Nuestra América en la encrucijada: pandemia, rebeliones y estados de excepción

Un conjunto de rebeliones surcaba nuestro continente al momento de iniciarse la pandemia mundial. Su actualidad, desde el norte del Río Bravo hasta la Patagonia, es parte de las reflexiones de “Nuestra América en la encrucijada: pandemia, rebeliones y estados de excepción”. Fruto del trabajo conjunto a Incendiar el Océano, Vocenenlucha y ediciones Herramienta, adelantamos la introducción del libro y ponemos a disposición su descarga (aquí) completa en formato digital, tanto en PDF como en EPUB

¿Qué está pasando hoy en Nuestra América? ¿Qué ocurrió con la emergencia de nuevas luchas en la región? ¿Cómo la pandemia impacta y altera lo que venía aconteciendo? Hasta la aparición de la pandemia que sacude a la humanidad, resaltaba en América Latina la irrupción de los pueblos que –con modalidades y protagonismos diversos– se alzaban contra tantos años de opresión y explotación. La famosa “gota que rebalsó el vaso” iba desde un aumento del metro, como en Chile, hasta el de la gasolina, como en Ecuador. Pero como dicen los hermanos chilenos, no son 30 pesos sino 30 años. O 500 años, como denuncian desde las entrañas de la tierra nuestros pueblos originarios.

En este marco, la pandemia permitió a las clases dominantes colocar un freno de mano momentáneo a las movilizaciones callejeras, aunque esa situación parece comenzar a romperse ante la falta de soluciones a los conflictos y contradicciones existentes que, por el contrario, se han visto agravadas. Preguntarnos sobre los posibles rumbos que tomarán nuestros pueblos y sociedades son preocupaciones de este libro: conocer cómo los pueblos que lograron romper los límites de lo posible y dar la vuelta de timón hoy sobreviven al asedio y el bloqueo, que no se detuvo siquiera en este contexto de emergencia. Preocupaciones activas, interesadas en hacer un aporte de comprensión militante; en poner en contacto los trabajos y perspectivas de muchxs compañeros y compañeras, intelectuales orgánicos/militantes, que participan en este material desde zonas diversas de nuestra región con el mismo interrogante ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Hacia dónde queremos dirigirnos?

La ofensiva estadounidense y la reformulación del sistema global

Nuestra región se encuentra atravesada por una ofensiva de EEUU para profundizar su control sobre lo que siempre consideró su patio trasero. A comienzos de siglo, una oleada de luchas populares y la aparición de un amplio espectro de gobiernos surgieron como oposición a las dinámicas más salvajes del neoliberalismo y reformularon la región toda. En ese conjunto confluyeron expresiones revolucionarias y progresistas sumamente distintas que, a pesar de sus diferencias, constituyen un momento histórico inédito en la región. No se puede omitir en esto que, en Chile, Colombia, México, Perú, gran parte de Centroamérica y el Caribe las revueltas y rebeldías fueron también intensas y se prolongaron en el tiempo sin lograr, en contraste con las otras experiencias, romper los sistemas de dominación o llevar, al menos, a sectores progresistas al gobierno.

Podríamos situar el despliegue frontal de la ofensiva estadounidense a partir de la reactivación de la Cuarta Flota y el golpe a Zelaya en Honduras (2009), la destitución de Lugo (2012) y el comienzo de los “golpes blandos”, denominados de esta manera en la medida que cuentan con la colaboración del poder judicial, de los parlamentos y de los oligopolios de comunicación para desplazar a gobiernos que son considerados problemáticos tanto por el poder económico como por los EEUU. El corolario de esta estrategia fue la destitución de Dilma Rousseff en Brasil (2016) y el encarcelamiento de Lula Da Silva, hechos que allanaron el ascenso al poder de Jair Bolsonaro y el partido militar, y, de modo más reciente, el golpe perpetuado contra el gobierno indígena-campesino de Evo Morales por parte de la derecha racista, el empresariado, el poder judicial y los medios de comunicación, con la intervención de la embajada de los EE.UU y la complicidad de organismos neocoloniales como la OEA. Al mismo tiempo, desde el intento fallido de golpe a Hugo Chávez en 2002, pasando por el paro petrolero, las reiteradas guarimbas, las acciones paramilitares y las amenazas bélicas desde Colombia, hasta el criminal bloqueo económico y el cerco naval en el Caribe, Venezuela ha sufrido de manera constante todas las recetas de los manuales de contrainsurgencia y guerras de baja intensidad diseñadas por EE.UU.

