Feminismo peruano en primera línea: autodefensa y resistencia

Las protestas en Perú contra el expresidente de facto, Manuel Merino, convocaron a miles de jóvenes a las calles. Entre la incertidumbre y la indignación, los pañuelos verdes se alzaron, una vez más, para levantar la voz contra un nuevo intento de hacerse con el poder. Desactivadoras, brigada médica, prensa y resistencia. 

Un grupo de bombas lacrimógenas cruzan el cielo. Es hora de actuar. Fijas tu vista en una, calculas dónde caerá y corres lo más rápido que puedes. En tu camino hacia ella, te topas con decenas de personas que retroceden mientras tú avanzas. Cada segundo cuenta. La sangre corre por sus cuerpos y se mezcla con el sudor y lágrimas. Coges la bomba antes de que el humo te ciegue por completo y la metes a un bidón con agua y bicarbonato. Agitas rápidamente con fuerza porque aún hay más. Volteas a todos lados, buscas las faltantes, pero ya es tarde. La gente se retuerce en el suelo, la brigada médica lleva camillas en los hombros y el cielo vuelve a iluminarse. Así es la jornada de desactivación de bombas.

El lunes 9 de noviembre fue el inicio de la semana que marcaría a una nación. El entonces presidente, Martín Vizcarra, se presentó ante el Congreso que él mismo disolvió hace unos meses en respuesta al hastío. Ejerció su defensa por las acusaciones de supuestos sobornos que recibió cuando era gobernador regional, pero fue declarado incapaz moralmente a solo 5 meses de dejar el poder. Paradójicamente 68 de los 105 congresistas que votaron a favor de su destitución —como bandera de lucha contra la corrupción— cuentan con procesos de investigación por diversos delitos en el Ministerio Público. 

Ante los aplausos ágiles de sus compañeres, el presidente del Congreso, Manuel Merino de Lama, asumió el nuevo cargo sonriente y triunfal. Afuera del Palacio Legislativo el repudio y hartazgo invadió las calles. En la imparable crisis política que venía afrontando el país, aquello significó un golpe de Estado y un insulto a la democracia. No era en defensa a Vizcarra, sino en rechazo a los continuos y detestables actos de hacerse con el poder de una política rancia y corrupta.

Colectivo de brigada médica ‘Voluntarixs feministas’

Bajo el lema ‘Merino no me representa’ y ‘Merino no es mi presidente’, diversos colectivos y grupos de personas llegaron hasta las plazas principales de sus ciudades. La policía cercó el Congreso y custodió sus puertas. Quienes se quedaron en casa, sacaron las ollas por sus ventanas e hicieron sonar los cacerolazos, mientras taxis y automóviles tocaban sus bocinas. Sobre las grandes paredes blancas de la capital se proyectaron manifestaciones artísticas en rechazo. Era el primer día de lucha, pero los medios se enfocaron en conocer quién era la primera dama y su historia de amor con Merino. 

Durante los siguientes días la protesta pacífica dejó de marchar para comenzar a defenderse. Era cada vez más difícil avanzar entre bombas lacrimógenas y perdigones. Se requería organización y estrategia. La población tomó como base las continuas luchas de países de la región y conformaron bloques de acción. Entre elles, mujeres y disidencias. La primera línea se convirtió no solo en un choque desigual de fuerzas, sino en un escenario de solidaridad y resistencia. 

Te puede interesar:   Brasil: elecciones y ascenso de las luchas de la clase trabajadora

Si te perdías en la multitud encontrar a tus compañeres era tarea difícil. Muchas personas tenían el rostro cubierto con mascarillas o ropa para soportar los gases lacrimógenos. Pero en medio del desconcierto, un símbolo de lucha era reconocible: los pañuelos verdes por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Amarrados al cuello, mochila o equipo, cruzaban a velocidad los puntos de ataque y defensa. La ‘marea verde’ también señalaba las cruces del mismo color de la brigada médica feminista. Muchas de las mujeres que fueron parte nunca habían hecho esto antes y crecieron con referentes masculinos en la historia de la heroicidad peruana, pero no dudaron un segundo en prestar sus servicios. “Cuidarnos entre nosotras es revolucionario” dice en lo alto uno de sus carteles.

