Protocolo, la solución unidimensional para un problema multicausal.

Esta semana se llevaron adelante las Jornadas en las escuelas, en donde nos encontramos –de manera virtual- con nuestres compañeres para tratar de dilucidar y entender de qué va la cosa en este 2021.

Más allá de cuestiones específicas por nivel (la presión por la vuelta a la presencialidad sin condiciones es mayor en primaria que en secundaria, al menos eso se desprende del intercambio entre compañeres, aunque no es privativo), aquí nos gustaría detenernos en algo más de fondo, que tiene que ver con qué lógicas y desde qué lugares el gobierno piensa a la vuelta en particular, y la educación en general.  Primera cuestión a tener en cuenta: decimos “el gobierno” así, en singular, porque más allá de la fragmentación del sistema educativo, la política nacional y las de las 24 jurisdicciones coinciden punto por punto: hay que volver a la presencialidad sí o sí. ¿El motivo? Ahí tenemos un problema que no es sólo de interpretación. Nosotres nos hacemos algunas preguntas. ¿Cuál es el apuro por volver a la presencialidad? ¿Por qué no nos damos un tiempo prudencial para planificar la vuelta desde lo pedagógico? ¿Cómo se va a producir la tan mentada socialización, si no podemos compartir ni un lápiz? ¿Qué discusión se plantea alrededor de los conocimientos? No encontramos respuestas, aunque tenemos varias intuiciones. Los compromisos espurios de la deuda eterna y la poca o nula voluntad política de tocar intereses del capital concentrado, dan como resultado un Estado vaciado, sin recursos para distribuir a las clases más postergadas, por lo que la puesta en marcha del aparato productivo a costa de la salud del pueblo trabajador es imprescindible. Y la escuela entonces, se vuelve el espacio necesario para depositar a les hijes de les trabajadorxs.

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Claro que según el gobierno, la presencialidad es por les niñes y la necesidad de poner a la educación como prioridad. Desde ya, esto de la boca para afuera, sentados en las poltronas mediáticas. Porque si la prioridad es la educación, no se comprende cómo, en la vuelta del receso, todes les docentes y equipos directivos vemos que la situación es exactamente la misma de marzo del 20…y del 19…y del 18…y así podríamos seguir ad infinitum, con la diferencia nada despreciable de transitar la pandemia con 7.000 casos diarios, lo que, independientemente de que la situación parezca similar a años anteriores, en realidad es sustancialmente peor a la del 19 de marzo pasado.

            Es decir, no se invirtió en infraestructura, no se invirtió en conectividad; no se invirtió en equipamiento; no se planificó el transporte. Y es en el barro, en las escuelas, en la materialidad de las cosas en donde se ven los pingos. Si tanto importa la educación, ¿en dónde está el presupuesto para ponerla en marcha? ¿cuál es el tan mentado esfuerzo y trabajo que hicieron los funcionarios que se pasean por los medios y dan conferencias de prensa, hablando de las bondades de lo aprendido? Lo único que tenemos son circulares y un protocolo, como corolario de un año de trabajo. Y es aquí en donde nos queremos detener.

El funcionario unidimensional

            Ante el panorama arriba descrito, vemos que la única política que despliega el gobierno para el retorno seguro es un protocolo sanitario que, si se cumple como se debiera, garantizaría por sí mismo un retorno seguro a la presencialidad. Esto encierra una serie de problemas, o mejor, un problema central: traslada la responsabilidad a los docentes, en tanto somos aquellos y aquellas que estamos en el aula y en los pasillos les que tenemos que cuidarnos de manera individual. En ese marco, se pretende que el protocolo solucione los problemas estructurales y que les docentes curen con un curita una infección. No va a funcionar. La presencialidad se garantiza con recursos, no con discursos.

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            La lógica del protocolo, que es la lógica burocrática, transfiere la responsabilidad a las personas ocultando las responsabilidades institucionales y las relaciones de poder e intencionalidades de ese poder, que estas conllevan. En nuestro caso, les docentes y directivos que estamos en la última línea y que, en caso de contagio, seríamos los responsables por no haber cumplido los protocolos tan bien diseñados por un gobierno que queda, de esta manera, liberado de cualquier responsabilidad.  

            Frente al problema de la circulación, respuesta: Protocolo; frente al problema de infraestructura, respuesta: Protocolo; frente al problema de la falta de recursos tecnológicos, respuesta: Protocolo; frente a la falta de espacio para dar respuestas reales a los problemas pedagógicos, respuesta: Protocolo; frente al problema de la revinculación y socialización, respuesta: Protocolo.

            Lo que no dice esa política es que los baños no se arreglan con un protocolo; la falta de agua, luz, paredes electificadas se arregla con obras, no con protocolos; el problema de la circulación se arregla con micros y mejoramiento del transporte público, no con protocolos. Es decir, con plata.

Ante esta situación ¿cómo nos paramos delante de las familias? ¿Con qué resguardos contamos? ¿Quién va a poner la cara si llegáramos a transformarnos en foco de contagio? ¿Quién va a pagar los platos rotos? ¿Trotta? ¿Vila? Ya sabemos que no. Lo sabemos, pero muchas veces por distintos factores: el cansancio del trabajo virtual, las distintas presiones, ya sea de la propia institución, de los medios y del poder político, terminamos obedeciendo. Porque nos crean la culpa o porque estamos solos y desorganizados para poder resistir.

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Y es a esta lógica tenemos que enfrentar y desenmascarar. En muchas escuelas se resiste y se está exigiendo continuar con las clases virtuales pero en las condiciones materiales que corresponden, con conectividad y dispositivos para familias y docentes (es decir, no con un protocolo).

La educación no nos importa a todes. Sólo a les docentes que estamos al frente de un aula, que nos preocupamos por la situación de las familias, les que ponemos de nuestros bolsillos las tizas y borradores, bizcochitos cuando no hay merienda, computadoras cuando no hay dispositivos. Para los gobiernos, les estudiantes son números y les docentes y directivos engranajes de una máquina que tiene que estar lo más aceitada posible para poder garantizar que las familias tengan un lugar a dónde dejar a sus hijes, para poner en marcha la rueda del capital.

Mientras tanto, seguimos reclamando legítimamente presupuesto para la educación, inversión en infraestructura, que se ponga en marcha el plan de vacunación, transporte seguro, una solución integral para un problema multicausal. Por nuestra salud y por la salud de las familias que siguen confiando en nosotres.

Comuna Docente

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