La ofensiva estadounidense se articula con la llegada al gobierno de diferentes fuerzas de derecha en Latinoamérica impulsadas por el voto mayoritario. Esa tendencia se inaugura con el triunfo electoral de Mauricio Macri en Argentina en el año 2015, prosigue con el triunfo de Sebastián Piñera en Chile en 2017, el de Iván Duque y la continuidadad del uribismo en Colombia al año siguiente y la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil, la de Luis Alberto Lacalle en Uruguay y Alejandro Giammattei en Guatemala en 2019, evidenciando una ofensiva muy clara de la derecha en el continente. Podemos agregar el sintomático caso de Ecuador, donde el elegido por Rafael Correa para continuar con el proceso de la denominada “Revolución Ciudadana” en 2017, Lenin Moreno (primero como vicepresidente en el período 2007-2013 y luego como máxima autoridad del ejecutivo), dio un giro conservador muy pronunciado, avanzando contra conquistas de los trabajadores y el pueblo ecuatoriano y alineándose en el bloque anti-chavista de la región.

Estas nuevas derechas latinoamericanas tienen determinadas características mínimamente aggiornadas: incorporan un trabajo sistemático con las “fake news” y el control de las redes sociales como parte de su construcción mediática y de moldeamiento de una subjetividad reaccionaria, con particular –pero no única– incidencia en las clases medias urbanas; le disputan la lucha callejera a las izquierdas y a los movimientos populares, expresando en muchos casos una reacción virulenta contra el feminismo y el empoderamiento de las mujeres, contra las disidencias sexuales, las clases populares y lo comunitario. En nombre del combate al terrorismo, la corrupción, el narcotráfico o la inseguridad, despliegan una reacción brutal que encuentra eco en el malestar social y en la incapacidad de las fuerzas de izquierda para convertir ese cúmulo en potencia revolucionaria.

En este escenario de radicalización de las derechas y de nueva ofensiva imperial, ocurre una profunda crisis en Estados Unidos. Las rebeliones de negros ante la violencia han aumentado en los últimos meses, se agudiza el descontento por el funesto manejo de la pandemia y las posiciones de bipartidismo tienden a aparecer sumamente confrontadas. Dentro de sus empeños por neutralizar el malestar social a fin de recobrar la legitimidad desgastada y reactivar su complejo bélico industrial, sus debates en torno a qué hacer en su “patio trasero” tienden a escenarios preocupantes de exacerbación del bloqueo contra Cuba y Venezuela e incluso a impulsar incursiones militares de mayor calado que las que en los últimos años les han derrotado los pueblos. En ese sentido, Donald Trump es el rostro más agresivo del intento por reconfigurar el neoliberalismo y proteger a Estados Unidos de la crisis mundial, con altísimas dosis de misoginia, racismo, control social y represión, junto a una mayor incidencia económica del Estado para repatriar capitales de multinacionales y reactivar el ciclo económico interno –algo que el impacto de la pandemia desbarató– sin modificar las lógicas de exclusión aguda, desprotección social, precarización laboral o baja del salario real. Su contrincante Joe Biden y, sobre todo, el Deep State constituyen un rostro menos explícito de esta ofensiva y la crisis aunque, no por eso, menos peligroso.

Sin tener del todo claramente ubicado el conjunto de transformaciones sociales del sistema global en este periodo histórico, no hay lugar a dudas que estamos ante un cambio de época que nos remite a buscar su símil con momentos históricos anteriores. Estamos en un momento similar al de la disputa histórica entre fascismo y comunismo y neo colonialismo frente a luchas de liberación que marcaron por entero el siglo XX. Sin embargo, y sin creer que la historia puede volver a repetirse, es útil tener en cuenta que los ciclos de profundo descontento social no necesariamente pueden originar cambios en un sentido emancipador, sino también desembocar en regímenes profundamente reaccionarios, como ya sucedió en los años ‘20 y ‘30 del siglo pasado, en varios casos incluso podemos hablar de nuevas formas de fascismo, que en la historia de Nuestra América sin duda nos rememoran el laboratorio neoliberal que se inauguró con la dictadura de Pinochet tras el golpe de Estado de 1973.

