobre factores externos, por sobre el imperialismo siempre presente, en Borón parece esencializarse su opuesto: es la mano imperialista la que explica los retrocesos en cada región. Cada revés de un gobierno progresista viene de la mano de La Embajada. Para el caso boliviano se da además un aspecto curioso, pues –como señala la postura crítica que repasamos con Stefanoni- la propia OEA y el mismísimo Luís Almagro, hoy enemigo acérrimo de todo proceso de transformación, mostró su apoyo al MAS en muchas ocasiones, y era visto por la oposición boliviana como una especie de izquierdista.

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Pero interesa señalar también en este sector cómo la labor crítica de la intelectualidad parece confundirse con la de la batalla cultural mediática. Telesur, un medio de comunicación sin dudas necesario, imprescindible, y además de buena calidad, viene a reemplazar la voz crítica, a ocultar los errores o limitaciones propias de los actores de gobierno que en esta nota,  críticamente o no, hemos desarrollado. El rol del “intelectual orgánico”, agreguemos “gramsciano”, que rompe con la idea de “equidistancia”, que piensa al intelectual en sentido amplio como todo protagonista de la batalla política y social más allá de su labor (e incluso de la conciencia de llevar adelante dicha labor), que abarca a militantes, sindicalistas, periodistas y demás protagonistas de la lucha, que forma parte de la disputa “en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”, no significa en absoluto la postura acrítica que lleva en muchos casos a mantener indemnes estructuras de opresión y concesiones derrotistas al adversario, reproduciendo ciclos y vaivenes que parecen jamás agotarse. Pues no todo depende de las posibilidades de acción, de los condicionantes objetivos, de las correlaciones de fuerza; por el contrario, la composición ideológica de quien maneja un gobierno explica mucho de sus resultados. Debemos entonces, en esta hora convulsionada, cuestionar, pero a su vez cuestionarnos. Y preguntarnos también, en pos del análisis y la acumulación de saber histórico para la lucha, qué errores se cometieron desde la propia lógica de construcción elegida por el masismo y no sólo desde afuera, desde otras lógicas y tradiciones; por ejemplo el no cotejar adecuadamente la posibilidad misma del golpe, transformando de raíz las Fuerzas Armadas, diseñando un plan-sostén para detenerlo en caso de llevarse adelante.

           A modo de cierre: discusiones y disculpas  

El rol de la crítica y la intelectualidad, la labor militante, la relación entre la teoría y la praxis, entre mis verdades y sus posibilidades de error, entre mi programa y sus posibilidades de aplicación, entre la acumulación política y la acumulación social, la relación y articulación de ambas esferas, la tensión entre los momentos de disputa social y sus canales de institucionalización, la posibilidad de revolución permanente, las disputas interburguesas y el papel de la clase trabajadora, los límites del desarrollismo, el peso del imperialismo como factor externo y las dinámicas propias de cada país, la relación entre las transformaciones materiales y las discursivas, entre estructura y superestructura, la valoración de la institucionalidad política y sus reglas frente a las posibilidades de transformarlas aun rompiéndolas, el pragmatismo como vector de la actuación política y su relación con el estatus quo, las responsabilidades compartidas, los aciertos y juegos victoriosos del oponente, la viabilidad de llevar las luchas hasta el final, la claudicación de retroceder ante el primer obstáculo, la composición profunda del Estado… Los aspectos que se desprenden de este duro presente latinoamericano y del intercambio producido, aquí recortados a las repercusiones en la militancia y la intelectualidad de izquierda argentina, son enormes y creemos imprescindibles. No otra pretensión tiene esta nota.
Y si se repite en el texto la palabra “esencializar” es porque un análisis certero debe buscar las variables adecuadas para la explicación de un fenómeno, pero también su justa ponderación; en cambio una argumentación para reforzar una posición propia tiende a relativizar variables incómodas y endiosar las que más nos convienen. Esta nota, claro está, peca (también) de ello. Valgan entonces las disculpas anticipadas ante los esquematismos y los nombres propios presentados.

[1] Sobre esta cuestión recomendamos la nota de Miguel Mazzeo “El golpe de Estado y los escenarios de impotencia crítico-práctica”.

2 thoughts on “El golpe en Bolivia desde Argentina: la izquierda, la intelectualidad y la (auto) crítica

  1. Un analisis necesario sien embargo la 4 posición se queda corta en cuanto a sus origenes al contrario de las otras 3 en las que se toca sus genesis , la 4° posición quedo corta sobre todo porque son los partidos de izquierda tradicional.

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