Fotografía de Rupa Flores

El primer paso era dado por la barricada de escuderes, que portaban puertas de metal y acero como armadura. Con elles, les desactivadores y corredores, buscaban neutralizar las bombas lacrimógenas, mientras la brigada médica recorría todas las zonas de enfrentamientos para socorrer a las personas caídas. Junto a elles, voluntaries asistían a todas las funciones, con rociadores de fórmula anti gas y trapos con vinagre, extendían sus manos hacia los rostros de la primera línea. Y todo mientras soportaban el abuso policial. Quedarse sin acompañante era una condena. Gases asfixiantes, apagones de luz, desmayos, proyectiles en la espalda, abdomen y piernas. La sangre corría como el agua. Bebés llorando desde sus casas porque la llegada del humo fue inevitable. «¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Necesitamos más camillas! ¡Avancen! ¡No corran!» era todo lo que se escuchaba. 

“Veías a muchos heridos, gente con sangre en la cara y el cuerpo, las brigadas no se daban abasto”, cuenta Claudia, una de las desactivadoras feministas. Claudia tiene 30 años y es profesora de arte. Ha ejercido su derecho al reclamo justo por una sociedad igualitaria durante años. Cuando se enteró de lo que pasaba, decidió volver a las calles. Recopiló las experiencias de sus hermanas chilenas que cumplieron esta función y se alistó. Máscara antigas, guantes para soldar y antiparras. 

Como Claudia, L.* tiene 30 años y estudia una maestría en antropología. Convencida de que debía y podía hacer algo más grande para defender su nación se unió a un grupo de compañeras feministas que se organizaron para comprar equipos y estar en primera línea. Pero el costo por los materiales para salvaguardar su vida eran altísimos,  así que iniciaron una campaña de recaudación de fondos. “Yo tengo 30, pero en mi grupo todas eran chicas bien jóvenes, entre 21 y 25 años, vestidas de negro y con pañuelos verdes salíamos a las calles”, señala.

Te puede interesar:   La paradoja andante

Colectivo de desactivación ‘Micaela Bastidas’

Las bombas volaban sobre sus cabezas como los aviones de guerra. El escenario era propio de uno y donde la historia colocó a hombres, ellas asumieron la delantera contra todo instinto. Batallar era aceptar que a algunas bombas no se podía llegar a tiempo, que el rostro ardía y antes de calmarlo sonaban los disparos. Llamados de auxilio e impotencia. El miedo imperaba, los segundos eran eternos, y en medio de la oscuridad, buscaban el emblema verde para hallarse. 

La primera marcha nacional se realizó el jueves 12 de noviembre. Los abusos policiales eran tan evidentes que la prensa tuvo que comenzar a hablar de ellos. Cami B., estudiante de 23 años, brindó apoyo como registro audiovisual en primera línea y su lente captó el burdo accionar de la policía. “El jueves 12 vi cómo los ternas —policías vestidos de civiles— salían del grupo de marchantes y le daban indicaciones a la policía por dónde meterse y contra quién. Luego volvían al grupo de primera línea y se infiltraban. La gente no tenía idea de con quién estaban lidiando”, señala furiosa.

Cami B. corrió tan rápido como pudo para registrar las protestas. Cuando se adelantó a sus compañeres, un joven la detuvo gritándole si acaso estaba loca. “Yo soy una persona que responde, pero luego pensé, tal vez me estoy arriesgando mucho y retrocedí. Cuando mi compañero hizo exactamente lo mismo, no le dijo nada”, reflexiona Cami B. 

Ante la inmovilización del gobierno, se convocó a una segunda marcha nacional el sábado 14 de noviembre. “Autodefensa contra la violencia capitalista y patriarcal” dice uno de los carteles de las desactivadoras que volvieron a primera línea. “Luego del jueves, esto me hizo dar cuenta que si estás en línea de defensa y no eres ‘chonguera’ te dan este trato donde te ven por debajo del hombro”, explica Cami B. Desde su posición reconocía a pocas mujeres, pero cuando las notaba y veía el pañuelo verde sabía que lo estaba haciendo bien. 