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La escalada de las derechas en la región viene acompañada de un fortalecimiento y mayor protagonismo de las Fuerzas Armadas. Una nueva forma de participación activa de las Fuerzas Armadas en que ha ido creciendo en los últimos años pero que con la Pandemia y los estados de excepción sanitarios se hizo más evidente. Se refuerzan las tendencias al control social, a la militarización y a la represión, de modo que es posible ver otro elemento clave: la degradación de las libertades –siempre relativas– de los Estados liberales, de manera que los Estados de excepción son cada vez menos excepcionales. Esos Estados de excepción pretenden instaurar un nuevo ciclo de gobernabilidad estructurado en base a lógicas de guerra permanente –bajo su nueva versión de guerra híbrida o de cuarta generación–  contra todo tipo de protesta social y pensamiento crítico.

 Otro aspecto que explica la contraofensiva de EE.UU es la disputa económica mundial, en especial con China. En el año 2000 China recibía el 1% de las exportaciones de América Latina y exportaba a nuestro subcontinente un poco menos del 2%. En cambio, en el 2018 las exportaciones de América Latina con destino al país oriental ya superaban cómodamente el 12%, mientras que las importaciones se acercaban al 20%. Evidentemente, esto marca un cambio a nivel global y el peso de las inversiones y la capacidad de compra china en el escenario regional. Así, la contraofensiva estadounidense se enmarca en la disputa por el predominio en un mundo donde la anunciada híper hegemonía norteamericana, después de la caída de la URSS, del muro de Berlín y de su intervención militar en Medio Oriente, aparece cuestionada por la alianza China-Rusia. En ese posible escenario multilateral es imperioso para EEUU retomar fuertemente el control total de América Latina, frenar la expansión China y aniquilar las experiencias que más fuertemente han cuestionado la hegemonía estadounidense, como Venezuela y Cuba.

Las encontradas explicaciones conspirativas del surgimiento del coronavirus –el “virus chino” según Trump, arma biológica estadounidense según Xi Jinping– son uno más de los terrenos en que se expresa la disputa, que también hace pie en la política interna de dichos países. Como es de esperar, ninguno de los contendientes señala que es el capitalismo –con su destrucción ambiental y sus sistemas de producción alimentaria que sólo generan hambre y enfermedades– la causa principal de ésta y otras pandemias, como ya ha sido señalado en varios artículos que nuestros espacios de comunicación han publicado.

Despojo de los bienes comunes y crisis civilizatoria

Otra clave para el análisis es la exacerbación de la acumulación por desposesión que, como señalara David Harvey, se torna una necesidad constante del capitalismo. Desde el 2008 asistimos a una crisis de múltiples dimensiones del sistema capitalista. Con anterioridad a la pandemia se esperaba una nueva y más aguda crisis que aquella, aunque aún no hubiera habido una recuperación plena respecto a sus consecuencias. Obviamente, los efectos de la pandemia y los números brutales de aumento cotidiano del desempleo, el crecimiento de la especulación financiera, la caída de la producción y la agudización de la recesión están anunciando que transitamos una crisis de dimensiones comparables a la de los años 30, con características devastadoras en todo el mundo capitalista. Una crisis en todos los órdenes –social, política, ambiental, cultural, de cuidados–, y que, a diferencia de la crisis del 30, asume claros perfiles de una crisis civilizatoria que pone en evidencia que la propuesta destructora del capitalismo ya no puede garantizar siquiera la vida.

La necesidad del capital de incrementar el extractivismo de recursos considerados estratégicos para el complejo bélico industrial norteamericano -entre ellos el litio (Bolivia y México), los hidrocarburos convencionales y no convencionales (Argentina, Colombia, México, Venezuela), la apropiación de agua y biodiversidad en la Amazonía, en la región Guaraní, la región andina y en Mesoamérica- dibujan una serie de conflictos entre el imperio y los pueblos.  En este contexto, las luchas socio-ambientales en defensa del territorio, de nuestros bienes comunes, con fuerte protagonismo de los pueblos indígenas y poblaciones rurales, además de sectores populares perjudicados por la destrucción ambiental, la deforestación, las fumigaciones o la pérdida del acceso a un elemento vital como el agua, adquieren cada vez más centralidad.

Frente a esto, los gobiernos que se auto promueven como los referentes de un nuevo ciclo progresista, lo hacen en un contexto profundamente diferente al de principios del siglo XXI. La baja aguda de los precios de las materias primas y alimentos, el aumento en los índices de explotación producto de una reprimarización de la economía (en algunos países) o por las innovaciones tecnológicas en las cadenas globales de producción, se potencian -en tanto despojo y explotación- en un ciclo capitalista de aguda depresión y crisis a nivel mundial que acorta sus márgenes de maniobra. Asimismo, estos nuevos gobiernos, como el mexicano y el argentino, se yerguen sobre sociedades cuyo ambiente social se ha deteriorado por la violencia estructural, la economía criminal, los feminicidios y la violencia contra las mujeres. Sus propuestas políticas abdican de pensar en la posibilidad de desatar procesos revolucionarios, amparados en la retórica siempre útil de una “correlación de fuerzas adversa” y en confiar que los márgenes de acción en el sistema existente podrán ensancharse a partir de medidas de austeridad y cambios superficiales.

Por lo tanto, las recetas neodesarrollistas, distribucionistas, que proponen un imposible retorno al keynesianismo de la segunda postguerra sin afectar resortes claves del sistema capitalista, tendrán serias dificultades para conciliar cierto crecimiento económico con el despliegue de mecanismos de consenso en la población. Esta es una tendencia de mediano plazo que no debería ignorarse por el respaldo inicial que grandes bloques sociales les concedieron en sus primeros meses.

Junto a la caída de los precios de los bienes exportables, el talón de Aquiles de la gobernabilidad pasa por el endeudamiento fenomenal de la región, otra tendencia clave que se ha multiplicado en la última década. Estos elementos marcan que los nuevos progresismos tienen un escenario mucho más complejo y difícil. Las consecuencias socioeconómicas de la pandemia han potenciado mucho más esas dificultades.

A su vez, más allá de los debates en torno a cómo nombrar este nuevo ciclo inaugurado con el gobierno de López Obrador en México –en su mayoría análisis superficiales y enfocados en las voluntades más que en las posibilidades– se torna urgente pensar la nueva naturaleza de estos Estados dependientes. ¿Puede acabar por decreto un modelo económico? ¿Qué nuevas características de control se asumen y qué disfraz adquiere frente a la sociedad? ¿Cuáles son las alternativas propuestas por las viejas y nuevas izquierdas? ¿Y qué consecuencias trae el vínculo de aquéllas con estos gobiernos?

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Latinoamérica antes de la pandemia

Un aspecto decisivo que se encontraba en pleno despliegue cuando el impacto del Corona Virus Covid-19 frenó su avance, era el auge de las luchas populares en el mundo y en particular en nuestro subcontinente. No nos detendremos en su análisis exhaustivo, los artículos de este libro lo hacen aportando muchos más elementos. En síntesis, podemos decir que se trata de un arco de conflictos que se van enlazando entre sí y que tienen un inicio en el Caribe y Centroamérica, como lo demuestran las enormes y poco conocidas –al menos en Sudamérica– rebeliones en Haití o en Honduras.

Este ciclo repercutió muy fuerte en Ecuador, cuya rebelión tuvo su epicentro en el sector más dinámico del movimiento popular de ese país: la coordinadora indígena CONAI. Ese protagonismo y liderazgo se produce en un marco más vasto de rebelión popular contra el ajuste de Lenin Moreno. Pero la gran novedad de este nuevo ciclo de protestas estalla en el vientre del llamado “mejor alumno” del neoliberalismo de la región: Chile. Un país donde la dictadura del general Augusto Pinochet construyó las bases del modelo socio-económico que los sucesivos gobiernos de la Concertación sostuvieron en tiempos de democracia. Aunque aún resta ver cómo evoluciona la protesta social tras la pandemia, el Estado neoliberal ha sufrido un golpe enorme. Es eso lo que ha estallado y logró derrotar el miedo que la dictadura y las democracias del capital habían instalado en la población. Encontramos en estas peleas antecedentes más cercanos, como la lucha contra un sistema educativo perverso, las enormes movilizaciones en contra de las jubilaciones privadas, la histórica lucha del pueblo mapuche –pese a la aplicación de la pinochetista ley antiterrorista por parte de los gobiernos civiles de les “socialistas” Ricardo Lagos y Michelle Bachelet– por las recuperaciones de territorio y las acciones directas contra las grandes empresas extractivistas. A estos antecedentes se les agrega un dato nuevo, fundamental: la llamada primera línea, que evidencia la necesidad y legitimidad de la violencia y la autodefensa popular. Este es un elemento clave, ya que recuperar la convicción en la legitimidad de la violencia popular ante las feroces represiones, como la que hemos visto en Chile, es una de las cuestiones que tendremos que discutir en los próximos años. Este inesperado auge de las luchas encontró la dificultad y el freno que puso la pandemia. El escenario del plebiscito para una nueva Constitución le añade complejidad a ese proceso.

Finalmente, este ciclo llegó a Colombia, donde la legitimidad del uribismo, que había sido muy alta sobre todo en las grandes urbes, comienza a degradarse ante el despliegue de las movilizaciones. Es allí donde primero parece haberse retomado el ciclo de protesta pese a la pandemia. La respuesta represiva que multiplica las masacres, pone en evidencia la existencia en Colombia –silenciada persistentemente por los grandes monopolios comunicacionales– de un narco estado terrorista dispuesto a arrasar literalmente con el tejido organizativo de las organizaciones populares.

La pandemia ha generado nuevos desafíos para los movimientos feministas y de la diversidad. En un contexto donde la enorme mayoría de los casos de violencia machista ocurren dentro de los hogares, el aislamiento social obligatorio ha dejado a mujeres y disidencias encerradas con sus agresores. Esta es una constante que se repite en la mayoría de los países de nuestra región: una forma de opresión que se refuerza y la desidia de un Estado que no da respuestas a la emergencia.  Por otra parte, distintos grupos fundamentalistas y ciertos gobiernos aprovecharon la emergencia sanitaria para negarles el acceso a servicios de aborto a mujeres, niñas, adolescentes y personas trans.

Es en el movimiento feminista interseccional, en los ecologismos anticapitalistas y en los movimientos indígenas radicales, así como en los espacios comunitarios rurales y urbanos con alta participación de jóvenes y mujeres, donde se encuentran los sentidos más disruptivos, la aparición de nuevas y potentes subjetividades; un espíritu de confrontación, desobediencia, democracia de base y acción directa que retoma y reformula en otras condiciones las mejores enseñanzas de luchas previas. Sin embargo, la capacidad que tengan esos espacios para asumir el desafío de consolidar poderes populares que sean base para transformaciones estructurales profundas y de dimensiones no sólo locales sino nacionales y regionales, es un gran interrogante. De la misma manera, esas experiencias se encuentran ante la enorme dificultad de una brutal fragmentación social que el capitalismo profundiza cotidianamente y que se refleja en la dispersión de las luchas. En su horizonte emerge también como desafío la capacidad de determinados estados de incorporar algunas de esas expresiones a su funcionamiento y limar sus aristas más radicales a través de la lógica de gobernabilidad. Qué hacer frente al Estado y cómo enfrentarlo cuando su accionar no se basa sólo en las dimensiones de coerción directa, es algo a debatir profundamente en este escenario.

Apuntes para una estrategia

En ese sentido, ya podemos ir marcando las que creemos constituyen algunas enseñanzas políticas de este período que entendemos necesario recoger.

Una primera cuestión es que a las diversas fracciones de las clases dominantes les resulta cada vez más difícil construir su hegemonía, presentar sus perspectivas y proyectos como beneficiosas para el conjunto de la sociedad. La derecha neoliberal sólo puede ofrecer más de lo mismo, profundización del ajuste, apertura económica, individualismo y meritocracia. Estos discursos han sufrido un duro golpe durante esta pandemia, siendo muy difícil, por ejemplo, seguir justificando el dejar librado al mercado y la rentabilidad los sistemas de salud pública.

Con respuestas variables, la derecha latinoamericana sigue aferrada al programa neoliberal clásico, el cual es exigido por los Estados Unidos directamente o a través de organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial: más ajuste, apertura, reformas laborales, previsionales, tributarias y educativas. Trump y el establishment estadounidense no recetan ni admiten para nuestra región las medidas que se pueden aplicar en territorio estadounidense sino todo lo contrario. La pandemia agudiza la dificultad hegemónica de la derecha para construir estabilidad y consenso mayoritario. El ciclo de luchas que describimos previamente es una demostración de esto.

Desde las clases dominantes va ganando consenso el aceptar cierta intervención y fortalecimiento del Estado para emparchar lo que los principales grupos económicos no pueden ni quieren remediar. A partir de esto, algunos se ilusionan con un regreso a un imposible “Estado benefactor”, o “Estado maternal”. En muchos casos los progresismos sólo se pueden estabilizar en contextos pro-cíclicos de crecimiento de la demanda, de los precios de los bienes primarios y de cierta disponibilidad de recursos que les permiten realizar algunas concesiones compatibles con las necesidades de la acumulación de capital. No pareciera ser este el contexto que estamos atravesando a nivel mundial. En otros casos ese relativo mayor intervencionismo va acompañado de ofensivas represivas y de estados de excepción que describimos anteriormente.

En este sentido, es necesaria una visión no lineal ni meramente binaria sobre el carácter y la relación con los Estados. Por un lado, no pareciera ser posible que la herramienta privilegiada de cambio sean Estados fundados desde su origen sobre el colonialismo del poder, el patriarcado y diversos genocidios. Se trata de Estados nacionales construidos por las fracciones de las elites criollas contra y a espaldas de las mayorías populares. Es una marca de origen que configura su articulación permanente con el campo de lo para-legal, de lo para-militar. Estados que de manera constitutiva actúan a dos aguas, de forma legal o en un registro para-estatal, según convenga a los intereses de sus respectivos bloques de poder. Por el otro, señalar estas cuestiones no significa caer en posturas que niegan la necesidad de la disputa por el poder  y de construir un Estado con características populares genuinas: un Estado que surja de un proceso de transformación radical.  En Venezuela, como país donde se desarrolla un proceso de revolución profunda en medio de un acoso imperial y de enormes dificultades para quebrar las estructuras y mecanismos de la oligarquía, la revolución encuentra en los procesos comunales sus más grandes potencias.  En medio de enormes carencias, la derrota constante a los planes de invasión evidencia una transformación cultural profunda que ha logrado la revolución bolivariana y demuestra la necesidad de que los poderes comunales reformulen en mayor medida y en un sentido liberador las relaciones económicas y políticas que perviven del viejo régimen.

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Esta disyuntiva obliga a complejizar las lecturas sobre las relaciones con el Estado y las simplificaciones que postulan las miradas radicalmente autonomistas así como las de los progresismos dominantes. Se trata de pensar al Estado no como el lugar petrificado donde reside el poder sino como una relación social específica para pensar cómo agudizar sus contradicciones. Rara vez este desequilibrio se sucede de manera natural o armoniosa: la disputa suele conducir a procesos fuertemente disruptivos en que los movimientos tienen en sus manos la posibilidad de romper con la continuidad hegemónica.

A nuestro entender, aun cuando resta ver el escenario definitivo de la post pandemia, los efectos de esta contingencia abren una brecha en el modelo de dominación. Ahí es cuando nos toca a los movimientos empujar hacia una subversión y ruptura del sistema. Tendremos que ser capaces de articularnos y construirnos como pueblo, asumir nuestro protagonismo y rechazar recetas conocidas, cambios cosméticos o rumbos corporativos que, en el mejor de los casos y cada vez menos, sólo estiran la agonía.

Una segunda enseñanza es que cada vez que se hacen concesiones a la nueva derecha en aras de la “gobernabilidad” y “razonabilidad”, el resultado final es un debilitamiento acelerado de los progresismos gobernantes, su caída y un empoderamiento de esas derechas a las que se intentó frenar a fuerza de pactos, como evidenció el proceso de ascenso de Bolsonaro al gobierno en Brasil o el golpe en Bolivia. Este es un hecho que no podemos despreciar: no se pueden hacer concesiones políticas al neofascismo y a la nueva derecha. Y mucho menos asumir ante ellas y como propias la defensa de un “orden” y de una “normalidad” que hastía y oprime a los pueblos. Paradójicamente, parte de la fortaleza de las nuevas expresiones de la derecha radicalizada ha sido su capacidad de aparecer como disruptivos y anti-sistémicos. Menos aún, puede pensarse en encontrar aliados en fracciones de la clase dominante, cuando los sueños de una supuesta burguesía nacional que acompañaría un proceso de redistribución mercado internista se han demostrado absolutamente inviables, en un ciclo del capitalismo plenamente globalizado desde hace tiempo. Este aspecto junto con no subestimar la capacidad de las derechas de consolidarse en el control gubernamental con apoyo de determinadas franjas sociales, incluso populares, deberían ser parte del aprendizaje de esta etapa por parte de los movimientos emancipadores.

En tercer lugar, es clave cómo dirigimos la mirada y las acciones hacia un nuevo programa en el contexto del avance de la pandemia. Una temática decisiva de ese programa mínimo consiste en poner fuerte énfasis en frenar los grados de militarización en América Latina y el agudo avance de los estados de excepción: militarizar o comunizar es una disyuntiva de la hora.

Los ciclos de lucha vienen mostrando que se incorpora a las rebeliones toda una nueva generación, donde la radicalización de un sector del movimiento feminista y de la juventud es un componente decisivo, con la característica fundamental de que gran parte de ese activismo no participa de fuerzas políticas previas. Por muchas razones desconfía fuertemente de los espacios políticos existentes y esa desconfianza –con motivos ciertos y valederos que se impone valorar– alcanza a las izquierdas revolucionarias. De allí que construir espacios sociales amplios, articulaciones abiertas de movimientos populares asamblearios es una tarea urgente, en paralelo a la necesidad de convergencia de organizaciones político-sociales y revolucionarias que reivindiquen la construcción del poder popular y el derecho a la rebelión como un derecho imprescindible de les de abajo. La demonización de todas las formas de lucha de las clases populares y los espacios emancipatorios es plenamente funcional al mantenimiento del statu quo.  Debemos combatir la aceptación acrítica de las condiciones sociales existentes, superando la supuesta falta de alternativas al sistema capitalista y a su democracia liberal que se han erigido como un “fin de la historia” por parte de las clases dominantes, pero cuyas bases se encuentran cada vez más resquebrajadas.

La apuesta debe ser a fortalecer lo comunitario, en tanto condense formas antagónicas al capitalismo; a seguir explorando la clave del poder popular como estrategia, la clave de la auto-organización, de socializar vínculos, de estrechar lazos, de reconocer y compartir experiencias, de tratar de reconstruir una subjetividad de otro tipo. Todo aquello que -y aún más con la pandemia- se ha buscado destruir en pos de un individualismo feroz acorde a los modelos de dominación desarrollados a lo largo de la historia.

Justamente en los barrios es necesario garantizar la capacitación sanitaria con insumos de las organizaciones populares. Necesitamos una auto-organización, una construcción de lazos comunitarios, que no se agoten en cada territorio ni en cada lugar de trabajo, sino que abone a la perspectiva de ir construyendo otra institucionalidad propia, hacia una democracia protagónica real que supere a esta “democracia” liberal que sólo usufructúa tal denominación.

Necesitamos ser parte de las demandas de vida digna, sostener las luchas para evitar los despidos y recortes a los presupuestos sociales. Necesitamos poner en el centro un conjunto de demandas que garanticen la vida para las mayorías y respeto a los derechos de los pueblos.

Bajo el entendido de que la vida bajo este sistema es inviable, necesitamos que con la lucha por la tierra venga la propuesta de liquidar la agroindustria que nos enferma y mata bajo formas de gestión popular de los territorios. Ante el inminente colapso climático debemos desatar alianzas, propuestas y acciones que frenen la barbarie y busquen redefinir las formas de vida humana en la tierra para evitar la aniquilación de nuestra especie.

Asistimos a una época plena de contradicciones, ambigüedades, mutaciones y persistencias en una amalgama profundamente inestable. Una maldición china decía “Ojalá te toquen vivir tiempos interesantes”. Estos sin duda lo son. Nuestros colectivos, junto a tantos otros, aspiramos a que no sea maldición sino un tiempo repleto de esperanzas que erija nuevas utopías que movilicen a millones. Al menos vale la pena intentarlo.

Este libro es una apuesta al diálogo, la reflexión y la escritura colectiva desde distintos espacios de las izquierdas de Nuestra América. Voces que cruzan desde el Río Bravo hasta la Patagonia, esta compilación contiene visiones que abonan en estos sentidos: ¿Qué nueva normalidad queremos construir? ¿Qué debates hemos abandonado y por qué? ¿Qué transformaciones y para quiénes? ¿Qué revoluciones y con quiénes?

Conjuntamos en él las experiencias de procesos revolucionarios que resisten al bloqueo en uno de los contextos humanitarias más difíciles de los últimos tiempos. Desde Cuba y Venezuela se refuerzan las alertas sobre lo que implica vivir asediados, pero construyendo –desde abajo y a la izquierda– el rumbo que los pueblos decidan soberanamente.

Así, recogimos también la voz de las luchas afrodescendientes que han sido protagonistas de las apuestas más radicales de transformación en el territorio norteamericano. Desde allá dialogan con las experiencias latinoamericanas, sintiéndonos parte de un mismo horizonte.

La voz de México, el país más septentrional de Nuestra América, que es también la del corredor que atraviesa Centroamérica, nos acerca una realidad que de tan extremadamente violenta parece inentendible. Colombia y el avance del despojo junto a procesos de exterminio de los pueblos indígenas. Honduras, el territorio de Berta Cáceres, expresa la realidad de países sometidos al yugo imperial, pero con una raíz originaria difícil de arrancar. Resistencias radicales y gobiernos dependientes de las órdenes norteamericanas crean contextos de militarización y violencia para-estatal que se sostienen desde hace décadas.

Las nuevas derechas que a través de golpes blandos o golpes duros han tomado el control de procesos de cambio que el siglo XXI había parido. Los textos sobre Bolivia y Brasil ponen en el centro las debilidades de aquellos gobiernos “progresistas” y las fortalezas que se esconden en los neofascismos que han tomado las calles y avanzado en las brechas que la izquierda no ha sabido ganar. El análisis sobre las elecciones recientes en Bolivia y el triunfo del MAS, también invita a repensar las necesidades de un rumbo distinto para los gobiernos nacionales y populares.

Chile, como el hijo pródigo del neoliberalismo, pero también como el protagonista de las revueltas de este ciclo prepandémico. El texto que aquí presentamos intenta ir más allá de lo inmediato para pensar las formas de organización que se han construido y las que buscan articular procesos a más largo plazo. Esto último, a la la luz de los resultados del plebiscito, resulta urgente en un pueblo que intenta refundarse.  Y Argentina, acarreando las dificultades de una izquierda institucionalizada, se pregunta por las posibilidades de transformación en un contexto de retorno al progresismo.

Están presentes en este libro análisis que surcan todas las latitudes de Nuestra América: los límites del extractivismo y el avance imperialista, la pandemia como momento bisagra entre la acumulación y el humanismo, la necesidad de construcción de feminismos populares y comunitarios, y otro modelo de sociedad como horizonte de posibilidad.

Así, esta compilación se propone como insumo para el debate, como mecha para la discusión y como puerta al encuentro de las luchas que surcan Nuestra América rebelde.

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