La noche del fatídico sábado 14 de noviembre, Claudia estaba desactivando una bomba cuando un hombre se acercó corriendo a ella, “están disparando al cuerpo” le gritó y huyó. Claudia pensó en su pequeña hija, apagó su última bomba y se retiró. Llegó a casa después del toque de queda y una sensación de impotencia y ansiedad la invadió desde ese día, mientras Cami B. relata que se sentía perseguida ante el número creciente de desapariciones. “Tenía paranoia, cada vez salía de mi casa y pasaba la policía pensaba ¿será algún terna que me está siguiendo?”, cuenta mortificada. 

Esa misma noche se confirmaron las muertes de dos jóvenes protestantes: Inti y Bryan

“Voy a dar mi vida por mi patria” fueron las últimas palabras de Inti — que significa sol en quechua — al salir de casa. “Me lo han matado, con una bala en el corazón” manifestó horas más tarde su madre a la prensa. A la media noche y entre cacerolazos, Manuel Merino renunció al cargo a través de un mensaje a la nación. Los medios y las redes sociales se llenaron del eslogan “Generación del Bicentenario”, pero esta frase más que orgullo causó repudio en la población. 

Te puede interesar:   Paraguay: tres niñas víctimas del estado de terror

“Me parece que es un intento de capitalizar la lucha. Estamos llegando al bicentenario con una historia de opresión, desigualdad y estos chicos que han salido a protestar son ajenos a la patria, no tienen seguro, no tienen estabilidad laboral. Es una burla ese nombre” advierte L*. Para Cami B. ello es mercantilizar una lucha como una estrategia de marketing. “Este slogan es para ellos, no para nosotros”, refiere.

La madrugada del 15 de noviembre estuvo dominada por el dolor y la incertidumbre de no saber dónde están les desaparecides. El país no tenía presidente, le faltaban dos compatriotas y la institución que una vez juró defenderlos, los había matado. 

Mirá el registro de lo vivido el sábado 14 de noviembre por Comunidad Callao Underground

Ni perdón, ni olvido.

“En nombre del Estado, pedimos perdón a sus familiares, a ellos y a todos los jóvenes que marcharon para defender la democracia, y que nos hicieron recordar lo que es la vocación de servicio” señaló como parte de su discurso al asumir la presidencia, Francisco Sagasti. No obstante, a más de un mes de las muertes de Inti y Bryan, no hay responsables directos ni sanciones. Manuel Merino de Lama volvió a su cargo como congresista y continúa legislando en el Parlamento. Los familiares de las víctimas han denunciado hostigamiento por parte de la policía a las personas desaparecidas y torturaLas personas heridas superan las doscientas y al menos 26 cuentan con lesiones graves. Incluso periodistas que cubrían las marchas sufrieron abusos policiales. 

Nuevas protestas han emergido en el país. Agricultores han cerrado las carreteras del norte y sur en reclamo a mejores condiciones laborales. La estrategia policial no cambió, las bombas lacrimógenas salieron volando otra vez, los perdigones dañaron a nuevas personas y la brutalidad policíaca cobró la vida de Jorge Yener Muñoz, de 19 años, quien fue alcanzado por un proyectil policial mientras manifestaba en la región La Libertad. 

La población se mantiene vigilante. La ‘marea verde’ seguirá presente en las calles en esta y otras luchas. Fueron subestimadas y golpeadas, pero volvieron a levantarse. Sus imágenes son símbolo del poder feminista y por primera vez, los libros de historia hablarán de ellas. Mientras tanto, se mantienen alertas para levantar el pañuelo verde cuantas veces sea necesario.


*Por seguridad no se reveló el verdadero nombre de la entrevistada.

Fuente: https://revistacolibri.com.ar/feminismo-peruano-en-primera-linea-autodefensa-y-resistencia/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *